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Opinión 19 03 2021

La Argentina, entre el búho y las estrellas


Autor: Maximiliano Gregorio-Cernadas









Cuando el ocaso se abate y cubre todo signo orientador en el camino, el viajero extraviado vacila allí donde se bifurcan los rumbos trazados por dos genios del pensamiento alemán.

Al proclamar que “el búho de Minerva (la diosa de la sabiduría) recién emprende su vuelo al caer el crepúsculo”, Hegel propuso seguir a aquella ave, que, inspirada por la sapiencia de una divinidad infalible, conduciría al caminante de modo seguro a través de las tinieblas. 

En cambio, Kant sugirió dejarse guiar por esa ley que, cual reflejo de estrellas inmutables atravesando la oscuridad, habita en el corazón humano, como quedó grabado en una placa próxima a su tumba en Königsberg: “Sobre mí, el cielo estrellado y dentro mío, la ley moral”.

Desde hace casi un siglo, la Argentina se asemeja a aquel viajero errante que habiendo perdido su compás, vaga en círculos, envuelto en penumbras que no consigue despejar, debatiéndose entre someterse a los designios providenciales de algún dios que rija el destino de la historia con fuerza ineluctable, u obedecer a los imperativos morales apriorísticos que habitan en cada ser humano. 

Nuestro país ha seguido, casi sin pausa, cada una de las alternativas propuestas por sucesivos dioses de ocasión, quienes venían a iluminarnos con verdades reveladas a las que, aunque no conseguíamos descifrar, confiábamos la suerte de nuestros destinos. Aquellos líderes humanos erigidos en deidades adherían explícitamente al postulado hegeliano de que existe una razón trascendente que guía la historia de un modo agonal e indefectiblemente victorioso, a la que no merece oponerse, pues, tarde o temprano, terminará arrollando todo, y derramándonos con las tentadoras promesas de la felicidad “que nos merecemos”.

Excepcionalmente, este país desorientado se inclinó en 1983 por la otra mucho más intrincada y exigente alternativa, cuando un kantiano confeso como Alfonsín, enarbolando la tenue lumbre de aquella ley moral que habita en el corazón humano, iluminó un arduo camino para abandonar aquella noche violenta, sobrevolada por búhos alborotados, cada uno confiado en su audaz astucia para moverse en las tinieblas y someter al resto. 

El dilema entre las opciones que tenemos por delante en esta ominosa oscuridad en la que nos encontramos inmersos, no por filosófico es menos práctico ni afanoso, pues consiste en escoger entre las revelaciones de un pájaro nocturno enviado por una diosa que todo lo sabe, y la ley moral que cualquiera intuye dentro de sí, entre una inescrutable mente divina y la evidencia que ofrece una humilde intuición, entre la complaciente certeza de que alguien piensa y obra por nosotros y la escarpada tarea de ajustarse a la razón y a la consciencia propias, entre la seductora pasión de una dialéctica mítica y el sereno argumento del humanismo, entre el búho y las estrellas.

Publicado en La Nación el 18 de marzo de 2021.