En el teatro de la política contemporánea, persiste el error fundamental de creer que el poder reside exclusivamente en los arsenales de guerra o en la frialdad de las cifras macroeconómicas. Sin embargo, lo que observamos hoy en el eje estratégico que une a Teherán con Caracas —atravesando los escombros de Gaza y las tensiones fronterizas de Israel— es la manifestación de una verdad mucho más antigua: la legitimidad no es sinónimo de obediencia, y el poder real se disuelve cuando la vida cotidiana se vuelve impracticable. En este escenario de despojo, el “precio del pan” abandona su valor de cambio para adquirir una dimensión metafísica, convirtiendo la mera supervivencia en un acto de resistencia política. El colapso del rial en el Gran Bazar o la pulverización del bolívar en las calles de Venezuela, no representan simples desajustes de mercado, sino el momento exacto en que la necesidad biológica desborda los diques de la ideología. Un régimen que debe recurrir al apagón informativo, al corte de internet y a la narrativa paranoica de la conspiración externa para sostenerse, está emitiendo una confesión de parte: ya no posee auctoritas, esa autoridad moral que emana del reconocimiento, sino únicamente la capacidad bruta de coaccionar a través de la administración de la miseria.
Irán y Venezuela comparten hoy una misma patología sociológica: la administración de la escasez como técnica deliberada de gobierno. En ambos casos, la energía —el petróleo y el gas— actúa como una bisagra trágica. Mientras que para naciones con una dirigencia consciente el crudo es una variable de estabilidad económica, para estos regímenes es el último oxígeno que permite comprar tiempo. Pero el tiempo es un recurso que se agota cuando la “heladera vacía” agrieta irreversiblemente el relato de la resistencia antiimperial o la épica teocrática. Esta fragilidad interna se conecta dialécticamente con una proyección externa perversa; Iran, al sentirse acorralado por sus propios ciudadanos en Teheran, Isfahan o Fasa, activa su profundidad estratégica en el Líbano o Gaza no para expandir una fe, sino para encarecer su propia caída mediante la fabricación de caos regional. Es una táctica de supervivencia cínica que las grandes potencias —Washington, Tel Aviv, Moscú y Pekín— leen con un pragmatismo gélido, conscientes de que un régimen puede sobrevivir sobre las cenizas de su economía si aún proyecta una amenaza creíble sobre los “cuellos de botella” del mundo, como el Estrecho de Ormuz, el Esequibo o la tentativa de guerra de guerrillas o asimétrica que ofrecía Venezuela.
Para comprender el verdadero alcance de este hambre como acción política, debemos apartarnos de la metafísica y observar con crudeza la maquinaria del poder imperial y la economía de la coerción. l hambre, utilizada como arma de disciplina, es la herramienta predilecta de esta táctica de “caos controlado”, cuyo objetivo es debilitar al Estado hasta reducirlo a la mera administración de la escasez, impidiéndole proyectar poder real. En este marco, la propaganda occidental aplica una omisión selectiva: presenta el colapso de los servicios públicos o la desnutrición como simples efectos de la corrupción interna, borrando la relación con el bloqueo financiero y la estrangulación externa que buscan provocar el colapso. Al ocultar el impacto de las sanciones, se consigue que la opinión pública global acepte la crisis como un fenómeno natural del autoritarismo, legitimando medidas de castigo colectivo que, en otros contextos, serían calificadas como crímenes de guerra.
Esta tenaza entre la represión interna y la presión externa ha erosionado la dignidad mediante una economía de supervivencia extrema, pero es precisamente en ese límite físico donde ocurre un quiebre fenomenológico. La ética de la dignidad no nace de una teoría académica, sino del momento en que el individuo descubre que la sumisión ya no le garantiza la vida. Cuando el comerciante iraní y la mujer que desafía el velo se encuentran en la calle, o cuando el ciudadano venezolano manifiesta su descontento ignorando la retórica imperialista del régimen, no están discutiendo teología ni alta política; están reclamando el derecho a tener derechos. La transición real comienza cuando el costo de la obediencia supera al de la rebelión y la dignidad actúa como el catalizador químico que disuelve el miedo. El miedo, como el petróleo, son recursos no renovables, y cada funeral convertido en protesta funciona como un trampolín para la voluntad colectiva. Aquí emergen las “coaliciones de la urgencia”: comerciantes, estudiantes y trabajadores precarizados que se unen no por una consigna no partidista, sino por la urgencia biológica de existir. Mientras la diáspora venezolana articula apoyos bajo liderazgos como el de María Corina Machado, en Irán la urgencia se transforma en barricada, revelando que cuando se pierde todo, se pierde también el temor al fusil.
En este tablero no existen héroes geopolíticos. Mientras Occidente aplica el látigo de las sanciones —una forma de guerra química financiera que estrangula al cuerpo social—, Rusia y China operan como prestamistas de última instancia, buscando influencia sin responsabilidad y asegurando activos energéticos a precios de descuento. El resultado es una población atrapada entre la espada del imperialismo tradicional y la pared de un nuevo autoritarismo pragmático. Por ello, la política no debe entenderse como una ingeniería de élites, sino como un tejido humano. La “filosofía del orden primero” choca frontalmente con la ética de la dignidad, y si la legitimidad es la moneda de cambio del poder, tanto Irán como Venezuela operan hoy en una bancarrota moral que ninguna exención fiscal o licencia petrolera puede subsanar. El sistema mundial no busca eliminar a estos actores, sino reacomodarlos para que su temblor no se convierta en terremoto global; pero cuando los símbolos se desgastan y la coerción es el único lenguaje, el sistema no se está estabilizando, solo está postergando su inevitable cita con la realidad.
Para que el cambio no sea capturado por intereses foráneos o resulte en un modelo de neoliberalismo tutelado, la transición debe articularse desde la sociedad civil, tanto los que están adentro como las diásporas. No podemos esperar una salvación externa, un deus ex machina de intervención que raramente trae consigo la verdadera soberanía. La transición real requiere un cambio en el discurso: en Irán, la palabra debe desafiar el dogma con una ética humana universal; en Venezuela, la palabra debe sustituir la “épica de la guerra civil” por una “épica de la reconstrucción nacional”. Es fundamental entender que donde empieza la violencia, termina el poder. Por tanto, la caída de estos regímenes no vendrá solo por la presión de la base, sino cuando quienes sostienen las llaves de la economía y las armas comprendan que su propia supervivencia está mejor resguardada en un nuevo orden que en el naufragio del actual.
La dignidad política es, en esencia, la capacidad de sentarse a la mesa con el otro para fundar algo nuevo. La libertad solo existe en ese espacio intermedio donde actuamos juntos, asegurando que el grito que nace en el mercado y en la plaza no sea secuestrado por intereses de capital trasnacional o interno, sino que se convierta en el cimiento de una soberanía auténtica. Debemos ser vigilantes para que el temblor actual no sea simplemente el preludio de una nueva ocupación o de un cambio de gerencia en la administración de la periferia. La reconstrucción nacional exige desarticular tanto la violencia estatal interna como la violencia económica externa. Solo un pueblo que ha recuperado su dignidad y su capacidad de gestionar su propia supervivencia —rompiendo la complicidad pasiva con el opresor— puede ser el garante de una estabilidad duradera. La historia nos enseña que el poder surge donde la gente actúa en concierto, y hoy, el concierto más potente es el que nace del silencio impuesto que finalmente se rompe para reclamar la vida, la justicia y la dignidad en un actuar soberano que es, ante todo, profundamente humano.
Profesor, escritor y defensor de derechos humanos. Autor de La Migración en América: retos,
oportunidades y testimonios, fundador de la Organización de Apoyo al Migrante Arepa Viva y referente
en la lucha por la dignidad de migrantes y refugiados.








