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Opinión 01 05 2021

Hoy como ayer, las facciones del peronismo luchando cruentamente por el poder


Autor: Emilio Cornaglia









Hace casi 50 años la Plaza de Mayo se convertía en el escenario donde el General Perón perdió definitivamente la paciencia. Ya entrado en años y con su salud deteriorada, pero con la legitimidad que le otorgaba haber conseguido el 62% de los votos, fustigó a los “jóvenes imberbes” que ocupaban el costado izquierdo de la Plaza, cristalizando una ruptura en el movimiento peronista que aceleró irremediablemente la debacle en la que venía cayendo la Argentina.

Ya desde su exilio en Madrid, Perón veía cómo el juego siniestro de los Montoneros y los sindicatos peronistas se iba desmadrando, en una escalada de violencia y terror que no frenaba más. Desde el secuestro y ejecución de Aramburu, con el que Montoneros se presentó en sociedad, pasando por el atentado a Hipólito Solari Irigoyen, hasta el asesinato del líder sindical Jose Ignacio Rucci, liquidado de 23 balazos en la calle a plena luz del día.

La otrora “juventud maravillosa” empezaba a ser una molestia para Juan Domingo Perón y la palabra del viejo líder no alcanzaba para calmar las ansias “revolucionarias” de los Montoneros, que habiendo unido fuerzas con otras organizaciones como el PRT-ERP y las FAR, alimentaban la confrontación con tomas de regimientos militares, secuestros extorsivos y cruentos asesinatos que eran denominados “ejecuciones”.

Los “culatas” agrupados en la derecha sindical peronista no se quedaban atrás: provistos de armamento pesado, aprovechaban la estructura sindical y el poder político otorgado por el Gobierno para desplegar operaciones en las que intentaban congraciarse con su líder por medio de la violencia y el terror. Su mentor, el “Brujo” López Rega, aprovechaba su cercanía con el Presidente Perón para conseguir apoyo político y recursos que sostuvieron la expansión de “la triple A”, el brazo parapolicial del Gobierno peronista.

Ese primero de Mayo debía ser una fiesta popular, celebrando el Día del Trabajador que había sido decretado por el Presidente Alvear en 1925 pero que fue resignificado y apropiado por el Peronismo como un hito de cuño propio. Pero tanta locura y desenfreno llegó a límites inaceptables para el Presidente, que aprovechó el balcón de la Casa Rosada para bajar un mensaje contundente a esos jóvenes que intentaban correrlo por izquierda con cánticos y consignas. La frialdad y templanza con la que acostumbraba manejarse fue sustituida por la bronca y la pasión: Perón se dirigió a las columnas montoneras diciéndoles “estúpidos que gritan”, “imberbes” y “mercenarios al servicio del dinero extranjero”.

El triste final de este cuento es por todos conocido. Agotado, el corazón del General dejó de latir y abrió un vacío difícil de llenar. Su mujer, Maria Estela Martinez de Perón, asumió la Presidencia del país en el marco de una crisis económica, social y política sin precedentes. La interna del movimiento peronista estaba a flor de piel, impregnando la vida cotidiana de muerte y terror. La violencia sólo engendró más violencia, dando paso a las páginas más oscuras de la historia nacional.  

A casi cinco décadas de aquel episodio que marcó un punto de inflexión en la Argentina, asistimos impávidos a otra puja de poder entre facciones del peronismo gobernante. Como si no hubiera una pandemia que marcara prioridades a la agenda gubernamental, y como si no existiera una profunda crisis social, política y económica que corroe los cimientos de la patria, el “albertismo” y el “cristinismo” se trenzan en una lucha sin cuartel por espacios de poder y cargos en el Poder Ejecutivo.

El objetivo es claro: más allá de las necesidades vitales de una sociedad cuyo 42% vive en la pobreza, la disputa de poder disfrazada de batalla política persigue más dinero e impunidad. Otra vez, la Argentina sufre las consecuencias del juego siniestro al que nos somete el peronismo, otra vez la política es usada como pretexto para satisfacer las ambiciones personales de sus líderes que declaman gobernar en beneficio del pueblo mientras se llenan los bolsillos.

Pero la Democracia está consolidada y, mal que le pese al Gobierno, tendremos una nueva oportunidad para ponerle un freno a esta locura. Estas elecciones legislativas serán un momento cúlmine en el que la sociedad podrá “hacer tronar el escarmiento” contra este Gobierno corrupto y autoritario: menos poder para sus bloques en el Congreso, más limitaciones republicanas y mayor control al Poder Ejecutivo. El primer paso para no repetir errores del pasado que tan caro nos costaron.