martes 20 de enero de 2026
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Espías, rublos, y militares: la influencia rusa en América Latina

Por Mauricio Hernández Cervantes

En el mundo actual, es difícil encontrar dos sociedades tan dispares como la rusa y las latinoamericanas. Pero, en la geopolítica, esas diferencias siempre quedan supeditadas a intereses más importantes que lo meramente estético o a cualquier estereotipo en cuestión.

Pensar a Rusia en América Latina, o, mejor dicho, a Latinoamérica desde los ojos y rublos rusos, es hacerlo, desde luego, desde la Cuba castrista: un estrambótico experimento histórico de la segunda mitad del siglo pasado en el que la megamasa soviética, gobernada por “los hijos del hielo”, encontró en una isla caribeña pequeñita a un fiel y astuto aliado americano durante la Guerra Fría. Claro, eso solo fue posible gracias a mentes como las de Fidel Castro y de Brézhnev. “El enemigo de mi enemigo es mi amigo“, como reza la máxima de todo mapa geopolítico en tiempos de alta tensión.

Pero aquellos días terminaron con la caída del muro de Berlín, y aquel “deshielo” dejó al descubierto muchas más cosas que las margaritas primaverales y los verdes campos: lo que dejó a la vista fue a la primera generación de jóvenes rusos postsoviéticos enloquecidos con el rock pesado de tejanos alcohólicos, que comían felices en el primer McDonald’s de Moscú. Aún no existía internet y el mundo ya cambiaba vertiginosamente. La frialdad de la bipolaridad global, nacida después de la Segunda Guerra Mundial, se derretiría ante el calor del furor del fin de siglo. Y terminada la era de la Unión de Repúblicas Soviéticas, Rusia, la gran Rusia, hibernaría durante dos décadas cual oso famélico y herido, mientras que Estados Unidos se entregaba a su segunda etapa dorada en el mismo siglo. ¿Y el resto del mundo? Cada país, y cada región, intentaría sus primeros pasos sin saber muy bien cómo se ordenaría el mapa geopolítico.   

Sin embargo, nada es eterno y a principios de 2014 llegaría una inesperada noticia: Rusia, rearmada, ha despertado finalmente, y se encuentra con una insaciable sed de recuperar su antigua gloria. En pocas palabras, el Kremlin se anexaba Crimea. Y, eso, más allá de los menesteres rusos, revivió un antiguo y temerosísimo fantasma: la guerra en Europa. Es decir, renació el temor de ver finalizados los setenta y cinco años de paz que reinaron en un continente que pasó siglos reinventándose entre sangre y cenizas, exilios y lágrimas. 

Rusia lleva veinte años creciendo a un ritmo que muchos han preferido ignorar. Se ha armado hasta los dientes, y a Vladímir Putin no le tiembla la mano para apretar el botón que haga estallar al mundo. Es decir, Rusia dejó de “estar lejos” hace veinte años: tiene una guerra abierta desde hace tres años en Europa, y quiere ir a por todo. Pero no solo en el continente europeo. Para Rusia, al parecer, el mundo también es suyo.

Hoy, su principal aliado, sin lugar a dudas, es China. Pero no es el único. Pensar a Rusia en América Latina ya no tiene a la figura de Fidel Castro en el centro, pero de igual manera vemos que “los vientos” polares han llegado hasta el sur de las Américas. La pregunta es: ¿qué hace Rusia hoy en América Latina, y qué ha visto en ella para consolidar su gran proyecto?  

El poder de la sombra de la “gran osa” que ha despertado

Rusia en América Latina es un actor que, quizás, llega tarde. Insiste en hacerse ver y pretende no pasar inadvertida en una de las regiones más bucólicas del planeta. Por supuesto, no tiene la fuerza de Estados Unidos, ni la tradición que posee Europa con países como México o Argentina, pero Rusia no ha quitado el dedo del renglón. Hablamos de diplomacia y de propaganda, de petróleo y de soldados que viajan como sombras. Desde la guerra en Ucrania, Moscú busca lo que en otras partes del orbe se le ha negado: legitimidad, mercados, y aliados que repitan la palabra “soberanía” como si fuera un conjuro. Y, parece ser, lo está consiguiendo; no sabemos todavía si por completo, pero sí que ha avanzado. 

La estrategia es vieja y nueva: vender armas, poner la palabra “petróleo” sobre la mesa, y buscar nichos en donde quepa el discurso reciclado sobre el “imperialismo yanqui”. En Venezuela y Cuba, en Argentina y en México, la presencia rusa se ha multiplicado en formas distintas: acuerdos militares, espionaje diplomático, iglesias ortodoxas que levantan sus cúpulas doradas en ciudades tropicales, etcétera. Se trata de un mosaico irregular: embajadas que funcionan como oficinas de inteligencia y de nostalgias soviéticas, gestos simbólicos y contratos energéticos, y contrapesos militares que elevan la tensión en una región que no vive una guerra (contra una potencia externa) desde la Guerra de las Malvinas. Suena extraño, pero el experimento parece funcionar.

Lo interesante aquí es que Rusia no tiene demasiado que ofrecer: ni rescates millonarios (como el que Estados Unidos ha ofrecido a Argentina), ni tecnología de punta como la que ha invertido China en el puerto peruano de Chancay. Pero sí que juega con otras cartas: petróleo, gas, propaganda y armas. Y es que es precisamente esa carencia con lo que construye su relato: el de un socio alternativo, el de un amigo que no juzga, pero que se presenta como aliado, como resistencia. La relación entre América Latina con Estados Unidos es de amor y odio, y Putin lo sabe muy bien. Gracias a eso, aprovecha esos huecos que Washington no ha sabido (o querido) ocupar.

La influencia rusa en la región no es como un bloque sólido, sino como una suma de fragmentos: un espía en la Ciudad de México, un batallón en Caracas, el eco de un discurso en La Habana, o un escándalo en Buenos Aires. Es decir, una suerte de pedazos que dibujan la silueta de un poder que siempre ha funcionado igual: proyectar una sombra enorme (salvo que, quizás, ésta sea mucho más grande que la realidad de su cuerpo), una que lo toque todo, una que se mueva silenciosamente, una que lo vea todo sin que nadie la vea. 

Desde México hasta Argentina: espionaje, entrenamiento militar, y diplomacia

Comencemos desde el norte hacia el sur. El primer caso: México.

Cualquier aficionado a los temas de espionaje, sabrá que hablar del asunto, sin mencionar a Rusia en algún momento, es inútil. Aquí va un reciente caso al respecto, pero en ese país norteamericano. 

Resulta que este mismo mes, un extenso reportaje de The New York Times publicó que el Gobierno de Estados Unidos ya había alertado al equipo de Andrés Manuel López Obrador, cuando era presidente (y después al de Claudia Sheinbaum), de la existencia de presuntos espías rusos operando en México bajo actividades diplomáticas y consulares. El objetivo era obtener información sensible sobre Estados Unidos

De acuerdo con el rotativo neoyorkino, la CIA entregó, literalmente, al expresidente mexicano, una lista con los nombres de más de veinte presuntos espías rusos encubiertos, y éste hizo caso omiso de ello. “El Gobierno mexicano ayudó, pero pudo hacer mucho más. Les dimos nombres de espías rusos que se hacían pasar por diplomáticos en la embajada en la Ciudad de México. Estos eran espías experimentados, que habían estado en operaciones sofisticadas en toda Europa”, declaró Juan González, director de asuntos del hemisferio occidental en el Consejo de Seguridad Nacional durante la Administración de Joe Biden, según lo recoge The New York Times. Además, otras fuentes dentro de la pieza destacaron que la poca vigilancia interna en México lo convierte en un país idóneo para el espionaje ruso

Segundo caso: Venezuela. Todo comenzó en 2015, el mismo año en el que el rugir del despertar de la osa retumbó en Ucrania. Desde entonces, hay pruebas de que en el país sudamericano se encuentran efectivos rusos desarrollando actividades militares y de inteligencia. Más aún, desde que Kyrylo Budanov, un teniente de inteligencia ucraniana, declaró en una entrevista al medio The War Zone la existencia de una nueva misión militar rusa en territorio venezolano, según lo recoge una pieza del diario Infobae.

El nombre de esa operación es Equator Task Force, sin embargo, no hay ninguna confirmación al respecto ni por parte del Gobierno de Nicolás Maduro ni desde las fuerzas armadas de ese país. Por supuesto, no es un tema nuevo. Si uno busca información sobre la influencia militar rusa en Venezuela, encontrará en la red un tsunami de publicaciones desde hace, por lo menos, cinco años. No obstante, el hermetismo informativo del régimen madurista jamás ha revelado dato alguno sobre este polémico tema

Las pistas llegan desde oficiales ucranianos. Una de ellas es la campaña que desarrolla en Venezuela un militar ruso que dirigió campañas en Ucrania, un tal Makarevich. De acuerdo con Infobae, las funciones que está efectuando allí son las de formación en infantería, el entrenamiento de vehículos aéreos no tripulados y drones, así como el adiestramiento de fuerzas especiales. Aproximadamente, hay, hoy en día, 120 militares rusos en territorio venezolano.

Desde luego, este caso es mucho más extenso. En 2019, el mismo medio publicó una dura investigación sobre la presencia de casi 100 ciudadanos rusos en el Círculo Militar de Caracas, y en otras bases. Vestían el uniforme militar venezolano, además de llevar armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas. En pocas palabras, se trataba de civiles rusos vistiendo la indumentaria militar de otro país, armados, y nadie informó o reaccionó al respecto. También, se han reportado a militares rusos, vestidos de militares venezolanos, en la frontera con Colombia. Y la lista de reportes semejantes es larga. 

Tercer caso: Cuba. Directo y al grano: ¿existe una “rusificación 2.0” en la isla? Al margen de cualquier opinión, hay un dato que responde a la interrogante: desde 2020 el comercio bilateral se ha incrementado en un 93%. De acuerdo con informaciones recogidas por elTOQUE.com, una plataforma multimedia cubana autodefinida como “independiente”, la asociación ruso-cubana consolidó en mayo de 2023 una serie de acuerdos para la inversión. Entre ellos, se encuentran asuntos bancarios y financieros, fomento al turismo y a la producción de alimentos, además de incentivos al transporte, la energía, y la industria biofarmacéutica. En ese mismo año, Boris Titov, jefe de la delegación rusa del comité empresarial antes citado, declaró: “nos están dando un trato preferencial. El camino está despejado”. 

¿Y respecto a la diplomacia? Este año ha sido clave entre Rusia y Cuba. Por la intensidad, por la visibilidad del restablecimiento diplomático. El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha viajado, firmó diecisiete acuerdos, ha hablado de una “unidad indestructible”, y ha sostenido la idea de una mirada conjunta hacia el futuro. Sin duda alguna, son palabras que suenan a consigna, pero también unas que revelan la necesidad de tener a un aliado que pretende tener la última palabra en el tablero geopolítico.

Siguiendo la misma línea, el presidente cubano, en Moscú y junto a Putin, repitió que la alianza es estratégica, que la isla y el “gigante blanco” se necesitan para resistir sanciones y sobrevivir en un mundo que los margina. ¿Es nostalgia por los años de gloria vividos durante el siglo pasado? No, esa unión suena más a pragmatismo económico y diplomático, es decir, la única manera de seguir dentro del “juego” global

Cuarto caso: Argentina. Escándalos de espionaje en un proyecto que no termina de cuajar. Retomando lo sucedido en México, el país austral vivió algo similar: a mediados de este año, las autoridades argentinas descubrieron una red de espías rusos que, parece ser, es de índole regional. Los agentes, tanto rusos como argentinos, se cree que trabajan para el servicio de inteligencia ruso, el GRU (Glávnoye Razvédyvatelnoye Upravlenie). ¿Cuál es el impacto de este tema? Que todo indica que no es un caso aislado, sino que los agentes descubiertos forman parte de una red de espionaje y de inteligencia que se mueve por toda América Latina. Recordemos que hablar de espionaje y de Rusia, en muchos casos, es indivisible

Pero la relación entre Rusia y Argentina, especialmente durante los últimos años, es como una historia de acercamientos que nunca termina de consolidarse. Es una de gestos que parecen grandes y se desvanecen en la práctica. Recordemos el caso de las vacunas que llegaron durante la pandemia, unas que solo generaron más incertidumbre y tensión que puentes entre ambos pueblos. También, hablamos de promesas de cooperación y acuerdos energéticos que se anunciaron con solemnidad y se cumplieron solo a medias (como el acuerdo por petróleo y gas entre la empresa argentina Enarsa y otras rusas, uno que quedó en fases preliminares y sin resultados importantes visibles). En pocas palabras, Argentina mira a Rusia con curiosidad, incluso, con necesidad, pero también con sospecha. 

Finalmente, queda la inevitable pregunta: con todo lo anterior expuesto, ¿cómo será el futuro de Rusia en relación con América Latina? En 1991, Martín Caparrós publicó una crónica sobre los últimos y turbios días del mundo soviético. Se llamaba “La ruleta rusa”. En aquella pieza, el autor hispanoargentino describió con fulgor periodístico y una envidiable estética narrativa a una Rusia así: un país, pésimamente gobernado durante casi un siglo, que terminó pareciéndose más a un tren viejo y descarrilado, obsoleto y abandonado, que al imperio con insaciables ganas de gloria que fue tiempo atrás. Sin embargo, hoy, Rusia es otra. Es un tren de guerra, es una red de espionaje e inteligencia, es, indudablemente, un actor fundamental en el tablero global. Y resulta que ese “tren” ya ha puesto varias paradas en América Latina. ¿Será ese “tren” el que termine de definir el futuro de la región?

Link https://agendapublica.es/noticia/20489/espias-rublos-militares-influencia-rusa-america-latina?utm_source=Agenda+Pública&utm_campaign=0e16120c80-EMAIL_CAMPAIGN_2020_10_08_05_49_COPY_01&utm_medium=email&utm_term=0_452c1be54e-0e16120c80-567855179

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