Traducción Alejandro Garvie
El 23 de junio de 2016, el referéndum del Brexit desató una ola populista que reescribió las reglas de la política occidental.
Diez años después, un Reino Unido debilitado y fracturado se prepara para la llegada de su séptimo primer ministro, aún atormentado por el futuro que se le prometió.
Keir Starmer fue elegido como un antídoto competente y sensato contra 14 años de gobierno conservador, un período marcado por la austeridad, la guerra ideológica y el caos de la salida de la Unión Europea. Su dimisión este lunes, menos de dos años después de la histórica victoria aplastante del Partido Laborista, revela que la inestabilidad crónica de Gran Bretaña ha superado cualquier explicación partidista.
Para muchos líderes occidentales, el Reino Unido es el ejemplo perfecto de lo que no se debe hacer: un experimento en vivo sobre el populismo moderno, que se desarrolla en el seno de una de las democracias más antiguas y ricas del mundo.
El Brexit comenzó con promesas utópicas de una “Gran Bretaña global” sin ataduras que podría frenar la inmigración, reducir la burocracia y recuperar el control de sus fronteras y su presupuesto. En cambio, una sucesión de primeros ministros conservadores sumió al país en una disfunción aún mayor: Theresa May se vio afectada por las negociaciones del Brexit, Boris Johnson por el escándalo, Liz Truss por el pánico del mercado y Rishi Sunak por la humillación electoral.
Hoy en día, Gran Bretaña sigue estancada en un ciclo de bajo crecimiento, lastrada por la fricción comercial, los altos precios, los servicios públicos sobrecargados y un electorado hipersensible que prácticamente no tolera ningún fracaso político.
El mandato de Starmer estuvo marcado por las crisis migratorias y del coste de la vida, lo que proporcionó las condiciones ideales para que el partido de derecha Reform UK de Nigel Farage le arrebatara al Partido Laborista el apoyo tradicional de la clase trabajadora.
La caída de Starmer propicia la entrada en escena Andy Burnham el exalcalde del Gran Manchester y carismático “Rey del Norte” que es considerado por muchos como el único peso pesado del Partido Laborista con el auténtico atractivo populista necesario para frenar el impulso de Farage.
En unas elecciones especiales orquestadas para devolverlo al Parlamento, Burnham derrotó contundentemente al Partido Reformista, allanando probablemente el camino para que asuma el liderazgo del Partido Laborista y se convierta en el próximo primer ministro británico.
Si Burnham llega a Downing Street, su mayor desafío será recuperar los atributos de su cargo y de ser oficialista, una desventaja demostrada en todo el mundo democrático desde la pandemia de COVID-19.
En Francia, el índice de aprobación de Emmanuel Macron ha llegado a caer hasta el 11%, mientras que la ultraderechista Agrupación Nacional se perfila como la favorita para ganar las elecciones presidenciales del próximo año.
En Alemania, el partido de extrema derecha AfD ha logrado avances sin precedentes y continúa ampliando su ventaja sobre los conservadores del canciller Friedrich Merz.
En Hungría, los votantes pusieron fin a los 16 años de gobierno de Viktor Orbán el pasado mes de abril, derrocando al gobierno nacionalista más arraigado de la UE.
Incluso el presidente Trump, que se enfrenta a una difícil prueba en las elecciones de mitad de mandato de noviembre, está demostrando ser vulnerable a las mismas fuerzas tóxicas contra los mandatarios en ejercicio.
Su victoria en 2016 estuvo estrechamente ligada al impacto geopolítico del Brexit, una advertencia de que los votantes de todo Occidente estaban dispuestos a arrasar con el sistema para expresar su disgusto por la migración, la globalización y los fracasos de las élites.
Pero ahora Trump es el líder del establishment. Los altos precios y la guerra con Irán han hundido su índice de aprobación hasta situarse en torno al 30%. El político antisistema más exitoso del mundo se enfrenta de repente a dificultades para competir contra un sistema que él mismo controla.
En definitiva, década después de votar por “recuperar el control”, Gran Bretaña se encuentra sumida en una parálisis política. Diez años de caos sistémico han demostrado que canalizar la furia antisistema es sorprendentemente fácil, pero gobernarla es prácticamente imposible.
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