Hay episodios de la Guerra Civil española que parecen escritos por un novelista. El asedio del Alcázar de Toledo es uno de ellos.
Durante más de dos meses, casi dos mil personas permanecieron encerradas en una fortaleza mientras las fuerzas republicanas intentaban obligarlas a rendirse. Entre ellas había militares, guardias civiles, mujeres y niños. El edificio fue bombardeado, sufrió el impacto de la artillería y quedó parcialmente destruido.
Pero la toma del Alcázar terminó siendo mucho más que eso. Si es cierto que la historia la escriben los que ganan, aquí tenemos un buen ejemplo. Se convirtió en uno de los grandes mitos construidos por el franquismo.
El 18 de julio de 1936, una parte del Ejército se levantó contra el gobierno de la Segunda República. El golpe se inició en Marruecos y rápidamente se extendió por distintas zonas de España. Donde el golpe fracasó, comenzó una guerra que duraría casi tres años.
En Toledo, el coronel José Moscardó decidió sumarse a la sublevación y concentró en el Alcázar a cientos de militares y de guardias civiles junto con muchos familiares.
Los republicanos intentaron conseguir la rendición. Hubo negociaciones, amenazas, bombardeos y finalmente explosiones que destruyeron buena parte del edificio. Sin embargo, los defensores continuaron resistiendo.
El episodio que alcanzaría mayor repercusión fue el de Luis Moscardó, hijo del coronel. La versión que difundieron posteriormente los rebeldes sostuvo que el 23 de julio el coronel recibió una llamada telefónica en la que le comunicaron que su hijo, detenido por los republicanos, sería ejecutado si no entregaba el Alcázar. Moscardó se habría negado a rendirse. Luis fue asesinado un mes más tarde, junto con otros detenidos.
Aquella conversación se transformó en una de las escenas más conocidas de la propaganda franquista, aunque distintos investigadores pusieron en duda que hubiera ocurrido tal como fue contada. Lo que resulta indiscutible es que el episodio fue convertido en un relato de heroísmo y sacrificio que trascendió ampliamente la realidad militar del asedio.
A fines de septiembre, las tropas sublevadas que avanzaban desde el sur llegaron a Toledo y rompieron el cerco. El Alcázar había quedado reducido prácticamente a escombros, pero sus defensores habían resistido.
Y entonces ocurrió algo todavía más importante. Franco comprendió rápidamente el valor político de aquella victoria. Un par de días después de la liberación fue nombrado jefe del Gobierno del Estado que los rebeldes habían establecido en Burgos.
El problema no fue solamente que Franco utilizara políticamente una tragedia. Fue que convirtió esa tragedia en una herramienta para construir una versión de la guerra.
El Alcázar se transformó en una pieza fundamental de la propaganda de los golpistas. Las imágenes de sus ruinas circularon por España y por el extranjero. La destrucción del edificio fue presentada como una prueba de la supuesta barbarie republicana y el episodio del hijo de Moscardó pasó a formar parte de la mitología que querían imponer los sublevados.
Mientras las ruinas del Alcázar eran mostradas como prueba de la violencia republicana, quedaban fuera de escena los crímenes cometidos por las propias tropas sublevadas. En Badajoz asesinaron a miles de personas. En Málaga, miles de civiles que huían hacia Almería fueron atacados desde tierra, mar y aire. Madrid, Durango y Guernica sufrieron bombardeos sobre la población civil. Y, con el avance, llegaron las ejecuciones, las desapariciones y las fosas comunes.
El episodio del Alcázar contribuyó a construir el relato con el que una dictadura justificaría su existencia durante décadas.
Es necesario decir que la violencia en la zona republicana existió y fue terrible. Negarla sería tan absurdo como afirmar que la hubo solamente de un lado.
Pero reconocer los crímenes republicanos no obliga a aceptar la versión franquista de la guerra. Y ese es, quizás, el aspecto más importante que deja el Alcázar noventa años después.
Franco no se limitó a ganar una guerra. También necesitó imponer su relato. El Alcázar le proporcionó una imagen perfecta: militares resistiendo hasta el final, familias encerradas, un hijo que supuestamente era utilizado como instrumento de presión y una fortaleza destruida por quienes, según la propaganda, representaban la barbarie.
La escena era demasiado poderosa para dejarla pasar. El régimen la convirtió en símbolo, la repitió durante décadas y la incorporó a la educación, al cine, a los discursos oficiales y a la memoria pública. El Alcázar dejó de ser solamente el escenario de un episodio de la guerra para transformarse en una pieza del relato con el que Franco intentó legitimar su victoria.
Por eso, noventa años después, no alcanza con mirar sus ruinas reconstruidas. También hay que preguntarse qué se construyó alrededor de ellas. Porque algunas ruinas desaparecen con el tiempo. Los mitos, en cambio, pueden durar mucho más.
Escritor y abogado. Autor de Sin tu Venia, Un Puente en la Niebla y Espejos Rotos.








