Por Eva Valle.
La capacidad de influencia internacional de un país está estrechamente vinculada con su peso económico, ya que es este el que determina su margen de actuación en ámbitos como seguridad, defensa, comercio, capacidad de innovación, ayuda al desarrollo o política exterior. En ese sentido, el producto interior bruto (PIB) se utiliza habitualmente como proxy para medir esa potencia relativa, puesto que, al recoger el volumen total de bienes y servicios producidos, refleja los recursos disponibles para sostener las políticas citadas y, de esta forma, ejercer liderazgo internacional. Aunque no es un indicador perfecto —pues no capta explícitamente factores cualitativos como la estabilidad institucional o las decisiones sobre tecnologías específicas—, el PIB sí ofrece una referencia objetiva y comparable que permite entender por qué las economías más grandes suelen ocupar posiciones dominantes en la geopolítica global.
Si observamos la evolución del PIB de las tres principales áreas del mundo en el primer cuarto del siglo XXI, resulta evidente el significativo aumento de peso de China. En dólares corrientes, China casi ha igualado ya el PIB de la Unión Europea, alcanzando los 18.700 millones de dólares en 2024, aunque continúa a gran distancia de Estados Unidos con un PIB de más de 29.000 millones de dólares.
Consideremos ahora el PIB en paridad de poder adquisitivo como referencia, un indicador que tiene en cuenta las diferencias de precios entre países y que nos da una mejor visión de la cantidad de bienes y servicios que se producen en un país, aunque es un peor indicador de la capacidad financiera que el PIB corriente. En este caso, ya en 2017 China superó tanto a Estados Unidos como a la Unión Europea. 
Además, los gráficos muestran que, mientras la evolución del PIB chino ha seguido una senda de ascenso muy dinámica y continuada en el tiempo, el de la UE muestra un comportamiento mucho menos dinámico (incluso cierto estancamiento), sobre todo, desde la Gran Recesión. El PIB de Estados Unidos, por su parte, tras el bache del COVID-19 ha seguido en claro ascenso, aumentando su diferencial con la UE.
Como resultado de lo anterior, Estados Unidos en 2024 sigue siendo la primera economía del mundo, con un peso de más del 26% del PIB global, tras cambiar en 2012 la tendencia de pérdida de peso global que había iniciado a principios de los 2000. A continuación, se sitúa China, cuyo PIB supone ya casi el 17% del PIB mundial, cuando en 1990 representaba poco más del 1,5%. El PIB de la UE, la tercera economía del mundo, supone en la actualidad un 17,5% del total porcentaje que lleva descendiendo casi continuamente, desde mediados de los años 2000.

Todo lo anterior tiene un reflejo claro en ámbitos específicos: por ejemplo, en la evolución geográfica y sectorial de la clasificación de las grandes empresas multinacionales en este primer cuarto de siglo. La conclusión, a partir de los datos, es consistente con el actual dominio y recuperación de peso de los Estados Unidos, con el creciente protagonismo de la economía china en la esfera internacional y con la pérdida de peso de Europa.
Si analizamos primero cómo ha cambiado la distribución geográfica de las cien mayores empresas del mundo por capitalización bursátil desde principio de siglo hasta la actualidad, observamos que, aunque en el año 2000 Estados Unidos dominaba ya la tabla, la clasificación estaba entonces más equilibrado que hoy. Con pequeñas variaciones según las fuentes, en el 2000, algo menos de la mitad de las empresas del top cien —unas 45— eran estadounidenses; había una fuerte presencia de empresas de la Unión Europea (unas treinta) y una casi ausencia de empresas chinas (una o dos). Sin embargo, en 2025, la foto es muy distinta: casi el 70% de las empresas del top cien es estadounidense, China tiene unas diez y el peso relativo de la Unión Europea es mucho menor que a comienzos de siglo, con unas doce a quince empresas entre las cien primeras del mundo.
Pero, además de la evolución geográfica, es interesante observar la evolución sectorial, donde también se produce un cambio estructural muy significativo. En el año 2000 existía un cierto equilibrio entre empresas energéticas, financieras y de telecomunicaciones o tecnológicas en los cien primeros puestos, con pesos de cada sector de entre un 20% y un 25%. A partir de mediados de los 2010 se empieza a observar un aumento del protagonismo de las empresas de fuerte vinculación tecnológica (plataformas, chips, semiconductores, etc.) que, en la actualidad, representan, variando según las fuentes y métricas utilizadas, entre un 60 y un 70% de las empresas del ranking.
Si combinamos las perspectivas sectorial y geográfica, en 2025 el dominio de Estados Unidos está precisamente muy concentrado en empresas que se han visto impulsadas por el auge tecnológico (o que lo impulsan), aunque la presencia del sector financiero es aún importante; China concentra sus empresas punteras en banca y tecnología y la Unión Europea, a pesar de la pérdida de peso, mantiene su liderazgo en sectores de bienes de lujo, farmacéutico y tecnología industrial, es decir, sectores que eran dominantes en los siglos XIX y XX.
Si nos centramos ahora en el top diez de las empresas a nivel mundial por capitalización bursátil y comparamos cómo ha cambiado entre diciembre del año 2000 y diciembre del año 2025, las conclusiones anteriores se ven también corroboradas, tanto en lo relativo al cambio estructural a nivel sectorial como al dominio indiscutible de Estados Unidos (en verde en los gráficos siguientes).

En el top diez en 2000, la mezcla sectorial es clara, con tres empresas tecnológicas, dos de telecomunicaciones, dos energéticas, un gran conglomerado industrial, una de distribución minorista y una farmacéutica. Ya en aquel momento, EE. UU. dominaba el top diez.

En 2025, sin embargo, la foto sectorial que refleja el top diez es muy distinta: nueve de las diez son empresas vinculadas a la tecnología, lo que refleja el aumento del protagonismo del software, los chips, la inteligencia artificial y las grandes plataformas; de ellas, solo una, TSMC no es estadounidense; la única excepción al dominio tecnológico en este top diez es Saudi Aramco, que empezó a cotizar en 2019.
Del análisis anterior se deduce que la competencia en tecnología es, en la actualidad, uno de los principales motores de influencia y hegemonía global. Ello es porque las grandes multinacionales tecnológicas controlan infraestructuras esenciales (cloud y plataformas digitales) para vertebrar servicios públicos, financieros e, incluso, militares; asimismo, poseen y controlan gran cantidad de datos, lo que les otorga gran influencia en los mercados; tienen una escala sin precedentes derivada, en muchos casos, de su carácter esencial y de las economías de red en las que basan su éxito; y cuentan con una capacidad de innovación crítica. Todos estos son factores que determinan la capacidad de competir internacionalmente de los países de los que proceden, les dotan de resiliencia estratégica y de capacidad de negociación.
Estados Unidos —gracias a su escala y capacidad de innovación e inversión— y, a distancia todavía, China —con una política deliberada de incorporarse desde el principio a la revolución tecnológica actual— lideran el ranking de multinacionales que son fundamentalmente tecnológicas. Mientras, la Unión Europea pierde peso global y también lo hace en los sectores que más determinan la capacidad de innovar, crecer e influir.
Ante este panorama, Europa debe actuar con celeridad. En primer lugar, es necesario que compita con su tamaño y escala, lo cual requiere contar, de una vez, con un verdadero mercado interior eliminando las barreras existentes a todos los niveles y el exceso de regulación; asimismo ese aumento de tamaño y escala requiere contar con un mecanismo de toma de decisiones eficiente y ágil que sea consistente con esa unidad de mercado. En segundo lugar, ante la evidencia de que Europa está perdiendo la batalla tecnológica, debe plantearse dónde invertir: si conviene hacerlo en infraestructura esencial ya existente, aunque desarrollada por terceros, o si es posible articular alianzas estratégicas y bajo qué condiciones para garantizar un uso seguro de esas infraestructuras. En todo caso, debería concentrarse en nuevos nichos de mercado complementarios a lo ya existente, que permitan explotar sus ventajas comparativas.
De forma paralela, Europa debe ser capaz de usar la principal baza que tendría, por tamaño y relevancia global, para competir frente a la concentración tecnológica en Estados Unidos y Asia; esto es, su capacidad de fijar estándares y condiciones a las grandes tecnológicas para instalarse o acceder al mercado de la Unión Europea; pero para ello es necesario, una vez más, desarrollar con urgencia mecanismos de decisión ágiles y criterios unánimes que permitan ejercer, como uno solo, este poder de mercado.
Por último, Europa tiene grandes fortalezas adicionales que debe explotar mucho más; al menos dos: un capital humano de calidad y una gran capacidad de generación de ahorro de la que otros, fundamentalmente Estados Unidos, se están beneficiando para financiar sus inversiones. Europa debe ser capaz de canalizar ese ahorro y utilizar su capital humano de calidad en su propio beneficio.
Todo ello representa un reto para la Unión Europea, no tanto por incorporarse con retraso a esta competición tecnológica, sino por lo que supone de enfrentarse a decisiones largamente postergadas.
Link https://agendapublica.es/noticia/20484/mapa-poder-economico-global-2025-reto-europa?utm_source=Agenda+Pública&utm_campaign=9e78663cff-EMAIL_CAMPAIGN_2020_10_08_05_49_COPY_01&utm_medium=email&utm_term=0_452c1be54e-9e78663cff-567855179







