Estados Unidos necesita a sus vecinos para contrarrestar a China.
Traducción Alejandro Garvie
A finales de octubre de 2025, el fabricante de automóviles Honda tuvo que cerrar indefinidamente una planta mexicana que fabricaba sus SUV debido a una escasez imprevista de piezas. A más de 3200 kilómetros de distancia, en Canadá, tuvo que reducir a la mitad la producción de su popular modelo Civic. La escasez causó pánico entre las empresas de toda Norteamérica. Stellantis creó una sala de crisis para monitorear la disponibilidad de componentes críticos, y Ford comenzó a hacer un seguimiento de las fechas de agotamiento de su inventario. Cientos de miles de empleos en México y Canadá corrían peligro si el impacto de la escasez de piezas se extendía a las cadenas de suministro altamente integradas con las de Estados Unidos. Posteriormente, Honda reportó pérdidas relacionadas con la producción de aproximadamente 300 millones de dólares a raíz del incidente.
La causa fue una política china simple pero deliberada. Pekín había prohibido repentinamente las exportaciones mundiales de semiconductores fabricados por Nexperia, una empresa china poco conocida cuyos componentes se utilizan en airbags, sistemas de frenado y otros elementos esenciales para la industria automotriz. El presidente chino, Xi Jinping, tomó esta medida como represalia por las acciones emprendidas por el gobierno neerlandés y el presidente estadounidense Donald Trump. Xi revirtió la restricción a las exportaciones de Nexperia solo cuando Trump accedió, ese mismo mes, a retrasar la implementación de un nuevo régimen de control de exportaciones en Estados Unidos.
Este episodio reveló sin rodeos hasta qué punto se han integrado las cadenas de suministro norteamericanas y cuán expuestas están ahora a la presión económica china. Un componente automotriz puede cruzar la frontera entre Estados Unidos y Canadá o entre Estados Unidos y México siete u ocho veces antes de llegar a un vehículo completamente ensamblado. Si Pekín toma como objetivo a un solo país, toda la cadena de suministro norteamericana podría colapsar.
Sin embargo, los tres gobiernos norteamericanos están mirando hacia otro lado. Los aranceles que Trump impuso a Canadá y México en 2025 y la escalada de la guerra comercial con Canadá este año han desviado la atención de los países hacia asuntos internos, hacia las disputas entre los tres socios, justo en el momento en que la amenaza proviene del exterior.
La negativa de Washington a renovar el Acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá (T-MEC) el 1 de julio ha propiciado una renegociación implícita del pacto. El debate no debe centrarse en las condiciones que los tres países se imponen mutuamente, sino en las que establecen para ayudarse entre sí a contrarrestar a China. El poder monopólico de China en diversos sectores fundamentales para la economía norteamericana crece rápidamente, y cuanto más se expande, mayor es la vulnerabilidad de Ciudad de México, Ottawa y Washington ante las relaciones que los otros dos mantienen con Pekín. En un continente ya estrechamente integrado, Washington no puede mitigar su propia vulnerabilidad a la coerción china a menos que Ciudad de México y Ottawa también lo hagan.
Desde 2018, Washington ha comenzado a experimentar agresivamente con una combinación de políticas para contrarrestar el creciente dominio de mercado de China. Canadá y México deberán realizar un esfuerzo más coherente y coordinado para sumarse a estas campañas, y Estados Unidos deberá redoblar sus esfuerzos para invitarlos a participar. La renegociación del T-MEC es el punto de partida.
ERRÁNDOLE AL BOSQUE
En su campaña presidencial de 1992, el empresario estadounidense Ross Perot advirtió que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) generaría una “enorme fuga de capitales” debido a la reubicación de las industrias estadounidenses al sur de la frontera para aprovechar los salarios más bajos de los trabajadores mexicanos. Si bien el pacto sí redujo los ingresos de los trabajadores estadounidenses de cuello azul en las zonas con industrias más expuestas a la nueva competencia de las importaciones mexicanas, la advertencia fue en gran medida infundada. Un estudio exhaustivo de 2015 que analizó el impacto del TLCAN en consumidores, trabajadores e industrias concluyó que, si bien modestamente, incrementó el bienestar económico de Estados Unidos en un 0,08 %. (El impacto en México fue ligeramente más positivo, del 1,30 %, y ligeramente negativo para Canadá, del -0,06 %).
No obstante, el TLCAN se convirtió en un punto débil político para los demócratas. Tras la llegada de Trump a la Casa Blanca en 2017, priorizó su renegociación de inmediato. Cuando el T-MEC sustituyó oficialmente al TLCAN en 2020, Trump declaró que sus mejoras constituían una “victoria colosal”. Sin embargo, la realidad es que ambos acuerdos diferían muy poco. Ambos redujeron principalmente las barreras comerciales y comprometieron a los tres gobiernos a evitar políticas que obstaculizaran el comercio entre ellos. (La segunda administración Trump, con sus aranceles a Canadá y México, demostró posteriormente que dicho compromiso carecía de sentido).
En otras palabras, ambos acuerdos fueron diseñados para fomentar el comercio entre los tres países, no para abordar los riesgos que plantea el poder monopólico chino. Pero esa amenaza ahora es acuciante. La prohibición de semiconductores de Xi para 2025 fue su segundo ataque a las cadenas de suministro automotrices de América del Norte en menos de seis meses. Su primer ataque fue una respuesta a la imposición por parte de Trump en abril de 2025 de un arancel del 145 % a las importaciones procedentes de China; Pekín entonces detuvo las exportaciones mundiales de imanes permanentes de tierras raras, otro insumo esencial para asientos de automóviles, limpiaparabrisas, motores y cámaras. Dado que China controla el 90 % del suministro mundial de imanes de tierras raras, la escasez impuso a Ford, entre otras empresas, a cerrar temporalmente su planta de SUV Explorer en Chicago, y obligó a Trump a revocar su arancel.
El uso efectivo de las restricciones a la exportación por parte de Pekín en 2025 fue la culminación de su denominada estrategia de doble circulación, cuyo objetivo es reducir la dependencia de China de las cadenas de suministro norteamericanas y europeas y, al mismo tiempo, aumentar la dependencia de las economías extranjeras respecto a China. Estas restricciones demostraron que Pekín, como afirmó Xi Jinping en 2020, puede implementar “poderosas contramedidas y capacidades disuasorias basadas en la interrupción artificial del suministro a los extranjeros”.
Si no se controla, el poder monopólico de China —y su valor como arma— probablemente aumentará en los próximos años. El país ya posee el 85% de la capacidad mundial de fabricación de baterías. Representa más del 90% del refinado global de tierras raras y grafito, y más del 60% del de cobalto, litio y níquel. Además, China tiene una presencia global cada vez mayor en otros sectores fundamentales, como el acero, el aluminio, los productos químicos y los equipos de telecomunicaciones.
Los líderes chinos han reconocido que la economía estatista del país conduce a la involución, es decir, a una competencia interna excesiva y a una producción superflua, una situación que difícilmente cambiará a corto plazo. Esto significa que el poder monopólico de China, y su capacidad para utilizarlo como arma, se expandirá a medida que sus excedentes obliguen a un número creciente de empresas extranjeras a cerrar sus puertas.
Pero el gigante económico chino va más allá de las exportaciones. En sectores de alta tecnología, multinacionales chinas como BYD, CATL y Ming Yang son ahora líderes mundiales en vehículos eléctricos, baterías y turbinas eólicas, e invierten en el extranjero para adquirir o desarrollar capacidad de fabricación en otros países. Consideremos el crecimiento de las empresas chinas en Europa, destino de casi una cuarta parte de toda la inversión china en el exterior en 2025. Hungría ha recibido la mayor parte de estas inversiones hasta la fecha, y la industria automotriz china no solo se ha convertido en un nuevo centro neurálgico para las cadenas de suministro europeas, sino que también ha generado una mayor preocupación por la competitividad de los fabricantes de automóviles franceses, alemanes e italianos tradicionales.
La experiencia europea con la inversión china revela múltiples riesgos adicionales. Las filiales chinas que fabrican vehículos eléctricos, equipos de inspección de seguridad y turbinas eólicas en Europa han sido acusadas de competir deslealmente con las empresas locales al beneficiarse de las subvenciones de Pekín. La dependencia de Hungría de la inversión china la ha enfrentado cada vez más con la UE en otras prioridades, incluidos los esfuerzos por sancionar a las empresas chinas por su apoyo a la invasión rusa de Ucrania.
UN MERCADO, UN RIESGO
Washington sabe que no puede cambiar unilateralmente el enfoque económico de Pekín. Tras la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, Estados Unidos se centró inicialmente en contener la amenaza de las prácticas comerciales desleales chinas mediante la imposición de restricciones a las importaciones específicas. Ante la escasa eficacia de estas medidas, la primera administración Trump inició una guerra comercial; al finalizar su mandato, los nuevos aranceles abarcaban aproximadamente dos tercios de las importaciones estadounidenses procedentes de China. La administración Biden mantuvo dichos aranceles e introdujo modestos incrementos.
Pero los aranceles por sí solos resultaron insuficientes para abordar los riesgos de seguridad que conlleva el poder monopólico chino, y Washington ha comenzado a experimentar con muchas más herramientas de política industrial. Al igual que la administración Biden, la segunda administración Trump ha utilizado el apoyo gubernamental para incentivar a las empresas estadounidenses y aliadas a construir nuevas fuentes de suministro fuera de China, incluso para minerales críticos, chips y baterías. Washington ha desalentado a las empresas chinas a invertir en Estados Unidos y ha ampliado la lista de productos estadounidenses que no pueden exportarse a China. También ha reavivado el interés estadounidense por el almacenamiento de reservas.
Aunque el T-MEC se negoció hace relativamente poco, no se diseñó para contrarrestar la amenaza del dominio del mercado chino. Las restricciones a las exportaciones impuestas por Pekín en 2025 demostraron la vulnerabilidad actual de cada país ante un ataque contra otro, y revelaron la mayor resiliencia que podrían tener los tres si sus economías y políticas estuvieran más sincronizadas. Coordinar sus esfuerzos de manera efectiva requiere cierta armonización de los regímenes arancelarios de los tres países con respecto a China, un tema sobre el que el T-MEC guarda silencio en gran medida. Los negociadores del pacto original no tuvieron que contemplar cómo los tres países implementarían subsidios complementarios, restricciones a la inversión o controles a las exportaciones, ya que tales políticas no estaban de moda entonces. Ahora sí lo están.
Cuanto más se esfuercen Estados Unidos por reducir su vulnerabilidad a la coerción económica china, más importante será que Canadá y México armonicen sus políticas. La falta de armonización de los aranceles entre los tres países incentiva el transbordo de productos chinos a los consumidores estadounidenses. Además, genera preocupación ante la posibilidad de que las industrias se instalen injustamente en un país porque les permite acceder a insumos chinos más baratos que no están disponibles para las empresas que operan en los otros dos.
De hecho, puede resultar imposible mantener un mercado norteamericano integrado sin una alineación de políticas. Y vale la pena intentar preservar la integración norteamericana: la mayor escala que ofrece un gran mercado de consumo del T-MEC permite a las empresas distribuir sus costos fijos entre un mayor número de unidades de producción. Las diferencias fundamentales entre los tres países permiten la especialización en función de las fortalezas de los trabajadores y las empresas de cada uno. La diversificación del abastecimiento en un ámbito geográfico más amplio mitiga las amenazas del cambio climático y las crisis de salud pública, no solo el riesgo geopolítico.
La armonización de políticas para crear fuentes de suministro alternativas fuera de China tendrá consecuencias. Además de la carga fiscal de los subsidios, los consumidores norteamericanos tendrán que renunciar a cierto acceso a productos chinos más baratos hoy para reducir la excesiva dependencia en el futuro. Y los tres países deberán prepararse para los costos inevitables de las represalias chinas.
ARMONÍA A TRES VOCES
Los aranceles de Trump para 2025 y 2026 perseguían demasiados objetivos contradictorios. La presión económica de Pekín dejó clara la tarea más importante: crear rápidamente nuevas fuentes de suministro fuera de China. Las negociaciones en curso del T-MEC representan una oportunidad política para alcanzar ese objetivo mediante una mejor alineación de las políticas arancelarias de ambos países en tres dimensiones. En primer lugar, Washington debe reducir los aranceles a las importaciones procedentes de Canadá y México a los niveles de enero de 2025. Si Ottawa y Ciudad de México van a asumir parte de los costos de fortalecer conjuntamente las cadenas de suministro no chinas, deben poder participar en los empleos, las ganancias y otros beneficios derivados de la producción norteamericana.
Además, Canadá y México deben aumentar algunos de sus aranceles a China. En 2024, Canadá ya había igualado la mayor parte de los aumentos arancelarios que Estados Unidos impuso al acero, el aluminio y los vehículos eléctricos chinos durante la primera administración Trump y la administración Biden. México también ha tomado medidas para armonizar sus aranceles en los últimos años, incluyendo un aumento significativo en diciembre de 2025 que abarcó el acero, los automóviles y las autopartes chinas. Es posible que Estados Unidos, Canadá y México deban colaborar para aumentar estratégicamente los aranceles en el futuro y así abordar otras vulnerabilidades.
Los futuros ajustes arancelarios a la baja con China también deberán realizarse de forma coordinada, para evitar que perjudiquen los intereses colectivos de Norteamérica. Por ejemplo, Trump propuso que Estados Unidos y China redujeran sus aranceles mutuos sobre un conjunto limitado de productos considerados “no sensibles” en el marco de una denominada Junta de Comercio entre Estados Unidos y China. Sin embargo, aumentar unilateralmente las importaciones estadounidenses de ropa procedentes de China, por ejemplo, perjudicaría las oportunidades de exportación de México. Ampliar las exportaciones agrícolas estadounidenses a China sería contraproducente si desplaza las ventas canadienses a ese país. Si el comercio gestionado resulta necesario para hacer frente al modelo estatista chino, la solidaridad exige algo más parecido a una Junta de Comercio entre Norteamérica y China.
La armonización de los subsidios también es fundamental, ya que mantener una competencia justa entre las empresas norteamericanas y expandir cadenas de suministro transfronterizas completas será difícil sin una armonización del apoyo gubernamental de cada país a su industria. Alinear las políticas industriales entre países es una tarea aún más compleja que coordinar los aranceles. Canadá tiene una economía más pequeña que Estados Unidos, y México es más pobre, lo que les permite contar con presupuestos más reducidos. Además, pedir a los contribuyentes que financien subsidios que podrían beneficiar a los trabajadores de otro país no es una estrategia política atractiva.
Ya se han logrado algunos avances en la armonización de los subsidios en Norteamérica. En 2020, la primera administración Trump estableció un Plan de Acción Conjunto Canadá-EE. UU. sobre Colaboración en Minerales Críticos, que permitió a Ottawa y Washington cofinanciar algunos proyectos canadienses a pequeña escala de cobalto, grafito, tungsteno y tierras raras. Consideremos también la Ley CHIPS bipartidista de EE. UU. de 2022. Si bien se centró en impulsar la fabricación de semiconductores en EE. UU., el programa también apoyó el desarrollo de mano de obra en México para la etapa final de la cadena de suministro: el acabado de los chips. Las restricciones a la exportación impuestas por Beijing en 2025 solo funcionaron porque las fábricas de chips fuera de China tuvieron que enviar las obleas de vuelta a las plantas de Nexperia en China para su acabado.
Algunos subsidios incluidos en la Ley de Reducción de la Inflación de 2022 reforzaron una agenda norteamericana. Por ejemplo, sus créditos fiscales para vehículos eléctricos exigían que estos se ensamblaran en Norteamérica, no solo en Estados Unidos. (Posteriormente, Canadá ofreció apoyo a Volkswagen para fabricar baterías en Ontario, con el fin de alinearse mejor con los generosos créditos fiscales de la Ley). Los subsidios de la Ley para minerales críticos tampoco se limitaban a la extracción y el procesamiento dentro de Estados Unidos. La ley buscaba, en la práctica, crear una preferencia por la cadena de suministro norteamericana y de países aliados, en lugar de una regla puramente de “Compre productos estadounidenses”, al ofrecer subsidios a empresas que extraían o refinaban minerales críticos en Canadá, México y otros socios de acuerdos de libre comercio, o que recuperaban minerales críticos mediante el reciclaje dentro de Norteamérica.
Hasta ahora, sin embargo, el enfoque de la segunda administración Trump respecto a los subsidios ha sido principalmente nacional. En respuesta a la crisis de imanes de tierras raras de 2025, desencadenada por sus propios aranceles a China, la administración actuó con rapidez para financiar cadenas de suministro alternativas para numerosos minerales críticos, destinando fondos del Departamento de Energía y del Departamento de Defensa, incluyendo la Oficina de Capital Estratégico de este último, para otorgar préstamos, establecer acuerdos de compra y garantizar precios mínimos. Incluso ha adquirido participaciones accionariales en entidades como MP Materials y la mina Nevada de Lithium Americas. Pero estas intervenciones están dirigidas a la producción en territorio estadounidense y ninguna fue coordinada con Ottawa o Ciudad de México. Canadá posee importantes depósitos de muchos de los mismos minerales y cuenta con su propia estrategia para los minerales críticos; México nacionalizó sus reservas de litio en 2022. Nada en el T-MEC obliga a los tres gobiernos a colaborar, y mucho menos a impedir que sus programas de subsidios compitan entre sí.
Anuncios más recientes sugieren que la administración Trump podría haber reconocido las ventajas en rapidez y costo que supone apoyar la minería y el refinado en países aliados. En agosto, otorgó un préstamo de 400 millones de dólares a una empresa australiana para desarrollar un proyecto de extracción de escandio en Nueva Gales del Sur. La administración también anunció en febrero un Plan de Acción entre Estados Unidos y México sobre Minerales Críticos, aunque aún no se ha concretado ningún proyecto.
Sin embargo, Trump está socavando simultáneamente cualquier alineación con su política comercial. Ottawa, en particular, se ha visto obligada a desviar su atención y recursos fiscales del desafío que representa China para abordar el impacto que los aranceles de Trump tienen en su economía. En lugar de intensificar una guerra comercial con un aliado de larga data, Washington debería alentar a Canadá a aprovechar mejor sus considerables recursos minerales críticos.
ALINEAR O MORIR
Canadá y México ya han sufrido las consecuencias de las represalias chinas debido a su alineación política con Estados Unidos. En 2018, después de que el Departamento de Justicia de EE. UU. solicitara a las autoridades canadienses el arresto de una ejecutiva de Huawei, China detuvo a dos canadienses durante casi dos años. En 2024, cuando Ottawa alineó sus restricciones a la importación de vehículos eléctricos, acero y aluminio con las impuestas por Washington, Pekín impuso aranceles de represalia a las exportaciones canadienses de canola, carne de cerdo y mariscos. Y en 2025, cuando México elevó los aranceles a los automóviles y el acero chinos, China impuso aranceles a las nueces pecanas mexicanas. La estrategia de represalia de China suele consistir en atacar las exportaciones de industrias políticamente poderosas con pocos mercados alternativos, especialmente productos agrícolas con una vida útil corta.
Pero los líderes norteamericanos pueden proteger mejor a sus países contra tales represalias. Una forma es mantener abiertos sus mercados de importación mutuos. Otra es destinar fondos gubernamentales a diversificar aún más las exportaciones, alejándolas de China y dirigiéndolas a mercados alternativos. El despliegue de decenas de miles de millones de dólares que Trump realizó para ayudar a los agricultores estadounidenses perjudicados por las represalias chinas durante sus dos mandatos fue políticamente conveniente. Sin embargo, saber que se avecina un rescate financiero podría, inadvertidamente, alentar a los agricultores a mantener su dependencia del arriesgado mercado de exportación chino.
El almacenamiento de insumos críticos también debería ser una herramienta de alineación. Un insumo esencial en una etapa de la cadena de suministro norteamericana lo es en todas las etapas. Dado que todos los países se beneficiarían de un mayor almacenamiento, todos deben compartir los costos. Y si las reservas crecen lo suficiente y su tamaño se publicita adecuadamente, incluso podrían disuadir a China de restringir las exportaciones.
A principios de 2026, la administración Trump lanzó el Proyecto Vault, una iniciativa público-privada multimillonaria para almacenar minerales críticos para uso comercial en Estados Unidos. Canadá anunció recientemente su propio programa de almacenamiento de minerales críticos con fines de defensa. Cada una de estas iniciativas debe ir mucho más allá y tener un alcance más norteamericano para contribuir a la lucha contra el dominio del mercado chino.
En lo que respecta a la inversión china, Washington se ha preocupado principalmente de que las empresas chinas pudieran usar México como puerta trasera para eludir los aranceles y regulaciones estadounidenses. Estas preocupaciones surgieron, en parte, a raíz de informes de 2024 que indicaban que BYD y Tesla estaban buscando ubicaciones en México para nuevas plantas de gran tamaño y animando a sus proveedores chinos a hacer lo mismo; la oposición de Washington sin duda contribuyó a que relativamente pocos proyectos de este tipo se hayan completado.
Pero Estados Unidos, Canadá y México podrían algún día querer atraer más inversión china que no represente riesgos para la seguridad, especialmente en sectores de alta tecnología que podrían beneficiar la competitividad norteamericana. En ese momento, los tres países deberán armonizar sus políticas para evitar la confusión que ha acompañado a la inversión china en Europa y para proteger la integración económica norteamericana. Cada uno deberá reforzar sus regulaciones de control de inversiones. Incluso Washington, por ejemplo, tendrá que ampliar el alcance del Comité de Inversión Extranjera en Estados Unidos, que examina únicamente la adquisición de empresas estadounidenses ya existentes, no las fábricas que los inversores extranjeros construyen desde cero. Los tres países también deberán crear nuevos marcos regulatorios para garantizar que las empresas chinas operen de manera justa y no sigan beneficiándose de los subsidios de Beijing ni de su asignación discriminatoria de exportaciones de insumos esenciales.
Por más desalentador que parezca lograr la alineación de todas estas políticas, la renegociación del T-MEC es solo un primer paso para abordar el dominio del mercado chino. Incluso una Norteamérica integrada carece de la escala suficiente para competir con China y sus 1.400 millones de consumidores nacionales. Por lo tanto, Canadá, México y Estados Unidos tampoco pueden permitirse convertirse en la “Fortaleza Norteamérica”, completamente aislada del comercio con otras democracias afines, orientadas al mercado, que comparten su preocupación por el poder monopólico chino. Cualquier esfuerzo por alinear la política norteamericana bajo un nuevo T-MEC debe mantener la apertura al comercio con estos otros países para facilitar una alineación más amplia en el futuro.
El dominio del mercado chino exige que los tres países norteamericanos colaboren para adoptar políticas más activas. La necesidad más urgente es que la administración Trump deje de implementar políticas y difundir discursos que socavan la unidad norteamericana. Si Canadá, México y Estados Unidos se enfrentan entre sí, cada uno se verá debilitado en la única batalla económica que realmente importa.
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