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Ignacio Sánchez-Cuenca: “No sabemos si Delcy Rodríguez es Suárez o Arias Navarro”

Por Jorge De Diego Hurtado

Apesar de que la Transición comenzase hace ya más de cincuenta años, esta etapa histórica juega un papel determinante en la política española de 2026. Ahora más que antes, los partidos centran parte de sus discursos en loas o críticas a la forma en que España abandonó el franquismo sin “romper” con la legalidad. Pero su relevancia atraviesa más que el juego formal de la política, porque ayuda a entender la confección de la España del presente y, por qué no, el futuro de otros países que quizá afrontan transiciones similares a la comenzada en nuestro país en 1975.

Sobre todo ello, el catedrático de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid Ignacio Sánchez-Cuenca es un referente académico. Su última obra sobre este tema es Las huellas de la Transición (Editorial Catarata, 2025), escrita junto al sociólogo y politólogo estadounidense Robert Fishman, pero no es la únicaEn este último ensayo, defiende que “se sentaron las bases para poder ir más lejos”, si bien “no se fue más lejos ni en ese momento ni tampoco después”.

En cuanto a la vigencia de la Transición, sostiene que “es un hecho” y lo aterriza también con un ejemplo político: el procés. A su juicio, la crisis catalana “revela el abandono de los principios que rigieron los grandes acuerdos de la Transición”, con “guerra sucia” y “operaciones en las cloacas del Estado” que despuntaron en aquel 2017.

Yendo más allá de España, el también doctor en Sociología analiza el escenario político en Venezuela, donde sondea la idea de una transición a la democracia. Reconoce que “hay muchísima incertidumbre”, pero admite que las condiciones actuales en Caracas son muy distintas a las que tenía Madrid por entonces: “La economía venezolana está destrozada” y así “es mucho más difícil mantener una cierta paz social que en una situación como la de España en 1975”.

Lo que sigue es mi conversación ligeramente acortada con el catedrático:

Da la impresión de que, más allá de que se cumplan cincuenta años de la Transición, el tema está más vigente hoy que hace unos años. ¿Comparte esa idea?

No es una idea, es un hecho. Tengo una estudiante a la que le supervisé su trabajo de fin de grado el año pasado y en él contabilizó cuántas veces aparecían en la prensa española —en El País y en ABC—, referencias a la Transición desde 1982 hasta el presente. Lo que se observa es que desde 2018 en adelante hay un aumento bastante considerable.

Si me pregunta la causa, no tengo una respuesta, pero es un hecho que desde 2018 hasta el presente ha habido una mayor presencia de la Transición en el debate público español.

Esa presencia, además, parece ir acompañada de una tendencia: los jóvenes se separan más de esa fase de la historia. ¿Por qué cree que pasa? ¿Es algo temporal o más estructural?

En el libro reciente con Robert Fishman, Las huellas de la Transición, ofrecemos algunos datos observando, desde los años ochenta hasta ahora, las respuestas en la opinión pública a la pregunta de si el entrevistado está orgulloso de la Transición española.

En general, la sociedad española, tanto en los años ochenta como ahora, se muestra muy orgullosa de la Transición y lo hace sin grandes variaciones. Es uno de los pocos momentos históricos que despiertan un acuerdo casi universal en España. Resulta asombroso, porque ahora mismo hay desacuerdos acerca de todo y, sin embargo, sobre la Transición se mantiene todavía una visión compartida y positiva.

Es verdad, sin embargo, que a partir de la segunda década de este siglo el consenso se resquebraja y aparecen mayores diferencias. Y esa mayor divergencia tiene dos componentes: uno ideológico y otro generacional.

La quiebra ideológica es que se ha producido una inversión en los extremos. La extrema derecha era la que tenía la visión más negativa de la Transición en los años ochenta y, sin embargo, ahora se ha convertido en una gran defensora, mostrando un fuerte orgullo sobre la Transición. Y la extrema izquierda, que antes opinaba igual que el resto (la izquierda y la derecha tenían más o menos el mismo nivel de apoyo), ahora es mucho más crítica.

Y también hay una quiebra generacional. Las generaciones más jóvenes, las que no tienen memoria directa de la Transición, han reducido su entusiasmo acerca de aquel periodo. Y si sumamos ambas cosas, teniendo en cuenta que la extrema derecha tiene más presencia entre los jóvenes que entre los mayores, se puede entender que dentro del sector más joven se esté produciendo una cierta polarización: jóvenes de extrema derecha con una relación más positiva con la Transición y jóvenes de izquierdas con una opinión cada vez más crítica al respecto.

Dentro de las críticas “sanas” a la Transición, una idea recurrente es que se podía haber hecho más y que se optaba a un sistema democrático mejor. Con su perspectiva académica, ¿lo ve factible o es un deseo idealista a posteriori?

Que en España hubo un cambio político profundo en la Transición es indudable, no lo cuestiona nadie. Que ese cambio fuera suficiente o insuficiente es donde comienzan las divergencias.

En Las huellas de la Transición intentamos defender una tesis que va más allá de si hubo un desarrollo suficiente o insuficiente de la democracia. Lo que sostenemos es que en la Transición se sentaron las bases para poder ir más lejos. Y no se fue más lejos ni en ese momento ni tampoco después.

Es decir, no se le puede echar toda la culpa a lo que se hizo en los primeros años de la democracia: los gobiernos sucesivos tampoco resolvieron las tareas pendientes de la Transición, aquello que no se pudo hacer en su momento. Y si no se hizo ni en la Transición ni se hizo después, a nuestro juicio sería injusto achacarle toda la responsabilidad a la Transición.

Quizá se entiende mejor con un ejemplo: la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1776. Es un texto que se abre con una declaración enfática de igualdad entre los seres humanos y de derechos inalienables. Pero esa declaración se hizo en una sociedad esclavista, y los padres fundadores no acabaron con el esclavismo. Ahí hay una insuficiencia.

Se podría decir: “Aquello no sirvió para nada, era pura retórica”. Sin embargo, esas palabras, pese a no transformar en ese momento la esclavitud, fueron luego empleadas por Lincoln tras la Guerra Civil para acabar con el esclavismo. Posteriormente, fueron las mismas palabras que utilizó Martin Luther King en su famoso discurso en Washington, I have a dream, para reclamar la igualdad efectiva entre todos los ciudadanos con independencia de su origen étnico.

De la misma manera, pensamos que en la Transición, aunque hubo insuficiencias, tareas incompletas y asignaturas pendientes, se sentaron las bases para poder ir más lejos. Y si no estamos yendo más lejos no es porque en la Transición se cerraran puertas, sino porque no hemos sido capaces de recorrer el camino que se abrió entonces y nos hemos ido cerrando las puertas a nosotros mismos.

Hablan de que la Transición está “viva”, que es un proceso que sigue. ¿Se le ocurre un ejemplo actual de qué podemos aprender de ella, de cómo es útil en la política de hoy, en 2026?

En la política de 2026 no sé muy bien cómo responder porque está todo muy enmarañado. Pero una ilustración que desarrollamos en Las huellas de la Transición es la crisis de Catalunya en 2017. Fue una crisis que afectó a toda España y que se resolvió sin que las partes, en ningún momento, se sentaran a negociar.

El Gobierno de España no quiso negociar con los independentistas. Hubo guerra sucia, hubo operaciones en las cloacas del Estado que se están todavía resolviendo judicialmente, hubo acciones unilaterales por parte del Govern y de las autoridades catalanas que rompían el orden constitucional, hubo represión el 1 de octubre… Aquello fue un desastre. Eso es todo lo que no se tiene que hacer en una democracia.

Lo que hacemos en el libro es comparar cómo se resolvieron conflictos similares en la época de la Transición. Y opinamos que la crisis de 2017 revela el abandono de los principios que rigieron los grandes acuerdos de la Transición. Se hizo muy mal todo lo que tiene que ver con la crisis catalana de 2017.

Pensamos que, si se hubieran aplicado los esquemas de la Transición, se habrían evitado muchos problemas y no se habría erosionado tanto el sistema democrático como ocurrió en esos momentos. Si nos hubiéramos inspirado en los principios de diálogo, negociación, tolerancia mutua y reconocimiento de legitimidad del rival, se podría haber evitado una gran crisis constitucional como la que vivió España entonces.

Quería preguntarle por el caso de Venezuela y las comparaciones con España que se han puesto sobre la mesa. Incluso por parte del secretario Estado Marco Rubio. Se compara a Delcy Rodríguez con Adolfo Suárez y se sondea la idea del “paso de la ley a la ley”. ¿Qué rasgos del caso español lo hicieron posible y hasta qué punto es extrapolable a Venezuela?

No sabemos todavía si Delcy Rodríguez es Adolfo Suárez o es más bien Carlos Arias Navarro. No lo sabemos. Si es Arias Navarro, eso significa que el proceso de apertura en Venezuela sufrirá algún tipo de shock o de crisis y será reemplazada por otra persona capaz de llevar a Venezuela hacia una democracia homologable. Hay muchísima incertidumbre.

España no es el único país en el que se observa un tipo de reforma interna mediante la cual una dictadura se convierte en democracia. Es quizá uno de los primeros y destaca mucho porque, cuando muere el dictador, en 1975, el régimen era muy fuerte todavía. Tenía un control claro del Estado y del orden público. No era una dictadura en proceso de descomposición. La economía iba razonablemente bien en 1975, aunque había problemas por la crisis del petróleo, pero no se manifestaron tan claramente hasta unos años después.

Uno podría pensar que era muy improbable que triunfara una especie de suicidio institucional (el famoso harakiri) y, sin embargo, se dio. Luego lo hemos visto en otros países: en Corea del Sur y en algunas transiciones en el este de Europa, donde son las propias asambleas legislativas, elegidas bajo constituciones de partido único, las que reforman sus propios valores constitucionales y admiten el pluralismo político. España marca una tendencia, pero no es el único país en el que ha ocurrido algo similar.

La principal diferencia entre el caso español y el venezolano no es tanto la dinámica política que se pueda poner en marcha ahora como las condiciones de partida. La economía venezolana está destrozada. Venezuela ha sufrido un proceso de pauperización pocas veces visto en la historia comparada, salvo en momentos de guerra. En una situación así es mucho más difícil mantener una cierta paz social que en una situación como la de España en 1975, que ya era un país bastante próspero.

Hay un estudio comparado sobre transiciones a la democracia muy famoso, realizado por Adam Przeworski y Fernando Limongi en 1997, en el que mostraban que la probabilidad de que España fuera una democracia a mediados de los años setenta era del 80% dado su nivel de renta per cápita. Es decir, el país ya estaba maduro: era una fruta madura y solo tenía que caer del árbol la democracia.

Eso no sucede en Venezuela. Las condiciones económicas de partida son mucho más desfavorables y, por lo tanto, no cabe garantizar en absoluto que un proceso de transición desde dentro del régimen vaya a tener éxito.

En su último libro aparece también la idea de la reinterpretación constante de la Transición. Esta noción de “reescribir” o “reinterpretar” la historia puede sonar extraña: ¿es algo bueno, malo o simplemente normal?

Cuando hay grandes procesos de cambio en cualquier país, ese momento nunca queda cerrado. Es objeto de reinterpretaciones constantes y se le van acumulando significados nuevos que modifican los originales en un proceso sin fin.
Pasa con la guerra civil española: han transcurrido muchos más años que en el caso de la Transición y sigue habiendo desacuerdos y nuevas interpretaciones. Pero sucede también con la guerra civil americana, con el momento fundacional en Estados Unidos, o con la caída de los fascismos en países europeos y el momento constitucional que se abre a raíz de ese colapso.

En todos los países, cuando hay momentos históricos y trascendentales de cambio, eso ya nunca se cierra del todo en el debate público y queda abierto a interpretaciones muy diversas. No creo que haya nada preocupante: más bien es saludable porque nos obliga a mirar al pasado, a reinterpretarlo desde nuestro presente y, a la vez, a sacar enseñanzas de lo que se hizo entonces. Puede desperdiciarse el esfuerzo, por supuesto, pero en principio es normal que estos procesos de discusión colectiva no acaben nunca.

Para cerrar: si pudiera estar en una sala con Suárez, Fernández-Miranda, Fraga, etc. durante la Transición y advertirles de un error, o señalarles algo que cambiaría con la perspectiva de hoy, ¿qué les diría?

Lo que les habría dicho es que estaban haciendo un sistema demasiado cerrado desde el punto de vista democrático.

Había un temor muy fuerte a que la nueva democracia reprodujera problemas de inestabilidad de otros momentos de nuestra historia. Tenían muy presente la inestabilidad de la Segunda República y forjaron un diseño constitucional en el que el Gobierno es muy fuerte con respecto al legislativo y donde los partidos políticos y las instituciones formales tienen, a mi juicio, un protagonismo excesivo.

Todo lo que tiene que ver con movimientos sociales, movilizaciones populares y demandas que vienen desde la sociedad civil recibe mucha menos atención. Quisieron crear gobiernos fuertes y partidos fuertes, pero desdeñaron las consecuencias que eso iba a tener en el desarrollo de la sociedad civil y, en general, de una opinión pública potente, capaz de controlar a los gobiernos.

De ahí derivan algunos de los problemas que hemos visto en décadas posteriores: cierta impunidad de los grandes partidos, abusos del Estado de derecho, corrupción… Todo eso se debe a que el sistema político está excesivamente blindado, cerrado frente a las presiones sociales. Eso es un poco lo que me atrevería a decirles póstumamente, si tuviera la oportunidad.

Muchas gracias.

 

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