Por qué la integración de la defensa podría fracturar el continente.
Traducción Alejandro Garvie
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los países de Europa occidental han dependido de Estados Unidos para su seguridad. Así protegidos, estos países pudieron avanzar en su integración económica manteniendo sus sistemas de gobierno democráticos. La responsabilidad se dividió: Washington se encargó de la seguridad del continente, mientras que Bruselas asumió un papel económico cada vez mayor. Esta división de responsabilidades es ahora incierta. El presidente estadounidense Donald Trump ha exigido la compra de Groenlandia, ha atacado a líderes europeos y ha interferido en la política interna de los países europeos. Más recientemente, ha advertido que, si los aliados de la OTAN no ayudan a abrir el estrecho de Ormuz, “será muy malo para el futuro de la OTAN”. El antagonismo de Trump ha impulsado a líderes como el presidente francés Emmanuel Macron a reclamar “autonomía estratégica” respecto a Washington. Analistas que escriben en Foreign Affairs – entre ellos Erik Jones y Matthias Matthijs – han sugerido que la Unión Europea debe asumir un papel más importante en la seguridad europea. Argumentan que esto debería formar parte de un impulso más amplio para convertirse en una “potencia mundial” capaz de contrarrestar las políticas de la administración Trump.
Esto sería un error. La Unión Europea es un instrumento de cooperación económica. Es un proyecto de paz, no de guerra. Ha tenido un éxito notable en este empeño, logrando su objetivo fundacional de unir económicamente a Francia y Alemania. Pero ese éxito ha requerido el compromiso continuo de Washington con la OTAN. Modificar este acuerdo crearía tensiones entre los Estados miembros que, en última instancia, amenazarían las estructuras existentes de cooperación europea. La Comisión Europea debe dar un paso atrás y permitir que coaliciones de Estados nación, tanto dentro como fuera del bloque, desarrollen nuevas alianzas intergubernamentales. Solo a través de este proceso Washington y Bruselas podrán reforzar la seguridad europea y garantizar la supervivencia del propio proyecto europeo.
ESTABLECIENDO LAS BASES
Ante las amenazas de Trump, líderes europeos como Macron y la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, han declarado que Europa debe actuar como una potencia mundial. Si bien la Unión Europea ha mostrado un creciente entusiasmo por asumir este papel, no está en condiciones de hacerlo. De hecho, Bruselas necesita a Washington ahora más que nunca. La razón es sencilla: históricamente, la fuerza más responsable de la integración europea ha sido Estados Unidos. El apoyo de Washington a una Europa unida se remonta al final de la Segunda Guerra Mundial y a la convicción del gobierno de Truman de que la integración era la forma más eficaz de reconstruir el continente devastado y frenar la expansión del comunismo. El enfoque estadounidense no siempre fue bien recibido. El gobierno británico, en particular, consideraba el deseo de Washington de integrar Europa como una injerencia externa que amenazaba los sistemas democráticos de gobierno europeos.
Por lo tanto, las instituciones originales de la integración económica europea se diseñaron para complementar, en lugar de suplantar, la soberanía nacional. Este compromiso ha demostrado ser extraordinariamente sólido. Los líderes europeos trabajaron para eliminar las barreras a la comunicación y el intercambio, comenzando con la creación de la Organización para la Cooperación Económica Europea (OCE) en 1948 y la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1951. Seis años después, la CECA se transformó, mediante el Tratado de Roma, en la Comunidad Económica Europea (CECE). A medida que el proyecto europeo se ha profundizado y expandido, las instituciones y los organismos de integración económica se han consolidado.
Sin embargo, este proceso no estuvo acompañado de una integración similar de las capacidades de defensa. Tras el voto en contra de la Asamblea Nacional francesa en 1954 para la creación de una Comunidad Europea de Defensa, no se desarrolló ninguna política de defensa común significativa. En cambio, la OTAN proporcionó un marco para la defensa mutua mediante la cooperación intergubernamental, asegurando así la alineación de Europa con Estados Unidos frente a la Unión Soviética. A cambio, Washington aceptó asumir la mayor parte de la financiación y el despliegue de los recursos militares esenciales para disuadir la agresión soviética.
El fin de la Guerra Fría trajo consigo un cambio. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la reunificación alemana en 1990, Washington colaboró con París y Berlín para impulsar una mayor integración europea. El Tratado de Maastricht de 1992, que estableció la Unión Europea, comprometió a los signatarios a una “unión cada vez más estrecha” tanto en el ámbito económico como en el político, lograda en parte mediante la creación del euro. Para evitar una discriminación económica excesiva contra Estados Unidos, el tratado se vinculó a la creación de la Organización Mundial del Comercio y a un nuevo enfoque jurídico para garantizar prácticas justas en el comercio internacional.
Incluso el limitado nivel de integración propuesto por Maastricht encontró dificultades con los Estados miembros. Los votantes daneses rechazaron el tratado en referéndum, y Copenhague tuvo que aceptar una serie de cláusulas de exclusión para asegurar su aprobación. En Francia, los votantes respaldaron el tratado, pero solo con el 51% de los votos. La ratificación parlamentaria fracturó al Partido Conservador británico, debilitando fatalmente al gobierno del primer ministro John Major. Si el Tratado de Maastricht hubiera incluido un compromiso genuino con la defensa común, la ratificación habría sido imposible.
Aun así, el antiguo pacto se mantuvo. El poder militar estadounidense garantizaba que los países europeos pudieran profundizar su integración económica y avanzar hacia la ampliación, dejando de lado la cuestión de la defensa común. El valor de esta división de responsabilidades era apreciado en Washington y expresado con mayor claridad por el senador estadounidense Richard Lugar en un discurso de 1993. La OTAN, argumentó, era necesaria para evitar que el “sano orgullo nacional”, esencial para un continente pacífico y próspero, se convirtiera en un “nacionalismo xenófobo destructivo”. Si la alianza se fracturara, advirtió Lugar, existía “el peligro de que Europa volviera a desmoronarse”.
LAS PLACAS SE DESPLAZAN
Entre los atentados del 11-S en 2001 y la invasión rusa de Crimea en 2014, la amenaza para la zona euroatlántica provenía principalmente del terrorismo islamista global. Ahora, esa amenaza viene de mucho más cerca, un hecho confirmado por la invasión a gran escala de Ucrania por parte del presidente ruso Vladimir Putin en 2022. El fin de la Guerra Fría obligó al proyecto europeo a transformarse; esta nueva era, en la que la integridad territorial de Europa vuelve a estar en riesgo, debe impulsar acciones similares.
La necesidad de cambio se ha intensificado por el desplazamiento global del poder hacia el Pacífico. Cuando se firmó el Tratado de Maastricht en 1992, la Unión Europea y Estados Unidos representaban juntos más de la mitad de la economía mundial. La participación de Estados Unidos se ha mantenido constante en un 26,3 % en 2023. Sin embargo, la participación de la Unión Europea se ha reducido sustancialmente, hasta el 14,7 %. Mientras tanto, China se ha convertido en un competidor a la par de Estados Unidos. La OMC se concibió como el instrumento para regular la relación comercial entre Estados Unidos y la UE en el marco de una nueva economía globalizada, pero no ha logrado hacer frente a China por su robo sistemático de propiedad intelectual y sus políticas industriales anticompetitivas. Pekín se ha vuelto cada vez más asertiva a nivel internacional, y Washington ha sentido la necesidad de reorientar sus recursos, alejándose de Europa, para defender a Taiwán y afrontar los desafíos en América Latina.
La administración Trump tiene razón al afirmar que la relación transatlántica necesita ser reestructurada. Como ha argumentado Peter Harrell en Foreign Affairs, el enfoque universalista y legalista del comercio internacional que se siguió en la década de 1990 no es apropiado en una era de competencia entre grandes potencias. Los nuevos acuerdos comerciales que Washington firmó con la Unión Europea y el Reino Unido en 2025, centrados en la seguridad económica y en abordar el exceso de capacidad de China, representan un paso en la dirección correcta. Sin embargo, otras acciones de Washington han socavado estos logros. La reiterada disposición de Trump a aceptar las manipulaciones de Putin sin cuestionarlas ha desconcertado y frustrado a Ucrania y a sus socios europeos más cercanos. El enfoque caótico del presidente en las negociaciones ha debilitado los mismos acuerdos comerciales que su administración ha negociado. Lo peor de todo es que el empeño de Trump por adquirir Groenlandia ha obligado a los socios de la OTAN a cuestionar los supuestos fundamentales en los que se basa la alianza.
BUENAS INTENCIONES
En este contexto, es comprensible que se exija a la Unión Europea convertirse en una “potencia mundial”. Sin embargo, esto podría acarrear una catástrofe para ambos lados del Atlántico. La Unión Europea no tiene ejército y Bruselas no puede destinar fondos directamente a la defensa. Solo puede subvencionar a sus Estados miembros mediante ayudas financieras o, en teoría, mediante la emisión de deuda común. Con el sistema actual, esta última opción equivaldría a transferencias fiscales de Alemania y los Países Bajos a Francia, Grecia, Italia y otros países con alto gasto militar. Estos posibles beneficiarios tienen diversas preocupaciones legítimas en materia de seguridad, principalmente en el Mediterráneo oriental, Oriente Medio y el norte de África, que poco tienen que ver con la amenaza rusa. Pedir a los contribuyentes alemanes y neerlandeses que financien estos compromisos indefinidamente conlleva el riesgo de una peligrosa reacción adversa.
Un sector de defensa europeo consolidado exigiría a los países renunciar a fuentes clave de empleo e ingresos por exportaciones en favor de un sistema con escasa supervisión o coordinación democrática. A pesar de la retórica de Macron, Francia es el país que más se opone a la consolidación del sector de defensa europeo. Tal medida obligaría a París a abandonar los principios de independencia nacional que han guiado su política exterior desde 1958. La renuencia francesa a ceder el control de la defensa ya ha frustrado el proyecto franco-alemán del avión de combate FCAS. Es fácil criticar a París por esto, pero muchas de sus preocupaciones son comprensibles. Crear un sector de defensa europeo requeriría un entendimiento común entre todos los Estados miembros sobre la naturaleza de las amenazas que enfrenta Europa, cómo esas amenazas deberían influir en el desarrollo de nuevas capacidades, quién controlaría la propiedad intelectual de dichas capacidades y, sobre todo, un enfoque común respecto a las exportaciones de armas. Bruselas no posee la capacidad, la experiencia ni la legitimidad democrática para responder a estas preguntas.
Un nuevo tratado podría resolver este problema y establecer tanto un marco como un consenso para una mayor integración europea en materia de defensa. Sin embargo, intentar negociarlo trastocaría la política del continente. Varios Estados miembros están fuera de la OTAN y comprometidos con la neutralidad, o bien simpatizan abiertamente con Rusia. Un cambio en el tratado de defensa común destruiría el delicado marco de cooperación que une al norte y al sur de Europa. Es probable que los Estados miembros del norte busquen recortes en los programas de bienestar social del sur como parte de cualquier nuevo aumento del gasto en defensa, como insinuó el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Johann Wadephul, el mes pasado. El rechazo popular a tales recortes en estos países sería enorme.
Ante todo, cualquier avance hacia una política de defensa común pondría en peligro el contrato social alemán. La combinación de un amplio empleo en el sector manufacturero y la pertenencia al euro ha sostenido al país durante décadas. Sin embargo, el contrato social ya ha comenzado a resquebrajarse. La industria manufacturera alemana aún lucha por adaptarse tras la pérdida del acceso a la energía rusa barata. Además, se enfrenta a una enorme y creciente presión por parte de la competencia china. En febrero, Bruselas decidió apoyar a Ucrania mediante la emisión de deuda común en lugar de confiscar activos rusos, a pesar de las objeciones de Berlín. En este contexto, los defensores del poder europeo piden a los contribuyentes alemanes que aumenten simultáneamente el gasto en defensa, adquieran equipo militar fabricado principalmente fuera de Alemania y subvencionen el gasto en defensa de otros países europeos. De forma aislada, cada una de estas peticiones sería incendiaria, con el riesgo de aumentar el apoyo a los partidos extremistas tanto de izquierda como de derecha. Juntas, constituyen un polvorín a punto de estallar.
LEJOS DEL BORDE
Para renovar el acuerdo euroatlántico, las instituciones de la Unión Europea deben dejar de lado los asuntos de defensa y centrarse en fomentar el crecimiento económico mediante sus competencias actuales. A corto plazo, no hay alternativa a que Estados Unidos proporcione las costosas capacidades tecnológicamente avanzadas necesarias para disuadir a Rusia. A largo plazo, deberían desarrollarse nuevos programas de gasto mediante acuerdos intergubernamentales, con la OTAN centrada en mantener la interoperabilidad entre sus miembros. Washington no debería esperar que los aumentos en el gasto de defensa sean iguales en términos porcentuales entre los Estados miembros de la UE. Estos compromisos deberían variar, en función del margen fiscal y la disposición de los votantes a aumentar el gasto. Afortunadamente, son los Estados del norte de Europa, y los del flanco oriental de la OTAN, los que tienen mayor capacidad y disposición para aumentar sus presupuestos de defensa en respuesta a la amenaza rusa.
Los países europeos también deberían buscar socios más allá de sus fronteras. Proyectos como el programa de desarrollo de cazas GCAP entre Italia, Japón y el Reino Unido refuerzan la seguridad europea. Del mismo modo, Polonia acierta al recurrir a Corea del Sur para obtener equipamiento militar y adquirir conocimientos especializados, dado que ambos países cuentan con grandes fuerzas terrestres convencionales. Los Estados miembros de la UE deberían comprometerse a otorgar a todos los aliados de Estados Unidos, mediante tratados, la condición de socios en las iniciativas de financiación de la defensa de Bruselas. Esto fomentaría una cooperación beneficiosa y limitaría la disposición de la Comisión Europea a utilizar el rearme como vehículo para la integración.
El socio más importante de Estados Unidos en este reequilibrio sigue siendo el Reino Unido. Mediante la cooperación en defensa, industria y energía nuclear, así como a través de la red de intercambio de inteligencia Five Eyes, Londres y Washington mantienen una amistad geopolítica sin precedentes y cada vez más profunda. El último gobierno conservador impulsó las alianzas de defensa “minilaterales” mediante AUKUS, el acuerdo de seguridad entre Australia, el Reino Unido y Estados Unidos, y mediante la Fuerza Expedicionaria Conjunta, un instrumento de cooperación entre los países bálticos y del Mar del Norte para contrarrestar las acciones rusas. Sin embargo, esto no significa que Londres esté haciendo todo lo que debería. A pesar del sólido apoyo bipartidista a Ucrania, el gasto británico en defensa está aumentando demasiado lentamente y no se prevé que alcance el 3,5 % hasta 2035. Washington debería alentar al Reino Unido a destinar el 3 % de su PIB a defensa antes de que finalice la actual legislatura en 2029.
Al priorizar la cooperación intergubernamental entre países afines, Washington y Bruselas pueden garantizar la paz y la prosperidad en Europa para la próxima generación. Sin embargo, para ello, los responsables políticos a ambos lados del Atlántico deben ver las instituciones europeas tal como son, no como les gustaría que fueran. La división de responsabilidades entre asuntos económicos y militares ha preservado la paz en la zona euroatlántica durante más de 70 años. Ignorar este acuerdo supone un riesgo de catástrofe.
Link https://www.foreignaffairs.com/europe/europe-cannot-be-military-power








