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Función Privada, una escuela de cine

Recién me escribe un amigo: “Innumerables sábados prefería quedarme en casa antes de salir para ver Función Privada”. 

Y es así. Hace un par de años escribí un artículo llamado “Todo lo que se de política lo aprendí en el cine”, que también puede verse en YouTube.

Mi educación cinematográfica comenzó de chico, con mi Alba, mi mamá, llevándome al cine Los Ángeles, en avenida Corrientes y Callao, a ver los clásicos de Disney.

Luego, durante la dictadura, las películas de Los Superagentes se convirtieron en un clásico de las tardes de sábado en continuado. Como dijese Julio De Grazia, alguien nos tenía que hacer reír en esos años, y Tiburón, Delfín y Mojarrita (sobre todo Mojarrita) venían a cumplir ese rol.

Con el tiempo, ya de adolescente, pude acceder al cine de Belmondo: nuestra peregrinación de sub 13 para que podamos entrar a ver El Profesional en algún cine barrial tomaba varias horas de nuestros sábados. Lo mismo podía suceder con alguna de Adriano Celentano.

Contemporáneo a esos años, en 1982, post Malvinas, un programa aparece en la grilla de ATC, Función Privada, con un formato novedoso para la manera de emitir cine por televisión abierta, muy diferente al clásico Hollywood en Castellano, que se emitía por canal 13 los lunes por la noche. Función Privada ocupaba el prime time de los sábados, tenía dos presentadores, emitía la película completa, sin cortes arbitrarios para que el film cumpla con las restricciones horarias (la censura no era solo un trabajo de Miguel Paulino Tato, sino que mucha veces los canales y los cines de barrio cortaban aun más las películas para que entren en la programación) y además se complementaba con un noticiero de época, que se daba antes del film elegido y seriales de aventura, que se presentaban al final, en episodios semanales para enganchar al público para el “próximo sábado” y luego, también, se daba un adelanto o “cola” de la película de que se vería al otro fin de semana.

Rómulo Berruti y Carlos Morelli se presentaban delante de un hermoso cartel de la hermosa Marilyn. Y tomaban whisky (luego se incorporarían invitados, que se sumarían a la bacanal). Alguna vez se dijo, injustamente, que parecían “pasados de copas”, lo cierto es que se grababan varios programas juntos y era lógico que para el cuarto, la chispa se notara.

En nuestro educación cinematográfica, ellos llegaron justo a nuestra madurez, al momento de hacer “la escuela secundaria”. Si bien siempre preferí el cine como entretenimiento, ellos nos permitieron conocer un cine de “autor” pero a la vez masivo. Rápidamente puedo recordar la proyección de Solos en la Madrugada o Asignatura Pendiente, ambas con la dupla de José Sacristán y Fiorella Faltoyano, con la dirección de José Luis Garci, que en tiempos de transición argentina cobraban otro significado político. Pero también “Los jóvenes viejos” o “Diario de la guerra del cerdo” o “Cirse”, la única obra de Cortázar llevada al cine.

Esos fantásticos años ochenta se completaban con la remasterización de cinco películas de Hitchcock, que se estrenaron en el recién reinaugurado cine Metro (si, en los ochenta se inauguraban cines, no se cerraban), o la doble función de clásicos, a la que íbamos domingos por la tarde con otro de mis amigos, Guillermo, a ver películas de Bertollucci o Fellini, o a la función nocturna del ABC, que no daba en ese horario películas triple X sino los clásicos de Woody Allen (ningún film me hizo reír hasta ahora como “Tócala de nuevo, Sam”).

Función Privada, y sus “profes Berritu y Morelli”, fueron como esas materias del secundario que tanto impactaron en nuestra educación cinematográfico. Nos prepara para la universidad, que llegó con El Amante Cine.

 

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