Nació en Buenos Aires el 30 de septiembre de 1925. Creía que ese fue “un año sin historia”. Lo conocí personalmente en febrero de 2007. En una tarde calurosa, con la intención de armar un archivo sonoro sobre historia argentina, llegamos junto con la colega Virginia Vénere hasta una oficina en la calle Reconquista 745, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
El lugar, un edificio de 1915 que perteneció a los empleados del ferrocarril inglés, era la sede de Todo Es Historia, la revista que había fundado en mayo de 1967, y cuyo primer número, en tiempos de “El Onganiato”, tuvo en la tapa a Juan Manuel de Rosas.
En aquel encuentro, el autor de La noche de la alianza (1964), El 45 (1969) y Soy Roca (1989) – entre otros tantos libros – respondió preguntas en torno a varios temas, por caso el surgimiento de la UCR – donde militó en su juventud – los distintos gobiernos radicales y sus principales líderes, especialmente Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear, sobre quienes escribió sendas biografías, publicadas respectivamente en 1954 y 1958.
Durante la charla sostuvo: “El drama es un ingrediente siempre muy atractivo para las biografías, un drama que puede no ser la muerte exactamente violenta, sino otro tipo de sufrimiento y desdicha”. Félix Luna explicaba así los motivos que, a su entender, determinaban la importancia historiográfica de un personaje. Además, sabía de padecimientos por experiencia propia: en 1951, durante el primer peronismo, fue detenido y torturado en una comisaría de Boulogne.
La evocación enfoca el pensamiento. Desde hace algunos años, tal vez desde cierta inmediatez analítica, se observa la proliferación de biografías de instante, coyunturales, en ocasiones veladamente laudatorias, donde la centralidad política o social del protagonista suele ser efímera.
En no pocos trabajos, la figura en cuestión es presentada, definida y analizada en tiempo real, esto es: en pleno ejercicio del poder, al calor de una contienda electoral o en función de un hecho puntual – muchas veces intrascendente – por el cual adquiere notoriedad pública. Así, pues, en la lista de biografiados se cuentan gobernantes de segunda línea, dirigentes vacuos, funcionarios fugaces, asesores estrella y outsider.
Algo parece haber cambiado: a grandes rasgos, las variables ponderadas por el referente de la divulgación histórica no tienen la misma densidad instrumental de antaño. Quizá por eso, en algunas producciones académicas o periodísticas se advierte la sobrevaloración de personas y circunstancias. Las mesas de saldo de las librerías son silenciosas testigos de este fenómeno de época.
Lo evidente emerge por contraste. Félix Luna fue un polifacético modelista de su tiempo: abogado, historiador, periodista, poeta y compositor. Valiéndose de la pluma y la palabra, la música y el arte, se volvió un artesano en el oficio de la semblanza; un analista agudo, desprejuiciado e intelectualmente honesto. No tuvo apuro en escribir. Sus obras no validaron relatos de ocasión o visiones sesgadas sobre el pasado. Respetuoso de la posteridad, pensaba que solamente el juicio histórico ubica hechos y protagonistas en su justo lugar.
Trabajó abriendo caminos, haciendo docencia, amplificando socialmente el conocimiento, sin dogmatismos ni lugares comunes. A 100 años de su nacimiento, “Falucho” y su legado inextinguible traen un mensaje: todo es historia. Y él la enseñó con pasión y profesionalismo.
Publicado en Clarín el 30 de octubre de 2025.
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