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Juan Facundo encontró su Barranca Yaco

En estos días, la comidilla periodística y política del país percibió minuciosamente los detalles filmados y conversados de un doloroso episodio, el cual fue una joven, corriendo por la Avenida Libertador al 5400, perseguida como buscando aire, agua o pidiendo auxilio, y tras de ella, como si fueran a sosegarla, un hombre joven que resultó ser muy conocido de nombre Facundo, policía de seguridad, etcétera.

El alboroto general fue el sucedañio crítico de las televisoras, radio, redes; conjeturando posibles causas y efectos, entre etílicos, de adicción o crisis psiquiátrica. Quizá con una posible incursión en el espacio de la violencia de género, que culminó con la intervención policial y judicial.

Ha sido sorprendente para mí, la frialdad emocional de que los padres y los hermanos del encartado, según la prensa, en ningún momento se aproximaron a las autoridades a preguntar sobre su estado y de su compañera de circunstancia. Por otro lado, muy evidente, que siendo famosos y borrascosos patoteros, se limitaron a poner el andamiaje abogadil al servicio de lavado y limpieza de la situación, hasta donde se pudiera.

Buscando una explicación de cómo es posible que el jefe de familia de una dura y ruidosa banda se mantuviera alejado y callado, recordé una interesante nota escrita por Roberto Saviano (L.G.C. 5/8/26) bajo el título “La mayor victoria de la mafia es haber dejado de parecerse a la mafia”.

El citado autor sostiene que las vendettas y acciones crueles típicas de las mafias de antes eran algo así como la adolescencia de la mafia clásica.

Pero ahora, esa mafia carnal que actuaba con motosierras, si fuera preciso, para dejar huellas de las venganzas y atemorizar, ha sido reemplazada por plataformas de capitalismo criminal, que ya no usan las navajas -para cortar dedos- y los revólveres como instrumento principal. Sino que se sirven de la evasión de impuestos, del lavado de dinero, de la creación de sociedades offshore en lugares remotos, los abogados, los contadores, transacciones y negocios (incluso criptomonedas)  y los algoritmos para movilizar estupefacientes en cantidades sideralmente mayores que antes, con el atributo de su invisibilidad material, siguiendo itinerarios casi imposibles de controlar.

Tal vez, caprichosamente, se me ha ocurrido vincular aquella corrida por la madrugada en la Av. libertador y la ausencia de los familiares en ir a interiorizarse sobre el estado de los inculpados, con la explicación actualizada de la mafia que ha salido victoriosa porque aprendió a no parecerse a sí misma.

La omertá parece seguir vigente sin embargo, cumpliendo el  código de honor de la familia italiana, guardando silencio y prohibiéndose hablar con la policía y justicia.

Presumo con tristeza que pese al estilo elusivo de su familia, Facundo debió haberse sentido muy solo en medio de la opulencia material que le regaló la vida violenta de su linaje.

No fue el caso de Facundo Quiroga, puede haber sido el caso de Facundo Moyano, según una mera conjetura de esta nota de opinión.

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