Por Dario Salinas
Enero de 2026. Donald Trump reitera con insistencia su voluntad de adquirir Groenlandia, invocando una “prioridad de seguridad nacional” ante lo que describe como la amenaza china en el Ártico. La propuesta, que ya había generado controversia durante su primer mandato en 2019, regresa ahora con mayor intensidad retórica y en un contexto geopolítico transformado. Pero ¿responde esta ambición realmente a imperativos defensivos, o encubre objetivos estratégicos de otra naturaleza?
Un análisis cartográfico permite descomponer los distintos factores que confluyen en este renovado interés estadounidense. La isla más grande del mundo, con 2,16 millones de km² —aunque el 81% permanece bajo hielo—, alberga apenas 56.000 habitantes en asentamientos costeros sin conexión terrestre entre sí. Pese a esta aparente marginalidad, las motivaciones de la Administración Trump no se agotan en la contención de China; se entrelazan con la competencia global por recursos minerales críticos, las oportunidades abiertas por el cambio climático y la reconfiguración de las rutas comerciales árticas. Comprender la complejidad de este espacio geográfico exige ir más allá de la retórica oficial.
El argumento securitario: una presencia china limitada
La Casa Blanca justifica su interés en Groenlandia por la necesidad de contrarrestar lo que presenta como una creciente influencia china en el Ártico. Es cierto que el Gobierno chino, que en 2018 se autodeclaró “Estado cercano al Ártico”, ha incrementado sus capacidades en la región mediante la construcción de rompehielos y la promoción de una “Ruta de la Seda Polar”. Sin embargo, China cuenta apenas con tres rompehielos frente a la flota de más de cuarenta que opera Rusia, y la presencia física china en el propio territorio groenlandés resulta considerablemente más modesta de lo que sugiere el discurso de la Casa Blanca.
Los intentos de penetración económica china en la isla han encontrado obstáculos recurrentes. En 2018, cuando China Communications Construction Company se postuló para financiar la extensión de los aeropuertos de Nuuk e Ilulissat, el Ejecutivo danés intervino directamente para asumir el proyecto, evitando así un control chino sobre infraestructuras consideradas críticas. Un patrón similar se observó en 2016, cuando la empresa General Nice, con sede en Hong Kong, intentó adquirir una base naval danesa en desuso en Grønnedal. Por aquel entonces, el Gobierno danés bloqueó la operación invocando razones de seguridad nacional.
Otros proyectos extractivos con participación china han corrido suertes diversas, pero ninguno ha llegado a materializarse. La licencia para desarrollar la mina de hierro de Isua, adquirida por General Nice en 2015, fue revocada por el Gobierno groenlandés en 2021 tras años de inactividad e impagos. El proyecto de zinc del fiordo Citronen, donde NFC (China Nonferrous Metal Industry) había firmado un protocolo de acuerdo en 2014, perdió impulso y sus promotores acabaron orientándose hacia inversores estadounidenses. En cuanto al yacimiento de tierras raras de Kuannersuit, en el sur de la isla, el restablecimiento en 2021 de la prohibición de extracción de uranio, presente junto a las tierras raras, ha paralizado de facto el proyecto, pese a la participación del grupo chino Shenghe Resources como accionista. La empresa matriz, Energy Transition Minerals, reclama actualmente 11.500 millones de dólares en compensación mediante arbitraje internacional.
Este historial de tentativas frustradas matiza considerablemente la narrativa de una “omnipresencia china” que amenazaría la seguridad estadounidense. La urgencia invocada por la Administración Trump contrasta, además, con la posición consolidada que Estados Unidos ya mantiene en la isla. La base aérea de Pituffik, conocida anteriormente como Thule, constituye la instalación militar estadounidense más septentrional y opera de forma ininterrumpida desde la Guerra Fría. Su radar de alerta temprana forma parte del sistema de defensa antimisiles de América del Norte. Además, Estados Unidos dispone de acuerdos con el Gobierno danés que permitirían ampliar esta presencia si lo considerara necesario.
Una oportunidad climática
El interés por Groenlandia no puede desvincularse de las transformaciones que el cambio climático está operando en el Ártico. El retroceso acelerado del casquete glaciar groenlandés abre perspectivas que hace décadas resultaban impensables. Entre 1979 y 2024, la extensión de la banquisa estival se ha reducido aproximadamente a la mitad de los valores registrados en los años ochenta, liberando zonas costeras y facilitando el acceso a territorios hasta ahora inaccesibles.
Esta evolución tiene consecuencias directas sobre los recursos naturales. Vastas extensiones de Groenlandia, actualmente cubiertas por glaciares, albergan yacimientos minerales cuya explotación resultaba técnica y económicamente inviable. A medida que el hielo retrocede, estas reservas se tornan progresivamente accesibles. Paralelamente, la reducción del hielo marino amplía la ventana de navegabilidad de los corredores árticos, como el Paso del Noroeste canadiense, que permite ahorrar hasta dos semanas respecto a la ruta por Panamá, o la Ruta del Mar del Norte siberiana, que reduce a la mitad el trayecto entre Asia y Europa.
En este contexto, controlar Groenlandia adquiere una dimensión prospectiva. No se trata únicamente de la situación presente, sino de anticipar un escenario en el que el Ártico se convierta en un espacio de tránsito comercial y extracción de recursos comparable a otras regiones estratégicas del planeta. Estados Unidos carece de costa ártica significativa más allá de Alaska, mientras que Rusia concentra más de la mitad del litoral ártico y Canadá otra cuarta parte. Las rutas árticas aún operan con ventanas de navegación limitadas, pero los modelos climáticos proyectan veranos esencialmente libres de hielo antes de mediados de siglo. Groenlandia, con sus más de 44.000 kilómetros de costa, ofrecería a Estados Unidos una puerta de entrada privilegiada a este nuevo espacio de competencia global.
El imperativo mineral: la verdadera carrera
Si el argumento securitario merece ser matizado y el factor climático opera a medio plazo, existe una motivación inmediata que explica con mayor precisión la insistencia estadounidense: el acceso a minerales críticos. Groenlandia alberga 25 de los 34 minerales que la Unión Europea ha clasificado como críticos para la transición energética y tecnológica, incluyendo tierras raras, grafito, cobalto y cobre. Sus reservas de tierras raras, estimadas en 1,5 millones de toneladas métricas, son comparables a las estadounidenses y superiores a las canadienses. Yacimientos como Kvanefjeld concentran neodimio, disprosio y terbio, elementos esenciales para la fabricación de imanes de alta potencia.
Esta riqueza geológica adquiere relevancia estratégica cuando se examina la estructura actual del mercado. China controla aproximadamente el 90% de la capacidad global de refinado de tierras raras, elementos indispensables para la fabricación de turbinas eólicas, vehículos eléctricos, sistemas de guiado militar y prácticamente cualquier dispositivo electrónico avanzado. El Gobierno chino ha utilizado esta posición dominante como instrumento de política exterior, imponiendo cuotas de exportación que condicionan las cadenas de suministro occidentales. En 2010, durante una disputa territorial con Japón, restringió temporalmente las exportaciones de tierras raras, provocando una escalada de precios que evidenció la vulnerabilidad de las economías dependientes.
Estados Unidos ha experimentado directamente esta vulnerabilidad. La dependencia de importaciones chinas para componentes esenciales de su industria de defensa y tecnológica representa una fragilidad estructural que las sucesivas administraciones han intentado abordar. Los esfuerzos por desarrollar capacidades extractivas domésticas (las minas de Mountain Pass en California, los proyectos de Vulcan Elements o las instalaciones de reciclaje de ReElement Technologies) constituyen pasos en esa dirección, pero resultan insuficientes para alterar la ecuación a corto plazo.
La integración de Groenlandia en el espacio económico estadounidense ofrecería una solución más directa. Las reservas groenlandesas, si llegaran a explotarse a escala significativa, proporcionarían a Estados Unidos una fuente de suministro propia, reduciendo la exposición a las restricciones chinas y fortaleciendo su autonomía estratégica en sectores clave. Esta lógica se inscribe en una tendencia más amplia de la política exterior reciente, observable también en los acuerdos mineros firmados con Ucrania tras la invasión rusa, orientados a asegurar el acceso a materias primas críticas mediante alianzas bilaterales.
Sin embargo, la distancia entre las reservas y su explotación efectiva es considerable. Groenlandia carece de carreteras entre sus asentamientos, dispone de infraestructura portuaria limitada y actualmente solo opera una mina en todo su territorio, dedicada a la extracción de anortosita para aislamiento térmico. El riesgo político, tras la revocación de licencias como la de Kuannersuit, ha deteriorado la confianza inversora. Los analistas estiman un horizonte de diez a quince años y una inversión de miles de millones de dólares antes de que cualquier proyecto de tierras raras alcance la fase de producción. Y aun entonces, el mineral extraído tendría que enviarse a China para su procesamiento, dado el monopolio chino sobre las capacidades de refinado.
Dilemas europeos en la rivalidad ártica
La insistencia de la Administración Trump sobre Groenlandia revela una distancia considerable entre el discurso oficial y las motivaciones subyacentes. La retórica de la amenaza china cumple una función legitimadora, proporcionando una narrativa comprensible para la opinión pública. Pero la presencia china real en Groenlandia, como hemos visto, es limitada; lo que verdaderamente inquieta al Gobierno estadounidense es el dominio chino sobre las cadenas de valor de los minerales críticos, no su implantación física en la isla.
El cambio climático actúa como catalizador, transformando un territorio periférico en un espacio de creciente relevancia estratégica. Y los minerales críticos constituyen el núcleo material del interés. Sin ellos, la transición energética occidental queda condicionada a decisiones adoptadas por el gobierno chino.
Para el Ejecutivo danés y el Gobierno autónomo groenlandés, esta convergencia de presiones plantea dilemas importantes. La economía groenlandesa depende en un 50% de los subsidios daneses (unos 600 millones de dólares anuales) y las exportaciones pesqueras representan casi una cuarta parte de su PIB. La relación con Estados Unidos es una pieza central de la arquitectura de seguridad danesa, pero las propuestas de adquisición territorial chocan tanto con el derecho de autodeterminación groenlandés como con la sensibilidad del Gobierno danés ante injerencias en su espacio de soberanía. El debate sobre el futuro estatutario de Groenlandia (que ya cuenta con un ejecutivo autónomo con amplias competencias) se intensificará previsiblemente en los próximos años.
Para la Unión Europea, el caso plantea un dilema adicional. Dinamarca es Estado miembro; Groenlandia, aunque fuera del espacio comunitario desde 1985, mantiene acuerdos de asociación con las instituciones europeas. Una presión sostenida de la Administración estadounidense sobre este territorio obligaría al Consejo Europeo a definir una posición colectiva, exponiendo las divergencias entre gobiernos más atlantistas y aquellos que defienden una mayor autonomía estratégica. Si los Estados miembros se mostraran incapaces de articular una respuesta común ante presiones sobre el espacio de soberanía de uno de ellos, quedaría en entredicho la propia viabilidad de un proyecto de integración que aspira a ser actor geopolítico.
Lo que el caso groenlandés ilustra con claridad es la centralidad que los recursos naturales, y particularmente los minerales críticos, han adquirido en la competencia geopolítica contemporánea. La transición energética, lejos de despolitizar el acceso a materias primas, está generando nuevas formas de dependencia y rivalidad. En este contexto, territorios antes considerados periféricos adquieren una relevancia inesperada. Groenlandia es hoy uno de esos espacios donde la competencia por recursos críticos se territorializa, y donde el resultado dependerá tanto de las decisiones de las grandes potencias como de la capacidad de los actores locales para defender sus propias prioridades.
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