Por Cesàreao Rodriguez-Aguilera del Prat
Una vez más se confirma que Italia es el laboratorio político por excelencia en el que irrumpen fenómenos nuevos que, a continuación, se expanden. Silvio Berlusconi preanunció el trumpismo y Giorgia Meloni encarna una derecha radical pragmática en la que ya se está inspirando Marine Le Pen. El meteórico ascenso del partido de Meloni, Fratelli d’Italia (FdI), y su conquista del Gobierno en 2022 es una novedad absoluta en un país que es uno de los fundadores de la integración europea. De un lado, por fin los italianos tienen un Gobierno que han elegido mayoritariamente, a diferencia de lo ocurrido en 2013 y 2018, y de otro, FdI ha cambiado por enésima vez el sistema de partidos nacional.
FdI es el partido de la tercera generación de la derecha radical tras el neofascista Movimento Sociale Italiano (MSI, de Giorgio Almirante) y el posfascista Alleanza Nazionale (AN, de Gianfranco Fini), hoy configurado como afascista. Meloni fue escalando con mucha intuición política en el aparato de AN: en 2006 ocupó una de las vicepresidencias de la Cámara baja y en 2008 fue ministra de la Juventud con Berlusconi. Tras la desintegración del partido de centroderecha Popolo della Libertà y la efímera y fracasada escisión de Fini, Meloni se hizo con el control para (re)fundar el partido de la derecha radical reciclada en 2014.
FdI es un partido nacionalista conservador que presenta a la vez elementos de continuidad con relación al MSI y AN y otros de renovación, a modo de “tercera vía” entre el populismo y el establishment. FdI es, en parte, fruto del descontento social posterior a la Gran Recesión de 2008 y aunque es cierto que inicialmente el Movimento 5 Stelle y la Lega captaron el resentimiento de los perdedores, sus fracasos tras gobernar juntos implicaron que Meloni se convirtiera en la opción preferida de los mismos.
En 2013 FdI apenas alcanzó el 2% de los votos, en las elecciones europeas de 2014 llegó al 3,7%, en 2018 al 4,4% y en las europeas de 2019 al 6,5%, es decir, los niveles del MSI, pero no los de AN que entre 1994 y 2006 estuvo entre el 10% y el 15%. Lo más impresionante es el salto del 4,4% de las legislativas de 2018 al 26% en 2022, es decir, de unos 660.000 votos a más de siete millones (más de veinte puntos porcentuales) y de ser un socio menor de la coalición de Berlusconi a dirigir el país. De un lado, FdI ha conseguido una penetración electoral interclasista espectacular —y además en todo el país, incluido el norte que tradicionalmente siempre se había resistido a los ultras— y de otro, al partido se le planteó de golpe el problema de carecer de suficientes cuadros técnicos y profesionales al llegar tan deprisa al Gobierno.
Meloni no es una outsider, pues tiene ya una larga carrera política, le han ayudado sus orígenes modestos, no es corrupta y es la primera mujer que dirige el Gobierno de Italia, un país con una arraigada tradición machista, especialmente en el campo ideológico de las derechas. Ella tiene una fuerte intuición política, ha aprendido muy deprisa y se benefició de no haber participado ni en el Gobierno de Giuseppe Conte y Matteo Salvini ni después en el de Mario Draghi. Meloni está actuando más como conservadora que como ultraderechista y recuerda en cierto modo el estilo de los sectores derechistas de la vieja Democrazia Cristiana. Ha conseguido que los antecedentes de su partido, en particular el MSI, sean prácticamente irrelevantes por su habilidad al afirmar que el fascismo es un fenómeno histórico del pasado inútil para hoy, toda vez que FdI asume sin ambages la democracia liberal, como mínimo desde un punto de vista procedimental, de ahí que Meloni no asuste, a la vez que está asegurando estabilidad —algo infrecuente en la política italiana—. Es cierto que la cuestión del fascismo histórico resulta incómoda para Meloni porque muchos de sus cuadros, militantes y votantes siguen apegados en parte al mismo, pero ella procura evitar la cuestión y, en todo caso, siempre señala que es algo superado.
La paradoja es que FdI es un partido con ideas viejas, pero con una líder nueva que funciona muy bien: de un lado, ha aplastado a la Lega de Salvini que parecía imbatible en el campo de la derecha radical (del 17,3% en 2018 —en las europeas de 2019 alcanzó un asombroso 34,2%, el primer partido del país— al 8,7% en 2022), y de otro, es una comunicadora fuera de serie y con una dimensión emotiva muy eficaz (es célebre su proclama en un mitin: “Yo soy Giorgia, soy una mujer, soy una madre, soy italiana, soy cristiana”). De entrada, pueden resultar arcaicos sus valores fundamentales (Dios, Patria y Familia) usados para enfatizar que el catolicismo es su seña de identidad, el nacionalismo soberanista e identitario es su aspiración y el conservadurismo tradicionalista es lo natural. Estos valores ideológicos se proyectan en su programa político: de ahí su rechazo del matrimonio homosexual y de la adopción por parte de parejas gais, así como de la eutanasia; su oposición a la federalización política europea; y su negativa al multiculturalismo.
En suma, FdI es un partido nacionalista (puesto que el término está un tanto desprestigiado en Italia a causa del fascismo histórico, este partido prefiere el de patriotismo, aunque no sean exactamente lo mismo) de corte conservador e identitario (incluso con algún rasgo esencialista), con acentos nativistas (su alarmismo por el bajo índice de natalidad de las italianas de pura cepa) y algún toque populista. Este tipo de nacionalismo lleva a Meloni a la xenofobia contra los inmigrantes extracomunitarios y en particular contra los musulmanes. En efecto, el islam es especialmente rechazado al ser reputado no solo como no integrable, sino como una grave amenaza para todo Occidente, y eso lleva a Meloni a alinearse hoy incondicionalmente con el ultrasionismo. De un lado, el islam es reducido de modo simplificador a sus expresiones más intolerantes, dogmáticas y violentas, como si no hubiera otro posible (Zohran Mamdani, el fenómeno político del momento, por ejemplo, desmiente rotundamente tal caracterización), y de otro, su identificación con el actual Gobierno ultraderechista de Israel no dejó de ser inicialmente muy polémica porque la tradición de la extrema derecha italiana (y europea) siempre había sido antisemita.
Publicado en Agenda Pùblica el 16 de diciembre de 2025.
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