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Opinión 13 02 2020

El retorno de los comisarios del pensamiento


Autor: Jorge Ossona









El término “castigar” evoca, según el diccionario, “afligir, escarmentar, mortificar, reprimir”. Planteado en términos políticos suena amenazante, y resuena a los correctivos de las religiosidades trogloditas. Fue en esos términos que se planteó la idea de convertir en ley un proyecto para quienes nieguen los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar.

La iniciativa apunta no a proseguir el camino esclarecedor de los crímenes del régimen castrense encausado durante los 80 sino a su uso político por el discurso kirchnerista durante los 2000. Una “verdad revelada” plasmada en una pertinaz y relativamente exitosa pedagogía diseminada en escuelas, universidades y medios de comunicación. Todo servía para ordenar la realidad según el relato ramplón de iluminados de la más diversa índole que oficiaban –y ofician-como providenciales traductores de los hechos más nimios. A veces, rayanos en lo grotesco; otras, en el vil usufructo de lo trágico. 

Esta versión tuvo una de sus últimas expresiones en el tuit de un militante kirchnerista que interpretaba la tragedia de enero en Villa Gesell identificando a los rugbiers asesinos con el 40 % que votó por la actual oposición. En un fragmento de su sesuda reflexión, el autor señalaba que los agresores eran “iguales a los descerebrados de las marchas del Pro: bancan genocidas, que se mate por la espalda, odian al migrante, al negro, al joven y a la lucha de género”. El uso político de la tragedia encontró su freno en que uno de los rugbiers resultó ser el hijo de una funcionaria kirchnerista del partido de Zárate. La vida depara esas sorpresas poniendo en ridículo a más de un aspirante a corifeo. 

Mucho nos tememos que ese sea el espíritu del proyecto de ley. Cuesta asimilar el genocidio perpetrado por los nazis durante la Segunda Guerra en Europa con la matanza acaecida en la Argentina de los 70. El mero planteo de la comparación incuba el riesgo de caer en los típicos enredos discursivos del kirchnerismo solo interesados en estigmatizar como cómplices, negacionistas y otras lindezas a todo aquel que se anime a plantear ni siquiera matices respecto de su “relato”. De ahí que no tenga sentido reflexionar sobre este cotejo banal. 

En la Argentina, a diferencia de Europa, quienes niegan la matanza de los 70 son una ínfima minoría. Como bien lo recordaba Graciela Fernández Meijide hace unos días, hasta la mayoría los propios procesados por crímenes de lesa humanidad no los niegan sino que los atribuyen al cumplimiento de órdenes. Y si los hubiera, de poca utilidad sería sancionarlos penalmente. Es preferible saber quiénes son, evitando la hipocresía de la corrección política; una estribación de la nueva moral pseudoprogresista con sus legiones de buenos y malos sin vulnerar la libertad de expresión. 

Llegados a este punto, vale la pena recordar las virtudes pluralistas de los promotores del proyecto, remitiéndonos a sus antecedentes. A diferencia de la dirigencia de los 80, no los inspiró un análisis crítico de un periodo conflictivo sino más bien la reivindicación de una de las facciones en pugna; particularmente, los Montoneros. Reivindicaron su idealismo, su heroísmo y su voluntad vanagloriándose de ser sus sucesores mediante la exaltación de la figura del “hijo de desaparecido” real o simbólico militante de “La Cámpora”. 

En suma, un ejercicio de simulación posmoderna de una de las vertientes de la violencia setentista con su lógica binaria de “amigos” y “enemigos”. Porque poco tenían que ver estos nuevos jóvenes ávidos de cargos y privilegios con la ética de aquellos revolucionarios. Salvo el juzgamiento simbólico por impertinentes tribunales “populares” como cómplices de los criminales a periodistas, juristas e intelectuales opositores emblemáticos por su incondicional compromiso con la democracia y los derechos humanos. Sin trepidar en ejecutar condenas amenazantes mediante el deleznable recurso de manipular criaturas para que escupieran sus retratos de en la plaza pública. Un extravío desopilante por parte de organizaciones que hasta poco antes habían representado la vanguardia de la lucha en contra del terror estatal. 

Con estos precedentes, también cabe preguntarse en qué consistiría el “castigo” y quiénes serían catalogados de “negacionistas”. ¿Acaso quienes se animan a concebir solo como simbólica la cifra de treinta mil desaparecidos ateniéndose a las oficiales de la CONADEP? ¿Se confeccionarán nuevas listas negras de personalidades para escrachar según sus reconocidas modalidades inspiradas en el fascismo? Si hay “negacionistas” ¿Habrá también los “colaboracionistas” de esos que sobran como lo prueban sus amenazas vindicativas y de ejecuciones sumarísimas por parte de dirigentes sociales o vinculados a los a esta altura solo nominales organismos de derechos humanos? 

Existen otras “negaciones” que resulta interesante recordar, como los hechos de corrupción soterrados bajo el recurso del lawfare. O de las “absoluciones por la historia”, un curioso criterio según el cual el voto limpia automáticamente de culpa a los imputados por la justicia y convierte en “presos políticos” a funcionarios responsables de los más escandalosos desfalcos al fisco. U otras de memoria reciente como las cifras oficiales sobre inflación y pobreza. Seguramente, esas negaciones quedaran fuera del radar de los nuevos comisarios del pensamiento.


Publicado en Clarín el 13 de febrero de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/retorno-comisarios-pensamiento_0_WQzKR_lG.html