Lo que la ciencia realmente dice sobre la evolución humana.
Traducción Alejandro Garvie
De vez en cuando, alguna persona común y corriente, que simplemente intenta vivir su vida, se encuentra en la desafortunada situación de tener que entablar una conversación trivial conmigo. Aunque “¿A qué te dedicas?” suele ser un buen punto de partida, en mi caso la respuesta (“Soy profesor de filosofía”) tiende a resultar tediosa. Sin embargo, de vez en cuando aparece alguien dispuesto a seguir el juego. Los obreros a veces se entusiasman: “¡Filosofía, genial! Yo también tengo mi propia filosofía. Deberíamos tomar unas cervezas algún día y te la cuento”. Por otro lado, los informáticos que están dispuestos a seguir el juego suelen responder con algo más intelectual, como “¿Qué opinas de René Girard?” o “¿Qué opinas de Yuval Harari?”.
De hecho, el otro día estuve hablando con un tipo que se había pasado al bando de Harari. Así que le dije que no me gustaba Sapiens. Lo noté algo decepcionado y me preguntó por qué no me gustaba. Le dije que no me gustaba porque la teoría de la evolución humana que presentaba Harari era totalmente anticientífica y errónea. El tipo entonces pasó a la pregunta lógica: ¿qué tenía de malo? En ese momento, tuve que contenerme bastante. Porque, francamente, me habría encantado explicarle todo lo que estaba mal en la explicación de Harari sobre la evolución humana. El problema es que se habría convertido en un monólogo de 20 minutos, lo cual es incompatible con las reglas de la conversación trivial. Me habría llevado a mostrar el defecto de personalidad que los profesores desarrollan con el tiempo (es decir, sermonear a la gente). Así que simplemente balbuceé algo sobre que era complicado y cambié de tema.
Y, sin embargo, la respuesta a su pregunta permanecía, completamente formada en mi mente, ansiosa por ser revelada. Dado que Substack parece un buen lugar para desahogarme, aquí va: El libro de Harari no solo me molestó, sino que todos los comentarios críticos que veo en línea son meras sutilezas (como “simplifica un poco esto” o “exagera su afirmación”), en lugar de señalar los errores evidentes en su planteamiento. Además, muchas personas que han leído el libro de Harari también han leído la obra de Joseph Henrich y, sin embargo, no parecen darse cuenta de que la teoría que Harari defiende es exactamente lo opuesto a la de Henrich. Parte del problema radica en que a los lectores les cuesta discernir la estructura de estas teorías, porque no entienden con precisión qué intentan explicar. Las tratan más como relatos que como hipótesis científicas. Por lo tanto, es útil comenzar con una comprensión básica de cuáles son los objetivos explicativos de una teoría de la evolución humana.
Los seres humanos poseemos cuatro cualidades distintivas (rasgos, capacidades, comportamientos, etc.) que nos diferencian notablemente de otros animales. Estas cualidades son bastante evidentes, pero lamentablemente existe toda una corriente de pedantería académica que cuestiona los elementos de la lista, argumentando que “otros animales también hacen eso”, dado que existen capacidades similares en otros animales. *
Por ello, en la lista que figura a continuación, he añadido las precisiones necesarias para refutar estas objeciones y destacar lo que nos distingue de manera absoluta.
- Inteligencia. Los humanos poseen una inteligencia superior, no solo con respecto a las tareas instrumentales, sino también en la capacidad de participar en el razonamiento matemático, hipotético/contrafactual y lógico.
- Lenguaje. Los humanos emplean un habla gramatical compleja, con diferenciación proposicional que proporciona una representación de estados de cosas independiente del contexto.
- Cooperación. Los seres humanos exhiben una forma distintiva de ultrasocialidad, que implica una cooperación compleja entre grandes grupos de individuos genéticamente no emparentados.
- Cultura. Los seres humanos participan en la transmisión general de comportamientos aprendidos, produciendo un amplio conjunto de artefactos culturales y conocimientos que muestran una mejora acumulativa con el tiempo.
Lo que hace que el campo de la teoría de la evolución humana sea tan interesante en la actualidad es que, en el fondo, realmente no sabemos cómo evolucionaron estas capacidades. En algún nivel debieron ser adaptativas, pero nadie comprende con precisión por qué o cómo lo fueron. Por otro lado, sabemos mucho sobre cómo no pudieron haber evolucionado, debido a la gran cantidad de teorías erróneas que se han propuesto a lo largo de los años y que no han resistido un análisis riguroso. Por lo general, comienzan como teorías especulativas, hasta que alguien propone un modelo de cómo podría haber evolucionado, y alguien acepta el reto, empieza a construir un modelo… y luego se da cuenta de que no pudo haber evolucionado de esa manera. De hecho, ha resultado tan difícil elaborar un modelo evolutivo que pueda explicar de forma plausible cualquiera de los elementos de la lista anterior que la modelización formal ha sido el campo de investigación más interesante durante las últimas décadas.
Para complicar aún más el misterio, la cronología evolutiva de todo esto es extremadamente corta (el Homo erectus apareció hace apenas 2 millones de años, etc.). La evolución es muy lenta. Una especie como las hormigas, que existen desde hace 150 millones de años, ha tenido tiempo suficiente para desarrollar todo tipo de adaptaciones complejas. En cambio, el linaje completo del género Homo no ha existido durante mucho tiempo. Esto hace que sea extremadamente improbable que los cuatro elementos de la lista anterior hayan evolucionado de forma independiente. Además, es muy improbable que estas capacidades complejas hayan evolucionado “desde cero”, como módulos cognitivos autónomos. De nuevo, debido a la falta de tiempo, es más probable que hayan surgido mediante algún pequeño ajuste o modificación de un sistema preexistente que ya se encuentra en los primates.
Por poner solo un ejemplo, los humanos compartimos con otros primates dos heurísticas innatas para hacer juicios sobre números: un sistema de subitización, que nos permite “contar” hasta tres, y un sistema de estimación, que nos permite distinguir “muchos” de “pocos” con sólo observar un conjunto de objetos. Las pruebas realizadas en bebés humanos no muestran prácticamente ninguna diferencia en la forma en que funcionan estos sistemas en humanos, chimpancés, orangutanes, etc. Y, sin embargo, se nos invita a creer que, de alguna manera, en el último millón de años, alguna otra fuerza evolutiva surgió que, sin mejorar ninguno de estos dos sistemas existentes, dotó a los humanos de un tercer módulo “matemático”, que nos dio la capacidad no solo de contar más allá de tres, sino también de realizar álgebra, geometría, cálculo, análisis real, álgebra lineal, etc. Esto no es creíble. Como resultado, la opinión más extendida es que nuestras habilidades matemáticas deben ser un subproducto de alguna otra habilidad, muy probablemente del lenguaje.
Durante los últimos 40 años, aproximadamente, el gran premio en la teoría de la evolución humana se ha prometido al teórico capaz de identificar una única modificación relativamente pequeña del comportamiento de los primates (habilidad, capacidad, cognición, etc.) que pudiera haber producido estas cuatro cualidades humanas distintivas. Dado que la teoría más plausible postularía una sola adaptación, esto significa que toda teoría en competencia en este ámbito debe proponer un orden de explicación entre los cuatro rasgos mencionados. Dicha teoría comenzaría eligiendo uno de los cuatro elementos como el primero en surgir, para luego mostrar cómo los otros tres podrían haberse desarrollado como consecuencia de esta modificación inicial (probablemente en secuencia).
Así pues, toda teoría tendrá una estructura similar: planteará una modificación inicial, mostrará su carácter adaptativo, explicará cómo dio origen a un segundo rasgo principal, luego al tercero y, finalmente, al cuarto. Por ejemplo, Harari plantea la siguiente secuencia: 1. inteligencia, 2. lenguaje, 3. cooperación, 4. cultura. (De hecho, por eso las presenté en ese orden. Harari adopta aquí el orden tradicional de explicación, que se consideró correcto durante la mayor parte del siglo XX). Henrich, en cambio, plantea la siguiente secuencia: 4. cultura, 3. cooperación, 2. lenguaje, 1. inteligencia. Esta es la fascinante hipótesis que ha generado interés y atención en las últimas décadas.
Ahora entienden por qué dije que la postura de Henrich es exactamente la opuesta a la de Harari: invierte literalmente el orden de las explicaciones. Permítanme, pues, hablar un poco sobre la secuencia de Harari y por qué los científicos han perdido interés en esa postura, antes de pasar a una breve explicación de la de Henrich.
La postura que prioriza la inteligencia es, obviamente, una versión científica de la idea, ya conocida desde Platón y Aristóteles, de que la racionalidad humana es la cualidad principal que nos eleva por encima de los animales. También apunta a una característica fisiológica prominente de los seres humanos, claramente presente en el registro fósil: la encefalización. Tenemos cerebros grandes, alojados en cráneos grandes. Esto lleva a muchos a suponer que la primera etapa de la evolución humana debió consistir en que nos volvimos más inteligentes, presumiblemente como respuesta directa a algún desafío ambiental que lo hizo adaptativo (por ejemplo, nos permitió fabricar mejores herramientas, convertirnos en mejores cazadores, etc.).
El problema de partir de la inteligencia, algo que Harari reconoce, curiosamente, radica en los enormes costos que nuestros grandes cerebros nos imponen, tanto fisiológicamente (consumen mucha energía) como reproductivamente (generan altos índices de mortalidad en el parto). Simplemente no está claro qué beneficios compensatorios habrían existido en la sabana africana para justificar estas desventajas. Si el objetivo era simplemente sobrevivir y reproducirse, controlando el fuego y fabricando algunas herramientas de piedra, el cerebro humano parece extrañamente sobredimensionado para la tarea, por no mencionar su enorme costo e ineficiencia. Sin embargo, esta es la explicación que Harari defiende.
A continuación, el lenguaje. Aquí Harari recurre a explicaciones vagas. El lenguaje fue pura casualidad: “La teoría más aceptada sostiene que mutaciones genéticas accidentales alteraron la estructura interna del cerebro de los sapiens, permitiéndoles pensar de maneras sin precedentes y comunicarse mediante un tipo de lenguaje completamente nuevo. Podríamos llamarlo la mutación del Árbol del Conocimiento”.
Hay un par de problemas con esto, más allá de lo obvio. Primero, la explicación adolece de un problema de inicio. Para que esta asombrosa mutación que hizo posible el lenguaje complejo fuera adaptativa, habría tenido que conferir algún beneficio al primer individuo en poseerla. Ser la primera persona nacida con la capacidad de comunicarse de una manera “sin precedentes” no es muy útil, porque ¿con quién vas a hablar? La competencia comunicativa habría tenido que ser un subproducto de algo más, que se propagó porque era directamente adaptativa. Solo una vez que se generalizó en la población pudo desarrollarse el lenguaje. La alternativa sería una explicación gradualista de cómo el lenguaje surgió de un sistema de señalización más primitivo que permitía la comunicación con aquellos que no tenían la mutación; pero entonces no se necesita la mutación para explicarlo.
Esto nos lleva al segundo problema de la explicación: muchos animales emiten sonidos y se comunican mediante señales, pero la razón por la que esto no evoluciona hacia algo más complejo es que, sin cooperación, el lenguaje carece de información. Si tomamos un grupo de primates antisociales y les otorgamos la capacidad de hablar, lo que digan será simplemente una expresión de sus intereses. Nada será creíble, más allá de lo que se pueda inferir observando su comportamiento. Por eso, los sistemas de señalización que observamos en la naturaleza suelen ser costosos: esto es necesario para que la señal sea creíble. El lenguaje humano, en cambio, es simplemente una charla sencilla, y sin embargo, de alguna manera, logra ser informativo. Esto parece ser posible solo gracias a una predisposición previa a la cooperación. Por lo tanto, el orden de la explicación parece erróneo: se necesita cooperación para que se produzca la evolución del lenguaje.
Harari, sin embargo, sostiene que ocurre lo contrario: que la cooperación es una consecuencia del lenguaje. Esta idea, que solía ser bastante común, se ha visto enormemente afectada por el desarrollo de la teoría de juegos evolutiva. En el siglo XIX y principios del XX, se solía asumir que una inteligencia superior proporcionaría a las personas la comprensión racional necesaria para cooperar entre sí. Sin embargo, una mayor atención al dilema del prisionero dejó claro que la tendencia básica de una inteligencia superior sería afianzar el comportamiento no cooperativo, al convertir a las personas en mejores aprovechadores.
Harari es consciente de que la antigua historia de Kropotkin sobre la ayuda mutua no puede ser cierta, y también de que la selección de grupo no es una explicación biológica plausible de la cooperación entre los humanos. Por ello, propone dos teorías sobre cómo la capacidad lingüística podría haber hecho a los humanos más cooperativos. La primera se deriva de un modelo de reciprocidad indirecta, que sugiere que los humanos cooperan para mantener una buena posición en la comunidad, lo cual se refuerza mediante la circulación de rumores, que indican quién es digno de confianza. La segunda es una variante de la llamada teoría del Gran Dios, que sugiere que las personas usaban el lenguaje para construir sistemas míticos, que les proporcionaban un mecanismo de compromiso creíble que les permitía cooperar.
El problema con ambas explicaciones es que son regresivas o incurren en una petición de principio. Consideremos el problema fundamental de la sociabilidad humana como un problema de acción colectiva. La estructura de la interacción no incentiva la cooperación entre las personas. La solución no puede ser que cooperen, porque, de no hacerlo, se alertará a los demás y tendrán menos oportunidades de cooperar en el futuro. ¿Por qué se molestarían en alertar a los demás? ¿Sería una especie de servicio público? Eso es otro problema de acción colectiva. Lo mismo ocurre con los grandes dioses. ¿De dónde proviene la mitología? ¿Por qué la gente cree en ella, en lugar de fingir creer? Todas estas “soluciones” al problema del polizón se ven socavadas por problemas similares.
Finalmente, el aspecto más evidentemente falso de la historia de Harari es su explicación de la cultura compleja. Este es el último punto de su explicación. Técnicamente, no cree en la cultura; su explicación es más bien sociobiológica, ya que no la considera un sistema de herencia sujeto a dinámicas evolutivas. En cambio, argumenta que el desarrollo de la cooperación permite que más personas trabajen juntas en la creación de herramientas, lo que da lugar a la producción de artefactos más complejos. Esta explicación, sencillamente, no es precisa en cuanto al progreso tecnológico. Si observamos el desarrollo de la agricultura de arado, por ejemplo, lo que vemos no es un grupo de contemporáneos que se reúnen para crear maquinaria más avanzada, sino más bien un proceso de mejora gradual y fragmentaria a lo largo del tiempo.
Al observar el panorama, se puede apreciar que el orden tradicional de explicación, si bien conserva cierto atractivo de sentido común, se ha visto obstaculizado por objeciones a cada paso. Por eso fue emocionante cuando los teóricos comenzaron a defender seriamente enfoques verdaderamente innovadores, como el que defiende Henrich. Cabe destacar que gran parte de esta teoría fue desarrollada por Peter Richerson y Robert Boyd. Henrich fue alumno de Boyd, de quien obtuvo la mayor parte de ella. Asimismo, debo señalar que, si bien Henrich ha sido el más eficaz a la hora de comunicarse con un público amplio, su propio entusiasmo por contar historias a veces dificulta una presentación clara de su punto de vista. La gente siempre recuerda los ejemplos que da para ilustrar la teoría, pero a menudo no comprende el propósito de dichos ejemplos.
La principal diferencia en la perspectiva de Henrich radica en su afirmación de que la cultura es la adaptación primaria y original. Esta afirmación es un poco más específica. La cultura humana es posible gracias a un estilo particular de aprendizaje social, por lo que la adaptación original —el “ajuste” a las capacidades básicas de los primates— fue el surgimiento de la imitación. Los bebés humanos se volvieron muy buenos, no solo copiando lo que hacen los demás, sino imitando inconscientemente a otros, repitiendo exactamente los comportamientos que observan. Esto creó la posibilidad de que evolucionara una cultura más compleja, paradójicamente, al liberarla del cuello de botella impuesto por la inteligencia individual. Los chimpancés aprenden observando a otros, pero tienden a ver el comportamiento como una fuente de inspiración y luego usan su propia inteligencia para reproducir la ejecución. Observan la rueda y luego, en cierto sentido, la reinventan para sí mismos. Los bebés humanos, por el contrario, están predispuestos a copiar a los demás incluso cuando no entienden lo que ven. Esto significa que, con el tiempo, un procedimiento como la fabricación de herramientas puede volverse cada vez más complejo, a medida que las personas introducen pequeñas mejoras, pero la siguiente generación humana aún puede reproducirlo, precisamente porque no necesita comprender su funcionamiento para copiarlo. (Por cierto, justificar todo esto desde una perspectiva evolutiva supone un desafío de modelización complejo. Nada de lo que he descrito anteriormente es directamente adaptativo, lo que probablemente explica por qué no se observa este estilo de aprendizaje social en otras especies del reino animal).
Los lectores con un conocimiento profundo de las humanidades podrían pensar que, al introducir la cultura, de repente somos libres de hacer lo que queramos, y que el resto de la historia debería ser sencillo. Esto es claramente erróneo. Si la cultura se desarrolla mediante la imitación de otros, y partimos de una especie poco cooperativa, entonces los comportamientos transmitidos culturalmente también serán poco cooperativos. Si la cultura de alguna manera dio lugar a la cooperación, se necesitará algo más que la imitación para explicarla. De hecho, lo más ingenioso del planteamiento de Boyd, Richerson y Henrich reside en cómo explican la transición de la cultura (4) a la cooperación (3).
El primer punto a comprender es que, si los bebés humanos aprendieran solo de sus padres, ningún patrón de comportamiento podría surgir culturalmente que no hubiera evolucionado también biológicamente. Esto descartaría la evolución cultural de la cooperación. Sin embargo, como todos sabemos, los niños aprenden de otras fuentes además de sus padres. Las dos fuentes adicionales más importantes de aprendizaje social son los modelos a seguir y los grupos de pares. Cada una se rige por una poderosa heurística: “imitar a los exitosos” en el caso de los modelos a seguir e “imitar a la mayoría” en el caso de los pares (este último sesgo es conocido como conformismo). La idea principal —que no podré desarrollar adecuadamente aquí— es que el aprendizaje social conformista aumenta la homogeneidad dentro de los grupos sociales, potenciando así la selección de grupo como una fuerza en la evolución cultural humana. El mecanismo del conflicto entre grupos, que es una fuerza débil que apoya la cooperación en la evolución biológica, se convierte en una fuerza fuerte que la favorece en la evolución cultural. Los grupos con normas de comportamiento más prosociales tienen más probabilidades de establecer un dominio cultural sobre otros. Debido a esto, las culturas humanas se volvieron más cooperativas con el tiempo.
Pero la historia no termina ahí. Si bien las expectativas culturales podrían haberse vuelto más cooperativas, los seres humanos seguían siendo primates agresivos, antisociales e individualistas. El segundo componente de la teoría sostiene que, a medida que las expectativas culturales divergían de nuestras predisposiciones biológicas, la conformidad cultural comenzó a actuar como una fuerza de selección social, lo que desencadenó un proceso de autodomesticación en la especie humana. (Richard Wrangham ha escrito de forma muy amena sobre este tema). La afirmación, en resumen, es que, en este nuevo contexto cultural más cooperativo, los machos excesivamente agresivos y dominantes vieron reducidas sus oportunidades reproductivas, lo que condujo a una serie de cambios biológicos que hicieron a los humanos más prosociales por naturaleza. (Por eso Henrich está tan interesado en los procesos de coevolución gen-cultura, como la forma en que las innovaciones culturales, como la cocina, dieron lugar a cambios biológicos, como la modificación de nuestro sistema digestivo). La cooperación, según esta perspectiva, comenzó como un simple patrón cultural, pero luego se integró parcialmente en nuestra naturaleza a través de un proceso de coevolución gen-cultura.
Una vez que estos dos pasos de la explicación están establecidos, los otros dos no son tan difíciles. Obviamente, será más interesante hablar con los humanos cuando exista alguna posibilidad de que digan la verdad (o sigan las reglas). Hay muchas versiones diferentes de cómo un sistema de señalización simple pudo haberse expandido una vez que los hablantes comenzaron a actuar de forma cooperativa. En lo que respecta a la inteligencia, hay un acuerdo bastante generalizado de que el costo biológico directo de nuestros cerebros es tan extremo que debe haber surgido a través de algún proceso descontrolado interno a la especie (como las astas del alce irlandés) y no en respuesta a algún desafío ambiental fijo. La visión de Henrich es que la encefalización fue impulsada por el crecimiento explosivo de la cultura. Particularmente a medida que las adaptaciones culturales permitieron a los humanos trasladarse a entornos donde estábamos biológicamente mal equipados para la supervivencia, la capacidad de comprender la mayor cantidad posible de la cultura ambiental lo más rápido posible confirió ventajas para la supervivencia. Así, los beneficios de una mejor cognición y memoria se volvieron grandes, ya que la cultura nos proporcionó más cosas que valía la pena saber. Como filósofo, mi inclinación personal es hacer mayor hincapié en el papel que desempeñó el lenguaje en el desarrollo de la racionalidad (me inclino particularmente por la explicación de Andy Clark sobre la “mejora del lenguaje” que recibieron nuestros cerebros biológicos). Esto sugiere que el paso 3 debió haber precedido en gran medida al 4, mientras que Henrich opina que podrían haber ocurrido simultáneamente.
Este es mi breve resumen de la perspectiva. Por cierto, se podría repasar todo esto y cuestionar cada una de las afirmaciones principales. Nada de esto es ciencia establecida; mi subtítulo es una exageración. Simplemente describo dónde se ha situado la vanguardia del pensamiento evolutivo en las últimas décadas. Creo que vale la pena explicar la teoría porque, además de ser extraordinariamente ingeniosa, es uno de los avances más apasionantes en las ciencias humanas que han ocurrido durante mi vida. Es una lástima que no sea más conocida. No se puede culpar a los científicos involucrados por esto: la mayoría de los principales responsables del desarrollo de la teoría han dedicado mucho tiempo a comunicarla a un público más amplio en términos no técnicos. El problema, creo, radica en lo arraigado que está el orden tradicional de las explicaciones, lo que provoca que muchos lectores no aprecien cómo este nuevo enfoque invierte por completo dicha explicación. Pero también es un problema cuando aparecen personas como Harari y complican las cosas, retomando la visión antigua y obsoleta y presentándola como si fuera compatible con el pensamiento científico reciente.
*Mucha gente hace esto porque cree que está ganando puntos contra la religión al demostrar la continuidad entre el comportamiento de los humanos y otros animales. Esto está bien, excepto que puede causar problemas a la hora de explicar los logros distintivos de los seres humanos. Esta es la principal debilidad del trabajo de Frans de Waal. Estaba tan centrado en demostrar que los chimpancés son iguales a nosotros que terminó dificultando la explicación de cómo los seres humanos logran algo diferente. Lo más obvio es que, si la política de los chimpancés es igual que la política humana, ¿por qué no tienen estados, leyes o ejércitos?
https://josephheath.substack.com/p/harari-vs-henrich








