Todo mapa es, en sí mismo, un discurso de poder. Las coordenadas de la cartografía política no nos están ayudando. Nos hallamos en el medio de la fractura de las placas tectónicas ideológicas. La discusión ha pasado de izquierdas y derechas a ultraizquierdas y ultraderechas. Estoy diciendo una obviedad, como también es obvio que carece de atractivo electoral cualquier cosa que se pare en un punto intermedio entre estos polos extremos. El lúcido y lucido escritor español Manuel Vicent suele decir que “a esta altura del debate, ignoro lo que significa ser de izquierda o de derecha y pienso que, más allá de las ideologías, la lucha es por ser demócrata y decente”. Punto, los manuelesvicents del mundo la tenemos difícil.
Si nos limitamos al perímetro de lo vernáculo veremos que la geografía se oscurece. Las dificultades y los desafíos están muy bien diseccionados por Jesús Rodríguez en su artículo “Agenda para una alternativa de cambio político positivo” publicado recientemente en La Nación. Me eximo de reproducir mal lo que ya está dicho bien. Quiero agregarle, sí, la dimensión electoral del atlas nacional.
Como es sabido nuestro electorado se divide básicamente entre un campo inclinado hacia el voto peronista y otro campo con votantes que se sienten más identificados con el no peronismo. Dos miradas antagónicas, dos bloques posibles para la arquitectura de alianzas. El que se divide pierde, desde Manolo Mora y Araujo para aquí. Cuando Javier Milei derrota a Massa está derrotando al campo electoral del peronismo cuyo mascarón de proa es todavía Cristina Kirchner. El crecimiento mileísta tiene múltiples explicaciones, pero un solo hilo conductor: el malogrado Estado nacional, la malograda economía, sus malogrados gobernantes y sus malogradas producciones de bienestar para los argentinos. Insisto: ganó la elección desde la región electoral no peronista, la misma a la que pertenece la UCR, el PRO, la Coalición Cívica, el Socialismo y otros tripulantes. ¡Clank!
Por lo dicho, quien hoy es visto como principal opositor es el peronismo. Y los peronistas son todos peronistas de la misma manera: siguen al conductor o al jefe de turno. Los radicales, en cambio, somos radicales cada uno a nuestra manera. Por ello hacemos uso de nuestras libertades políticas buscando suprimir las disidencias. De esta forma las acciones que sobresalen son las acciones para impedir. Vaya paradoja en una fuerza política que se precia de reformista. ¡Clank!
¿Será que en verdad somos reformistas, pero de lo intangible? Ante todos los debates actuales solemos estar de acuerdo en que hay que cambiar, que la Argentina no puede seguir siendo uno de los cinco países más cerrados del mundo, que es inadmisible tener casi el 40 por ciento de la población debajo de la línea de la pobreza, que hace décadas que no crecemos, que no generamos valor, que no creamos empleo, que somos los campeones mundiales de la inflación, que el deterioro de la educación no da para más, que somos el país con más carga impositiva del cosmos y varios etcéteras más. Pero cuando tenemos que analizar cada caso, cada política, cada decisión, resistimos las transformaciones y la mayoría de las veces lo hacemos con argumentos que proceden del fondo del siglo XX. Preocupados por brillar en los micropúblicos de ocasión, desestimamos la construcción de representación política y social. ¡Clank!
Por supuesto que estamos incómodos con un gobierno que descalifica el diálogo, construye con garrotes, denigra a nuestros líderes históricos, se jacta de cierta crueldad de procedimientos, alcanza objetivos macroeconómicos poco sustentables en el tiempo, carece de una visión de desarrollo, utiliza retóricas de alcantarillas y conserva las mismas tendencias populistas que su antecesor. La cuestión no menor es que este gobierno ha sido votado por una mayoría que antes votaba a Alfonsín, a De la Rúa y a Macri, todos presidentes que rivalizaron con los candidatos del peronismo de turno. ¡Clank!
Para concluir con esta somera descripción, los radicales hemos perdido la capacidad de dialogar entre nosotros, lo que nos lleva a estacionarnos en el mejor peor lugar, una suerte de auto-encerrona que nos impide ver más allá. Ni más acá. Aun así, hasta el mejor peor lugar del mundo tiene una salida.
Jesús Rodríguez indica algunos de los senderos a seguir: un país integrado a la región y al mundo, estabilidad macroeconómica sostenible, una sociedad equitativa, un Estado responsable, transparencia de la información, la revolución tecnológica vista como una oportunidad, inversión privada más dinámica con mayor proyección y potencial de crecimiento, y valores y aspiraciones comunes que saquen a la Argentina del atraso y de la frustración.
Me permito agregar un párrafo de estilo (y hasta de ética). Para abandonar el mejor peor lugar es imprescindible acudir a las normas de la buena vecindad, que consisten en disimular las diferencias y exagerar las semejanzas. También dejar afuera los egos y las jactancias vacuas fundadas en menguados espacios de poder relativo. Hablémonos con el corazón y la razón, y sin gritar. Las reformas sostenibles son posibles sólo a partir de los acuerdos. Hasta los líderes más intransigentes son negociadores natos. Acotemos las nostalgias que ya parecen anclas, lloramos por el pasado perdido cuando no hay presente.
Salir del mejor peor lugar es una posibilidad, pero una posibilidad no es un destino. El destino hay que construirlo, ya lo hemos hecho en otras adversidades. Las tareas urgentes son: el armado de un Comité Nacional con presencia y diálogo (cada constitución de un nuevo Comité Nacional es una forma de autorretrato partidario), la unificación de los bloques de diputados y senadores nacionales; la convocatoria abierta a debatir la hoja de ruta a seguir. Objetivos obvios, mínimos y básicos, aunque no tan accesibles, ya que, si lo fueran, no estaríamos en el mejor peor lugar del mapa político. La calidad del resultado será consecuencia de la calidad de la conversación que seamos capaces de producir. Los debates entre populismos, está demostrado, no han mejorado la calidad de la política. Si no somos capaces de estas tareas urgentes es que, simplemente, no somos capaces. Seguiremos habitando el mejor peor lugar del mapa político.








