Hay algo profundamente inquietante en Este mundo peligroso: no solamente porque nos sitúa en un futuro distópico, asolado por la lluvia ácida, la radiación, la escasez de agua y la falta de provisiones, sino porque ese futuro se parece demasiado a algunos de nuestros recuerdos.
Dos actores —una mujer y un hombre— habitan un espacio casi despojado de todo. Salen protegidos por capas y máscaras, como si cada incursión al exterior pudiera ser la última. Una voz anónima les informa sobre los niveles de radiación y sobre las condiciones cada vez más peligrosas del mundo que los rodea. Hay algo de Orwell en esa voz omnipresente, en esa existencia vigilada y en esa administración de una información que siempre anuncia un peligro mayor.
Y hay, inevitablemente, algo de la pandemia.
Las máscaras, los cuerpos protegidos, el afuera convertido en amenaza, la imposibilidad del contacto. Pero Este mundo peligroso no parece interesada en construir simplemente una distopía. Hace algo más sutil: mezcla ese futuro apocalíptico con los restos de un pasado que reconocemos.
Aparece Japón como obsesión, como imaginario, como refugio. Aparecen bellísimos textos en japonés. Aparecen distintas formas del español —ibérico, neutro, rioplatense— que hacen del lenguaje un territorio también multicultural y extraño. Y aparecen los floggers, los fotologs, las reuniones en el Abasto, los boliches, las discotecas, el mar.
Todo aquello que alguna vez fue cotidiano y que, en ese futuro, parece haberse convertido en recuerdo.
La obra construye así una especie de arqueología de nuestra memoria reciente. Recupera fragmentos de una cultura que todavía tenemos demasiado cerca como para considerarla pasado, pero que, puesta en ese mundo devastado, adquiere una dimensión casi nostálgica.
Pero hay otra dimensión de la obra que me resultó particularmente interesante: su estructura circular.
Hay diálogos que se repiten. Hay acciones que regresan. Hay palabras que parecen formar parte de una liturgia cotidiana. Los personajes vuelven una y otra vez sobre determinados intercambios, como si la vida pudiera reducirse a la repetición de unos pocos gestos y unas pocas frases.
Y, sin embargo, nunca se trata exactamente de lo mismo.
Porque si hay liturgias que se repiten, hay emociones que se renuevan.
La rutina no es necesariamente ausencia de novedad. Repetir los mismos diálogos, encontrarse con los mismos rostros, atravesar los mismos pequeños rituales cotidianos puede ser también una manera de volver a encontrarnos con el otro. Una conversación aparentemente idéntica puede estar diciendo algo diferente. El mismo rostro puede ser mirado de otra manera. El mismo gesto puede adquirir otro significado.
Quizás allí haya también una de las preguntas más interesantes de la obra: ¿qué sucede con nuestros vínculos cuando todo lo demás se ha vuelto repetición?
Y entonces aparece el amor.
O, mejor dicho, aparece la dificultad para reconocerlo.
Los dos personajes parecen destinados a no encontrarse. Él dice que le gustan los chicos. Ella dice que le gustan las chicas. Sin embargo, entre ellos hay algo que insiste. Algo que se filtra por debajo de las palabras, de las negaciones y de las identidades que cada uno se empeña en sostener.
Ella parece saberlo antes.
Ella se acerca, lo dice, lo hace cuerpo, lo hace piel. Él, en cambio, se resiste. Niega. Rechaza aquello que, quizás, en el fondo desea.
Hay en ese personaje masculino algo reconocible: el miedo a la propia sensibilidad, el temor a admitir aquello que nos vuelve vulnerables, la dificultad para decir “quiero” cuando lo que se desea supone exponerse frente al otro.
Y mientras tanto, por encima de ellos, está la voz del parlante.
Una voz que anuncia el peligro, pero también pronuncia un discurso inquietantemente contemporáneo: nadie les va a impedir salir. Nadie va a restringir su libertad. Pueden salir si quieren. Pueden asumir el riesgo. Pero si salen, deberán hacerse cargo de las consecuencias.
No hay asistencia.
No hay un Estado que venga a buscarlos.
No hay una estructura colectiva que garantice la supervivencia.
La libertad aparece así despojada de su dimensión social: son libres de hacer lo que quieran, pero están solos frente a las consecuencias de sus decisiones.
Es una idea profundamente actual. Un futuro en el que el Estado parece retirarse progresivamente de sus responsabilidades, mientras el individuo queda cada vez más obligado a resolver por sí mismo aquello que antes podía pensarse como una responsabilidad colectiva.
La obra imagina así un mundo donde quizás tendremos cada vez menos cosas y, paradójicamente, cada vez menos instituciones que nos sostengan.
Estaremos solos.
O casi.
Porque hay algo que todavía persiste: los vínculos personales.
Y es allí donde la obra alcanza, para mí, su mayor potencia.
Porque mientras el mundo se termina, ellos siguen intentando establecer un vínculo.
Mientras no hay agua, buscan contacto.
Mientras no hay futuro, buscan una forma de estar juntos.
Mientras una voz anuncia el próximo desastre, ellos hablan de Japón, de los boliches, del mar, de aquello que alguna vez fue posible.
Me recordó inevitablemente aquella frase de Casablanca: el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.
Pero Este mundo peligroso parece decirnos algo más: que quizás enamorarse sea también una forma de resistencia.
En un mundo convertido en un rectángulo de plástico, entre la basura, la lluvia ácida y el miedo, los personajes parecen convertirse en cartoneros del afecto: seres que buscan entre los restos aquello que todavía puede servir para construir algo parecido a un vínculo.
Porque también somos eso: personas que mendigan una caricia, un contacto, una palabra.
Personas que muchas veces decimos lo contrario de lo que pensamos. Que negamos lo que sentimos. Que no nos atrevemos a ser quienes somos.
Y quizás por eso el final de la obra resulta tan hermoso.
Una ventana.
Abrirla.
Dejar que pase el bondi.
Mirar las ramas movidas por el viento.
Afuera sigue estando el peligro. La lluvia sigue siendo ácida. El agua sigue escaseando. El futuro sigue sin ofrecer demasiadas garantías.
Pero se puede abrir una ventana.
Y quizás allí esté la pequeña, enorme posibilidad que propone la obra: que incluso cuando todo parece derrumbarse, todavía podamos mirar al otro, tocarlo, escucharlo, quererlo.
Que incluso si las instituciones desaparecen, si el mundo se vuelve inhabitable y la vida cotidiana parece condenada a repetirse, todavía exista ese acontecimiento imprevisible que es encontrarse con otro.
Porque las liturgias se repiten.
Pero las emociones se renuevan.
Y tal vez esa sea, finalmente, nuestra única forma de esperanza.
Que a pesar de todos los apocalipsis posibles, nos sigamos enamorando.
Título: Este mundo peligroso
Dirección: Bárbara Sánchez
Dramaturgia: Alma H y Luciano A, según registros de la obra
Año: 2025
Género: Teatro contemporáneo / drama
Sala: Área 623
Dirección de la sala: Pasco 623, CABA
Elenco: Juan y Malena son los protagonistas.
Temática: una pareja/amigos que viven encerrados en un Buenos Aires futuro, atravesado por una catástrofe ambiental.
La premisa es particularmente interesante: en el año 2030 una lluvia ácida irrumpe en Buenos Aires y Juan y Malena llevan meses viviendo juntos en un monoambiente. Para sobrellevar esa nueva realidad, construyen una rutina repetitiva: juegan, bailan, comen ramen, estudian japonés y se preparan para viajar a Japón, donde imaginan que la lluvia pudo ser detenida.
Fotografías: Catalina Maradona









