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Opinión 04 03 2020

Europa, el amor y el odio


Autor: Lorenza Sebesta O'Connell









En el pleno de la Eurocámara de enero pasado, el mismo día en el que se conmemoraban las víctimas del Holocausto, se consumó otra etapa del Brexit, el voto del “Acuerdo sobre la retirada del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte de la Unión Europea y EURATOM”. 

Así es que, en ese mismo día, los diputados escucharon a Maisky padre e hijo tocando una emotiva pieza de música hebraica y a la senadora vitalicia de Italia Liliana Segre hablar con conmovedora compostura del campo de Auschwitz del cual salió, junto a otros desafortunados, para atravesar Europa en una “marcha de la muerte” impuesta por los nazis al acercarse los liberadores. Un rato después, se enteraron por Nigel Farage, protagonista de la campaña a favor del Brexit, de que su partido “ama Europa” y “odia la Unión Europea”. Con énfasis en el odio. 

Hace tiempo, en Europa, amor y odio eran sentimientos reservados a la esfera privada. El amor, a los seres queridos (a la Patria se servía). El odio se reprobaba, especialmente después de los horrores de la primera mitad del siglo XX, y se reconocía como aberración del ser humano.

La arena política era precisamente el lugar donde tratar de atemperar las fogosidades privadas, la mente puesta en el bien común. No siempre se lograba, pero había un entendido generalizado de que el esfuerzo valía la pena.

Las decisiones políticas se tomaban tratando ponderar los objetivos perseguidos con los valores implícitos en cada elección. Por lo menos, esto es lo que hizo Harold Macmillan cuando decidió acercar su país a las recién nacidas Comunidades Europeas. Desde la victoria de los conservadores en 1951, había sido ministro de Vivienda, de la Defensa, de Asuntos Exteriores y de Hacienda. Fue nombrado primer ministro al principio de 1957, cuando el país se lamía las heridas de lo sucedido en Egipto. Allí, una victoria militar británico-franco-israelí contra Nasser para tratar de revertir su decisión de nacionalizar el canal de Suez se había vuelto en humillante derrota diplomática.

Macmillan, clase 1894, pertenecía a aquella generación de jóvenes forjados por la Primera Guerra Mundial: en la batalla de la Somme (Francia), en 1916, pasó más de doce horas, gravemente herido, en uno de aquellos horrendos cráteres que los protagonistas de la película 1917 esquivan en la escalofriante secuencia de su tránsito por la tierra de nadie. Se pretendió muerto al pasar los alemanes y logró inyectarse morfina, reconfortado, según su biógrafo D.R.Thorpe, por la lectura de Esquilo.

En 1960, junto con sus más cercanos colaboradores, empezó a forjar su acercamiento a Europa. En lo económico, la rápida reactivación de la economía de la República Federal Alemana y la inesperada vinculación entre ésta y Francia apuntaban al fin de la fragmentación de Europa y amenazaban con marginar el más reducido mercado británico.

Muchos entre los industriales del país, aprensivos con la competencia estadounidense, temían perder el mercado continental en cuanto se materializara su unión aduanera. Macmillan trató de transformar ese miedo en apoyo. Partidario de la planificación, del pleno empleo y de Keynes (como casi todos los ingleses de aquella época, sin distinción política), supo interpretar el recién nacido Mercado Común (1958) como el marco necesario para la modernización de su país.

En lo político, la Guerra Fría imponía la revisión de la tradicional interpretación británica del balance de poder europeo, que había llevado a Gran Bretaña a oponerse, a lo largo de los siglos, a todo poder hegemónico continental (se llamara Napoleón, Bismarck o Hitler…), aliándose a sus contendientes (fuesen Rusia, Austria o Francia…). ¿Qué hacer en caso de quedar la Unión Soviética fuera de juego y Francia y Alemania, las enemigas de siempre, íntimamente vinculadas entre sí? Macmillan sabía que Gran Bretaña tenía sus cartas para jugar, pero conocía también sus debilidades.

El Commonwealth (la primera carta) no lograba equilibrar los problemas de la descolonización y del “apartheid”; sus relaciones con Estados Unidos (la segunda) no eran tan especiales como le gustaba creerlo a su ministerio de Asuntos Exteriores; su independencia nuclear (la tercera) se encaminaba hacia su fin con la renuncia a la construcción de un misil atómico propio y la compra de los Polaris estadounidenses.

Fue así que, contra muchos conservadores y más laboristas aun, Macmillan, en 1961, pidió ingresar a Europa. No había sido fácil conseguir la mayoría, pero la presencia de De Gaulle en Francia ayudó mucho.

No era que el General gozara de particulares simpatías del otro lado de la Mancha; sin embargo, frente a las alertas de Hugh Gaitskell, líder laborista, ante los peligros de volverse una mera provincia de Europa, era fácil argumentar que esta eventualidad no se daría en la “Europa de las patrias” gaullista. Más dificultades trajeron temas vinculados al comercio con el Commonwealth y a la agricultura.

En fin, el ingreso de Gran Bretaña en las Comunidades, que se materializaría recién en 1973, nació del convencimiento de que, aun con ciertos aprietos, intereses y valores se podrían armonizar en la elección europea. La integración sería el medio más seguro para convertir Europa de un campo de batalla, del cual Macmillan había tenido imborrable experiencia, en una tierra de paz y prosperidad. Lástima que ahora se reduzca esta riqueza a una cuestión de odio y amor. 

Publicado en Clarín el 2 de marzo de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/europa-amor-odio_0_jz7BRFK0.html