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La carrera hacia ningún lugar

“La carrera hacia ningún lugar” de Giovanni Sartori es un análisis crítico sobre el declive de la sociedad occidental europea, caracterizado por el abandono de valores liberal-democráticos, la crisis política y la inmigración mal gestionada. Si bien, en 2016, Sartori se refirió a la sociedad occidental europea, nos parece bastante adecuado al día de hoy ampliar el concepto hasta comprender occidente en general. Sartori reflexiona sobre la pérdida de rumbo en temas como la libertad, la “guerra contra el terror” y el choque de civilizaciones.

Coincidimos con Sartori en que signos aparentes de progreso como los desarrollos tecnológicos actuales, no conducen necesariamente a una sociedad mejor o más estable.

También habla de las confusiones entre libertad y autoritarismo, terrorismo y seguridad, y problemas en la democracia actual.

Estas confusiones producen desequilibrios y contradicciones capaces de generar acontecimientos y resultados imprevisibles y finalmente perjudiciales para los demás.

Otorga un lugar al rol que puede cumplir el miedo en las sociedades y la “furia ética” como impulsores de espejismos confusos, incluso los más elevados sitios de poder y en los principales responsables de países.

Parece que las guerras internas y externas provocadas por Trump, son un buen ejemplo de impulsos no razonados suficientemente en profundidad y suenan a reacciones emocionales inherentes a personalidades de perfil psicopático. Entendiendo por tal, el accionar acelerado, contradictorio y sin sentido de las culpas por sus resultados eventuales sobre los demás.

Pruebas al canto las renuncias y denuncias entre especialistas de alta responsabilidad –en materia de seguridad y terrorismo- en su propio gobierno, que evidencian haber pegado el salto hacia la guerra sin tener la mínima idea estratégica de los resultados posibles. Sus dichos son versiones, perversiones y negocios personales que cambian cada día, mientras las bombas caen y la gente muere, del lado que fuere.

Yendo a nuestro país, alguna vez escribimos una nota, en esta misma página, que se llamó “Un gobierno de idiotas”. Allí, nos referimos a conceptos propios de la sociedad griega, que aplicaba el carácter de idiotas a los ciudadanos a quienes no les interesaba para nada las cuestiones de interés público, a diferencia de los que sí les preocupaban los problemas de la sociedad y del gobierno, y los trataban con respeto y responsabilidad. Midiendo en lo posible los alcances de sus decisiones sobre la comunidad en general.

Ahora, podríamos referirnos a algo parecido bajo la denominación de gobierno de orates (personas de poco juicio, moderación y prudencia), que juegan a gobernar diciendo sandeces y banalidades.

Un ejemplo patético fue el discurso presidencial ante la bolsa de comercio de la provincia de Córdoba, alfombrado de citas de autores y conceptos imposibles de hilvanar como una idea continua y consecuente. Se trata de repetir frases vacías, slogans, que todos sus creyentes reiteran ciegamente sin saber bien de qué se trata.

Esto hace recordar a Voltaire y su famosos libro “Cándido o el optimismo”, y el filósofo Pangloss que lo expresa al optimismo con una seguridad aterradora. Aunque finalmente Cándido, cansado de escuchar el monocorde de disparates de Pangloss, concluye diciendo algo así como: “de todos modos, hay que cultivar la granja”.

Así que, estamos participando de un mundo donde los apresurados y reflexivos idiotas y orates juegan un rol fundamental. Veamos algunos ejemplos de slogan genéricos de los que se repiten sin cesar en las pantallas oficiales.

La apertura económica no dice nada si no se aplica bien en sus tiempos, en las zonas y en las etapas que corresponden. Una cosa es una apertura económica y restricta, donde prevalecen desde luego los grandes productores del mundo, como China; y otra cosa es ir administrando gradualmente la situación. Del primer modo, se arrasa con lo que podría ser la industria nacional o los modos nacionales de producción tradicionales.

El ordenamiento del Estado, o el llamado déficit cero, no consiste en perder cientos de miles de puestos de trabajo despreocupadamente, con la expresión de que inmediatamente se crean otros empleos, más sofisticados, que los reemplazan. En el entretanto, hay miles de familias que pasan al desierto económico y social, ayudado por el tratamiento insensible de los actores previsionales de la sociedad.

Decir que el futuro es la minería resulta ridículo si no se habla de un plan gradual de aprovechamiento razonable de nuestros recursos naturales, capaces de procesar dentro del país las materias primas, influidas las tierras raras, con gente experta en la materia. En tal caso, no se trata de vender un pedazo de montaña.

Decir que el Estado no hace obras públicas, no significa que este deba renunciar al planeamiento estratégico del país, sus caminos, sus puentes, sus corredores bioceánicos, sus puertos, sus plantas generadoras de energía y los medios de transporte en general (incluido el ferrocarril).

La mayor parte de los países del mundo tienen una visión estratégica para el desarrollo de sus trayectos ferroviarios, de personas y de cargas; aunque eso implique asignar su construcción y su gestión al sector privado. Pero la idea, el impulso, la traza y el sentido convergente con los demás elementos, que hacen a las arterias comunicacionales del país, deben estar tutelados por la supervisión del Estado con un proyecto de desarrollo productivo.

No solo se trata de las redes físicas, como el suelo, las aguas y los vientos; sino de las frecuencias que alimentan todo el sistema de las redes telemáticas.

No se puede sostener que el Estado se desligue de propiciar, guiar, organizar y prestar, la educación pública, gratuita o no.

Otro tanto ocurre con la salud pública.

Asimismo, con los institutos de especialización tecnológica y científica de cualquier naturaleza, desde las nucleares hasta las rurales. El Estado debe promover, organizar y direccionar, los grandes rumbos para que sean prestados por quien fuere, pero al servicio del país.

Una cosa fue crear universidades clientelares a montón como centros de corruptela y otra, mucho peor, es pretender cerrar o estrangular universidades a mansalva.

Cada uno hará la elección que quiere de los abusos de unos y otros, y de los negociados de unos y otros. Desde los bolsos conventuales y entresijos de la emisión de libra, llenos de dichos, dimes y diretes; entre hermanos y allegados.

Cuando se piensa en estos dos ejemplares que quieren domar a la humanidad, en alas de una habilitación divina, no puedo menos que tomar sus pretensiones con cierto humor.

Imagino entonces a Trump y nuestro monigote cripto, subido cada uno a un caballito diferente de una calesita, que da vueltas y vueltas, llena de alegrías, luces y de música infantil y estimulante, procurando en cada vuelta ensartar la sortija en el aro del calesitero, a ver si de alguna forma consiguen salir airosos de este desastre a cuatro manos que están ejecutando. Y si salen, lo más difícil es que consigan que sus dioses los disculpen de tanto daño irresponsable.

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