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La banalidad del mal

La opinión mundial, dicho esto en sentido lato, coincide en que estamos en presencia de un cambio de época que alcanza a todos los niveles y actividades, desde las formas de producción, la tecnología, las relaciones sociales, los valores, las expectativas, los objetivos, el sentido mismo de la vida y su futuro, quizás finalmente transformada en una mixtura infernal entre lo humano e inhumano, entre los sentimientos y la indiferencia o mas aun la ausencia de sentimientos. La desaparición del humanismo y su reemplazo por el presentismo vacuo travestido de expresiones y manifestaciones insensibles que hacen desaparecer cualquier matiz de imaginación sobre el sentido de la vida en comunidad, y por tanto del concepto de pluralismo y solidaridad.

Quizás la expresión mas elocuente sea el entusiasmo ciego y el deslumbramiento con el que la mayor parte de la gente -incluido muchos jóvenes- engrosa la larga fila de adoradores inconsciente de lo que se ha dado en llamar la inteligencia artificial.

Esa gran transformación, también llamada mutación civilizatoria, está caracterizada por el mundo digital, la robótica y la I.A., invocando la necesidad de los cambios de época.

Cielo bajo el cual baila la gente sus dichas y desdichas como marionetas borrachas de necedad y selfies.

Se expresa en nuevos líderes mundiales que despedazan el globo terráqueo conocido y se pretenden distribuir sus presas con los colmillos de saciedad insatisfecha: Putin, Trump y sus acólitos menores.

Mientras los grandes tigres aparentemente dormidos, como la China y la India, descansan sus cuerpos pacientes y laboriosos, hijos de Confucio y sus sabidurías milenarias, aguardando su momento universal.

Esos mundos celestiales dicen ser el segundo mundo que ocupa el espacio intermedio entre los dioses, que están arriba, ellos que lo siguen, y el resto que estamos abajo.

La esperanza que nos queda, aunque muy desdibujada, sigue siendo la Unión Europea, que muy probablemente sea también víctima de los aprietes de los poderosos, es una esperanza débil, pero esperanza al fin.

Entre nosotros, el botón demuestra es el muñeco payasesco y saltarín, corifeo, encantado de cantarle a Trump el arrorró junto a Infantino y Viktor Orbán, en el consejo de la paz, ridículo cenáculo de ansiosos de poder desde sus fracasos existenciales, como Epstein.

Y, más abajo del protagonista, tenemos figuras absurdas, como el vocero oficial, el coloso desregulador con sus ridículas bromas, que tienen encandilados a un montón de repetidores de slogan que no significan nada, que no conocen y en los cuales no creen tampoco porque no saben de qué se trata y cuáles serán sus consecuencias.

Este conjunto, por su infantilismo moral es capaz de apoyar las mayores injusticias sociales, sin darse cuenta del daño que pueden causar.

En el derecho penal tradicional se le decía imputabilidad, a la madurez y salud mental suficiente como para comprender la criminalidad de los actos y dirigir sus acciones.

En el orden filosófico fue Hanna Arendt quien acuñó el gran concepto de “la banalidad del mal”, sobre la cual pasamos a tratar de explicar, en base a interpretaciones tomadas de otras fuentes más lúcidas que nosotros.

En la Argentina debemos reconocer que la claridad de Lilita Carrió fue quien insistentemente nos recuerda ese concepto para aludir al quehacer dañino de alguno de los miembros del sistema político vernáculo y extranjero, bajo la apariencia de pretextos fútiles, y sin tener cabal consciencia de las consecuencias que desencadenan sobre los seres humanos, especialmente, los más débiles.

Ahora pasamos a tratar de explicar el título de esta nota.

El motivo es decir que naturalmente comprendemos que toda época posterior implica modificaciones a la época anterior. En especial en el aspecto económico es anterior a Schumpeter la noción de que una ley inexorable del capitalismo es que lo que se crea como novedad implica atenuar o destruir lo anterior. Es lo que se llama la evolución capitalista en base a la destrucción de lo anterior o a su reemplazo.

Es tan viejo como la humanidad que todo cambio implica un cierto sacrificio de lo anterior, como que ambas cosas no pueden subsistir simultáneamente sin que ocurran modificaciones.

Viene lo nuevo porque muere lo viejo.

Entre nosotros la famosa alegoría de la motosierra se “vende” benéfica para decir que se termina con la corrupción, con las malas prácticas, con las lacras anteriores y con las formas inútiles culpables de los padecimientos actuales.

La cuestión es que la corrupción sigue, y que los cambios no necesitan ser totales, inmediatos y dolorosos.

La sociedad se organizó en instituciones plurales y democráticas, que son precisamente las encargadas de ecualizar con sentido moral, que los cambios necesarios se hagan de manera inteligente y piadosa, sincronizadamente, para lastimar lo menos posible a lo que debe ser cambiado.

Porque en el medio del cambio, en el entretanto, transcurre el tiempo, se producen efectos y en el seno estamos los seres humanos.

Entonces es necesario arbitrar mecanismos de respeto recíproco entre los que mucho tienen y los que nada tienen, para que los procesos de cambio se cumplan en paz, de manera compatible con la convivencia de todos dentro de un mismo territorio y en un mismo tiempo.

De eso se encarga el Estado democrático y su consigna es la “justicia social”.

Aunque parezca mentira, la expresión “justicia social” causa estupor entre los abanderados del cambio actual.

Nuestra opinión diferencia claramente el hecho de que el peronismo haya usado insistentemente esas palabras, del hecho conceptual de sus contenidos y de su significado a vivir en paz.

Asimismo, las formas tan criticadas como innecesarias son la expresión del respeto recíproco entre los miembros de la sociedad que deben entenderse a través de expresiones amables y no agresivas como único modo de dialogar y encontrar puntos de coincidencia, desde sus diferencias.

Y es aquí donde debo decir que los actuales gobernantes ejercitan “la banalidad del mal” en los términos que he tomado de otras fuentes: es un concepto filosófico acuñado por Hannah Arendt (1963) para describir cómo individuos comunes pueden cometer atrocidades sin intención maligna, simplemente cumpliendo órdenes dentro de un sistema burocrático o totalitario.

 

Nos permitimos volver a plantear el desafío de Kant: “Atrévete a pensar por ti mismo”, con sentido crítico y con aprecio humanitario, y no te limites a cumplir el rol de repetidor irracional de consignas burocráticas o totalitarias que bajan desde el poder de turno.

Seguiremos sosteniendo los principios de la democracia social, de la justicia social, de la república, de los partidos políticos, de las constituciones, del pluralismo, de los derechos humanos y de todo lo que une los corazones; la educación pública, la salud pública, la función orientadora, organizadora y garantizadora del estado.

El silencio de las fuerzas políticas que no son gobierno estremece la sensibilidad de quienes nos quedamos sorprendidos de la jauría televisiva que se ha lanzado sobre la racionalidad y el respeto.

Cualquiera sea nuestra condición y nuestras debilidades, debemos resistir a la barbarie, al menos con nuestra opinión, aún desde lo más primario de una república latinoamericana, con sus defectos y virtudes como la nuestra, para frenar el avance de los caníbales.

 

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