Aún no se había disipado la noticia de que Peter Thiel decidió vivir en la Argentina, en un sitio selecto de Buenos Aires. Y se oía el rugido celebratorio de Milei como demostración de su propia importancia y confianza en la motosierra, cuando un rayo popular se encolumnó emocionalmente por kilómetros para despedirse cariñosamente del Indio Solari.
No sé quién, cómo, ni cuando, podrá interpretar con acierto la paradojal circunstancia de esta simultaneidad a la luz de un enfoque sociológico, filosófico o religioso, del velorio popular. Porque no creo que se preste a la estrechez de una mirada política lugareña.
Algo grande ha pasado o está pasando entre nosotros.
Quizás Héctor A. Murena o Ezequiel Martínez Estrada podrán enunciar los complejos análisis a que da lugar la realidad argentina.
Ji, ji, ji; el magma o la salsa de hoy día, cargada de discordia conceptual y moral, nos enfrenta, como el resto del mundo, a la dicotomía de oposición sutil o violenta, entre tecnología y política, tecnocracia y democracia o Heritage Foundation y Anthropic.
Sin pretender sabiduría histórica, ni sociológica, filosófica o literaria, haciendo una atrevida alusión a la concurrencia de los fenómenos citados, presiento que las hondas raíces del sufrimiento y las frustraciones, así como los goces intensos de alegría carnal y onírica, han reaccionado desde todos los puntos del país, especialmente del gran Buenos Aires, sentando ante Peter Thiel, al Mono Gatica y al Indio Solari, para decirle, como a Milei: “¡Con nosotros no! ¡Con la política no! ¡Con la democracia no! ¡Con la justicia social no!”. Queremos seguir viviendo, amando, soñando, equivocándonos, siendo felices e infelices, pero seres humanos que creen en los duendes de la vida y no solo en los algoritmos lucrativos.








