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El libro del millón de euros

Samanta Schweblin ganó hace muy poco un premio de un millón de euros por El buen mal, un libro de seis cuentos cuyos nombres -el de ella y el del libro-, incluidos en los cables de agencias, recorrieron los titulares de los diarios.

(Error: ningún nombre -ni el de ella ni el del libro- alcanzó ningún titular, porque los titulares hablaban, en verdad, de euros. Decían más o menos así: “Escritora argentina gana un millón de euros”. La noticia corrió como un reguero de pólvora por las redacciones del mundo. Un millón de euros por seis cuentos. Seis cuentos, un millón de euros.

Es posible ver a Samantha Schweblin en fragmentos videográficos subidos a redes y sitios, sumamente emocionada, pronunciando fragmentos de un discurso cuyo armado más o menos final – visto a fuerza de juntar los cachos- suena muy verdadero: Schweblin dice, casi llorando, que lo que uno quiere es vivir y trabajar sin angustias económicas. Que esa era su ilusión, (una ilusión bien argentina). Y que, con el premio se le realizaba el sueño.

Hace algunas décadas -diez años más, diez menos, qué importa- a un editor español se le escaparon sin querer unas palabras indiscretas sobre los premios literarios. (No se darán nombres porque la fuente es tan vieja que apenas puede citarse de memoria y tal vez hasta sea injusta. O tal vez, no tanto: posiblemente se trate de una entrevista publicada en el suplemento literario Babelia del diario El País).

La cosa había sido así. La editorial de este hombre otorgó un prestigioso premio literario a un escritor de más de sesenta años que había escrito su primer libro y que ese libro había resultado ganador. Además, el fortunado sexagenario había trabajado dentro de la editorial y -aún más- había sido amigo del editor y que, sin embargo, por sobre todas las cosas, el editor no había querido publicar el libro de su amigo porque -y aquí viene lo rico, lo espeso, de la anécdota- “un escritor de más de sesenta años no tiene carrera por delante” y por lo tanto “no es negocio para la editorial”.

¿Se está poniendo aquí en juicio los derechos de El buen mal a ganar el premio innominado del millón de euros? ¿Lo merecía más el consagrado escritor español Enrique Vila Mata, quien a los 78 años integra la foto de los nominados al millón de euros que él pierde a manos de una argentina de 48? ¿O podría haber ganado el millón de euros la brasileña Ana Paula Maia de 49 años, autora de la furibunda Así en la tierra como debajo de la tierra?

No. (O tal vez, sí. Pero nada le impide ganar a El buen mal).

El buen mal es así, de entrada, un juego de palabras. Ninguno de los seis cuentos le da nombre al libro. No hay un cuento El buen mal. Por lo tanto, el buen mal los sobrevuela y los reúne a todos.

El buen mal es un libro incómodo. De los más incómodos que se puedan haber leído en la vida. Es incómodo porque se mete con las varias formas con las que la vida es interrumpida por la muerte; la muerte subjetiva de la que no sabemos, la que no esperamos, la que puede suceder, la que a medida que vivimos se nos acerca como la bola que persigue a Indiana Jones.

El libro corre con la velocidad que tienen los cuentos, y cada cuento se desliza como en patines sobre hielo hacia el desenlace. Aun así, los cuentos son largos, alguno con el largo aliento de una nouvelle pero ninguno con la morosidad de una novela. Sin embargo, en El buen mal hace falta detener la lectura y regresar hacia donde se está yendo en esa correntada rápida de palabras. Schweblin imagina ¿reconstruye? como un monstruo (ella es, como escritora, monstruosa), escenas pensadas en ráfagas que mezclan morbo y terror pero que no se pueden razonar: ¿cómo es ahogarse, o suicidarse, o escuchar morir a un hijo, o a un hermano?

El libro es rápido y lento a la vez. Se escurre como la vida de un degollado. Es posible recorrerlo rápido a la busca -o a la espera- de una explicación, de un final, de una noticia. No la hay: es eso, sin más sentido que el absurdo repentino que es la vida.

Hay un buen mal.  Samantha Schweblin es optimista sobre el estatuto de la muerte: hay vida después. No es paradisíaca, no hay redención. Es otra vida: ectoplasmática. ¿Cuál es el buen mal? ¿Este valle de lágrima o la sobrevida fantasmal que se nutre de la culpa o del miedo?

Léanlo sin hacerle caso a nadie (salvo a mí). Durante la lectura, vuelvan hacia atrás. Van a ver que en el inicio de cada cuento ya está encerrada la trama y solapada la peripecia. Es esa inminencia de que algo que asoma no está bien, que distrae dándole vueltas al cotidiano y no se ve más hasta que sucede.

Y en cada final, se respira. No se trata de la muerte sino de las vidas después de la muerte.  Porque mientras se va leyendo, se comienza a producir branquias, a respirar, en una literaria adaptación anfibia, en un pasaje asfixiante desde la vida hacia la muerte y, de ahí, al aire raro de la supervivencia.

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