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“Existe una alianza progresista capaz de derrotar a Meloni” dice Elly Schlein, líder del Partido Democrático

Elly Schlein es hoy la principal referencia de la oposición a Giorgia Meloni en Italia. Me recibe en Roma, en la Camera dei Deputati, concretamente en la Sala Enrico Berlinguer del grupo parlamentario del Partido Democrático. La conversación tiene lugar en una jornada especialmente significativa: Schlein interviene en el pleno parlamentario dedicado a preparar la posición italiana ante el próximo Consejo Europeo. También me invita a asistir al debate desde la tribuna. Es una práctica saludable de la política italiana que merece ser destacada: el Parlamento debate las prioridades del Gobierno antes de los Consejos Europeos y no después, como ocurre en España, cuando las decisiones ya están tomadas.

La líder del Partito Democratico afronta la entrevista con un tono directo, sin rodeos y con las ideas muy claras sobre los desafíos de Italia, Europa y la izquierda. Si hay una cuestión que le preocupa especialmente es la evolución de los salarios. “No solo no han crecido en treinta años, sino que incluso han retrocedido tres puntos porcentuales“, lamenta. A su juicio, esa realidad explica buena parte del malestar social que atraviesa el país.

Tras tres años de reconfiguración y reunificación en el espacio progresista, Schlein se muestra optimista sobre las posibilidades de la oposición. “Dentro del campo progresista vemos avances concretos y seguiremos trabajando para derrotar a esta derecha“, sostiene. Cree que las tensiones internas de la coalición gubernamental acabarán pasando factura. “Cada vez resulta más difícil para Meloni mantener cohesionada a esta mayoría, y el problema es que quienes pagan el precio son los italianos“, afirma.

La conversación aborda también la frustrada reforma judicial impulsada por el Gobierno, el debate sobre una posible reforma electoral y el estado de las instituciones italianas. Pero es al entrar en el terreno internacional cuando Schlein muestra con mayor claridad su visión estratégica. Considera que Italia está perdiendo influencia en un momento decisivo para Europa. “Hoy Francia, Alemania y el Reino Unido dialogan con representantes rusos. Italia no está“, señala.

También critica la reacción del Ejecutivo ante los ataques lanzados por Donald Trump contra el Papa León XIV. Según Schlein, los miembros del Gobierno prefirieron evitar el conflicto político y “se refugiaron en el silencio“. Sobre el futuro de la Unión Europea tampoco deja espacio para la ambigüedad: “Creo en una Europa federal. Y pienso que debemos continuar por ese camino. Meloni no está librando esas batallas“.

A lo largo de la entrevista emerge una dirigente convencida de que existe una alternativa progresista al actual Gobierno y de que el debate sobre el futuro de Europa será uno de los principales campos de batalla políticos de los próximos años.

¿Cómo se puede derrotar a Meloni con la fragmentación que existe en la izquierda italiana?

La unidad se construye no tanto —o no solo— contra el Gobierno de Meloni, sino alrededor de las cosas que queremos hacer juntos por Italia. Esa es la estrategia que pusimos en marcha desde que llegué a la secretaría del Partito Democratico.

Cuando llegué, tras la derrota electoral, el partido estaba en mínimos históricos en las encuestas, alrededor del 14%, y el centroizquierda prácticamente había desaparecido. Con mucho trabajo y un gran esfuerzo unitario hemos reconstruido, paso a paso, una unidad sobre cuestiones concretas.

La primera batalla en la que conseguimos unir a toda la oposición fue la del salario mínimo en un país donde cuatro millones de trabajadores son pobres pese a tener empleo. En España ya existe un salario mínimo y el Gobierno de Pedro Sánchez lo ha incrementado en más de un 50%. Eso ha ayudado a sostener el poder adquisitivo de trabajadores y familias incluso durante la crisis energética y la inflación.

En Italia, en cambio, los salarios no solo no han crecido en treinta años, sino que incluso han retrocedido tres puntos porcentuales.

Además, en los últimos cuatro años el ISTAT (Istituto Nazionale di Statistica) certifica que los salarios reales de los italianos han perdido nueve puntos porcentuales, precisamente mientras aumentaban los precios de los alimentos. Esto significa que una persona va al supermercado con el mismo sueldo de antes y ya no puede comprar lo mismo.

Después construimos la unidad alrededor de la sanidad pública. Presentamos propuestas para reducir las listas de espera. Porque si quieres desmantelar la sanidad pública, como está haciendo la derecha, no hace falta cambiar las leyes. Basta con recortar recursos. Entonces faltan médicos y enfermeros, los hospitales se vacían y quienes tienen dinero acuden a la sanidad privada. Quienes no lo tienen renuncian a tratarse.

Hoy más de seis millones de italianos, más de uno de cada diez, renuncian a recibir atención sanitaria porque no pueden permitirse esperar o pagar una alternativa privada. Solo entre 2023 y 2024 esa cifra aumentó en un millón y medio de personas durante el Gobierno de Meloni. Por eso propusimos, junto al resto de la oposición, destinar recursos para contratar inmediatamente médicos y enfermeros y reducir las listas de espera.

Lo que estamos intentando construir es una gran alianza progresista basada en los principios que compartimos: defensa de la sanidad pública, trabajo digno, políticas industriales para acompañar la transición ecológica y digital, educación, universidad, investigación, derechos y democracia.

Durante estos tres años hemos impulsado iniciativas legislativas, propuestas y movilizaciones conjuntas. Hoy podemos decir que existe una alianza progresista competitiva, capaz de derrotar a Meloni en las próximas elecciones. Ya la hemos construido en numerosas ciudades donde hemos ganado juntos. También en las regiones: el año pasado se celebraron elecciones en siete regiones y la alianza progresista concurrió unida, algo que no ocurría desde hacía veinte años.

Por tanto, dentro del campo progresista vemos avances concretos y seguiremos trabajando para derrotar a esta derecha.

¿Qué ha ocurrido después del referéndum sobre la justicia? Mi análisis es que empiezan a aparecer problemas dentro de la propia derecha. Participó más gente de la prevista. ¿Cree que Meloni está ahora en una posición de mayor debilidad?

Lo que ocurrió es muy sencillo. La propaganda de Giorgia Meloni y de su Gobierno chocó frontalmente con la realidad que viven millones de italianos.

Tenemos tres años casi consecutivos de caída de la producción industrial, crecimiento económico estancado, salarios demasiado bajos, listas de espera interminables y una presión fiscal que ha alcanzado máximos de los últimos doce años.

¿La gente, entonces, no votó únicamente por el referéndum sobre la justicia?

Exactamente. Una participación tan elevada tenía también un significado político.

La gente acudió a votar para frenar una reforma de la justicia que no mejoraba la vida de los ciudadanos, sino que pretendía colocar a los jueces bajo el control del Gobierno, igual que intentan otras derechas nacionalistas en Europa y en el mundo.

También acudieron para defender la Constitución italiana, una Constitución antifascista a la que los italianos están profundamente vinculados. Y además votaron contra este Gobierno, contra su actitud subordinada hacia Trump y Netanyahu.

Los quince millones de votos negativos fueron posibles por una combinación de razones. Sin embargo, las dificultades del Gobierno no comenzaron con el referéndum. Empezaron meses antes, cuando ganamos claramente las elecciones regionales en Campania y Apulia.

Ellos mantuvieron el Véneto, algo bastante previsible, pero allí ocurrió algo relevante. Matteo Salvini obtuvo en el Véneto un resultado que dobló al de Meloni gracias a la candidatura del expresidente regional. Eso generó tensiones inmediatas dentro de la coalición.

También vimos esas tensiones cuando yo había alcanzado un acuerdo con Meloni sobre una ley elemental de protección de las mujeres: la norma del “solo sí es sí”. Es decir, que cualquier acto sexual sin consentimiento sea considerado violencia sexual. Muchos países europeos, incluida España, ya han aprobado normas de este tipo.

Habíamos votado el texto por unanimidad un jueves en esta Cámara. El lunes terminaron las sesiones y el martes la mayoría hizo saltar el acuerdo porque Salvini ya no lo quería. Fue el primer momento real de debilidad que observé en Meloni: no fue capaz de imponer un acuerdo que ella misma había cerrado conmigo.

Después comenzaron las disputas sobre los presupuestos, hasta el punto de poner en riesgo la aprobación de las cuentas antes del 31 de diciembre. Y también han discutido intensamente sobre política exterior, porque en realidad no tienen una sola política exterior: tienen tres.

En la resolución aprobada hoy por la mayoría, que criticaba a la oposición por sus divisiones, desaparecen todas las cuestiones conflictivas. Por ejemplo, se habla de ampliación de la Unión Europea a los Balcanes, pero no de Ucrania. Es fácil ocultar las divisiones cuando se eliminan de los documentos las palabras incómodas. Incluso llegaron a un punto absurdo: discutían sobre el apoyo militar a Ucrania y resolvieron el conflicto eliminando simplemente la palabra “militar” de un decreto que seguía enviando ayuda militar.

Ese es el nivel de tensión que existe dentro de la mayoría.

La coalición de Gobierno quiere cambiar la ley electoral. ¿En qué sentido lo plantean? Y, en relación con lo anterior, ¿cree que después del referéndum les resultará más difícil sacar adelante esa nueva ley electoral?

Con respecto a lo segundo: sí, también porque están divididos sobre ese asunto. No todos están entusiasmados con la reforma.

De hecho, una semana antes del referéndum, mientras los italianos pagaban la gasolina al doble de precio debido a la guerra ilegal impulsada por Trump y Netanyahu, el Gobierno convocó una cumbre urgente. Nosotros pensamos que estaría dedicada a los salarios o al coste de la energía, que está reduciendo la competitividad de nuestras empresas, pero no. La reunión era sobre la ley electoral.

Meloni quería cerrar un acuerdo por escrito antes del referéndum porque sabía que después podría resultarle más complicado. ¿Por qué lo hacen? Porque tienen miedo de perder. Pretenden blindar una victoria mediante una ley que consideramos inaceptable, ya que establece una prima de mayoría muy fuerte que permitiría a la mayoría alcanzar casi por sí sola determinados quórums institucionales de garantía.

En realidad, esta reforma electoral es una especie de anticipo del proyecto de premierato, la gran reforma institucional de Meloni, sobre la que ahora se ha detenido porque probablemente no quiere enfrentarse a otro referéndum constitucional. Lo que mantiene unida a esta mayoría no es una visión compartida del país, sino un pacto de poder.

Están mucho más divididos que nosotros, pero permanecen unidos por intereses de poder y por un acuerdo entre distintas reformas: la autonomía diferenciada defendida por la Liga —que corre el riesgo de fracturar Italia y aumentar las desigualdades territoriales—, la reforma de la justicia impulsada históricamente por Berlusconi y Forza Italia y el proyecto de premierato de Fratelli d’Italia.

La primera fue parcialmente desmontada por el Tribunal Constitucional porque era inconstitucional. Están intentando sortear esa sentencia, pero nosotros nos opondremos. La segunda ha sido rechazada por quince millones de italianos. Y sobre la tercera, han frenado por ahora, aunque intentan introducirla indirectamente a través de la reforma electoral.

Por eso hemos unido fuerzas con el resto de la oposición para impedirlo.

¿Qué papel ha tenido Trump en el debilitamiento de Meloni? Se decía que ella era una aliada muy importante para Trump dentro de Europa. Ahora parece que Meloni está cambiando de posición.

Lo parece. Sin embargo, incluso después del referéndum y de la derrota, y también después de los ataques inaceptables de Trump, no hemos visto cambios reales. Yo misma denuncié esos ataques en el Parlamento.

Algo que, por cierto, no hizo el líder de la oposición en España.

Era un deber reaccionar cuando un jefe de Estado extranjero ataca al Gobierno italiano. Podemos ser adversarios políticos dentro de esta Cámara, pero seguimos siendo representantes de los italianos. No podemos aceptar amenazas o ataques procedentes de otro jefe de Estado, especialmente de un país históricamente aliado.

Del mismo modo, también era necesario defender al Papa León frente a los ataques sin precedentes lanzados por Trump.

Todo eso generó una fractura política importante. Pero, en los hechos, no hemos visto ningún cambio en la política exterior del Gobierno. Tras los ataques de Trump, se refugiaron en el silencio. En parte porque no tienen una política exterior coherente y en parte porque temen una nueva reacción de Trump.

Eso supone traicionar la tradición diplomática italiana, un país que siempre ha estado en primera línea cuando se habla de paz. La paz está escrita en nuestra Constitución. Hoy Francia, Alemania y el Reino Unido dialogan con representantes rusos. Italia no está.

Hace unos días se habló de la ampliación europea hacia Montenegro y tampoco estaba Italia. Cada vez resulta más difícil para Meloni mantener cohesionada a esta mayoría y el problema es que quienes pagan el precio son los italianos.

Cuando Trump regresó al poder, Meloni fue una de las pocas dirigentes europeas presentes en la ceremonia de investidura. Quería presentarse como el puente entre Europa y Trump. Sin embargo, ese puente se derrumbó bajo las bombas de Trump, incluidas las comerciales. Entonces, Meloni quedó atrapada en una posición muy complicada. Ha sido el único Gobierno europeo que ha minimizado el impacto de los aranceles en un país fuertemente dependiente de las exportaciones.

Mientras tanto, Pedro Sánchez reaccionó rápidamente, movilizando 13.000 millones de euros para proteger a trabajadores y empresas. El Gobierno italiano anunció un plan de 24.000 millones, pero en realidad eran fondos ya existentes redistribuidos. Ni siquiera se ejecutó como se prometió.

Este es también el único Gobierno europeo que calificó como “legítima defensa” una acción militar unilateral en Venezuela. Es el único Gobierno que ha aceptado participar como observador en el Consejo de Paz (Board of Peace) mientras Netanyahu viola de forma sistemática el derecho internacional. No están trabajando por una paz justa, que en Gaza solo puede existir si terminan los asentamientos ilegales y se reconoce claramente el Estado palestino.

También es el único Gobierno incapaz de pronunciar una frase muy sencilla: “Groenlandia no se toca”. La subordinación de Meloni ha tenido un coste muy elevado para Italia. No he visto ningún cambio, salvo la defensa del Papa.

Y sinceramente, habría preferido que el enfrentamiento con Trump se produjera por una guerra que está perjudicando gravemente a la economía mundial y también a la italiana. Lo que estamos viendo es el intento de una nueva derecha nacionalista global de sustituir el derecho internacional por la ley del más fuerte y del más rico.

Precisamente de eso hablamos en Barcelona, en la cumbre de movilización progresista global junto a Pedro Sánchez, Lula y más de cien movimientos progresistas de todo el mundo. Queremos reconstruir un orden internacional basado en la paz, el diálogo, la cooperación y el respeto del derecho internacional. No puede haber dobles raseros.

Nos unimos con razón para defender a Ucrania frente a la agresión criminal de Putin porque violaba el derecho internacional. Pero no podemos guardar silencio cuando se producen crímenes en Gaza o cuando un aliado histórico como Estados Unidos actúa unilateralmente. Si aceptamos esas excepciones, legitimamos que otros hagan lo mismo.

Hace poco estuve en Canadá y me reuní con Barack Obama y con Mark Carney. Carney dijo algo muy interesante: que el orden internacional será reconstruido porque no estamos dispuestos a aceptar un mundo más brutal, y que Europa debe desempeñar un papel central en esa reconstrucción.

Para ello, Europa tiene que cambiar. Debe superar la unanimidad en la toma de decisiones —a la que Meloni se opone—. Debe avanzar mediante cooperaciones reforzadas cuando no sea posible reformar los tratados. Debe impulsar inversiones comunes europeas. Solo así podremos evitar quedar aplastados entre las presiones militares y comerciales que nos rodean.

Necesitamos un gran plan industrial europeo, inversiones en innovación, cohesión social, transición ecológica y defensa común. Meloni se opone también a la defensa común europea.

Si aceptas la exigencia de Trump de elevar el gasto militar al 5% del PIB, pero rechazas la defensa europea integrada, las cadenas de mando comunes y una industria militar europea más fuerte, lo único que estás haciendo es comprar más armas estadounidenses. Eso no aumenta la autonomía estratégica europea, sino que la reduce.

Además, en materia energética, mientras España aceleró durante años las inversiones en renovables y logró reducir enormemente los costes de la electricidad, Italia sigue pagando precios mucho más elevados.

Recuerdo que, tras los ataques a Irán, hubo días en que el precio mayorista de la energía en Italia alcanzó los 180 euros por megavatio hora, mientras en España era de apenas 18 euros. Diez veces menos.

La dirigente demócrata reivindica una salida progresista a la crisis salarial y social de Italia. Foto: Agenda Pública / Francesco Fotia

Usted ha dicho hoy en la Camera dei Deputati que Italia no crece. Pero Italia ha recibido los fondos Next Generation. ¿Qué ha ocurrido? ¿Puede decirse que, a diferencia de España, Italia no ha sido capaz de resolver algunos de los problemas estructurales que frenan la productividad y el crecimiento?

Es una gran pregunta. De hecho, es una pregunta que yo misma hago constantemente a economistas, empresarios y expertos. Porque el dinero llegó.

Y una cosa está clara: sin el PNRR (Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia), que además el partido de Giorgia Meloni ni siquiera votó en Bruselas, hoy Italia ya estaría en recesión. Por tanto, sí ha tenido efectos. La cuestión es por qué esos efectos no han sido suficientes para impulsar un crecimiento más sólido.

En mi opinión, este Gobierno no ha hecho las reformas necesarias, porque carece de una visión estratégica y porque está dividido internamente a la hora de afrontar intereses corporativos y problemas estructurales profundamente arraigados. Además, actúan de forma muy ideológica. Cuando llegaron al poder, existía un mecanismo que funcionaba muy bien: Industria 4.0. Si visitas cualquier empresa italiana, encontrarás maquinaria avanzada adquirida gracias a esos incentivos. Era un sistema estable, conocido y apreciado por el tejido empresarial.

Pero como no era una iniciativa suya, decidieron eliminarlo para sustituirlo por “Transición 5.0”. ¿Y qué ocurrió? Que anunciaron una reforma y tardaron nueve meses en ponerla en marcha. ¿Resultado? Parálisis de inversiones. Lo mismo sucedió con el PNRR.

Como no era un plan diseñado por ellos, insistieron en modificarlo. Pero perdieron muchísimo tiempo. Las modificaciones se presentaron más de un año después de llegar al Gobierno y en buena medida consistían en recentralizar recursos. Recortaron fondos a municipios y regiones que estaban ejecutando bien los proyectos para trasladarlos a los ministerios, que suelen gastar más lentamente.

Lo hicieron porque gran parte de esos municipios están gobernados por el Partito Democratico. Mientras tanto, siguen sin entender que la productividad aumenta mediante investigación e innovación. Italia sigue dedicando un porcentaje muy bajo del PIB a investigación. A día de hoy, la investigación es precaria y este Gobierno la ha vuelto todavía más precaria. Formamos investigadores excelentes que luego se marchan al extranjero.

También me parece muy interesante lo que se está haciendo en España con la reducción de la jornada laboral. Habéis aprobado una ley que impulsa experiencias piloto y acuerdos entre empresas y sindicatos. Nosotros hemos presentado propuestas similares, pero el Gobierno ni siquiera quiere discutirlas. Y sin embargo, allí donde se ha aplicado, la productividad ha aumentado. Eso desmonta muchos discursos neoliberales que siguen anclados treinta años atrás.

Con la inteligencia artificial y las tecnologías digitales es evidente que podremos trabajar mejor y quizá incluso menos horas. Pero el pacto social debe consistir en redistribuir el valor añadido generado por esas tecnologías. Porque si no lo hacemos, aumentarán las desigualdades y veremos una concentración cada vez mayor de riqueza, poder y conocimiento en muy pocas manos.

Lo digo siempre, incluso cuando no tengo delante a medios españoles. España ha demostrado que existe una receta progresista para crecer reduciendo desigualdades. Y de eso hablé también con Pedro Sánchez en Barcelona.

España ha aumentado el salario mínimo y ha reforzado el poder adquisitivo de los trabajadores. También ha ejecutado bien y a tiempo los fondos europeos, lo que ha generado crecimiento, empleo y productividad.

Por otro lado, Sánchez y Yolanda Díaz alcanzaron acuerdos con sindicatos y empresas para reducir drásticamente la temporalidad. Mientras tanto, en Italia más de la mitad de los menores de veinticuatro años solo conocen la precariedad laboral.

Si tienes un contrato que dura un mes y no sabes si seguirás trabajando el siguiente, no puedes independizarte. No puedes alquilar una vivienda en Roma, Milán, Florencia, Bolonia, Nápoles o Venecia. No puedes formar una familia. Y eso tiene consecuencias directas sobre la natalidad. La precariedad afecta especialmente a los jóvenes, a las mujeres y al sur del país.

Además, faltan servicios públicos de cuidados para niños y personas mayores. Y al final son las mujeres quienes cargan de forma desproporcionada con ese trabajo invisible.

En España existe un debate serio sobre el reparto de los cuidados. Nosotros presentamos una propuesta unitaria de toda la oposición para ampliar los permisos parentales. Si en España son de tres meses, nosotros proponemos cinco meses también para los padres, financiados al 100%. No queremos obligar a las mujeres a elegir entre trabajo y familia. Pero el Gobierno ha bloqueado esta propuesta, igual que bloqueó el salario mínimo.

Usó una parte de nuestra iniciativa y la llamó “salario justo”, pero sin establecer un umbral mínimo obligatorio. Y así seguimos teniendo trabajadores que cobran cinco euros la hora y necesitan tres empleos para sobrevivir.

España también ha desarrollado políticas interesantes para atraer talento. Nosotros hemos presentado recientemente una propuesta inspirada en parte en esas experiencias. Además, considero muy valiosas algunas de las propuestas del informe elaborado por mi predecesor, Enrico Letta, sobre el futuro del mercado único europeo. En particular, me parece interesante la idea del denominado “régimen 28”, una fórmula para simplificar y armonizar reglas a escala europea.

Schlein analiza la relación entre Meloni, Bruselas y el giro de la política migratoria europea. Foto: Agenda Pública / Francesco Fotia

¿Qué está ocurriendo entre Ursula von der Leyen y Meloni? Parece existir algún tipo de relación política especial. La semana pasada Italia obtuvo más flexibilidad presupuestaria.

Lo primero que quiero decir es que nosotros siempre hemos defendido una mayor flexibilidad fiscal. Lo que criticamos fue el nuevo Pacto de Estabilidad, porque reproduce errores del pasado.

La experiencia de la pandemia demostró que las políticas expansivas funcionan. Y hoy el contexto geopolítico es incluso más complicado que entonces. Si Europa no continúa con inversiones comunes, quedará atrapada entre Estados Unidos, Rusia y China.

La única posibilidad para Europa es dar un salto adelante. Lo que echo en falta es el coraje político que sí vimos durante la pandemia. Entonces la Comisión Europea suspendió el Pacto de Estabilidad, puso en marcha instrumentos comunes y lanzó el mayor programa de inversión compartida de la historia europea.

Soy una europeísta convencida. Creo en una Europa federal. Y pienso que debemos continuar por ese camino. Meloni no está librando esas batallas.

Dicho esto, es normal que exista una relación institucional entre la Comisión y el Gobierno italiano. Y es lógico que se concediera cierta flexibilidad. Sin embargo, también creo que la Comisión respondió inteligentemente a los ataques que Meloni había lanzado contra Bruselas.

Como Meloni no puede presentar buenos resultados económicos, ha vuelto a recurrir a un viejo argumento: culpar a Europa.

La Comisión respondió diciendo: “Aquí tenéis margen fiscal. Utilizadlo”. Pero no para parchear temporalmente las facturas energéticas, sino para invertir en renovables, redes eléctricas y almacenamiento energético. Fue una respuesta políticamente muy hábil.

Ahora bien, nosotros pertenecemos a la familia socialdemócrata europea y no aceptaremos que exista una política de alianzas variables en el Parlamento Europeo. Si existe una mayoría europeísta que sostiene a la Comisión, esa mayoría no puede ser ignorada cuando se debaten cuestiones como la transición ecológica o la inmigración.

Meloni presume de haber cambiado la política migratoria europea. En realidad, ha hecho justo lo contrario. Ha abandonado la batalla que verdaderamente interesaba a Italia: una distribución solidaria de las responsabilidades de acogida entre todos los Estados miembros. Eso está escrito en los Tratados. La solidaridad y el reparto de responsabilidades deberían ser principios básicos.

Hoy, siete países soportan alrededor del 80% de todas las solicitudes de asilo de Europa. Esa era la batalla que siempre habíamos defendido. Yo misma trabajé en la reforma de Dublín entre 2014 y 2019 para el grupo socialista europeo. Defendíamos que quien llega a Italia, España, Grecia o Alemania llega en realidad a Europa. Por tanto, todos los países deben asumir su parte. Meloni abandonó completamente esa posición, y lo hizo tanto por razones ideológicas como porque no tuvo el valor de enfrentarse a Viktor Orbán.

Tampoco puede seguir utilizando como excusa el famoso centro para migrantes en Albania. No se ha convertido en ningún modelo europeo. Las normas europeas y las sentencias del Tribunal de Justicia dejaron claro que no podía utilizarse para deportar solicitantes de asilo como pretendía inicialmente.

Por eso tuvieron que transformarlo en un centro de detención para inmigrantes irregulares. Los trasladan desde Italia a Albania, los mantienen allí y luego tienen que devolverlos a Italia para proceder a la expulsión porque no pueden ser expulsados desde Albania. Es un sistema absurdo.

Según nuestros cálculos, se han gastado cerca de 800 millones de euros de dinero público que podrían haberse utilizado para reforzar la seguridad o contratar más policías. Los agentes terminan vigilando centros prácticamente vacíos.

En dos años solo han pasado por ellos 536 personas. Meloni prometió que serían 36.000 al año. Hagamos un simple ejercicio de verificación: si se han gastado aproximadamente 200 millones para gestionar 536 personas, el coste supera los 370.000 euros por persona. Con esa cantidad se podrían financiar décadas de acogida en Italia.

Publicado en Agenda Pública el 14 de junio de 2026.

Link https://agendapublica.es/noticia/21166/elly-schlein-lider-partito-democratico-existe-alianza-progresista-capaz-derrotar-meloni?utm_source=Agenda+P%C3%BAblica&utm_campaign=eea8c4f564-EMAIL_CAMPAIGN_2020_10_08_05_49_COPY_01&utm_medium=email&utm_term=0_452c1be54e-eea8c4f564-567855179

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