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Opinión 25 11 2022

Hebe de Bonafini y las Madres de Plaza de Mayo


Autor: Rogelio Alaniz









I. Unos años antes de morir, Hebe de Bonafini declaró que “Madres de Plaza de Mayo” dejaba de ser una institución de derechos humanos para transformarse en una organización política con un proyecto de poder. No sé si esta fue una declaración a título personal, pero esta disquisición para el caso no tiene demasiada importancia porque desde hacía años en “Madres de Plaza de Mayo” se hacía lo que Hebe ordenaba. Si alguna vez hubo algunas disidencias, estas se resolvieron con sanciones o divisiones internas, pero para bien o para mal Hebe fue la presidente y luego la jefa y la patrona, sillón que ocupó durante cuarenta años o desde el día en que un grupo de no más de veinte madres decidieron elegirla presidente. Primera y última elección, porque no se tiene conocimientos de que alguna vez haya habido otra elección. Por lo tanto, declarar a “Madres…” una organización política que además reconocía el liderazgo de Néstor y Cristina, fue de alguna manera un sinceramiento porque, a decir verdad, la institución desde hacía años había abandonada o tomado distancia de la ética y de los principios fundantes de los derechos humanos en clave humanista y liberal. 

II. Por ahora no viene al caso juzgar los alcances políticos y culturales de estos cambios, pero lo que parece estar fuera de discusión es que entre aquellas “Madres” que a mediados de 1977 se colocaron un pañuelo blanco en la cabeza y comenzaron a reunirse todos los jueves en Plaza de Mayo ante el asombro e incluso la impotencia de la dictadura militar, y la Hebe de Bonafini partidaria de Fidel Castro, Hugo Chávez, la ETA;  o fascinada por el liderazgo de los Kirchner quienes, dicho sea de paso, en  1977 sus decisiones no eran precisamente lucir pañuelos blancos, hay una gran diferencia, esa diferencia que explica el pasaje de una institución de derechos humanos a un proyecto de poder autocrático. Quienes desde sus inicios hemos compartido con las Madres las primeras discusiones acerca de lo que debía ser una estrategia de derechos humanos, este pasaje del humanismo al autoritarismo no nos llamó demasiado la atención. Antes de 1983, Hebe declaraba que ellas no habían parido a sus hijos, sino que ellos las habían parido a ellas. Metáfora o juego de paradojas, pero lo que en realidad quería decir es que a partir de ese momento Madres dejaba de ser una institución que reclamaba por la desaparición de sus hijos, para devenir en una institución cuyas integrantes se identificaban con la ideología de sus hijos. Creo que se entiende la diferencia.

III. Convengamos en principio que la presencia de “Madres de Plaza de Mayo” no solo desconcertó a la dictadura militar, sino que le infligió la primera derrota cultural. Los entorchados estaban preparados para lidiar con abogados progresistas, sacerdotes tercermundistas, estudiantes revoltosos, intelectuales críticos, reclamos de jefes de estado, pero lo de las Madres no lo vieron venir. Al principio intentaron resolverlo con los métodos que más les gustaba: la represión y la muerte. Azucena Villaflor fue la primera víctima. Pero más no pudieron avanzar. ¿Con qué argumentos reprimir a una madre que pide por sus hijos? Esa pregunta nunca pudieron responderla, porque su posible respuesta contradecía los propios valores de la cultura occidental y cristiana que ellos decían representar. Y la contradecían en su punto más sensible: una madre. Se puede matar a un abogado, a un poeta, a un estudiante, a un cura, pero…¿una madre? Las dictaduras, y en particular este tipo de dictaduras, necesitan también de sus propios principios de autolegitimación. Por supuesto que muchos de ellos fogueados en las diversas modalidades del martirio, la tortura y el crimen se deben de haber salido de la vaina para practicar los mismos métodos con las madres, pero está visto que a este límite moral, o como quieran llamarlo, no lo pudieron transgredir. Lo que empezó siendo la marcha de un puñado de mujeres, creció en número, pero sobre todo creció en ascendencia moral. La Argentina, la misma que contemplaba en silencio o atenazada por el miedo o la indiferencia los crímenes de la dictadura, las aceptó. El mundo ponderó su coraje. ¿Quién puede estar en contra de una madre que con los ojos secos de lágrimas reclama por la vida de su hijo? Esa madre era de alguna manera la mía, la suya, porque cada uno de nosotros pensábamos que si nos pasara algo, no importa qué, nuestra madre estaría de manera incondicional de nuestro lado, porque (sin entrar en demasiadas disquisiciones psicológicas) el amor de una madre es incondicional.

IV. Se dirá que eran madres, pero madres de delincuentes, de terroristas. Veamos. En una cárcel, la autoridad a cargo le dice a una madre: “Mire señora, su hijo está preso por haber cometido estos delitos y será juzgado por los jueces”. Pero en este caso esta respuesta no era posible. Los hijos no estaban presos, estaban desparecidos; no había celdas, sino salas de tortura; no había jueces, sino verdugos; no había alegatos, sino silencio. El ascendiente moral de estas mujeres provenía por su condición de madres, pero en una situación histórica precisa: represión ilegal, terrorismo de estado. Y en este punto, no es lo que más importa que sus hijos hayan sido terroristas, salvo que alguien admita que está bien que una patrulla de encapuchados en autos robados, allane una casa, secuestre al hombre, viole a su esposa, lo despoje de la propiedad, le venda los hijos y luego de someterlo a torturas los suban un avión y los tiren drogados al mar. Estas condiciones, la presencia de una dictadura terrorista, el hábito de la desaparición, la tortura y la muerte de los detenidos es lo que condena ante la historia a la dictadura militar. Pues bien, las Madres fueron protagonistas no exclusivas, pero sí importantes, en la derrota política y moral de la dictadura.

V. Hebe de Bonafini nunca entendió o nunca estuvo de acuerdo con estas consideraciones. No entendió o no quiso entender que el prestigio ganado en la Argentina y en el mundo no provenía de la ideología de sus hijos sino de su derecho como madre de reclamar la aparición con vida de ellos. Cuando decide poner la ideología y la política en un primer plano no solo que pierde ese ascendiente moral sino que le otorga algo de razón a quienes desde la dictadura estaban interesados en que el conflicto se plantee en estos términos: guerra entre terroristas y militares. A partir de la recuperación de la democracia, el derrotero de Hebe no tuvo límites. En principio no los tuvo porque en “Madres…” ella hacía y deshacía a su gusto. Asimismo, siempre dispuso a su alrededor de un coro que le consentía sus excesos. ¿Fue manipulada? Es probable, pero yo creo que ella eligió hacer lo que hizo. Y lo eligió a su manera. Hebe siempre fue una persona proclive a desbordes. Se dijo que en los años de plomo hacía falta una mujer con ese temperamento. Pero los años de plomo pasaron y sus tendencias autoritarias se fueron acentuando más. En ese contexto se precipitaron los desbordes verbales con sus toques de vulgaridad y grosería. La institución nacida en nombre del amor, del amor de madre, aplaudía el martirio de los sacrificados por el terrorismo islámico en las Torres Gemelas; o apoyaba a cuanta organización terrorista pululase por el mundo. Todos los escrúpulos se borraron. Ni la hija menor de Macri escapó a sus furias. Tampoco se salvaron quienes durante años la mimaron y estimularon: Horacio Verbitsky, devino en “judío de mierda”; y con la señora Estela de Carlotto se odiaban cordialmente. Como para que nada faltase a esta bancarrota ética, la señora se enchastró en la corrupción más infame. Poco importa si lo hizo para enriquecerse o porque fue engañada por su hijo adoptivo, Sergio Schoklender. Lo cierto es que la corrupción existió  y que ella, como para darle un toque de distinción a sus peripecias se negó a declarar ante la justicia. Murió este domingo. Si fuera creyente le diría que descanse en paz. Como no lo soy, digo que su muerte no me provoca la alegría que le provocó a tantos, pero tampoco dolor. Desde hace ellos para mí ella era una extraña, una desconocida, una mueca grotesca de algo que en su momento prometió ser un testimonio a la vida, la justicia y el amor.