lunes 15 de diciembre de 2025
spot_img

Huellas argentinas detrás de la sombra del dictador español Francisco Franco

Españoles … ¡Franco ha muerto!” Con ojos humedecidos y una congelada emoción, Carlos Arias Navarro, entonces presidente del gobierno español, lucía devastado. En el comienzo de su anuncio, utilizaría apenas cinco segundos para confirmar la noticia que España y el mundo aguardaban desde hacía una larga agonía. Ocurrió hace cincuenta años, el 20 de noviembre de 1975: a las 10 de la mañana, hora española, el funcionario más próximo al Generalísimo, como le decían al dictador que había regido los destinos de su país y de las vidas de sus habitantes durante cuarenta años, continuaría con su arenga fúnebre en aquella jornada de duelo para unos, de contenido júbilo para otros, en todo caso de cierta extendida congoja porque luego de esas cuatro décadas de intercambio de diatribas, odios que traspasaron generaciones, y atascos institucionales que parecían ya perpetuos, España finalmente quedaba desnuda, con sus heridas y cicatrices a la intemperie. A las 4:58 de aquel amanecer histórico, Franco se había marchado de la vida terrenal, pero sus querellas violentas seguirían influyendo en el gradual y complejo retorno de España a su institucionalidad democrática, proceso que se conocería como “la transición española”.

La pieza de Arias Navarro duraría 6 minutos y 43 segundos y tendría su pico más alto de emotividad hacia el final, cuando leyó los deseos finales del caudillo entre balbuceos y un esfuerzo ciclópeo por controlar su llanto, misión condenada al fracaso para un hombre que había perdido a su compañero de ruta y de ideas de toda una vida: “Quisiera por última vez en mi último momento unir los nombres de Dios y de España, y abrazaros a todos para gritar juntos por última vez en los umbrales de mi muerte…¡Arriba España, viva España!”.

En la hora final, se trazaba en su nombre lo que Franco había imaginado como la construcción de una España sin su tutelaje. Para eso llamaría a la sociedad y a la dirigencia a que “rodeen al rey Juan Carlos de Borbón”. Franco se despedía, a sus 82 años, en su aspiración de inmortalidad como el jefe de la España vencedora de la Guerra Civil que desangró a su suelo: había restituido la monarquía, levantado el estandarte católico y nacionalista y señalado el rumbo a transitar en su ausencia perpetua.

Esa guerra fratricida se dio en un contexto particular. España no se había recuperado de la melancolía de glorias extraviadas por la pérdida de sus estratégicas posesiones de ultramar, como Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Apagadas ya las luces del viejo Imperio, en el cual “nunca se ponía el sol”, en el plano doméstico crecía entre nacionalistas ultramontanos y monárquicos el fantasma del triunfo republicano en las urnas en las elecciones para diputados de febrero de 1936, logrado por un amplio frente de izquierda internacionalista. Franco, desechado por el generalato de Madrid, había desarrollado gran parte de su meritocracia militar como comandante militar de las Islas Canarias y en el protectorado de Marruecos, donde no paraba de lograr ascensos y reconocimientos por sus valías militares.

El guerrero ultra católico, nacionalista y autoritario declararía su insurrección el 17 de julio de 1936 y entregaría su alma a Dios para expulsar “a los rojos” del poder. Con el transcurrir de los años trágicos de la guerra en su patria sería declarado por la Junta Nacional de Defensa “Jefe del Gobierno del Estado español y Generalísimo de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire.” Ya vencedor en los campos de batallar, y con España sangrando y lar armas aún humeantes, sería nominado para un mandato “vitalicio y otorgado por la Divina Providencia”.

Es mirado por humildes y poderosos como el Caudillo de España, Generalísimo de los ejércitos, jefe nacional del movimiento, jefe del gobierno y jefe de estado. La suma del poder público ya era suya. Una desmesura que haría de su victoria no una puerta para el reencuentro de los españoles, sino un camino hacia una dictadura inclemente. Franco coqueteaba con Hitler y con Mussolini, pero a la hora de la verdad decidiría cerrar las fronteras de España y librar en su territorio ese áspero enfrentamiento, casi tribal y a muerte: “las dos Españas” quedaban cara a cara. Sólo una sobrevivirá.

En aquellos tiempos, en la Argentina gobernada el general Agustín P. Justo, quien declararía al país “prescindente” con relación a lo que ocurría en tierras españolas. Más deseo que realidad: sería imposible evitar que aquella guerra no impactara en un país en el que ya el censo de 1895 ya contabilizaba 198.000 inmigrantes de España, cifra que crecería a 841.000 en 1914. Y los datos previos a la Guerra que desangraría a España con más de un millón de muertos, certificaban que entre los años 1921 y 1930 habían arribado otros 232.000 hispanos. Se decía que en Buenos Aires residían más gallegos que en Santiago de Compostela, icónica ciudad de Galicia, en la que Franco había nacido en la pequeña localidad de El Ferrol el 4 de diciembre de 1892.

La Avenida de Mayo, un bulevar pacífico y festivo para la inmigración española más calificada, que unía la Plaza de Mayo con el Congreso, pronto, conflagración mediante del otro lado del Atlántico, pronto se convertiría en un escenario de improperios, amenazas y refriegas varias, como si se tratara de un territorio bélico que, océano de por medio, reproducía el rugido de las armas, pero sin pólvora.

Las palabras venenosas volaban de vereda a vereda y daban lugar a escenas de pugilato, por el honor y las convicciones. La espléndida vía, fundada en 1894, ya alojaba hoteles, bares y teatros que atraían a la colectividad hispana en galas y tertulias amables. Un retazo, sobre todo madrileño y catalán, en el corazón de Buenos Aires. Habían transcurrido 42 años desde su nacimiento cuando tuvo lugar el golpe franquista. Sería la convicción militar de ese general gallego de El Ferrol por defender a como diera lugar a la España “de la cruz, la espada y el glorioso pasado imperial” la que súbitamente transformaría los flamantes y aristocráticos adoquines del progreso, en un campo minado: cada vereda de esa joven Avenida de Mayo se volvería con urgencia en trinchera de dos bandos que se dedicarían a las trifulcas perpetuas: republicanos y “rojos” de un lado, en pie de guerra contra monárquicos y nacionalistas del otro.

Los españoles que empezaban un nuevo destino en Buenos Aires se aquerenciaban en buen número alrededor de esa Avenida con talante de romería: poblaban sus bares y restoranes, consumían chocolate con churros y entremeses propios de las tertulias hispanas, mientras evocaban festividades de la tierra lejana.

Al llegar la guerra, en algunos de esos bares y comederos alumbrarían ajetreos ideológicos, en particular en dos de esos comercios, el Iberia y el Español, constituidos en dos frentes que guerreaban a diario en nombre de cada contendientes de la tierra lejana. Militares, conservadores, falangistas, monárquicos y la cúpula de la Iglesia Católica se habían conjurado contra los “republicanos”, es decir los partidarios del Frente Popular, comunistas, socialistas, anarquistas, sindicalistas, nacionalistas vascos y catalanes.

Cada bando hizo de esos bares un búnker propio. El Iberia, el nido republicano. Y El Español, cueva nacionalista del golpismo de Franco. Aun así, un reducto gastronómico, tradicional hasta los días que corren, apostaría por la neutralidad, ya desde su mismo nombre (El Imparcial, todavía en Salta e Hipólito Yrigoyen), en donde la nostalgia por los platos de cuna hispana podía satisfacerse con los mejores estándares gastronómicos. En tanto, la sirena del diario La Prensa, que ululaba ante graves circunstancias, sonaba con frecuencia para anunciar las novedades del tablero de la guerra.

Al progresar el conflicto, el lema republicano de “No pasarán” se haría grito y sentimiento en las calles porteñas, allí donde fuere que se refugiaran las simpatías republicanas. El apotegma aludía a la defensa, en Madrid, del último bastión republicano para detener la arrolladora marcha de las falanges del dictador en ciernes, cuyas tropas habían barrido a las ya desordenadas huestes enemigas en el resto del territorio. El historiador Félix Luna contaría que ante la consigna republicana del “No pasarán”, con Dolores Ibárruri, vasca y comunista, como símbolo de la resistencia, al caer el bastión madrileño, en pleno centro de Buenos Aires surgirían las manifestaciones provocativas: “¡Ya pasamos!”.

Como consecuencia del sistema de represión y terror que impondría Franco para ratificar el sojuzgamiento de los vencidos, una gran diáspora española llegaría a la Argentina para escaparle a la división, la pobreza, la hambruna y la muerte que sobrevolaban las ruinas del viejo Imperio monárquico, que Franco estaba empeñado en reconstruir. Fueron numerosos los intelectuales y artistas españoles que buscaron refugio en nuestro país. Una mención rápida, seguramente incompleta: el escritor y pintor Luis Seoane, el poeta Rafael Alberti, la escritora y activista María Teresa León, la pintora Maruja Mallo, el artista plástico Wifredo Viladrich, la actriz Margarita Xirgu, de enorme prestigio teatral, quien estaba de gira por América Latina cuando estalló el conflicto armado, lo cual la llevaría a asumir su exilio argentino. También, el dramaturgo Alejandro Casona, con su clásica obra de años posteriores “Los árboles mueren de pie”, el actor y director Eduardo Borras, el estelar compositor Manuel de Falla.

Y no sólo eso, compañías teatrales enteras se aquerenciaron en teatros porteños, donde hicieron brillar zarzuelas y otros clásicos de la riquísima cultura española, representaciones y puestas que en España desfallecerían con el franquismo, salvo en aquellos artistas adictos o sometidos por el régimen. En Buenos Aires, los teatros Avenida y del Pueblo fueron templos creativos del espectáculo español en el exilio, que los convirtió en una vidriera de la resistencia cultural al franquismo.

Uno de los nombres más impactantes, que deslumbraría al público argentino y lo transformarían en una estatua viviente del destierro cultural, fue el de Miguel de Molina, cantaor y artista de ese espíritu españolísimo, quien arribaría al país en 1942, hostigado por las peores fauces del franquismo “por rojillo y por marica”. Similar había sido el caso de Federico García Lorca, quien había llegado al país antes de la guerra, en 1931. No formó parte del éxodo, pero sí fue víctima de su ingenuidad, que lo llevó de regreso a España para convertirse en inmediata presa indefensa del franquismo más salvaje. Desoyendo los consejos de la gran cantidad de amigos que había hecho en Buenos Aires, regresaría a su país con la guerra ya estallada. A los pocos días, se comprobó que su destino estaba sellado: sería asesinado por las patrullas franquistas al costado de un camino de su amada Granada.

La intensidad de aquella guerra fue tal que dividiría a la intelectualidad y a la colonia artista argentina de la época. Según la revista Todo es Historia, número 110, de julio de 1976, algunos pocos nombres definen la identidad de los bandos enfrentados por “pasiones ajenas” de aquella grieta cultural y política. Con la República estaban los actores Pedro López Lagar, Enrique Muiño, los escritores Jorge Luis Borges y Victoria Ocampo, los cantantes Libertad Lamarque y Agustín Irusta, y los políticos Angel Borlenghi y Diego Luis Molinari, entre tantos otros. Con el nacionalismo del dictador, la revista contaba a los escritores Julio Cortázar y Leopoldo Marechal, las actrices Lola Membrives y Tita Merello, los políticos, Luis María de Pablo Pardo y Matías Sánchez Sorondo, el sacerdote Gustavo Franceschi y el historiador Vicente Sierra.

Rafael Abella, periodista y escritor español especializado en la vida cotidiana de su país desde la Guerra Civil hasta 1990, asegura en “Forjadores del Mundo Contemporáneo” (editorial Planeta, 1979) que bajo la tutela de Franco, entre 1940 y 1945, “España atraviesa uno de los períodos más sombríos de su historia… La escasez de alimentos, la penuria de todo tipo de bienes se extiende al carbón, a la energía eléctrica”. En esas circunstancias tendría lugar uno de los cruces de la historia, o del destino, entre Franco y Perón, entre el franquismo y el peronismo.

El historiador y abogado Ignacio Cloppet, especialista en escrutar las claves y secretos del movimiento creador por Perón, cuenta que en tierras del Generalísimo el General encontraría “admiración y solidaridad. Los españoles no habían olvidado el envío de medio millón de toneladas de trigo que hizo en 1947. Tampoco la intervención diplomática argentina de 1946 para impedir el cerco diplomático y el castigo internacional promovido por los EE.UU. y la ONU como condena de las naciones vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. No olvidaban la visita de Eva Perón en 1947, su mensaje de afecto y aliento por España”.

Con asilo concedido a fines de 1959, Perón había llegado a la península vía Sevilla el 26 de enero de 1960 y hasta su regreso definitivo a la Argentina el 20 de junio de 1973 jamás se vio cara a cara con Franco. Se recelaban mutuamente. El caudillo español era severo con las normas del asilo, que fastidiaban mucho a Perón, aunque las cumpliera a rajatabla. Quizá haya influido en el jefe justicialista la impresión de Evita durante su gira por España, que la colmó de agasajos, elogios y admiración: según el periodista Jorge Camarasa en “La enviada”, libro en el que detalla el viaje solidario de la mujer del líder peronista por España y otros países europeos. Evita vería a Franco “petiso, barrigón, con pinta de almacenero y llevaba una banda que se le apoyaba en la panza”. Le recordaba a un poco agraciado vendedor de pollos de Junín, donde vivió hasta su adolescencia. Para colmo, con apenas 28 años.

Evita era un torbellino que arreaba el protocolo y la discreción a su antojo, algo que irritaba al cincuentón y autoritario Franco. Llegó a interceder por Juana Doña, una sindicalista y militante comunista, condenada a muerte por el régimen. Pidió benevolencia por ella y logró que le cambiaran la sentencia por 30 años de cárcel. Cuentan que Franco debió tragar su furia y se mostraría perplejo. No sabía por qué franquistas y antifranquistas veían a la mujer de Perón como “un hada buena y milagrosa”, que brillaba a su paso. Si hasta había logrado comentarios favorables a España en The New York Times, algo poco frecuente.

Eva moría en 1952. Franco la sobreviviría 23 años. Cuentan que, en su agonía, una cruz, se le escuchó decir “qué duro que es morir”. Justo él, que había mandado a matar a tanta gente y que había podido con tanto y con tantos. Sin embargo, debió dejar con vida a Juana Doña, que moriría el 18 de octubre de 2003, a los 83 años. Uno más que el Generalísimo a la hora del adiós.

Publicado en Clarín el 20 de noviembre de 2025.

Link https://www.clarin.com/mundo/huellas-argentinas-detras-sombra-dictador-espanol-francisco-franco_0_Rm7Oqeh1qV.html

spot_img
spot_img

Veinte Manzanas

spot_img

Al Toque

Rodolfo Terragno

Narcotráfico e ideología

Alejandro Garvie

Sacrificar la torre

Eduardo A. Moro

Un palacio abandonado