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El fin del imperialismo

¿Qué hay detrás del nuevo desorden mundial de Trump?

Traducción Alejandro Garvie

Si alguna vez te has preguntado qué se puede comprar con tres mil millones de dólares en bombas y misiles, ya no tienes que preguntártelo. En las primeras cien horas de la Operación Furia Épica, Estados Unidos lanzó municiones por un valor aproximado de esa cantidad contra Irán, alcanzando casi dos mil objetivos. Esto les permitió a Estados Unidos e Israel obtener prácticamente el control total del espacio aéreo iraní, lo que les permite desatar muerte y destrucción desde el cielo durante todo el día, según alardeó Pete Hegseth, el Secretario de Defensa. “Los estamos golpeando cuando están en el suelo”.

¿Por qué está sucediendo esto? Esa es una pregunta razonable (y, según Google Trends, una pregunta frecuente en Estados Unidos). Pero Estados Unidos lleva preocupado por Irán desde 1979. Ese fue el año en que los revolucionarios derrocaron al régimen iraní del monarca respaldado por Estados Unidos, estableció una república islámica y tomó como rehenes a decenas de personas dentro de la embajada estadounidense. Desde entonces, ambos países se encuentran inmersos en un enfrentamiento que se ha prolongado más que la Guerra Fría. Quizás la verdadera pregunta sea: ¿Por qué sucede esto solo ahora?

Los presidentes estadounidenses han tenido a Irán en el punto de mira durante décadas. Cuando Bill Clinton advirtió sobre los “estados rebeldes” en la década de 1990, Irán fue el primer ejemplo que mencionó. Cuando George W. Bush habló de un “eje del mal” de tres países en 2002, Irán formaba parte de él. En 2019, Donald Trump designó al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán como organización terrorista, siendo la primera vez que se designaba así al ejército de otro país.

Tampoco está claro que Kamala Harris hubiera revertido esa designación de haber ganado las elecciones de 2024. Cuando se le preguntó quién era el mayor adversario de Estados Unidos, respondió que la respuesta era obvia. Irán, explicó, tiene “sangre estadounidense” en sus manos.

Sea lo que sea que haya frenado la guerra, no ha sido la falta de capacidad estadounidense. El conflicto actual demuestra la enorme desigualdad entre ambas potencias: Estados Unidos ataca objetivos a su antojo, mientras que Irán es incapaz de lanzar misiles cerca de Norteamérica. “Esto nunca se concibió como una lucha justa”, observó Hegseth. Sin embargo, esto no es nuevo. Los aviones estadounidenses podrían haber desatado una lluvia de bombas sobre Irán en cualquier momento de las últimas décadas.

Esa posibilidad ha estado latente en el subconsciente nacional. Durante la crisis de los rehenes, se manifestó en una canción. “Vamos a apretar el botón grande”, cantaron los Baritone Dwarfs. La canción de Dick Allen, “¡Vete al infierno, ayatolá!”, se dirigía directamente al nuevo líder supremo de Irán: “Cuando acabemos con tu nación, hijo, no quedará nada más que arena”.

La canción más popular, “Bombardeen Irán”, tiene la melodía del clásico doo-wop “Barbara-Ann”. Existen varias versiones, una de las cuales aboga por convertir Irán en un estacionamiento.

En 2007, un votante le preguntó al candidato presidencial John McCain cuándo Estados Unidos abandonaría la diplomacia y enviaría finalmente un mensaje por correo aéreo a Teherán. McCain se rio entre dientes y empezó a cantar “Bombardeen Irán”.

Pero esto era una broma infantil, propia de canciones de humor.

Estados Unidos no había bombardeado Irán hasta la llegada de Trump. Irán tampoco había atacado directamente a Estados Unidos. Un incidente cercano ocurrió en 1988, cuando, durante algunas escaramuzas marítimas entre ambos países, un crucero lanzamisiles estadounidense derribó un vuelo de Iran Air con doscientos noventa pasajeros y tripulantes a bordo. Sin embargo, fue un accidente, y el presidente Ronald Reagan envió a los líderes iraníes una nota expresando su profundo pesar. En casi medio siglo de amenazas grandilocuentes, Estados Unidos e Irán nunca habían librado una guerra. Las razones de ello se están volviendo cada vez más claras. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, Estados Unidos busca supervisar los asuntos mundiales.

Esto implicaba interpretar los intereses estadounidenses de forma amplia, de modo que casi cualquier cosa, en cualquier lugar, podía considerarse relevante para la seguridad nacional. Como lo expresó el Informe de la Comisión del 11-S: “La patria estadounidense es el planeta”.

Esa misión global, a su vez, ha requerido una justificación que los aliados pudieran aceptar. “El mundo no se organiza solo”, afirmó Joe Biden. Necesita a Estados Unidos “a la cabeza” para hacer cumplir las reglas. Ningún otro país puede defender eficazmente la libertad, la democracia y los derechos humanos.

La arrogancia de todo esto quedó especialmente clara cuando George W. Bush, impulsando lo que él denominó una “agenda de libertad”, invadió Irak y derrocó a Saddam Hussein. Fue contra esta cruzada que Donald Trump hizo campaña. Prometió anteponer a Estados Unidos y aceptar el mundo caído tal como estaba. La intervención solo se justificaba si existía una “amenaza directa a nuestros intereses nacionales”, sostenía, incluso entonces, “más nos valía tener un plan infalible para ganar y retirarnos”. Hasta este año, se podía argumentar que este sentido de misión reducido hacía que Trump fuera menos propenso a iniciar guerras.

Ya no. A pesar de toda la temeridad al estilo Bush que engendró la hegemonía estadounidense, también impuso límites. Los presidentes anteriores se abstuvieron de atacar a Irán por temor a dañar la legitimidad de Estados Unidos o sus intereses, en un sentido amplio.

A Trump, sin importarle mucho ninguna de las dos cosas, se ha embarcado en un conflicto importante con una despreocupación asombrosa; la secretaria de prensa de la Casa Blanca explicó que Trump actuó por una “intuición” de que Irán atacaría.

Sus compromisos mínimos, en lugar de dar lugar a una política exterior moderada, han rebajado el umbral de la guerra. Peter Beinart, escribiendo en el Times, describió recientemente la política exterior de Trump como “imperialismo”. Sin embargo, el imperialismo busca un imperio, un control. El imperialismo clásico pretendía unir lugares dispares bajo una vasta estructura administrativa, impulsada por una misión civilizadora. No es difícil atribuir la acusación de “imperio” a los predecesores de Trump, quienes han custodiado celosamente el control estadounidense del sistema mundial. Pero lo que llama la atención de Trump es su indiferencia ante los resultados en el extranjero.

Podríamos llamarlo nihilismo del cambio de régimen; no podemos llamarlo imperialismo.

Cuando Estados Unidos atacó las instalaciones nucleares de Irán en junio del año pasado, Trump publicó un video de bombarderos lanzando sus cargas útiles al son de “Bombardeen Irán”. Al iniciar esta guerra, Trump no solo ha causado una enorme destrucción, sino que también se ha liberado de las cargas del imperio.

Aunque la enemistad entre Washington y Teherán surgió en 1979, las semillas se sembraron en la década de 1950. Fue entonces cuando el primer ministro iraní, Mohammad Mosaddegh, acaparó los titulares al nacionalizar el petróleo de Irán, recuperando las ganancias que habían ido a parar mayoritariamente a Gran Bretaña. En 1952, la revista Time nombró a Mosaddegh Hombre del Año.

Los británicos querían la destitución de Mosaddegh. Pero el presidente Dwight Eisenhower vio en Mosaddegh – un liberal popular, educado en Occidente y amigo de Estados Unidos – una figura prometedora. “Me gustaría darle diez millones de dólares”, le dijo al Secretario de Asuntos Exteriores británico.

Solo apelando a preocupaciones más amplias, al tablero de ajedrez global, los británicos lograron convencer a Eisenhower. Temiendo que Mosaddegh pudiera desestabilizar Irán inadvertidamente, lo que les daría una oportunidad a los soviéticos, Eisenhower autorizó un golpe de Estado en 1953. La CIA difundió noticias negativas, contrató a actores de falsa bandera y persuadió al monarca constitucional de Irán, el Shah, para que arrestara a Mosaddegh y reafirmara su poder real. La operación fue un éxito rotundo. “¡Le debo mi trono a mi Dios, a mi pueblo, a mi Ejército y a ustedes!” le dijo eufórico el Shah a su contacto de la CIA.

Este fue el gran éxito de la CIA. Estados Unidos acababa de librar una guerra sangrienta, costosa e inconclusa para repeler el comunismo en Corea. Derrocar a Mosaddegh, en cambio, fue una victoria contundente por tan solo unas cuantas bolsas de dinero. La agencia se lanzó a una ola de ataques. La politóloga Lindsey O’Rourke ha contabilizado sesenta y cuatro ocasiones en las que Estados Unidos intentó derrocar secretamente a un gobierno o influir en una elección durante la Guerra Fría.

Más de dos tercios de estos intentos fueron, como el golpe de Estado en Irán, en apoyo de regímenes autoritarios. Era crucial que todo esto se llevara a cabo en la oscuridad. Si las acciones de la CIA en Irán salieran a la luz, Eisenhower señaló que Estados Unidos se vería “avergonzado” en Oriente Medio, y su capacidad para influir en la política de la región a bajo costo desaparecería casi por completo. En otras palabras, el secreto era el precio de la legitimidad. Y la legitimidad era la condición previa para la primacía estadounidense.

Inicialmente, esto pareció funcionar. Aun cuando la injerencia estadounidense avivaba la ira en el extranjero, el Shah se mantuvo firme y siguió vendiendo petróleo. El problema era que esta postura lo desequilibraba internamente. Su crítico más acérrimo, un ayatolá llamado Ruhollah Khomeini, ridiculizó al “Sha estadounidense”. Los intelectuales iraníes condenaron la “occidentalización” de su país, su intoxicación por Occidente. En 1979, cuando este descontento latente finalmente estalló, millones de iraníes se unieron a la revolución anti-Shah. Jomeini se hizo con el poder y denunció a Estados Unidos como el “Gran Satán”.

La teología de Jomeini era novedosa, pero su resentimiento era antiguo. Después de que estudiantes iraníes tomaran la embajada estadounidense en Teherán, uno de ellos le dijo a un diplomático capturado: “No tiene derecho a quejarse. Usted tomó a todo nuestro país como rehén en 1953”.

En el año 2000, la Secretaria de Estado, Madeleine Albright, reconoció públicamente que Estados Unidos había “desempeñado un papel significativo” en el derrocamiento de Mosaddegh. Lo había hecho por “razones estratégicas”, aunque, en retrospectiva, quizás no fueran las mejores. “Ahora es fácil ver”, dijo Albright, “por qué muchos iraníes siguen resentidos por esta intervención”.

El mundo es grande, y es posible que dos países hostiles coexistan en él. Sin embargo, a los presidentes estadounidenses no les ha resultado fácil sortear a la República Islámica. Uno tras otro, la han atacado sin piedad, maldiciendo constantemente.

Para Jimmy Carter, Irán fue una agonía. El último año de su presidencia – un año electoral -estuvo marcado por la crisis de los rehenes, que se desarrollaba cada noche en las noticias. Carter sabía que “podría haber borrado a Irán del mapa” y se enfrentó a la presión para hacerlo, pero temía las consecuencias, incluso para los rehenes. En cambio, intentó una desafortunada misión de rescate. Su fracaso lo obligó a negociar, un proceso interminable que creía que le había costado la elección.

Como humillación final, la noticia de la liberación de los rehenes no llegó hasta bien entrado el discurso inaugural de su sucesor, Ronald Reagan. La administración Reagan adoptó una línea dura con Irán. Para el secretario de Defensa, Caspar Weinberger, sus líderes eran “terroristas fanáticos cuya principal plataforma es una hostilidad virulenta e irracional hacia Estados Unidos”. Sin embargo, cuando la organización Hezbolá, vinculada a Irán, capturó a estadounidenses en la guerra civil libanesa, incluso los hombres de Reagan pudieron adoptar una perspectiva más amplia. Intentaron una compleja combinación de estrategia mediante la cual las armas irían a la República Islámica, los rehenes regresarían a casa y los fondos llegarían a los Contras, insurgentes de derecha que luchaban contra el gobierno nicaragüense. Cuando se descubrieron estas maniobras ilegales, la popularidad de Reagan se desplomó. “Fue una época oscura y dolorosa”, recordó Nancy Reagan. “Todo el gobierno pareció paralizarse”. Reagan y su vicepresidente, George H.W. Bush, lograron eludir gran parte de la culpa. Sin embargo, el escándalo Irán-Contra afectó duramente a los rangos inferiores de la Administración, incluyendo a varios funcionarios que luego se convertirían en figuras clave del gobierno de George W. Bush. La lección que aprendieron, según el libro del periodista James Mann, “El ascenso de los vulcanos” (2004), fue evitar los acuerdos secretos.

Hay que hacer frente abiertamente a los dictadores. El resultado, la Guerra contra el Terrorismo de George W. Bush, fue una versión belicosa de la hegemonía estadounidense que priorizó la transformación a largo plazo sobre la estabilidad a corto plazo. Para los neoconservadores cuyas ideas inspiraron el enfoque de Bush, el objetivo era rehacer Oriente Medio, e Irán, la cúspide. Bill Kristol, Robert Kagan, David Frum, Charles Krauthammer, Norman Podhoretz y Richard Perle aconsejaron derrocar a la República Islámica. Altos funcionarios de la Administración también lo consideraban un objetivo ambicioso.

Tras el regreso de Jay Garner de supervisar la ocupación de Irak, Bush le preguntó: “¿Quieres encargarte de Irán la próxima vez?”. A menudo se criticaba a Bush por su falta de respeto a la ley. Sin embargo, en el contexto de los últimos años, lo que destaca es la obsesión de su Administración con la ley y el procedimiento.

El período previo a la invasión de Irak implicó un intenso debate público sobre las razones y las pruebas. Los funcionarios que buscaban el interrogatorio contundente de los sospechosos de terrorismo recorrieron el mundo y consultaron libros de leyes para determinar con exactitud los lugares y las formas en que los detenidos podían, en teoría, ser torturados legalmente.

Que miembros de la Administración mintieran sobre la guerra solo subraya este punto. Sentir la necesidad de mentir es, de una manera perversa, respetar el procedimiento. Bush justificó la invasión de Irak. Pero su determinación de parecer actuar dentro de los límites establecidos frenó sus ambiciones respecto a Irán. Consideraba a la República Islámica una amenaza existencial y contemplaba ataques militares. (“El presidente dejó muy claro que todas las opciones estaban sobre la mesa”, escribió su vicepresidente, Dick Cheney). Sin embargo, Bush recordaba su preocupación de que atacar a Irán pudiera crear “graves problemas” para Irak, país que estaba intentando pacificar. Luego llegó la Estimación Nacional de Inteligencia de EE. UU. de 2007, que, tras recopilar el trabajo de dieciséis agencias, concluyó con una “alta probabilidad” de que Irán había detenido su programa nuclear años atrás. Esto tuvo un “gran impacto, y no uno bueno”, se quejó Bush. “Me ató las manos en el aspecto militar” e hizo que bombardear Irán fuera imposible de justificar. Bush tampoco contaba con los recursos para invadir. Ya estaba profundamente involucrado en Irak, donde, obedeciendo lo que los miembros de su gabinete llamaban la “regla de Pottery Barn” —si la rompes, te la quedas—, seguía prolongando la agotadora ocupación. Trump, observando desde la distancia, no entendía por qué Bush se empeñaba en imponer orden en un Irak tambaleante. Bush debería simplemente “declarar la victoria y marcharse”, exclamó Trump en 2007. “Creo que Bush es probablemente el peor presidente en la historia de Estados Unidos”.

El sucesor de Bush, Barack Obama, no compartía el aventurismo de Bush. Pero esto no era tanto una retirada de la hegemonía como una preferencia por una forma de hegemonía gestionada con más calma. “Estados Unidos siempre debe liderar en el escenario mundial”, insistió. “Si no lo hacemos nosotros, nadie más lo hará”.

Fue en parte para recuperar la influencia perdida que, a los doce minutos y medio de su primer discurso inaugural, Obama se dirigió al “mundo musulmán”. En un mensaje dirigido a Teherán, dijo: “Le tenderemos la mano si están dispuestos a abrir el puño”. Dos meses después, Obama publicó un video celebrando el Año Nuevo persa, en el que expresó su esperanza de “respeto mutuo” con la “República Islámica de Irán”. Como señala John Ghazvinian en su fascinante libro “Estados Unidos e Irán” (2021), esta fue la primera vez que un presidente estadounidense estuvo dispuesto a usar el nombre oficial del país.

La situación pareció cambiar. Durante un discurso, el líder supremo de Irán, Ali Jamenei, hizo callar a su audiencia durante el cántico ritual de “Muerte a Estados Unidos”. “No tenemos experiencia con este nuevo presidente estadounidense”, explicó. “Observaremos y juzgaremos”. También tenía un mensaje para Obama: “Si usted cambia, nuestro comportamiento también cambiará”. Para un observador externo, esto podría haber parecido insignificante. Pero, como escribe Ghazvinian, “para cualquiera que hubiera seguido de cerca a Irán durante los últimos treinta años, fue nada menos que una apertura histórica”. Sin embargo, si Obama esperaba un momento similar al de Nixon en China, tendría que enfrentarse al establishment político estadounidense. Incluso su secretaria de Estado, Hillary Clinton, presentó el diálogo con Teherán ante el Congreso principalmente como un pretexto que colocaría a Washington en una posición internacional mucho más sólida, suponiendo que las conversaciones fracasaran, para imponer sanciones paralizantes. Bajo una enorme presión política, incluso de partidarios de Israel, Obama dejó que las amplias negociaciones que había previsto se redujeran a una brusca propuesta de “lo tomas o lo dejas” respecto a las reservas de uranio de Irán.

Como Clinton había anticipado, las conversaciones fracasaron. La Administración orquestó entonces lo que el vicepresidente Joe Biden proclamó como “las sanciones más devastadoras de la historia, sin duda”. Ghazvinian explica que la producción petrolera de Irán se desplomó, su moneda se hundió y los médicos se esforzaron por brindar atención médica con medicamentos caducados y equipos obsoletos.

Obama intentó negociar de nuevo en su segundo mandato, con un secretario de Estado más entusiasta, John Kerry. Aun así, nadaba contracorriente. Mientras se gestaba un acuerdo que levantaría algunas sanciones a cambio de limitaciones a las capacidades nucleares de Irán, un Congreso escéptico invitó al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a pronunciarse en contra. Netanyahu creía que el acuerdo legitimaría el programa nuclear iraní y, al aliviar las sanciones, ayudaría a prosperar a un país que consideraba genocida. “Debemos unirnos para detener la marcha de conquista, subyugación y terror de Irán”, dijo entre aplausos. Obama logró el acuerdo en 2015, solo amenazando con vetar al Congreso.

El acuerdo con Irán fue el “Obamacare de la política exterior”, escribe la politóloga Dalia Dassa Kaye en su nuevo libro, “Hostilidad duradera”, y dejó el mismo sabor amargo. Fue el “peor acuerdo de la historia”, insistió Trump. Y Obama fue “quizás el peor presidente en la historia de Estados Unidos”.

Trump, en su campaña electoral, prometió anular el acuerdo. De ser así, Irán lo destruiría, respondió el ayatolá Jamenei. Al parecer, escribe Kaye, la única fuerza que mantenía unido el acuerdo, que estaba en peligro en todos los sentidos, tras la elección de Trump en 2016, era el llamado eje de los adultos en su Casa Blanca: el asesor de Seguridad Nacional, H. R. McMaster, el secretario de Defensa, James Mattis, y el secretario de Estado, Rex Tillerson. John Bolton, contratado para ayudar a combatir ese eje, recordó que el acuerdo con Irán fue la “manifestación más palpable” de las divisiones internas de la Administración. Los adultos ganaron la primera ronda, pero la lucha no había terminado. “Nunca volveré a firmar una de estas certificaciones”, exclamó Trump furioso. Tras refrendar uno de los documentos rutinarios del acuerdo, Trump exclamó: “No puedo creer que esté firmando esto”.

En retrospectiva, es impresionante que Trump llegara a 2018 antes de abandonar el acuerdo. Romper acuerdos era su sello distintivo. El acuerdo más fundamental – que Estados Unidos debía gobernar los asuntos mundiales – no le parecía mejor. “Estamos en países de los que la mayoría de la gente ni siquiera ha oído hablar. Francamente, es ridículo”, se quejó en un discurso ante militares en Irak. “Estados Unidos no puede seguir siendo el policía del mundo”. Para animar a las tropas, les dijo: “Ya no somos los ingenuos”.

Fue un giro radical. En lugar de la hegemonía global, Trump ofreció un egoísmo mezquino. En lugar de principios, amenazas. Cuando se le pidió que definiera la Doctrina Trump, un alto funcionario de la Administración la expresó secamente: “Somos Estados Unidos, cabrones”. Tras rechazar la necesidad de contar con el apoyo de los aliados, Trump no veía mucho sentido en ocultar el poder estadounidense. En 2019, tuiteó una foto detallada de una plataforma de lanzamiento de misiles iraní tomada demostrablemente por un avanzado satélite espía estadounidense. Cuando los funcionarios se apresuraron a censurar los detalles clasificados, Trump protestó: “Esa es la parte sexy”. Sus asesores aprendieron a manejar materiales sensibles a su alrededor.

Trump también descartó la idea de que los intereses estadounidenses estuvieran en juego en todas partes. Sugirió permitir que Japón y Corea del Sur desarrollaran arsenales nucleares para independizarse de la protección estadounidense. ¿Y si esto desencadenaba una guerra entre Japón y Corea del Norte? “Si lo hacen, lo hacen”, dijo. “Buena suerte, amigos. Disfrútenlo”.

Tal vez lo harían. Irán, bajo nuevas sanciones y sin sentirse ya completamente obligado por el acuerdo nuclear, comenzó a enriquecer uranio a un nivel más alto, acercándose al punto de desarrollar armas nucleares. Aunque Joe Biden prometió revertir esto con un acuerdo “más largo y más sólido”, se demoró y, finalmente, no hizo nada. En cambio, “Irán se convirtió esencialmente en un estado umbral nuclear”, escribe Kaye.

Y entonces Trump fue reelegido. ¿Podría tolerar a la República Islámica? En junio de 2025, Trump se unió a un ataque israelí contra las instalaciones nucleares de Irán. Sin embargo, el ataque no desencadenó una guerra a mayor escala, y la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, publicada meses después, sugería que tal vez nunca lo haría. El documento arremetía contra las “élites de la política exterior” que se habían “convencido a sí mismas de que el dominio estadounidense permanente del mundo entero era lo mejor para nuestro país”. Con el programa nuclear iraní frustrado por los ataques aéreos, “los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior estadounidense” habían “terminado, afortunadamente”.

Esta era la promesa de la perspectiva de Trump: que la indiferencia podría traer la paz. Pero la otra posibilidad persistía: que la indiferencia pudiera eliminar las salvaguardias. En una reunión del Consejo de Seguridad Nacional durante su primer mandato, John Bolton relató que sus asesores le preguntaron a Trump sobre su tolerancia al riesgo en asuntos exteriores. “Tengo una capacidad casi increíble para asumir riesgos”, respondió Trump. “El riesgo es bueno”. Luego propuso derrocar a Nicolás Maduro en Venezuela para apoderarse del petróleo del país.

A principios de este año, aviones estadounidenses abrieron fuego contra objetivos venezolanos mientras comandos capturaban a Maduro y a su esposa Cilia Flores. Trump hizo una mención superficial de ideales (“paz, libertad y justicia para el gran pueblo de Venezuela”), pero al instante empezó a hablar de los mercados petroleros. Sonaba como George W. Bush, pero sin pretensiones, aunque el discurso de Trump también carecía de las ambiciones desmedidas de Bush. Maduro había traficado con “enormes cantidades de drogas ilegales” y enviado a Estados Unidos a “bandas salvajes y asesinas”, afirmó Trump, pero su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, era “muy amable”, así que quizás podría quedarse.

De hecho, se quedó. “Todos conservaron su puesto, excepto dos personas”, explicó un satisfecho Trump. Era como si esto hubiera sido un episodio de “El Aprendiz”: no tanto un ataque militar como una ronda de despidos. No está claro cuánto tiempo podrá Delcy Rodríguez, ahora presidenta interina de Venezuela, satisfacer las demandas de Estados Unidos y, al mismo tiempo, contener la oposición interna. El Sha logró ese equilibrio, aunque no para siempre. Aun así, a corto plazo, Venezuela le dio gasolina a Trump, y este se lanzó de cabeza a la guerra con Irán. Esto “va a funcionar muy fácilmente”, aseguró a CNN. “Va a funcionar como en Venezuela”.

Esa confianza resulta familiar.

En un artículo para el Times, Ross Douthat argumentó que el espíritu de Bush “se cierne sobre la administración Trump”. Sin embargo, lo que falta, como reconoce Douthat, es una visión para controlar Oriente Medio. Los nombres que la administración Bush dio a dos de sus principales operaciones en la región, Operación Nuevo Amanecer y Operación Libertad Duradera, evocaban amplios horizontes y profundas transformaciones, que podrían asegurar la influencia estadounidense durante generaciones. Compárese esto con los nombres de las acciones de Trump en Irán: Operación Martillo de Medianoche y Operación Furia Épica.

 

La diferencia entre el amanecer y la medianoche, entre la libertad y la furia, es la aspiración hegemónica, o la falta de ella. No se trata solo de que Trump sea precipitado e imprudente. Se trata de que ha rechazado las preocupaciones sistémicas fundamentales que impulsaron a sus predecesores y, a veces, los frenaron. El ejército más poderoso del mundo está en sus manos no para imponer el orden, sino para arremeter. Esto no es hegemonía; es un ataque relámpago.

Tras haber ayudado a Israel a asesinar al Líder Supremo de Irán, Trump apenas tiene una vaga idea de lo que debería suceder a continuación. Quizás la Guardia Revolucionaria Islámica debería entregar sus armas y rendirse al pueblo, o tal vez la Guardia y el pueblo deberían hacer una revolución juntos. Como alternativa, la República Islámica, ahora sin armas, podría permanecer intacta y Trump podría elegir un líder de entre sus filas. Mencionó tres opciones muy buenas, aunque ahora parece que estos candidatos podrían haber muerto. “Todos los que parecen querer ser líderes terminan muertos”, reflexionó Trump con evidente satisfacción. Mientras tanto, el gobierno iraní ha elegido a su candidato: Mojtaba Khamenei, hijo del difunto ayatolá, quien, según se informa, resultó herido en los ataques aéreos. Trump calificó esta decisión de “inaceptable” y advirtió al nuevo Líder Supremo que no duraría mucho sin la aprobación de Washington. Es decir, Trump no tiene un plan, pero se reserva el derecho de rechazar el de los demás. Los presidentes anteriores, a pesar de sus cruzadas destructivas y acciones encubiertas, se abstuvieron de invadir Irán por consideración al equilibrio de poder global. Les preocupaba que Irán bloqueara el flujo de petróleo, atacara a sus aliados o colapsara, provocando una oleada de refugiados en la región. Trump se ha liberado de esas preocupaciones. No está jugando al ajedrez y, en última instancia, no le importa si capturan piezas. Después de que Trump detuviera a Maduro, el secretario de Defensa Hegseth resumió la historia de Maduro: “Se metió en problemas y lo descubrió”. En un sentido más amplio, sin embargo, es Trump quien se mete en problemas. Su vida ha sido una sucesión ininterrumpida de experimentos escandalosos de “¿qué pasaría si…?”. ¿Qué pasaría si…? ¿Contrato a este contratista? ¿Embolsarse este dinero? ¿Rechazar estas elecciones? ¿O bombardear este país? Trump se metió en líos, y todos nos estamos enterando.

Se ha despojado del manto imperial, la fuerza que impulsó a sus predecesores a una intromisión ruinosa. De otro presidente, eso podría haber sido bienvenido, pero de un tirano iracundo como Trump es aterrador. Porque la búsqueda del control global nunca fue solo una compulsión. También fue, en retrospectiva, una limitación.

Link https://www.newyorker.com/magazine/2026/03/23/whats-behind-trumps-new-world-disorder

 

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