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El síndrome de las sociedades duales

En la civilización continua más antigua del mundo, que llega hasta nuestros días, germinó un Maestro espiritual y conceptual, cuyas enseñanzas han modelado sus características y tonalidades esenciales.

Luego de experimentar una vida sacrificada y empeñada en actuar y pensar filosófica y religiosamente, sobre cuáles son los valores morales más trascendentes de los seres humanos y los temperamentos de vida, Confucio llegó a una conclusión bastante simple. Que fue: el deber que tenemos de preguntarnos sobre cómo podemos vivir todos juntos, sin destrozarnos los unos a los otros, y actuar consiguientemente.

Han transcurrido más de mil años, y las sociedades del mundo no paran de hacer exactamente lo contrario, aunque cíclicamente exhiben períodos de empatía y paz, mayor o menor justicia social.

Desde el punto de vista organizacional, el último siglo ha mostrado, en general, que aun las naciones capitalistas más estabilizadas no consiguen desprenderse de una configuración que podríamos llamar “sociedad dual”

Desde el trinitense William Arthur Lewis (1915–1991) hasta John Kenneth Galbraith (1908-2006) con su cultura de la satisfacción (1992), se señaló el fenómeno, más o menos acentuado, que se produce dentro de las sociedades modernas, entre los grupos dominantes y el resto de la sociedad, que dio lugar a la expresión “sociedad dual”.

Galbraith destacó especialmente que, dentro de ese fenómeno, la mayor parte que son los postergados prestan tácitamente su conformidad en base a cierta comodidad de menor grado que la de los grupos privilegiados. Lo que ahora podríamos decir procrastinar.

Ese status-quo tuvo, desde luego, altibajos, mayores o menores, diferencias entre ambas partes: los de arriba y los de abajo, diversas velocidades de desarrollo y mejoras en cada lugar y en cada tiempo. Quizás, en Occidente recordamos como una época dorada a las sociedades de bienestar de la social-democracia alrededor de 1970 en adelante, pero, a la vuelta de la esquina nos encontramos con el mismo fenómeno en peor estado.

Pasando por alto Mussolini y Hitler, lo que es mucho (y pido disculpas por no ocuparme de ello en este lugar), la dialéctica principal o más expuesta se dio inicialmente entre los países incorporados al comunismo y los que se han desenvuelto en torno al capitalismo occidental.

Es de mencionar y recordar de manera especial a Schumpeter con su teoría de la destrucción creativa propia de los avances capitalistas en base a “destruir lo viejo para crear lo nuevo”. Pero, ese movimiento tenía sin embargo el efecto paralelo de una suave destrucción de lo viejo que permitía su asimilación a los parámetros nuevos con un menor costo social.

Fue así como hubo épocas de desarrollo de los países capitalistas, donde se registraba el avance de ambas sociedades –la de arriba y la de abajo– aunque con distintos grados de intensidad, pero la mejora era finalmente compartida en algo, al menos una confortable “clase media”. Transcurridos algunos años, esa raíz Schumpeteriana se ha vuelto mucho más cruel y los países capitalistas de punta configuran diferencias abismales entre las clases dirigenciales minoritarias y el resto abrumadoramente mayoritaria, con el decaimiento de las políticas sociales, de salud, educación pública y la ausencia tuitiva del estado para compensar las diferencias, frustrando todo intento aspiracional.

El fenómeno que nos convoca hoy, en esta nota, para recordar y hacer referencia a la idea de la sociedad dual, es que la “crueldad”, de los menos sobre los más, no solo es privativa de los países capitalistas occidentales, sino que ahora también se encuentran síntomas de su presencia en el gigante chino, cuyos indicadores de punta son extraordinarios. Incluso comparados con los de los países capitalistas, a los cuales está superando, en cuanto comienza a mostrar signos de involución en gran parte de su entramado social, a raíz de que los indicadores macro, cada vez más exitosos, no se trasladan con igual intensidad a la población mayoritaria.

Fenómeno destacado por Valentin Allard, Thomas Grjebine, Mattéo Torres; en nota publicada el día 17/06/2026 en “Le Grand Continent”: China atraviesa una paradoja, su industria nunca ha sido tan fuerte, pero sus desequilibrios internos son cada vez más evidentes. Aunque aumenta su capacidad productiva y su presencia en sectores estratégicos, enfrenta problemas como exceso de capacidad, baja rentabilidad, endeudamiento, crisis inmobiliaria y un consumo interno insuficiente.

Este fenómeno se explica mediante el concepto de “involución”, que describe una situación en la que se invierten cada vez más recursos y esfuerzos sin obtener ganancias proporcionales de productividad o bienestar. En el ámbito económico, se traduce en una acumulación creciente de inversión, deuda y capacidad productiva con rendimientos decrecientes.

La situación guarda similitudes con el Japón de los años ochenta antes del estallido de la burbuja financiera e inmobiliaria: menor rentabilidad de las inversiones, exceso de capacidad, mayor dependencia del crédito y debilidad financiera.

El origen del problema radica en un desequilibrio estructural: la capacidad productiva crece mucho más rápido que la demanda interna. Mientras la productividad aumenta, este modelo impulsa el crecimiento; pero cuando la rentabilidad del capital disminuye, aparecen sobreproducción, presión sobre los precios, caída de márgenes y una creciente dependencia de las exportaciones para absorber el excedente.

Una de las causas estructurales de esta situación es que los hogares chinos destinan una proporción excepcionalmente baja de la renta al consumo y mantienen tasas de ahorro muy elevadas, lo que financia niveles de inversión cercanos al 40 % del PIB. A diferencia de Japón y Corea del Sur, que redujeron gradualmente su dependencia de la inversión al desarrollarse, China mantiene este patrón, dificultando que la demanda interna absorba el crecimiento de la producción. El problema central no es que China invierta demasiado, sino que su capacidad productiva crece más rápido que su mercado interno.

Esta síntesis magistral de los autores citados, nos ratifican que el ya clásico concepto de sociedad dual o de “dos velocidades”, también tiene vigencia en la nueva gran experiencia mundial que es China con su particular régimen político y económico, no siendo privativa de los países occidentales.

A lo que debemos agregar, la incidencia agravante de las tecnologías crecientemente concentradas y administradas por los sectores poderosos.

¡Confucio debe estar de muy mal humor, mientras Milei saluda de sonrisa en sonrisa!

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