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Opinión 30 06 2021

El régimen, esa construcción del radicalismo


Autor: Maximiliano Gregorio-Cernadas









La conmemoración del 130° aniversario de la UCR invita a reflexionar en torno a su rol histórico y, sobre todo, acerca del papel que aspira a ejercer en el futuro. Dentro de ese vasto período de la historia argentina, estamos cerca de cumplir, también, 80 años durante los cuales la Argentina ha quedado en su mayor parte sometida al Régimen iniciado con la Revolución de 1943, que contiene pero excede al Peronismo, perpetuado por el actual Gobierno en sus términos esenciales, los cuales continúan siendo un populismo explícito, un autoritarismo que no cesa de avanzar sobre cada brecha que encuentra, un sólido  corporativismo sindical y partidario, un estatismo arrollador, una corrupción crecientemente instalada, un iliberalismo visceral, un desprecio público por la Constitución Nacional, la violencia como recurso político y un auto aislamiento internacional reducido a un estrecho círculo de dictaduras.

Sin embargo, debe asumirse que este Régimen no habría persistido ni prosperado durante tanto tiempo si se hubiese topado con una oposición compacta e inequívoca. En rigor, la primera fuerza opositora, la UCR, no sólo no ejerció su rol opositor con la unidad y enjundia que aquel astuto Régimen exige, sino que en ocasiones incluso lo alimentó, por ingenuidad o cálculo, consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente, como ocurrió con Hortensio Quijano vicepresidente de Perón, FORJA, el abrazo Perón-Balbín, el Pacto de Olivos, Cobos y la “transversalidad” (2007) o el “Radicalismo K” actual, entre otros episodios. En síntesis, la “boutade” del título encierra, lamentablemente, una cuota de veracidad que es necesario admitir como un cachetazo para reaccionar y evitar su perpetuación pero, sobre todo, con la certidumbre de que el futuro de aquel Régimen depende, en buena medida, de la actitud que frente a él adopte el Radicalismo en esta coyuntura.

Asimismo, existen otras verdades relevantes que sumar a este análisis. En primer lugar, es cierto que, toda vez que aquel Régimen sumergió al país en una de sus tantas catástrofes, fue la UCR la que tuvo que hacerse cargo de limpiar “los platos rotos”, pagar el costo de la “fiesta” y oficiar de garantes de la concordia, la racionalidad y la legalidad.

Tampoco hay dudas de que el Radicalismo ha estado muy solo en este rol de oposición, pues hace tiempo que los partidos de izquierda y de derecha han sido infiltrados, seducidos o comprados por aquel Régimen. La paradójica habilidad que éste ha demostrado para fagocitarse a todos aquellos que pretendieron coparlo mediante el “entrismo”, desarrolló un sistema hegemónico que ha sido grave para la UCR, pero letal para otras fuerzas y sectores, como ocurrió con el conservadurismo popular, la izquierda, el sindicalismo originario, el establishment empresarial o “círculo rojo”, los medios de comunicación, las confesiones religiosas, el progresismo cultural y académico, la democracia-cristiana y los círculos católicos, entre varios otros.

Sin embargo, en este análisis de “larga duración” a lo Braudel que nos plantean los 130 años de la UCR, es también esperanzador recordar que dicho Régimen ha cumplido sólo la mitad de aquel tiempo y que, además, ha comenzado a mostrar síntomas acaso no terminales, aunque ciertamente severos de fatiga y de una creciente necesidad de recurrir a argucias dialécticas cada vez más vacuas y contradictorias para sobrevivir.

En esta coyuntura histórica de extrema gravedad, cabe a la UCR un rol único, que ni siquiera el PRO puede cumplir, pues sólo ella dispone de tres grandes capitales que ofrecer al país como oposición y futuro Gobierno: 130 años de existencia, fuerte presencia territorial en todo el país, y una sólida consistencia y coherencia ética, conceptual y axiológica, en relación con la República, el Estado de Derecho, la equidad social, la libertad, los Derechos Humanos, la concordia social, y la proyección al mundo, entre otras cuestiones principales. El vigor que está demostrando su pujante Think-Tank, la Fundación Alem, constituye un emblema de aquella potencia.

Las supuestas perspectivas apolíticas y anti-políticas, tanto de derecha como de izquierda, que han comenzado a clamar desesperadamente por un “equilibrio sobrio y objetivo” del centro como la mejor manera para superar los “extremismos” porque en la política argentina “todo es lo mismo”, no constituyen más que los anticuerpos que produce el mismo organismo enfermo de aquel Régimen, a veces inconscientemente, cada vez que entra en la terapia intensiva y se siente amenazado, como le ocurre ahora.

Este tipo de argumentaciones podrían ser apropiadas en democracias consolidadas, pero no para aquellas al borde del abismo, como la nuestra, pues contienen dos elementos deletéreos: no son reales ni conducentes para la oposición en esta coyuntura. La prueba de que apostar a ser “equilibrados” es funcional a la perpetuación del régimen, lo ofrecen el rol que han jugado con éxito para él y al que ahora está volviendo a jugar el Régimen pero con más énfasis a través de Lavagna, Urtubey y Randazzo, lo cual ya sabemos hacia qué caminos conduce. Ensayemos una pregunta metódica: ¿qué habría ocurrido si Alfonsín en el ’83 hubiese apuntado al “equilibrio”?

En una sociedad profundamente inmoral como la nuestra, la UCR tiene la responsabilidad histórica y revolucionaria de ofrecer al país una oposición unida, aportando a ella la coherencia conceptual y los valores que ha construido a lo largo de sus 130 años de existencia, firmemente situados al otro extremo de aquellos que alimentan a un Régimen que viene carcomiendo a la Argentina desde 1943.