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Opinión 22 07 2020

El miedo al futuro


Autor: Liliana De Riz









Las angustias e incertidumbres provocadas por el coronavirus en una economía derrumbada, responden a preocupaciones profundas, destinadas a ser más duraderas que el desencanto rápido al que somos propensos los argentinos.

El panorama es sombrío también a escala global. El mundo enfrenta una pandemia para la cual no hay remedios ni vacunas. Nunca habíamos visto un presidente tan poco presidencial como Donald Trump, entre otras rarezas. Argentina arrastra agravados sus problemas estructurales. Hoy no tenemos el mundo a favor como en la década pasada en la que gobernar, aún sin ideas claras, era “surfear la ola” de la prosperidad desde un poder concentrado en manos de un liderazgo indiscutido.

A la emergencia económica con la conocida concentración del poder en el Ejecutivo y el uso de medidas discrecionales, se sumó la emergencia sanitaria. La sociedad resignada, sólo espera alivio para tantas desdichas acumuladas. A nadie se le escapa que la nueva administración lleva sólo siete meses y que la magnitud de los desafíos que enfrenta no permite esperar milagros.

La irrupción del virus contribuyó a cerrar filas alrededor de quien conduce el país. Al Presidente se le pide manos firmes y enérgicas para transitar esta pandemia y salir del pozo en que estamos hundidos. Sin embargo, este presidente no es el líder indiscutido de la coalición que lo llevó al poder de la mano de la Vicepresidenta y jefa política de la principal fuerza que lo sostiene.

Es toda una novedad que el Presidente llame a fortalecer el diálogo en el oficialismo en un sistema político que nunca estuvo más equilibrado: sólo siete puntos separan el triunfo del Frente de Todos de Cambiemos, la principal oposición. También es novedad que la Vicepresidenta y ex presidenta maneje las posiciones claves de la administración.

¿Sorprenden las marchas y contramarchas de un presidente que admite equivocarse en temas claves como la organización de la economía y el status de la propiedad privada? Un gobierno bicéfalo dónde todos se preguntan quién manda, transmite una peligrosa fragilidad al edificio institucional. En esta coyuntura, la oposición pierde espacio. ¿Qué alternativas proponer a un gobierno sin plan a la vista?

Tal vez no sean muchos los que recuerden los primeros siete meses de la administración de Carlos Menem, con la economía descontrolada, los rumores de corrupción rampante y amenaza de más golpes militares. Y sin embargo, el presidente mantuvo alta su imagen presidencial.

Los cierto es que en los años 90, otro era el estado de ánimo de la sociedad. Menem siguió siendo popular en medio de una catarata de desastres porque la ilusión de una prosperidad de la mano de privatizaciones y de frondosas inversiones parecía no tener fin.

Lo que Macri no pudo lograr en un contexto mundial cambiado, sin las “joyas de abuela” y con una política social onerosa destinada a paliar la herencia acumulada de pobreza que le dejara la década kirchnerista. Macri, decía Fernando Henrique Cardoso, representa la angustia por lo nuevo y por el cambio. Fue un intento fallido. El humor no era el de los años 90, pero había una tímida esperanza de un cambio que por fin condujera al país a una senda de progreso.

El estado de ánimo imperante hoy se asemeja al de los años 2000, como entonces, la realidad es “de terror”. A los muchos “terrores” se agrega el terror al virus. Una vez más, no sabemos hacia dónde va el país, y además, dudamos acerca de quién lo conduce. Sin hoja de ruta conocida y sin comando indiscutido al frente, con un presidente débil y vacilante, todas las inquietudes se agigantan. Hay hartazgo por tantas desdichas acumuladas en el encierro.

Por si fuera poco, sabemos que el oficialismo rechazó auditar los gastos de la pandemia. Sospechas de oscuros manejos en los entresijos del poder siguen alimentando nuestras desventuras mientras el argentino medio ve cómo se destruye su patrimonio y todos registramos el empobrecimiento. El futuro hoy es visto como pura amenaza. Vivimos en un país sin moneda y sin crédito que condiciona su política exterior a los conflictos domésticos.

Cacerolazos y banderazos protagonizados por minorías activas ejercen un papel censor en medio de un vacío de actores políticos. Siempre es bienvenida la reacción de la sociedad que pone frenos a la discrecionalidad del poder.

El Gobierno no puede desconocer la influencia que ejercen los líderes de opinión críticos y las movilizaciones masivas ,tanto en el país como en el exterior. Tampoco puede acallarlos. Argentina se mueve entre las tendencias autoritarias de un poder bicéfalo y la fuerzas de la protesta social de los que no se resignan a aceptar que los poderes de excepción sustituyan a los poderes de la Constitución y los que se rebelan ante las condiciones de la extrema pobreza a la que están sometidos.

¿Protesta social, eventuales estallidos sociales que remeden 2002? , ¿predominio de la sensatez de una dirigencia que finalmente encuentre en consensos mínimos la ruta para transitar esta fenomenal crisis y alejar el fantasma de caos social? Aun no hay un proyecto común de futuro que alimente la esperanza argentina.

Publicado en Clarín el 22 de julio de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/miedo-futuro_0_Z9CJN7mBv.html