sábado 7 de febrero de 2026
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El secuestro y martirio de Sergio Karakachoff

Un día como hoy, en 1976, fue secuestrado Sergio Karakachoff en Tolosa. Su cuerpo acribillado apareció en la madrugada, a la vera de la ruta 36, en el partido de Magdalena.

La dictadura sabía de su compromiso en defensa de los presos políticos y gremiales, y fue por eso que lo asesinó. “El Ruso” no era un anónimo vecino platense, era un profesional de 37 años con un gran recorrido previo en la Unión Cívica Radical.

Había iniciado su activismo en la adolescencia como alumno del Colegio Nacional Rafael Hernández, donde fundó y presidió su centro de estudiantes. Aunque, en verdad, tal como lo recuerda su hermano Gustavo, mamaba la política desde niño en la casa de su vecino, Ricardo Balbín.

Se graduó en Derecho, y además estudió en la Escuela Superior de Periodismo, también dependiente de la universidad nacional platense. Trabajó como secretario Legislativo del Concejo Deliberante local en los primeros meses del gobierno del presidente, Arturo Illia.

Con su primera esposa, desembarcó en la ciudad de Bahía Blanca para motorizar El Sureño, un diario que había arrancado por iniciativa de la dirigencia vecinal, pero que se había quedado sin aire. El oxígeno necesario llegó de la mano de David Kraiselburd, quien se asoció, y lo envió para hacerse cargo de la secretaría de Redacción. Sin embargo, nada salió bien en la desigual batalla contra el monopolio de La Nueva Provincia, y pronto regresó a La Plata, tras el golpe de Juan Carlos Onganía.

En 1968, Sergio fue uno de los que alumbró esa amalgama juvenil del radicalismo que fue la Junta Coordinadora Nacional.

Mientras, en su ciudad, comenzó la edición de un periódico partidario impiadoso que publicó 24 números y se llamó En Lucha, el mismo nombre que le puso al espacio interno que lideró. Antipersonalistas, galeritas y lomos negros fueron los apelativos con los que identificó al oficialismo partidario, en sus estocadas caracterizadas por una fina ironía.

 

Por su condición de abogado laboralista y defensor de presos políticos, fue detenido el sábado 20 de noviembre de 1971, junto al abogado peronista, Ramón Torres Molina. Mientras, Arturo Mor Roig, otro abogado radical y platense también, era ministro del Interior del lanussismo. El escándalo de sus arbitrarias detenciones movilizó a los abogados Pablo Pinto e Hipólito Solari Yrigoyen, entre otros, en su defensa. Asambleas estudiantiles y reclamos de centenares de profesionales visibilizaron el conflicto que llegó a tener gran cobertura de los medios locales y porteños. Recién, el jueves 25 lograron recuperar la libertad.

En 1972, El Ruso participó en la fundación del Movimiento de Renovación y Cambio, junto a Raúl Alfonsín. Fue candidato a la Convención Nacional y undécimo precandidato a diputado nacional. Tras la derrota interna con el balbinismo, quedó lejos de los puestos expectables.

En 1974, asumió como subdirector del diario La Calle, otra experiencia gráfica fallida, ahora en clave porteña junto a comunistas e intransigentes, todos bajo la batuta de una radical, Marta Mercader. Desde la mira telescópica de la revista El Caudillo, pronto los apuntaron como “erpiarios y alfonsinistas”. El lopezreguismo reinante amenazaba y cumplía, la clausura llegó tras un par de meses.

Volvió a refugiarse en su estudio platense para defender a ferroviarios, trabajadores de la carne y presos políticos. Y fue uno de los fundadores de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, en su capítulo platense.

Su pluma preanunció la tragedia de marzo. “Muchos están resignados a la fatalidad del golpe, creen que luego se sucederá un breve interregno y otra vez la salida electoral. Se equivocan, un golpe en la Argentina será un Pinochetazo y será terrible”, publicó a fines de 1975.

“Los radicales somos como pajaritos enjaulados. No manejamos los códigos de la clandestinidad y no tenemos nada que ver con la violencia pero nos tienen marcados. Meterán la mano en la jaula y nos atraparán cuando se les ocurra”, tal como lo vivió en carne propia, lo describió meses antes.

“El secuestro de Solari Yrigoyen y Amaya juntamente con la aparición de treinta cadáveres dinamitados en Pilar han sido los picos fundamentales de la escalada terrorista de los últimos años”, denunció días antes de su propio secuestro y asesinato.

Mientras lo velaban, desde automóviles sin identificación dispararon contra la casa funeraria. Los que acompañaron su cajón se detuvieron frente al comité radical de calle 48. El mejor de los suyos, Federico Storani, trepó al balcón cerrado e intentó improvisar su homenaje a viva voz. El cortejo también fue acompañado por disparos al aire de patotas armadas que intentaron dispersarlo, aunque sin éxito. Centenares de valientes fueron los que lo despidieron a paso lento, entre ellos Raúl Alfonsín y Ricardo Balbín.

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