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Opinión 22 02 2021

Ganancias: buscar que la solución no agrave el problema


Autor: Facundo Suárez Lastra









La ligereza con que se ha encarado la solución al problema de la desactualización del monto mínimo para el pago de ganancias a las personas físicas ya es una marca registrada del oficialismo, donde cada facción pone su condimento frente a la resignada impotencia de los funcionarios de Economía. El importe está desactualizado y hace que paguen muchísimos contribuyentes que no deberían estar alcanzados por el mismo.

Está muy mal que un trabajador soltero que cobra $55.261 o uno casado con 2 hijos que cobra $73.104 paguen impuesto a las ganancias. Es un atentado al sentido común y una injusticia.

El ajuste vigente lleva esas cifras a $74.810 y $98.963 respectivamente. Esto es lo que se procura modificar llevando el piso mínimo a $150.000.

Loable la intención, muy mala la propuesta como veremos.

El proyecto es limitado y es mezquino, no contempla a todas las personas alcanzadas por el problema. Improvisación y demagogia parecen haber sido las fuentes de inspiración.

Estamos a pocos días de la muerte de ese gran legislador que fue Raul Baglini, autor del famoso teorema que establecía una relación directa entre la distancia del poder real y las posiciones que se toman. El presidente de la Cámara de Diputados primero y el presidente de la nación después, al habilitar el tratamiento de esta irresponsabilidad en extraordinarias, actúan como si fueran una minoría opositora sin posibilidad de gobernar y no tuvieran que enfrentar un enorme desfinanciamiento estructural del sector público.

En medio de una pandemia que ha tenido fuerte impacto en la caída de la recaudación real y un importante incremento del gasto, presentan una iniciativa que implica una pérdida de recursos entre 40.000 y 60.000 millones de pesos. Estos recursos ya estaban previstos en el presupuesto aprobado hace solo un par de meses, por lo que es claro que lo piensan financiar con emisión: una decisión demagógica en año electoral. Lo de siempre.

A un presupuesto que acumuló en 2020 un déficit primario del 6,5%, se le debe prever el aumento en apoyo sanitario, planes de vacunación y adecuación del sistema educativo a las condiciones que impone la pandemia y la necesidad de que las escuelas estén abiertas.

Más grave aún es que esta propuesta aparezca inspirada en una mirada regresiva del sistema tributario: la de aquellos que entienden que los ingresos provenientes del trabajo no deben tributar ganancias sea el monto que sea. Esta idea no tiene sostén en casi ningún país del mundo desarrollado. Pero en la Argentina la sostienen conspicuos representantes del conservadurismo económico, del gremialismo y de la izquierda trotskista: el ingreso por el trabajo, cualquiera sea su monto, no debe pagar impuesto a las ganancias.

Como tantas políticas en nuestro país han caído en la ruptura del significado y significante. Nos hemos acostumbrado a llamar a este tributo (en nuestras tierras defectuoso, incompleto y poco progresivo) como “impuesto a las ganancias” en vez de “impuesto a los ingresos” de las personas físicas como se lo denomina en todo el mundo. Este cambio permitiría otra conceptualización y hacer su base más progresiva, más amplia y equitativa.

No es un problema técnico, es un tema político y filosófico de primer orden. Quiénes, cuánto y para qué deben pagarse los impuestos definen el tipo de sociedad que somos.

Si el objetivo es avanzar en un sistema tributario progresivo como el que tiene las democracias más desarrolladas y los sistemas económicos más inclusivos e igualitarios, los parches improvisados como este y los golpes de efecto como el denominado impuesto a la riqueza recientemente sancionado, son graves retrocesos, no avances.

¿Qué tipo de sociedad podemos ser si participan del pacto solidario que significan los impuestos solo el 10% de los que trabajan? ¿Qué tipo de sociedad nos propone este proyecto de ley que exime nuevamente de este impuesto a los funcionarios judiciales, del servicio exterior que triplican el ingreso medio de los argentinos? Menos consistente no se consigue.

Argentina es hoy un país con cerca del 40% de pobres en el que cada vez que se toma un mate, un agua mineral, o se carga el tanque combustible se paga casi el 50% de impuestos. Más inconsistente, no se consigue.

La progresividad tributaria es el camino para salir del laberinto y el pantano en el que estamos. Las rentas personales deben ser gravadas con independencia del origen de las mismas. Por qué un médico, quien tiene una verdulería, un profesor si y un miembro de la justicia o del ministerio público no; solo en la Argentina.

Un avance importante fue durante el gobierno de Cambiemos la modificación sobre los nuevos ingresantes. No es suficiente. Sigue siendo inequitativo e injusto con el resto de la sociedad. La iniciativa de Sergio Massa y del gobierno de Alberto Fernández van una vez más en el sentido contrario.

Golpes de efecto en año electoral. Paremos la pelota y pensemos un poco.

¿Por qué no actualizamos y modificamos las escalas bajando la de arranque del 5% al 2% y las vamos llevando gradual y progresivamente hasta el punto máximo del 40% para los ingresos mayores a 800.000 pesos? ¿Por qué no actualizamos las escalas con mayor frecuencia, en forma semestral y no anual?

¿Por qué no se eliminan los grandes saltos de escalas que hacen que a algunos trabajadores les convenga no ascender para no cobrar menos por mal desempeño técnico del impuesto?

Las exenciones, según el presupuesto, implican 86.000 millones de pesos. Esto incluye como dijimos a jueces, funcionarios judiciales, quienes explican más de la mitad de ese monto. ¿Por qué no aprovechamos y los eliminamos en su totalidad?

Hay indicadores claros que señalan hacia dónde tenemos que mirar: la proporción sobre la recaudación general del impuesto sobre la renta de personas físicas en los países de la OCDE es del 24%, en América Latina del 10 % y en Argentina solo del 7%.

La Argentina es uno de los países del mundo con menor base imponible y con la diferencia imponible entre el mínimo y el máximo más chica. Con el equivalente a U$S 500 dólares mensuales un contribuyente comienza a pagar la mínima y con solo $1.000 dólares mensuales ya paga la máxima.

La crisis que vivimos, y el momento es la oportunidad. Dependerá de nosotros en la Cámara de Diputados y luego de los senadores, que seamos responsables y la aprovechemos para comenzar un buen cambio en el sistema tributario. De lo contrario seremos legitimadores de una pésima solución a este problema.

Desde la Revolución Gloriosa en 1668 que hizo de la discusión de los impuestos uno de los pilares fundamentales del sistema de representación parlamentaria (no taxation without representation), es precisamente el Congreso el lugar donde trabajar sobre esto.

Debemos ser creativos, originales, animarnos a llevar adelante los cambios que desde hace mucho los argentinos requieren. Ese es el rol de un diputado. No debemos acompañar un parche cuando podemos encarar la reforma necesaria que signifique un decidido paso adelante en la mejora del sistema tributario.

Si hay intención y no solo una propuesta demagógica, se podrá.

Publicado en Clarín el 22 de febrero de 2021.