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Josep Borrell: “La Unión Europea no fue concebida para el mundo de hoy”

Esta semana he conversado con Josep Borrell, una de las figuras españolas más destacadas en el plano internacional. Es el actual presidente de CIDOB y hasta el año 2024 fue alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (HRVP). Todo ello, sumado a su etapa como ministro de Exteriores de España, le otorga una visión privilegiada de los equilibrios geopolíticos del presente. En esta conversación, el ingeniero y economista se centra en el colapso del orden internacional, hablando de la guerra en Irán o el rol de Israel en Oriente Medio. Todo ello lo enmarca en una discusión fundamental sobre el futuro de la Unión Europea.

A su juicio, el presente deja al descubierto la inmensa fragilidad de una Europa paralizada y rehén de sus propias alianzas. La reciente ofensiva contra Irán desenmascara una entente donde Washington sigue el dictado de un Gobierno israelí dominado en la actualidad por “verdaderos energúmenos”. Borrell desmonta el relato oficial que justifica esta guerra preventiva, tildando de “falsedad” la supuesta inminencia de una bomba atómica iraní y acusando al secretario general de la OTAN de actuar como un “vasallo de Trump” para legitimar esta posición ante la opinión pública global.

Lejos de proyectar influencia para frenar esta deriva, el continente ha despertado convertido en un simple “protectorado militar” estadounidense. Al mismo tiempo, el retorno a la Casa Blanca de Donald Trump simboliza el triunfo de los “apóstoles de la ilustración oscura”, una influyente élite tecnológica y financiera convencida de que la democracia es incompatible con la libertad. Ante ello, cualquier amago de resistencia europea resulta estéril cuando la superpotencia norteamericana puede someter y extorsionar a sus aliados continentales bajo la letal amenaza de “desenchufar los satélites” de información e inteligencia en el frente ucraniano.

Esta vulnerabilidad estratégica, según explica el presidente de Barcelona Centre for International Affairs, amenaza con precipitar la claudicación de Ucrania y sentenciar la irrelevancia del proyecto comunitario. Para evitar naufragar definitivamente en esta nueva era de imperios, advierte que resulta imperativo un reset institucional que acabe con el caos de una Comisión Europea empeñada en usurpar las competencias diplomáticas de los Estados miembros para actuar ilegalmente como un peligroso “Pentágono en la sombra”.

La conversación marca el inicio de una serie de análisis y entrevistas con los que Agenda Pública se hará eco del debate que impulsará el encuentro “War and Peace in the 21st Century: Defending Europe without the United States?“, el foro de referencia de expertos en seguridad y geopolítica que organiza CIDOB y que se celebrará en Barcelona el próximo sábado 11 de abril.

¿Qué ha cambiado desde el momento en que usted conoció los kibutz hasta el Israel de hoy?

Sí, trabajé en un kibutz en el verano de 1969. Ha pasado más de medio siglo, mucho tiempo para cambiar… Después de cinco años estudiando en la Politécnica de Madrid, en la Escuela de Ingenieros Aeronáuticos, buscaba una experiencia algo más vital. En aquel tiempo, los kibutz formaban parte del imaginario colectivo de la juventud de izquierdas. Era un año después de la guerra de los Seis Días, de mayo del 68; queda ya muy muy lejos. Pero entonces el kibutz era un símbolo de vida colectiva. Muy colectiva. Los niños se educaban juntos; todo el mundo hacía por turnos todos los trabajos.

En ese imaginario, la ocupación de Palestina por Israel quedaba al margen, aunque obviamente formaba parte de su realidad. Pero, al mismo tiempo, eran gente muy progresista. Muchos venían escapando de Europa, ellos o sus padres. Y allí conocí a mi primera mujer. La vida es un random walk.

Ahora la mayoría de los kibutz se han privatizado y hoy son empresas de producción agrícola.

Han pasado muchos años e Israel ha cambiado mucho desde entonces. ¿Qué ha sucedido?

Ha cambiado infinitamente. Primero, la composición sociológica de la sociedad israelí. Ya no es aquella sociedad de gente progresista, de izquierda, con un ideal a veces romántico y a veces bíblico. Hoy procede mayoritariamente del este de Europa. Los Shimon Peres han muerto y ya no queda casi nada del Partido Laborista.

Israel se ha convertido en el gendarme regional, con un impresionante poder militar, financiado y apoyado masivamente por Estados Unidos. Y ahora ya no oculta su voluntad de expansión territorial hacia el Gran Israel: llaman a Cisjordania “Judea y Samaria”, proclaman que esa tierra se la dio Dios y que tienen un derecho bíblico sobre ella. Basta oír a los ministros Ben Gvir y a Smotrich, verdaderos energúmenos de la extrema derecha etnicista.

Eso no tiene nada que ver con los pioneros. Aunque, más allá de la épica, los pioneros también formaron parte del proceso colonizador. Se llamara como se llamara, lo cierto es que era la llegada de un pueblo judío a su tierra ancestral histórica, pero en ella ya vivía otra gente, los árabes palestinos.

Cuando Úrsula von der Leyen dijo: “Cuando por fin volvisteis a vuestra tierra prometida, hicisteis florecer el desierto”… El problema es que el desierto estaba habitado. Ojalá hubiera sido solo un desierto. Nosotros nos hemos construido la narrativa autocomplaciente de que aquello era un desierto, de que no había pueblo palestino, de la negación de la identidad palestina. Como mucho cuatro beduinos, residuos de la ocupación otomana, pero sin identidad política. Es una gran falsificación de la historia.

Hay un debate estos días sobre si es Israel quien ha forzado a Estados Unidos a intervenir en Irán o si es Estados Unidos quien también quería hacerlo. ¿Cómo lo explica?

Algún eco me llega de mis antiguas funciones. Probablemente se han juntado el hambre con las ganas de comer. Netanyahu ha conseguido de un presidente americano lo que lleva veinte años queriendo, que Estados Unidos derribara por la fuerza al régimen de los ayatolás. Pero sin una invasión terrestre, solo bombardeando desde el aire, es improbable que lo consigan. Pero por lo menos destruirán el máximo de sus capacidades militares, misiles balísticos en particular.

Por lo que sabemos, el mediador omaní voló a Washington días antes del ataque para seguir impulsando unas negociaciones que, según él, no iban mal. Los negociadores se citaron un viernes para volver a verse el lunes siguiente. Y, sin embargo, el sábado atacaron. Es decir: se emplazan para seguir negociando veinticuatro horas antes de lanzar un ataque masivo.

Muy probablemente, y aunque nunca lo sabremos con certeza, la inteligencia israelí sabía que unos cuarenta dirigentes se reunirían en torno al líder supremo de Irán en su propia residencia. Sabían que estaban allí y no quisieron perder la oportunidad de eliminarlos.

Debieron colocar a Estados Unidos ante la voluntad decidida de atacar. Estados Unidos tenía dos opciones: sumarse desde el principio, formar parte y aparentar que lideraba esa nueva guerra; o incorporarse después, dejar que Israel atacara primero y luego apoyarle si era necesario. Pero esa segunda opción lo hubiera situado en una posición demasiado evidente de seguidismo.

Tenía una tercera opción: decir que no. Y Estados Unidos tiene poderosísimos instrumentos de presión sobre Israel. Si Trump dice, como le dijo Ronald Reagan durante la guerra del Líbano, “basta, se acabó; o paráis o mañana os quedáis sin financiación y sin munición”, Israel para. Y entonces paró. Pero Trump no quiere hacer eso. Netanyahu ha demostrado tener una gran ascendencia sobre Trump.

¿Quién le dirá a Trump que tiene que parar? ¿Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes…?

Son los primeros perjudicados, los más inmediatos. No los únicos, ni probablemente los que más a medio plazo, pero sí los primeros y, de momento, los más golpeados.

Las instalaciones de licuefacción de gas natural en Catar han sido destruidas, sus exportaciones están paradas, sus ciudades bombardeadas. Muy lejos de la intensidad con la que israelíes y estadounidenses bombardean Irán y el Líbano, pero el Golfo está afectado. El turismo prácticamente detenido. Los turistas quieren salir y, desde luego, tardarán en volver. Las ciudades del Golfo se habían convertido en grandes polos de atracción turística, lujo, museos, centros artísticos, playas, desierto, etc. Este proceso se para con la guerra.

Y luego está China. Entre Venezuela y el Golfo, China obtiene en torno a una cuarta parte del petróleo que importa, seguramente más. En gas, todavía más. El gran cliente del gas del Golfo hoy no es Europa; es China y todo el sudeste asiático. Coloca a China en una posición energética delicada; también habrá contado en el balance de pérdidas y ganancias. No de inmediato, porque Pekín tiene mucho stock, sabe a lo que juega y tiene las espaldas cubiertas. Pero los stocks no se renuevan solos y se acaban.

Nosotros, los europeos, sufriremos, ya lo estamos sufriendo, las consecuencias si esto continúa y los precios y la disponibilidad del gas y del petróleo vuelven a dispararse, como ya ocurrió con la guerra de Ucrania.

¿Es usted de los que piensan que Irán puede aguantar durante un tiempo y que esto puede ser relativamente largo? ¿Qué capacidad de resistencia ve en Teherán?

Irán no tiene fuerza aérea. No tiene la bomba atómica y está lejos de tenerla. Eso que dice el secretario general de la OTAN, poniéndose el gorro de vasallo de Trump, de que Estados Unidos ha tenido que intervenir porque Irán estaba a punto de conseguir el arma atómica y bombardearnos con ella es una falsedad. Lo sabe muy bien. Y si no lo sabe, más grave todavía.

Hay que retroceder diez años, a 2015. Entonces, Obama y Europa consiguieron firmar con Irán aquel acuerdo de nombre exótico, el Joint Comprehensive Plan of Action, que camuflaba muy bien su esencia: Irán se comprometía a no desarrollar capacidades nucleares militares a cambio de que se levantaran sanciones. Irán cumplió ese acuerdo hasta que vino Trump y en mayo de 2018 le dio una patada al tablero diciendo que aquel acuerdo era un horror. A partir de entonces, ya no conseguimos revivirlo, aunque lo intentamos.

Los europeos intentamos mantenerlo vivo diciéndoles a nuestras empresas que siguieran comerciando con Irán, que nosotros las protegeríamos. Pero eso no funcionó, porque las empresas globales, entre arriesgarse a sanciones de Estados Unidos o confiar en una dudosa protección jurídica europea, plegaron velas y se fueron. Irán se volvió a quedar sin apertura comercial.

A pesar de eso, Irán intentó mantener el acuerdo vivo y avanzó lentamente en el desarrollo de sus capacidades nucleares. Lo sé bien porque me ha tocado hablar durante años con los iraníes; probablemente con ningún otro país he hablado tanto. A través de mí, a través de nuestro negociador, el diplomático español Enrique Mora, y del negociador americano Rob Malley. 

Irán avanzó lentamente en el incumplimiento, pero nunca llegó a tener la posibilidad de contar con una bomba atómica. Y, si algo tenía, lo sabíamos por los informes de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, dirigida por Rafael Grossi, sobre el número de centrifugadoras y cuántos kilos de uranio enriquecido tenían. Era un tema diario de conversación.

Claro, Irán decía: “Si ustedes no cumplen su parte, ¿cómo me pueden exigir que yo cumpla la mía?”. Y nosotros se lo exigíamos igualmente. Hasta que llegaron los bombardeos de junio de 2025, tras los cuales Trump declaró victoria y dijo que todo estaba completamente destruido. Probablemente, Irán conservó una cierta cantidad de uranio enriquecido en forma gaseosa. Aunque no tenía un proyectil nuclear con su correspondiente vector de transporte. Así que el argumento de “hemos tenido que intervenir porque corríamos un riesgo inminente” no se corresponde con la realidad.

Están circulando vídeos de senadores estadounidenses como Elizabeth Warren saliendo muy sorprendidos de briefings de inteligencia en el Senado. Usted ha coincidido con Trump. ¿Qué ve ahí? Existe un debate entre quienes dicen que es un hombre que no sabe lo que hace y quienes advierten que no debemos menospreciarlo.

Sí, he tenido el honor de acompañar al rey en una visita oficial a la Casa Blanca. Y, si tengo que clasificar a los líderes mundiales por su capacidad intelectual, desde luego no pondría a Trump el primero. Ni mucho menos.

Trump se cree más listo que los demás, eso seguro, pero no lo es. Ahora bien, Trump no es solo Trump. Lo que está pasando en Estados Unidos no va de una persona. Esa persona encarna, representa y visualiza, con toda su exageración egocentrista, una corriente social de fondo que le dio la mayoría electoral. Es un narcisista patológico, sí. Pero, si solo fuera eso, no estaríamos donde estamos.

Alrededor de Trump hay toda una máquina de poder que tiene una dimensión intelectual y política que es lo realmente peligroso. Son los apóstoles de la llamada ilustración oscura, los que se contraponen a nuestra Ilustración, a nuestras Luces, y pretenden darle la vuelta al mundo de los filósofos europeos: de Voltaire a Kant y los demás. Incluso hay dibujos en los que se ve a nuestros filósofos combatiéndolos a ellos, armados no con espadas, sino con teclados y pantallas de ordenador.

Trump critica mucho el pensamiento woke, pero existe otro pensamiento, el de la oscuridad. Hace poco uno de sus representantes más notorios, Peter Thiel, estuvo dando una conferencia en la Academia de Ciencias Morales y Políticas en Francia. Recomiendo leerla. La cantidad de barbaridades que pudo llegar a decir en una mezcla ininterrumpida de referencias bíblicas, matemáticas e históricas es impresionante.

El mensaje de fondo era que la democracia es incompatible con la libertad. Así de claro. Para ellos, el mundo tiene que dirigirse como una empresa por una especie de emperador global. Los derechos humanos, la Ilustración, las libertades… todo eso pertenece a un mundo que, según ellos, ya no existe. Hay que leer eso para entender que Trump no es solo Trump. Y esta gente utiliza a Trump más de lo que Trump los utiliza a ellos.

¿Qué significa eso para Europa?

Trump tiene a su favor el poder gigantesco de Estados Unidos. Por un lado está el enorme poder del dinero de los multimillonarios digitales Thiel, Palantir, Musk, y siguiendo por otros nombres menos conocidos. Luego está el poder de la información, o de la desinformación, que al final es la información adulterada. Y, finalmente, el poder militar, enorme, gigantesco de Estados Unidos.

Los europeos nos sentíamos muy cómodos bajo el paraguas protector de Estados Unidos. Digámoslo claro: hoy somos, y lo hemos sido durante décadas, un protectorado militar. Alemania la primera, porque perdió la guerra y no le quedaba más remedio. Pero los demás también. Hemos gastado muy poco en defensa. Cuando acabó la Guerra Fría, pensamos que no habría nunca más una guerra. Lo militar nos pareció algo casi decorativo.

Vino la crisis del euro, hubo que ajustar presupuestos y la primera variable de recorte fue el gasto militar, antes, pero junto con el social. Desde entonces, Europa, como conjunto de países, se ha ido desarmando: menos arsenales, menos efectivos, menos entrenamiento, menos munición. Total, ¿para qué? Ya estaba ahí el otro, el artículo 5 de la OTAN por si pasa algo, vendría el Gran Hermano.

Ese Gran Hermano, en tiempos de Obama, iba a los países bálticos y decía que le importaba tanto la seguridad de Tallin como la de Londres. Eso hoy dudo mucho que alguien lo diga. Con Trump, la historia se ha acabado.

Nuestras dependencias con respecto a Estados Unidos no han hecho sino crecer. Antes de la guerra de Ucrania importábamos el 40% del gas de Rusia; ahora importamos el 40% del gas de Estados Unidos. Basta con que nos desconectaran la nube, el famoso cloud, para que colapsara no ya nuestro álbum de fotos, sino el sistema de información que hace funcionar nuestra sociedad y nuestra economía. Lo mismo con las redes sociales, con los cables transcontinentales de fibra óptica, con los satélites de inteligencia o incluso con el suministro de armas.

Cuando tienes dependencias tan grandes, tampoco te puedes poner muy bravo. Por eso aceptamos determinados acuerdos comerciales, por llamarlos de alguna manera, como lo de Turnberry, por el cual ellos nos suben los aranceles y nosotros se los bajamos… No le puedes ganar una batalla comercial al país que te garantiza la seguridad militar. Hay colegas que lo dicen abiertamente: “¿Cómo íbamos a decirles que no? La reacción inmediata habría sido desenchufar los satélites que guían a los misiles ucranianos”. Dicho esto, está claro que el apaciguamiento no funciona porque Trump siempre pide más, como pasó con Groenlandia. Hay que ponerle freno.

¿Cómo debe leerse la reciente reunión de Friedrich Merz con Trump? Se ha comentado que Merz está intentando abrazar a Trump para que no abandone a Europa ante Rusia.

Eso es exactamente lo que dicen todos los que le bailan el agua a Trump, empezando por Von der Leyen. Cuanto más al este, más convencidos están de que hay que hacer eso. No dejan de repetir que Estados Unidos sigue siendo nuestro gran aliado, que tenemos desacuerdos, pero que en el fondo estamos unidos.

Vivimos en una negación de la realidad.

Hasta que nos encontremos ante una situación que yo no descarto en absoluto: que Trump nos deje solos frente a Rusia. 

Ese temor, yo diría que ese terror, es el que domina hoy a muchos europeos. Cuanto más al este, más fuerte es la sensación de que no nos podemos permitir que Trump se enfade y nos deje solos.

Pero de alguna manera ya lo ha hecho. Con Biden, Estados Unidos daba armamento a Ucrania; con Trump no da nada, lo vende. “¿Ustedes quieren darle armas a Ucrania? Muy bien: yo las produzco y ustedes me las compran”. Ya no da un dólar en armas. Y, hasta ahora, los europeos, mal que bien, han aumentado lo que ponen de su bolsillo y lo que compran a Estados Unidos para entregárselo a Ucrania. A día de hoy, el gran respaldo financiero y militar de Ucrania no es Estados Unidos, es Europa: la UE, sus Estados miembros, Reino Unido, Noruega.

Afortunadamente, Washington mantiene el sistema de inteligencia satelital, que es crítico para el funcionamiento de la defensa ucraniana y que solo Estados Unidos, y un poco Reino Unido, pueden proporcionar. Lo mantiene porque sabe que, si cortara eso, Ucrania se quedaría ciega y no podría guiar sus misiles de largo alcance, que, por cierto, están destruyendo con bastante éxito refinerías rusas. Pero cortar eso equivaldría a decirle a Ucrania: “Ríndase usted”. Y eso hasta Trump se lo tiene que pensar dos veces.

Ben Hodges, excomandante del Ejército de los Estados Unidos en Europa, me dijo una vez algo muy contundente: “No sé qué hay entre Trump y Putin, pero sí sé que todo lo que hace Trump es lo que quiere Putin”.

Eso parece. Nosotros, los europeos y Estados Unidos de Biden, nos habíamos propuesto aislar internacionalmente a Putin. Es un agresor y había que sancionarlo, bloquearlo y aislarlo. Pero el resto del mundo, sobre todo el llamado sur global, no nos ha seguido, entre otras cosas porque tiene sus propios problemas y bastante tiene con que Rusia siga vendiéndole grano o energía.

Sin embargo, Trump ya no solo no aísla a Putin, sino que lo ha entronizado. Tengo la impresión —y no es más que eso— de que Putin se ha ganado a Trump. Antes de aquella reunión en Alaska, Trump decía que iba a imponer sus condiciones o ponerle sanciones. Salió de Alaska y ya no es lo mismo. Allí, me temo, forjaron un acuerdo. Y Putin le debió decir: “Ahora hable con sus amigos, evite que los europeos boicoteen este acuerdo y cuénteselo a Zelenski”.

Inmediatamente después llama a Zelenski y lo cita en la Casa Blanca. Los europeos tienen entonces el reflejo de acudir todos rodeando al ucraniano en aquella foto que nos pareció humillante. Pero aquella escena tuvo al menos una virtud: delante de todos, Trump no puso sobre la mesa la parte más dura de su acuerdo con Putin. Si Zelenski hubiera ido solo, habría tenido que tragársela. Al estar todos allí, pensó que ya habría mejor ocasión.

Esa ocasión ha llegado. Como dice Zelenski, hay cosas que Ucrania puede aceptar, y otras no. Puede aceptar un alto el fuego, pero no un tratado de paz que incluya pérdida de territorios, incluyendo aquellos que Rusia no ha logrado conquistar. Putin y Trump lo llaman “intercambio de territorios”, pero eso es quedarse con la cartera del otro sin devolver nada propio.

Así estamos. Rusia no consigue avanzar de forma decisiva y Ucrania destruye parte del sistema ruso de refino de petróleo, con una economía cada vez más debilitada. Rusia intenta destruir el sistema eléctrico ucraniano para hacer invivible el país, y Ucrania golpea refinerías e infraestructuras energéticas rusas. Cada uno ataca el punto débil del otro. ¿Cuánto tiempo puede durar eso? Llevan cuatro años de guerra en la que Rusia también está pagando un precio muy alto.

Trump tiene, en último término, la capacidad definitiva para terminar la guerra por rendición de Ucrania: desenchufar los satélites y dejarla a oscuras. Porque nosotros podemos comprarle armas a Estados Unidos, pero no podemos comprarle lo que no tenemos si no lo quiere suministrar a Ucrania.

¿Qué se juega Europa en un buen o mal acuerdo sobre Ucrania? ¿Su propia existencia, su credibilidad?

Europa corre el grave riesgo de quedarse como espectadora de la fragmentación del mundo. El mundo se está reordenando y corremos el riesgo de limitarnos a mirar cómo lo hacen los demás. Lo que Trump ha hecho en Venezuela es un ejemplo. Le gustaría hacer algo parecido en Irán, pero allí es más complicado.

El mundo se reorganiza en torno a polos de poder. Hay dos grandes polos de poder: China y Estados Unidos. Rusia no es un polo de poder. Rusia es el troublemaker, una gasolinera con bomba atómica. Económicamente, eso no basta. Pero si ganara la guerra en Ucrania, es decir, si lograra colocar en Kiev un régimen más o menos equivalente al que tiene en Bielorrusia, un régimen títere —que, por cierto, es lo que ha hecho Trump con Delcy Rodríguez en Venezuela—, eso sería ganar la guerra.

En la opinión pública europea hay de todo. Hay quien diría: “Bueno, Ucrania forma parte de Rusia, Crimea siempre fue Rusia, ¿qué se nos ha perdido allí?”. Otros dirían: “Seremos los siguientes”. Y otros sostienen que, como es inevitable, lo que hay que hacer es armarnos para sustituir al aliado americano, porque ya no nos podemos fiar de él.

Pero, por mucho que nos armemos, no podremos prescindir del todo del aliado americano. Así que los europeos intentan hacer las dos cosas a la vez: rearmarse y no perder la amistad de Estados Unidos. Como lo ha dicho muy clara y acertadamente la actual HRVP, la señora Kallas, en una reciente entrevista. Aunque tampoco minusvaloremos a la opinión pública que piensa: “¿Qué más nos da el Donbás si eso nos garantiza la paz?”. El problema es que eso no va a garantizar la paz. Recompensar al agresor solo invita a nuevas agresiones en el futuro.

Luego está la promesa de hacer a Ucrania miembro de la Unión Europea. ¿Dónde queda? ¿Puede entrar en la Unión un país que sigue en guerra, o en una guerra larvada? ¿Y si se convirtiera en un submarino ruso, de salirse Putin con la suya, más aún de lo que ya es Hungría? Pero se les ha prometido —sobre todo Von der Leyen— que serían parte de la Unión en un plazo cortísimo. Pues bien: si la guerra acaba de ese modo, no entrará si quedara sometida a Rusia.

Todo esto pasa además en el momento de mayor fragmentación política dentro de Europa, con menos capacidad de unidad. ¿Cómo se combina esa fragmentación interna con la necesidad de actuar en un mundo cada vez más fragmentado?

La fragmentación del mundo empieza por casa, porque la primera fragmentación es la de la propia Unión Europea. La guerra de Gaza ya lo puso de manifiesto. La de Irán todavía más. Ahí se polarizan las posiciones, y si simplificamos podríamos decir que, por un lado, está España y, por otro, Alemania como representante de la posición mayoritaria.

En Gaza fue clarísimo. España pedía que Europa actuara; Alemania daba carta blanca a Israel. España, y yo como HRVP, decíamos que no se podían aceptar violaciones flagrantes del derecho humanitario. Pero una posición minoritaria. Y ahora más todavía, porque ya no se trata solo de pedir que actúe Europa, sino de actuar tú mismo con los instrumentos que tienes. En el caso español, por ejemplo, el uso de las bases conjuntas de los Estados Unidos en nuestro suelo.

Esta fragmentación y el hecho de que algunos países han utilizado el margen de acción que tenían frente a Estados Unidos nos sitúan en un terreno desconocido. Estados Unidos no puede amenazarnos comercialmente como si no supiera que somos parte de una unión aduanera y de una política comercial común. Tampoco está previsto expulsar a nadie de la OTAN. Pero, si busca mecanismos de represalia, los encontrará..

Sobre la posición de España. Usted fue ministro de Exteriores. ¿Qué se pone en la balanza cuando se toma una decisión de estas? Porque, para mí, proteger la soberanía española hoy es proteger la soberanía europea y, en cierta medida, también a la propia OTAN.

Hemos pasado de la declaración a la acción. Ya no es solo decir: “Hay que respetar el derecho internacional”. No, si no respeta el derecho internacional, no le ayudo a que lo haga. Eso es distinto.

Si España no fuera miembro de la Unión Europea, no se podría permitir lo que está haciendo. Es lo que yo llamo el teorema de la soberanía inversa: cuanto menos soberanía formal tienes, más soberanía real puedes ejercer. Es decir, cuanta más soberanía has compartido o transferido, más capacidad tienes para actuar de un modo que, de otra manera, no podrías.

Si existiera la peseta en lugar del euro, no podríamos hacer lo que hacemos, porque la peseta quedaría hiperdevaluada en los mercados financieros. Le pasó al franco a principios de los años ochenta, cuando Mitterrand intentó hacer una política más expansiva y le devaluaron la moneda tres veces hasta que se rindió a la disciplina presupuestaria. Lo recordamos muy bien porque un año después estábamos los socialistas españoles en el Gobierno y habíamos aprendido la lección francesa: nada de tirar del déficit porque el signo monetario puede dejar de valer.

Afortunadamente, estamos en el euro y no pueden devaluar la moneda española. Y, si lo hacen, lo hacen con todos. Lo mismo en materia comercial. Nosotros no tenemos relaciones comerciales autónomas con Estados Unidos; las tiene la Unión Europea. No puede hacerle un boicot comercial a España en solitario; si lo hace, se enfrenta al conjunto. Eso ya son palabras mayores.

Hemos prescindido de nuestra soberanía monetaria y comercial y, a cambio de ser menos soberanos formalmente, podemos actuar con más independencia. Estamos protegidos. ¿Cuánto vale esa protección? Muchísimo. ¿Cuánto dura? Lo que los socios quieran que dure. Sin embargo, es muy difícil, por no decir imposible, imaginar que se rompa en el plano monetario. Y, en el plano comercial, romperlo sería casi el fin de la Unión Europea.

Ahora bien, llevarle la contraria a Trump de forma tan clara, tan nítida y en tantos frentes —gasto en defensa, política migratoria, Oriente Medio— tiene riesgos. No sé exactamente qué puede hacer Trump, pero tiene varios resortes geopolíticos. Estamos donde estamos y tenemos los vecinos que tenemos. Se puede imaginar desde corrientes migratorias forzadas hasta problemas fronterizos. Aunque España también tiene peso: no es una república de millón y medio de habitantes.

Por otro lado está la experiencia histórica. Aznar nos metió en la guerra de Irak. Zapatero nos sacó. Y nos sacó cogiendo el teléfono, llamando a Washington y diciendo: “Mañana mis soldados se van”. Estados Unidos no necesitaba nuestras tropas. El problema no era militar. En Irak se demostró que sabe empezar las guerras y no sabe acabarlas.

Hay una corriente que sostiene que esta soberanía compartida europea no es incompatible con que España acentúe sus relaciones bilaterales con otros países. Charles Powell, por ejemplo, lo planteaba así. ¿España ha renunciado a una política exterior bilateral?

No. La política exterior española no ha renunciado a eso. Más bien diría que ha hecho más esfuerzos que otros por mantener, por ejemplo con China, una relación positiva. Entiendo muy bien lo que quiere decir Charles Powell, que es un analista muy fino y gran conocedor de la realidad anglosajona. Y, efectivamente, no debería ser incompatible.

Tampoco conviene minusvalorar la importancia que tiene para nosotros, en términos económicos, la relación transatlántica. No solo en términos militares. Las empresas españolas obtienen una parte muy importante de sus mejores ratios de beneficio con sus inversiones en Estados Unidos. Si uno mira la cartera de inversión exterior española, ve que antes estaba muy concentrada en América Latina y que ahora Estados Unidos ocupa una posición central. Además, tenemos una balanza comercial favorable.

Nadie menosprecia esa relación. Hay que hacer todo lo posible para que una posición política sobre un conflicto no deteriore una relación económica mutuamente beneficiosa. Pero vivimos en un mundo en el que la economía se ha convertido también en un arma. La weaponization of the economy se ve en lo más elemental: los aranceles se han convertido en el primer garrote que se saca para doblarle la cabeza al que no se comporta como uno quiere.

Por eso estoy completamente de acuerdo en que hay que intentar evitarlo. Y seguro que el Gobierno español lo tiene claro. Abrirse a los demás es algo que España ya ha hecho e incluso ha recibido críticas por ello. No se nos puede pedir que nos abramos y luego censurar con quién nos abrimos, como ha pasado con China. Hemos sido grandes apóstoles del acuerdo con Mercosur. Estamos dispuestos a abrirnos incluso sacrificando, en términos relativos, algunos intereses sectoriales propios. Así que, sí: si la relación con Estados Unidos se complica, no solo España, sino Europa en su conjunto, tendrá que buscar otros amigos y otros mercados. También, en general, para sostener el orden multilateral frente a las grandes potencias con tentaciones imperiales.

No hemos hablado de la Comisión Europea —que usted conoce bien—. ¿Qué problema ve hoy en su funcionamiento?

Hay un problema institucional grave en Europa: la Comisión pretende jugar el papel que los Tratados atribuyen al HRVP. Se están duplicando estructuras, funciones y esfuerzos. Se crean carteras para las que la Comisión no tiene competencia y hay una voluntad manifiesta de la presidenta de la Comisión de actuar como si ella, en particular, y la Comisión, en general, estuvieran al mando de la política exterior y de defensa. Y eso es absolutamente contrario a los Tratados.

El artículo 17 del Tratado de la Unión Europea dice que la Comisión no representa a la Unión en materia de política exterior y de defensa. Yo me limito a preguntar: este artículo, ¿sigue en vigor o no? Porque, a juzgar por las voces que salen de la Comisión, parecería que sí representa a la Unión. Y si no la representa y lo que dice son opiniones personales muy discutibles, como su posición sobre Gaza e Irán, o ahora sobre la validez del Derecho Internacional, entonces estamos contribuyendo a una gran confusión.

Lo vimos cuando Von der Leyen declaró en el Financial Times que Europa estaba preparada para intervenir en Ucrania y el ministro de Defensa alemán, Pistorius, le respondió que ella era “incompetente en esta materia y, además, no tiene competencia”. No podemos vivir permanentemente así, porque al final el resto del mundo pregunta: “¿Aquí quién manda? ¿Quién fija la posición?”.

Otro ejemplo: cuando Von der Leyen va al Parlamento Europeo y dice solemnemente que va a tomar medidas contra Israel, que va a sancionar a personalidades y que va a hacer cumplir el Acuerdo de Asociación. Primero: la Comisión no va a sancionar a nadie, porque la Comisión no tiene capacidad ni siquiera de proponer sanciones personales. Segundo: nada de eso se hizo después. Ni se propuso ni los Estados miembros lo habrían aceptado siquiera por mayoría cualificada. Todo quedó en un anuncio para soslayar un debate parlamentario. Pero el mundo no entiende que Europa funcione así.

Los estadounidenses preguntaban antes: “¿Cuál es el teléfono de Europa?”. Ahora deben de estar todavía más despistados, porque escuchan a una institución que pontifica sobre política exterior y defensa y deducen que algo tendrá que decir. Luego llegan los Estados y responden: “Un momento, esa política es nuestra”. La Comisión puede tener competencias parciales en industria de defensa, porque al fin y al cabo es industria. Sin embargo, una cosa es la industria de defensa y otra la defensa. La Comisión no puede pretender ser una especie de Pentágono en la sombra.

Eso conduce a una conclusión más amplia: la Unión Europea no fue concebida para el mundo de hoy. Es un invento de otra época, pensado para resolver los problemas de entonces. Se diseñó para hacer la paz entre europeos, y en eso ha funcionado muy bien. Pero sigue siendo una unión muy laxa entre un grupo cada vez más numeroso y heterogéneo de países que comparten, en el fondo, bastante poco. Algunos comparten moneda, hemos hecho invisibles ciertas fronteras, pero en lo demás las diferencias ideológicas son cada vez más marcadas.

Europa tiene hoy más enemigos que nunca, dentro y fuera. Si de verdad queremos una Unión que afronte los problemas de hoy, especialmente los que tienen que ver con la seguridad en todos sus sentidos, también el militar, entonces hay que rediseñarla. Hay que hacer un reset. De lo contrario, seguiremos retorciendo los tratados para hacerles decir lo que no dicen y para hacer lo que no nos dejan hacer, buscando interpretaciones alambicadas de los Tratados, a veces al borde del fraude de ley, para sortear unanimidades y sacar adelante lo que algunos quieren y otros no.

¿Menos ampliación y más profundización? ¿Dos velocidades?

Más que hablar en términos genéricos de dos velocidades, yo iría directamente al fondo de la cuestión. Si los europeos creen que tienen que unirse para asegurar colectivamente su defensa, deberían empezar a pensar en crear una Unión Europea de la Defensa, con un tratado nuevo, ad hoc, y entre aquellos que quieran estar. Empezando por una condición: aquí no hay unanimidad. Esto se podría combinar con cooperaciones reforzadas en fiscalidad, eurobonos, mercado interior, también sin derecho de veto, conformando un núcleo federal.

Ahora mismo podemos seguir haciendo como si el conflicto institucional dentro de la Unión fuera algo natural entre un poder ejecutivo comunitario y los poderes políticos nacionales. El problema es que hasta ahora las partes estaban de acuerdo en que la Unión hiciera ciertas cosas, y ahora ya no. Ahora hay un pulso entre un poder ejecutivo comunitario que quiere hacer lo que no puede hacer y unos Estados que no se lo reconocen, y que tampoco se ponen de acuerdo entre ellos, a veintisiete, con Orbán y Fico saboteando la ayuda a Ucrania y las sanciones a Rusia.

Por eso digo que, si seguimos como hasta ahora, con una mezcla cada vez menos homogénea de países cada vez más distintos, será muy difícil hacer lo que todavía no hemos decidido hacer. Somos los que somos para hacer lo que hoy hacemos. La pregunta es si debemos seguir siendo exactamente los mismos para hacer lo que todavía no hemos decidido hacer.

Si los europeos quieren de verdad avanzar en defensa, habrá que ir mucho más directamente al núcleo del problema. De lo contrario, seguiremos atrapados en la parálisis.

Muchas gracias.

Publicado en Agenda Pùblica el 15 de marzo de 2026.

Link https://agendapublica.es/noticia/20805/josep-borrell-union-europea-no-fue-concebida-mundo-hoy?utm_source=Agenda+Pública&utm_campaign=df25f7ff57-EMAIL_CAMPAIGN_2020_10_08_05_49_COPY_01&utm_medium=email&utm_term=0_452c1be54e-df25f7ff57-116894577

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Agustín Campero

Adrián Ramos, economista radical