Traducción Alejandro Garvie.
De las muchas decisiones cuestionables que Donald Trump ha tomado con respecto a Irán, una de las más extrañas fue su declaración del viernes pasado de que Estados Unidos exigiría la “rendición incondicional” de Teherán. Cuando Trump lanzó el ataque con el primer ministro israelí, Netanyahu, obviamente esperaba una victoria rápida, similar a la que logró al capturar a Nicolás Maduro en Venezuela en enero. Pero la guerra se expandió por Oriente Medio, con Irán disparando misiles y drones contra aliados y bases estadounidenses en todo el Golfo Pérsico. Estaba claro que lo que quedaba del liderazgo iraní no estaba dispuesto a capitular, y que el conflicto podría prolongarse – como el propio Trump admitió – durante semanas.
Normalmente, un líder inteligente en tal situación intentaría rebajar las expectativas y declarar un objetivo alcanzable en la guerra, como reducir la mayor parte de la capacidad de Irán para atacar objetivos con misiles balísticos y drones. Esto le daría a Trump la oportunidad de declarar la victoria y retirarse. En cambio, Trump hizo lo contrario.
El nuevo objetivo de rendición incondicional elevó repentinamente las reglas del juego a un nivel inalcanzable. Existen numerosas razones para que Irán no capitule. En primer lugar, la rendición incondicional presupone la existencia de un gobierno coherente que pueda ordenar a las fuerzas armadas de la nación que se retiren, como lo hizo el emperador japonés en 1945. Pero las fuerzas iraníes – el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), la Basij y el ejército regular – están altamente descentralizadas. De hecho, con la persecución estadounidense-israelí contra el liderazgo militar, no es evidente que quede una única jerarquía coherente de mando y control.
Una segunda razón para pensar que la rendición no ocurrirá es que expondría al régimen a una desintegración interna. Irán está gobernado actualmente por la fuerza; gran parte de la población odia al régimen de los clérigos que asesinaron a decenas de miles de manifestantes en enero. El CGRI y la Basij no entregarán las armas, porque ellos mismos no sobrevivirían.
Una última razón para no esperar una rendición incondicional es que buena parte del régimen puede sobrevivir y seguir luchando durante algún tiempo. La campaña aérea ha sido extremadamente eficaz al atacar los activos militares visibles de Irán: defensas aéreas, misiles balísticos, drones, instalaciones de lanzamiento, depósitos de municiones, bases militares, etc. Sin embargo, las decenas de miles de combatientes individuales siguen allí y conservarán cierta capacidad residual para contraatacar.
Recientemente hemos visto un ejemplo de esto. La guerra de casi dos años y medio entre Israel y Hamás ha destruido una enorme cantidad de infraestructura en Gaza y ha privado a Hamás de la capacidad de lanzar ataques importantes. Pero aún siguen allí, con cierto apoyo popular en los túneles y refugios que les quedan. No se han rendido y serán un gran obstáculo para cualquier intento de reconstruir Gaza y restaurar un gobierno posconflicto. Gaza es un territorio mucho más pequeño, e Israel ha estado dispuesto a entrar en él con fuerzas terrestres.
Irán, en cambio, es un país muy grande y cuenta con numerosos lugares donde el régimen superviviente puede esconderse. No será posible eliminar todos los misiles y drones bajo su control, por lo que cabe esperar ataques continuos contra los estados del Golfo alineados con EE. UU. y sus instalaciones en el futuro. La amenaza de un dron aleatorio que ataque los principales aeropuertos del Golfo será muy perjudicial para la economía.
El problema fundamental que enfrentan Estados Unidos e Israel reside en las limitaciones del poder aéreo. Tenemos amplia experiencia en intentos de usar el poder aéreo para lograr objetivos políticos, y no es alentador. La Octava y la Decimoquinta Fuerza Aérea de EE. UU. y el Mando de Bombardeo británico arrasaron muchas ciudades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, con la esperanza de doblegar al régimen nazi. Pero, como señaló el Estudio de Bombardeo Estratégico de EE. UU. después de la guerra, esta terrible campaña no derribó al régimen; este colapsó solo después de que Rusia y sus aliados occidentales ocuparan físicamente Alemania.
Solo recuerdo dos casos en los que el bombardeo estratégico por sí solo logró un objetivo político claro. El primero fue la rendición incondicional de Japón en la cubierta del USS Missouri, tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Al igual que en Alemania, Estados Unidos estaba dispuesto a matar a cientos de miles de civiles lanzando bombas incendiarias sobre ciudades japonesas, y en agosto de 1945 demostró una nueva y terrible capacidad que convenció al emperador y a sus líderes de que no tenía sentido seguir luchando.
El segundo caso fue Kosovo, donde Serbia fue atacada por la fuerza aérea de la OTAN en 1999 y finalmente accedió a relajar su control sobre Kosovo. Este resultado fue exitoso porque el ataque desencadenó una revuelta popular contra el gobierno de Slobodan Milošević. Aun así, la OTAN tuvo que reunir una fuerza de mantenimiento de la paz, la Fuerza de Kosovo (KFOR), que aún permanece desplegada en la región.
Si, como preveo, el régimen iraní no capitula, Trump se enfrentará a tres opciones. Puede, en efecto, dar marcha atrás, declarar la victoria y poner fin a las operaciones estadounidenses, dejando en el poder a un régimen islámico debilitado, pero aún peligroso. En segundo lugar, podría decidir enviar fuerzas terrestres al país, una medida plagada de evidentes peligros tanto en Irán como políticamente en Estados Unidos. (Es interesante que no haya descartado por completo esta opción). La opción final sería ampliar la campaña aérea a una gama cada vez más amplia de objetivos, atacando infraestructuras civiles como plantas desalinizadoras, la red eléctrica y la infraestructura de transporte. Esto generaría una enorme miseria para el pueblo iraní, al que Trump afirma querer apoyar. Habiendo neutralizado la mayoría de los objetivos militares, nuevos bombardeos inevitablemente dañarán a la población civil, tal como lo hicieron los israelíes en Gaza. Estados Unidos, en efecto, estaría bombardeando los escombros.
Dadas estas opciones tan poco atractivas, exigir una rendición incondicional fue una gran insensatez por parte del presidente. Me tienta creer que a Trump simplemente le gustó el sonido de las palabras, sin pensar en cómo podrían volverse en su contra. Pero esta fue solo una mala decisión entre muchas. La más grave fue la decisión de ir a la guerra sin una justificación clara.
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