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Historia reciente e incertidumbres políticas: Brasil y unas elecciones presidenciales marcadas por la polarización pendular

Un lugar común: Brasil atraviesa un momento de incertidumbre política.

¿Las elecciones brasileñas de este año son todavía más inciertas de lo que parecen? Probablemente.

Me gustaría colocar estos interrogantes en un marco más amplio, no limitado a la contienda electoral próxima (aunque sí abarcándola).

Suele decirse: Brasil está entre la recuperación económica y la polarización política permanente; pero, hagamos un poco de historia reciente. La polarización permanente es algo nuevo en la política brasileña, porque lo que caracterizó durante unos 20 años a la política brasileña (digamos entre 1994 y 2013) fue un ciclo de convergencia en el centro, de cooperación más real de lo que se admitió, entre el PSDB (núcleo de una coalición) y el PT (núcleo de otra coalición). Y eso funcionó de un modo no polarizador. Lo llamaré ciclo de convergencia.

Pero ahora estamos en un ciclo de polarización, que no sabemos si continuará o dará lugar a otro ciclo. Tal es la incertidumbre relevante. La polarización se expresa, por cierto, hoy día, en un plano retórico; por ejemplo, para el PT las próximas elecciones enfrentan “dos proyectos antagónicos”: uno “democrático-popular” vs uno “excluyente, alineado con el capital financiero y la extrema derecha global”. Considerando lo que he aprendido de la política brasileña, estos posicionamientos – del mismo modo que la virulencia retórica bolsonarista – no deberían ser tomados demasiado en serio. Pero hoy por hoy, esto lo que podemos escuchar. En el caso de la oposición la campaña está muy condicionada por la situación de Bolsonaro padre, pero si Jair no estuviera preso, una retórica encendida tendría lugar igual.

Pero el actual viene siendo un ciclo polarizador con alternancia. En este marco, las elecciones en puerta son en efecto más inciertas en sus resultados de lo que podrían parecer.

Uno de mis puntos, es que se ha pasado, entonces, de un ciclo de convergencia en el centro a un ciclo de polarización con alternancia. En el ciclo de convergencia no hubo nada parecido a la “crisis Bolsonaro” (2019-2022), mientras que en el ciclo de polarización no hay nada parecido, por ejemplo, a la Carta del Pueblo Brasileño firmada por Lula contando con la lealtad de Fernando Henrique Cardoso. En verdad el ciclo de polarización dispone de demasiados ingredientes, como por ejemplo las sucesivas prisiones de Lula y Bolsonaro, donde la Justicia ha recibido fuerte influencia del Ejecutivo (esto en el caso de la prisión de Lula fue clarísimo).

Para comprender bien esto, y pensar en posibles escenarios de desenlace de la actual coyuntura, se puede comenzar identificando rasgos de largo plazo de la política brasileña y su conjugación con rasgos nuevos; que el sistema político está fragmentado es un aspecto que todos conocemos, sin embargo, el PSDB y el PT eran dos partidos de gran envergadura y cierta solidez (por diferentes razones); hoy el PSDB a nivel nacional prácticamente desapareció – corrió una suerte parecida a la de la UCR en Argentina, y se puede decir, claro, sí, es la suerte que les toca hoy día a los partidos del centro, pero la diferencia es que el PSDB gobernó y modernizó, antes de marchitarse, y la Alianza no hizo ni una cosa ni la otra,  o sea el ciclo incluyó un éxito del centro en Brasil, aquí no – pero al cabo, el PSDB se sumió en un crisis y el PT como partido parece de momento agotadísimo, y se remarcaron en él, lógicamente, sus características de liderazgo de popularidad.

Entonces, en el marco de un sistema político partidario históricamente fragmentado, el ciclo de convergencia fue exitoso por un tiempo asombrosamente largo, pero al fin terminó. ¿Y cómo se pudo gobernar durante ese ciclo? Con líderes experimentados – en el Poder Ejecutivo y en el Congreso –, en la ingeniería política del presidencialismo de coalición (pc). Ahora ha vuelto a ser dominante la fragmentación partidaria, el pc está en un contexto político adverso, el de polarización, donde mal funciona, y por eso los gobiernos son patentemente más frágiles.

Abro un paréntesis para destacar una cosa que en general se ignora sobre el pc. El autor del sintagma, Sergio Abranches, lo acuñó hace 40 años, en vísperas de que asumiera el primer presidente de la democracia, José Sarney. Fue un artículo publicado por la revista Dados, escrito en base a un pronóstico: el sistema político de la democracia que está a punto de comenzar va a funcionar mal, va a adolecer de un problema constante de gobernabilidad. Isso aquí vai ser uma bagunça. Y a esa bagunça la nominó pc. Estuvo clarividente, porque se dio cuenta de que las gestiones presidenciales iban a estar marcadas por la fragmentación vertical y horizontal, y los presidentes iban a estar condenados a la ingobernabilidad, por tener que formar muy amplias, heterogéneas y hambrientas coaliciones para alcanzar mayorías parlamentarias. Era una buena noticia para el conservadurismo brasileño y una mala noticia para el reformismo democrático. Sin embargo, pasaron dos cosas: por un lado, la expresión tuvo una resonancia consagratoria extraordinaria, quedó entronizada como el epítome de la política brasileña, la forma en que un presidente tiene que saber cómo se gobierna Brasil. Pero por otro lado las predicciones más sombrías de Sergio no se cumplieron, los presidentes más virtuosos aprendieron a utilizar el instrumental institucional del pc y consiguieron una gobernabilidad estable de sus gestiones. Paradójicamente, los politólogos locales o visitantes pasamos a explicar por qué la trama institucional hacía posible que el pc, cuya mecánica está tan correctamente comprendida por Abranches, era capaz de producir gobernabilidad, un poco en contrario de las predicciones de Abranches. Cierro aquí el paréntesis.

Lo cierto es que el pc no funciona en un vacío político cultural; requiere un ambiente, una flexibilidad, una maleabilidad, un clientelismo más pacífico, una corrupción menos predatoria que la que hemos visto y vemos, para dar un ejemplo, aquí en Argentina (quizás sea, verdaderamente, una cuestión de mentalidades, no únicamente de estructuras institucionales; lo cierto es que ningún presidente argentino intentó emplear esa fórmula política).

Pero ni allá ni aquí la oposición está completamente destruida. No me propongo interpretar aquí al kirchnerismo, y no lo haré, pero sobre Brasil sí puedo intentar improvisar un haz, con las flechas de explicaciones o hipótesis ajenas, y afirmar que el bolsonarismo – y la radicalización consiguiente – tiene raíces sociopolíticas, un movimiento de placas tectónicas de la sociedad brasileña tras las décadas de modernización y mejoramiento de indicadores sociales producto del ciclo de la convergencia en el centro, un efecto la rabia que me da lo bien que le está yendo a mi empleada doméstica, efecto que encuentra en esa derecha autoritaria, regresiva, ansiosa por poner las cosas en su lugar, un lenguaje para expresarse, conjugado con el manual anti woke, molesta con tantas cosas, como la política de cupos raciales, la “insoportable inseguridad” y la pérdida de “valores tradicionales”, según los casos. Recordemos que Bolsonaro estaba ahí, desde siempre, como la guitarra en el ropero, en el Congreso, y no pasaba nada. Hasta que un día pasó. El evangelismo, las nuevas clases medias cuya insatisfacción ha crecido pari passu con cierta prosperidad, las familias e instituciones en las que se cultiva el conservadurismo cultural, las redes sociales iracundas se sintieron expresadas (más que representadas). Era difícil que soplando con toda su fuerza el mal viento de la polarización, sobreviviera el funcionamiento elegante del pc; aquí tuvimos polarización galopante con un populismo radical izquierdoso y allá con un populismo radical derechoso. Vale la pena señalar que, como suelo ocurre, el que toma la punta y marca la cancha acentúa su propia radicalización más que el adversario. El bolsonarismo extremó su derecha mucho más que lo que lo hizo el PT hacia la izquierda. El gobierno de Lula estuvo contenido por las disposiciones de su electorado y porque precisaba cuidar a sus aliados del Centrão en el Congreso, más allá de que las disposiciones de sus dirigentes no eran muy beligerantes.

Observo que estoy hablando de variables políticas y culturales. Digo, porque a la economía brasileña, dentro de todo, muy mal no le va. Y sin embargo no está escrito que Lula vaya a ganar las elecciones de octubre próximo.

Quizás este ciclo post convergencia, sea el ciclo de una polarización pendular. El bolsonarismo no habría llegado a ser lo que es si no se hubiera acumulado un malestar anti progresista (digamos) que le sumó una parte de los votos que precisó para ganar. ¿Y qué le pasó a su turno a Lula cuando resolvió ser nuevamente candidato? Se benefició de la configuración potencial y luego real, de una mayoría anti bolsonarista. Por pitos y por flautas, el gobierno puede perder esta vez, últimamente los presidentes tienen pocas probabilidades de reelegirse. Pero, gobernar, uno u otro, montado en una coalición-anti, es mucho más complicado. El pc establece una relación un poco inestable pero equilibrada entre el PE y el Congreso, porque en cierta medida se escinden el presidente y la presidencia. Algo que aquí en Argentina nunca ha sucedido. Y con la polarización política ese sistema entró en crisis en Brasil. No sé hasta qué punto es exagerado decir que el equilibrio se ha vuelto muy precario. El resultado, hay quienes así lo consideran, es que el perfil del Congreso es mucho más “conservador”, y más poderoso, vis a vis el perfil del presidente Lula (que recientemente acusó al Congreso de “secuestrar” el 50% el presupuesto nacional mediante “enmiendas parlamentarias”, aunque esta queja es un clásico de la política brasileña).

Conjeturo que con Lula, otra vez, la polarización hizo que el malestar se corriera a la oposición, mejor dicho, el malestar está siempre en el mismo lugar, el color de los gobiernos es lo que cambia.

Bueno, ¿y qué del voto económico, entonces, en el marco de esta fluctuación de ciclo de convergencia a ciclo pendular de polarización?

Notemos primero que el gobierno de Lula se atribuye, con cierta razón, los resultados positivos: destaca mejorías sensibles en el mapa del hambre, crecimiento del 3% anual promedio, inflación a la baja, desempleo en mínimo histórico, aumento real del salario mínimo y reducción de la desigualdad. Si uno toma la Inversión Extranjera Directa, un indicador fundamental, esta es alta (como siempre). Y también las reformas tributarias han tenido un signo progresivo.

La sabiduría mundana tanto como la profesional nos dicen que es el voto económico el que gana o pierde las elecciones. Pertenezco al sector que cree que las excepciones no son tan excepcionales, y cree que en cada elección se conjugan variables diferentes. La situación económica no es simplemente objetiva, como que ahí hay o no hay un ladrillo. Es filtrada por una lectura, y en esa lectura influyen múltiples variables.

Pero, el hombre es un animal de costumbres… los brasileños están acostumbrados a un cuadro de estabilidad, el marco lo fijó el Plan Real hace 32 años… y la IED siempre fue impresionante en Brasil, aún antes del Plan Real… Entonces, las significaciones se encuadran en este marco, y crecer es “crecer poco”, y estabilidad es “estancamiento”. Los brasileños son pacientes, pero quieren más y por ahora el dinamismo económico que esperan no lo van a tener, no tenemos motivos para suponer que una nueva gestión bolsonarista lo proporcionará, y tampoco para confiar en que vendrá de la continuidad de Lula o el petismo.

Y si yo escribo que lo que pasa es que la economía brasileña tiene problemas de baja competitividad, su productividad es floja, porque no resuelve sus problemas de déficit de infraestructura, de baja calificación de la mano de obra, está agobiada por un elevado costo fiscal, su calidad institucional deja mucho que desear, su inserción internacional no es suficientemente abierta, y la apertura hacia China es indispensable y una amenaza al mismo tiempo, y todo esto se da en un marco de enorme desigualdad social, un condicionante muy pesado, el lector me van a responder: chocolate por la noticia.

Y sí, Brasil avanza como puede, saliendo del paso, avanzando como se pueda, improvisando cada movimiento, remando en dulce de leche. Cuando estudiábamos el proceso político de las reformas en Argentina y Brasil en los 90, veíamos eso: cómo el proceso político reformista no era la de fuga intempestiva hacia adelante como en Argentina, pero tampoco la del gran estado brasileño planificador y altivo, sino controlando la subitaneidad del cambio, muy pedagógico, muy negociado, como el del pescador que suelta tanza y recoge o contiene constantemente.

La polarización política afectó, claramente, el desempeño de las instituciones brasileñas. Hacia 2013, durante el gobierno poco afortunado de Dilma, se disparó una convulsa transición desde la convergencia hacia la polarización. Y cambió el ciclo, como hemos visto. Con vesanía, histeria y presidentes presos. No fue algo, según nuestros preconceptos, muy brasileño que digamos.

Así, ¿es posible que se cierre el ciclo de presidencialismo de polarización pendular? Probablemente no, aun en el caso de que gane Lula, caso que todavía no es nada obvio. Si ganara, tal vez se abra otro ciclo, pero no sabemos cuáles serán sus características. ¿La oposición sacará conclusiones de la derrota que la lleven a buscar un perfil menos confrontativo? Ojalá. Pero es muy dudoso. ¿Por qué podría o debería hacerlo? Sus núcleos básicos, más movimientistas que partidarios, no encontrarán en una eventual modernización y moderación el bolsonarismo nada que los entusiasme.

Lula se puede morir, o no, durante su nuevo y último mandato. El pernambucano que nació con el peronismo, en octubre de 1945, tiene 80 años. Y la resiliencia del Partido de los Trabajadores sería puesta a prueba. A ciencia cierta, yo no tengo idea de qué van a hacer. Pero una posibilidad, con todos sus riesgos, es que consoliden un perfil neo progresista, tal como sucedió con las socialdemocracias europeas.

Para terminar, conviene ingresar de lleno al presente, porque los cambios en el contexto internacional nos obligan a preguntarnos si Brasil no ha ingresado en una coyuntura crítica, una de esas coyunturas en que nos parece que todo es posible. ¿Está ingresando? Tengo muchas dudas.

Una dimensión, por supuesto, importantísima, es la política exterior brasileña. La política exterior continua, exitosa, del largo ciclo doble – el ciclo de la Constitución del 88 (y la inflación) y el de convergencia – se podría sintetizar en una expresión (no es mía sino de Gerson Moura): autonomía en la dependencia. Somos dependientes, el mundo es así, tudo bem, pero somos realistas, no vamos a confrontar con nadie, ni armar cosas que las grandes potencias no estén dispuestas a tolerar sin ponerse peligrosamente nerviosas. Y con arte, voluntad y paciencia, podremos llegar a ser un global player, pero para eso no debemos trabajar nunca solos. Yo creo que el límite de eso es el Brics. Ahora, mantener esa línea de autonomía en la dependencia en el mundo que se ha transformado tanto en tres lustros, es muy difícil. Definitivamente, ¿estará en jaque mate, la autonomía en la dependencia, si gana Bolsonaro? Probablemente, pero creo que en un nuevo gobierno de Lula, a duras penas, se mantendría.

Hay un caso interesante y muy actual. ¿Cuál es el grado de exposición de la economía brasileña a las oscilaciones reales o potenciales de la política arancelaria norteamericana?

La economía brasileña presenta un grado de exposición moderado pero cualitativamente importante. A su favor cuenta con su diversificación (China es su mayor mercado exportador). Los Estados Unidos representan menos del 10% del comercio brasileño, lo que limita el daño potencial global ante las barreras norteamericanas. Pero en algunos flujos industriales la suba de aranceles de Trump puede tener un efecto limitado pero no desdeñable. El gobierno actual activó su Ley de Reciprocidad arancelaria y aceleró la búsqueda de socios comerciales alternativos de Asia y Europa para mitigar la influencia de Washington.

No parece algo dramático. Brasil procurando mantener una orientación autónoma pero no beligerante, que le permita hacer gala de un espíritu de cooperación hacia Estados Unidos y China, sin olvidar que puede contar con socios en esa tarea, no sería precisamente una revolución diplomática.

Por fin, la variable electoral, incierta y polarizada. Lula busca su cuarto mandato. Todos sabemos por qué Flávio Bolsonaro es candidato; no parece muy competente. Lo seguro es que el bolsonarismo Jair-Flávio presenta una candidatura competitiva.

Según Quaest de este julio Lula tiene 45% en segunda vuelta vs 37% de Flávio Bolsonaro. Para la primera vuelta Lula obtendría el 40%. Otros sondeos dan un resultado más polarizado, donde Lula y Flávio Bolsonaro empatarían 45% a 45% (hay otros nombres, pero con escasas chances, como Romeu Zema, de Minas Gerais que se presenta como alternativa liberal, pero hoy tiene menos de 5%). Dadas las reglas que la C88 establece para la elección presidencial, me parece imposible que no haya esta vez una segunda vuelta. Hay que hacer notar que los requisitos para ganar en primera vuelta en Brasil son muchísimo más exigentes que en Argentina (en Brasil, el candidato más votado debe superar el 50% para que no haya segunda vuelta, mientras que en Argentina alcanza con el 45% o, si obtiene no menos del 40%, alcanza con superar por un 10% al segundo). Esto incentiva, para Brasil, el voto de convicción en primera vuelta, e influye en el voto legislativo. En Brasil el presidente debe ser, en teoría, electoralmente más fuerte, pero el voto de primera vuelta y el legislativo estarán más fragmentados. El resultado podría ser el más típico de la democracia brasileña: un presidente electoralmente fortalecido por la segunda vuelta, y una votación dispersa en el Congreso y los Estados.

Pero ¿ha cambiado la configuración electoral o es la misma que cuatro años atrás? La coalición electoral que respalda a Lula para las elecciones presidenciales de octubre de 2026 se ha mantenido relativamente estable en su núcleo, pero enfrenta cambios de alguna relevancia en su periferia de centro y centroderecha si comparamos con la alianza de 2022.

A diferencia de la coalición de 2022, en la que los socios del PT eran ciertamente diminutos, en el ejercicio del gobierno Lula avanzó sobre el célebre Centrão, los partidos de centro (PSDB) y la masa fisiológica del sistema político brasileño (MDB), muy pragmáticos y que ocupan cargos ministeriales, si ser aliados incondicionales. En estados claves como São Paulo, Rio de Janeiro y Minas Gerais, fuerzas políticas importantes se mantuvieron neutrales para cuidar sus baluartes estatales. Minas Gerais es considerado un swig state por su capacidad potencial para mover el fiel de la balanza.

Se trata de una coalición más vulnerable e inestable. Mi impresión, con todo, es que se mantendrá hasta los comicios y en caso de triunfar podrá proporcionar una sustentación del gobierno en el estilo del pc.

Conclusiones

“Brasil es el último país de peso con un gobierno de izquierda en Sudamérica” es una pavada. Pero en la que muchos creen. Como tantos otros dislates es efectivo políticamente en los tiempos que corren. El gran desafío de un eventual cuarto gobierno de Lula es hacer posible que se siga diciendo esa pavada.

Si Brasil, en cambio, muestra un giro a la derecha, como el observado en otros Estados de la región, el desafío será otro. Pero algunas líneas de continuidad no se romperán.

Publicado en TN el 9 de agosto de 2026

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