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El estancamiento ruso en Ucrania marca el cambio de tendencia en la guerra

Domenec Ruiz devesa.

El 14 de noviembre de 2025 escribía en estas páginas que la gran ofensiva rusa del verano y el otoño de ese año había fracasado. En aquel momento, la tesis resultaba contraintuitiva para muchos: Rusia seguía presionando en el eje Pokrovsk-Donbás, los mapas mostraban leves avances y el pesimismo sobre las posibilidades ucranianas era la postura dominante en muchos análisis occidentales. Sin embargo, los datos apuntaban ya entonces a que Moscú había agotado su impulso sin romper el dispositivo defensivo ucraniano. Seis meses después, aquella hipótesis se ha confirmado y ampliado, con un nuevo fracaso de la ofensiva rusa de primavera de 2026, de una manera que ningún análisis previo llegó a prever del todo, gracias sobre todo al papel de los nuevos drones.

La guerra en Ucrania ha entrado en una nueva fase. El modelo de guerra de desgaste en el que Rusia confiaba para ganar ha empezado a funcionar en su contra. Pero sería un error leer esta frase como un pronóstico tranquilizador. Ucrania ha mejorado su posición relativa desde el mínimo del invierno, pero lo ha hecho desde una situación de daño acumulado gravísimo —en su tejido humano, en su infraestructura energética, en su economía— y sus problemas estructurales no han desaparecido. Lo que hay es un cambio de tendencia en favor de Ucrania, no una victoria militar, en una conflagración que ya dura más que la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y que la Gran Guerra Patriótica rusa contra la Alemania nazi (1941-1945).

I. El frente en junio de 2026: la geografía de un cambio

Si se compara el mapa del frente hoy con el de hace un año, a primera vista se ve una línea de frente parecida. Más de 1.200 kilómetros de trincheras y drones, desde la frontera con Bielorrusia hasta el mar Negro, siguen partiendo en dos un país del tamaño de Francia. Pero la apariencia estática oculta un cambio cualitativo profundo.

Rusia ha dejado de avanzar a un ritmo operacionalmente significativoLas fuerzas rusas ganaron una media de 9,76 kilómetros cuadrados diarios en los primeros cuatro meses de 2025; en el mismo período de 2026 esa cifra había caído a 4,6 —menos de la mitad—, un ritmo comparable al de la sangrienta batalla del Somme en la Primera Guerra Mundial. En términos netos, Rusia podría terminar 2026 sin haber capturado territorio nuevo alguno.

Por otro lado, y por primera vez desde la contraofensiva ucraniana fallida del verano de 2023, la tendencia territorial ha cambiado. En febrero de 2026, Ucrania recuperó 285,6 kilómetros cuadrados, más del doble de lo que Rusia conquistó ese mismo mes. El comandante en jefe Syrskyi confirmó que estas operaciones permitieron liberar casi toda la región de Dnipropetrovsk y frenar los avances hacia Járkov y Zaporiyia. En abril de 2026, las fuerzas rusas sufrieron una pérdida neta adicional de 116 kilómetros cuadrados. En los frentes norte y noreste, fuerzas ucranianas habían avanzado en Kupiansk en el otoño de 2025 y en Huliaipole en la primavera de 2026, empleando tácticas de armas combinadas (es decir, la coordinación en tiempo real de drones de reconocimiento, drones de ataque, artillería e infantería en una misma secuencia de combate), lo que ha permitido a Ucrania mantener una tasa de bajas favorable incluso en acciones ofensivas.

Al sur, el panorama más dramático se vive en torno al corredor terrestre que conecta Rusia con Crimea. El tráfico militar en la autopista R-280 ha caído un 71% a partir de finales de mayo de 2026. El mando ruso ha llegado a prohibir el tráfico de material militar en la autopista A-291 que une Kerch con Sebastopol, citando el riesgo de “pérdidas irreparables de vidas y vehículos”. Rusia invirtió unos 11.800 millones de dólares entre 2024 y 2026 en la red viaria del “Anillo de Azov” para reducir su dependencia del puente de Kerch, ya dañado en su momento.

Y luego está lo que nadie imaginaba hace dos años: Ucrania bombardeando San Petersburgo. El 3 de junio de 2026, drones ucranianos que cubrieron más de 1.000 kilómetros golpearon un gran terminal petrolífero en la ciudad natal de Putin, provocando grandes incendios mientras Rusia inauguraba su foro económico anual —el Davos ruso— diseñado para atraer inversión extranjera. Esa misma noche, otro dron alcanzó la corbeta Boikiy en el astillero de Kronstadt, la principal base de la flota rusa en el Báltico. El sábado 7 de junio, una segunda oleada masiva alcanzó arsenales navales en Kronstadt —141 aparatos derribados según el gobernador regional, que calificó el ataque de “sin precedentes”— y depósitos de petróleo en Krasnodar, a 500 kilómetros de la frontera ucraniana.

Dicho esto, los bombardeos rusos sobre ciudades ucranianas no solo no han cesado en 2026: han escalado en volumen e intensidad. En los primeros cuatro meses de 2026 se verificaron 815 civiles muertos y 4.174 heridos —un 21% más que en el mismo período de 2025, y un 93% más que en el primer cuatrimestre de 2024—. Abril de 2026 fue, con 238 muertos y 1.404 heridos, el mes con mayor número de víctimas civiles desde julio de 2025. El ritmo se mantuvo en mayo: en la primera semana del mes, la HRMMU verificó 62 muertos y 376 heridos adicionalesLa noche del 1 al 2 de junio, Rusia lanzó 73 misiles y 656 drones; penetraron 33 misiles y 54 drones, matando al menos a 22 civiles solo en Kiev y Dnipró. El 13-14 de mayo, Zelenski declaró que Rusia había lanzado más de 1.560 drones en dos días, el mayor volumen en un solo episodio de toda la guerra. En total, Rusia lanzó 8.150 drones solo en mayo de 2026un 24% más que en abril, de acuerdo con datos de la Fuerza Aérea ucraniana analizados por AFP.

La defensa aérea ucraniana ha resistido con una evolución compleja. En enero de 2026, la tasa de intercepción de misiles balísticos cayó al 36% en las primeras dos semanas —frente a una media histórica del 60%—. La noche del 12 al 13 de enero, solo 2 de 18 misiles balísticos fueron derribados. La causa técnica: Rusia ha modificado los Iskander-M con trayectorias cuasibalísticas y señuelos de radar, como han detallado RUSI y Kyiv Independent, y ha adaptado el Kh-101 al menos cuatro veces desde el inicio de la invasión, según el Ministerio de Defensa de Ucrania y Ukrainska Pravda, mientras el suministro de misiles interceptores para las baterías SAMP/T era prácticamente nulo. La tendencia se ha revertido en meses posteriores: en marzo de 2026 la tasa alcanzó el 89,9%, y en mayo el 90,75% global —91,73% para drones, 53% para misiles—. Pero incluso con tasas del 90%, cuando el volumen es de miles de aparatos por noche, el 10% que penetra basta para matar decenas de civiles y destruir infraestructura crítica.

El daño acumulado a la red eléctrica es quizás la consecuencia más grave de toda la guerra para la población civil. Antes de 2022, Ucrania disponía de unos 55 GW de capacidad instalada; en febrero de 2026 esa cifra había caído a 11,5 GW —una pérdida equivalente a la capacidad generadora de dos Rumanías—. En enero de 2026, con temperaturas de hasta −20 °C, cinco grandes ataques coordinados afectaron la infraestructura en al menos diecisiete regiones simultáneamente, dejando a millones de ciudadanos con electricidad solo unas pocas horas al día. Reconstruir esa capacidad requerirá años y decenas de miles de millones de euros.

II. Por qué ha cambiado la guerra: los factores del punto de inflexión

1. El fracaso acumulativo de la ofensiva de 2025

El primer eslabón de la cadena causal hay que buscarlo donde yo lo señalé en noviembre de 2025. La gran ofensiva rusa —concentrada en el eje Pokrovsk-Donbás— no logró ninguno de sus objetivos operacionales declaradosPokrovsk, cuya caída total se consideraba inevitable, ha resistido más de un año de asaltos y sigue siendo escenario de combates urbanos en su sector norte, que las fuerzas rusas no han logrado conquistar. Kostiantynivka sigue bajo presión intensa con fuerzas ucranianas parcialmente cercadas en su sector sur; Kupiansk sigue en poder de Ucrania. El avance ruso más destacado reciente, los 50 kilómetros del eje Avdiivka-Pokrovsk entre febrero de 2024 y enero de 2026, se produjo a una media de 70 metros al día: más lento que los aliados en el Somme en 1916.

Pero más allá de las ganancias territoriales mínimas, Rusia agotó sus formaciones de asalto sin producir la ruptura que el jefe del Estado Mayor Guerásimov prometía. A lo largo de 2025, el ejército ruso perdió más de 400.000 efectivos para capturar únicamente el 0,72% del territorio ucraniano. Desde febrero de 2022 hasta finales del primer trimestre de 2026, las bajas rusas —muertos, heridos graves y desaparecidos— superan 1,3 millones, más pérdidas que cualquier gran potencia en cualquier guerra desde la Segunda Guerra Mundial, una cifra que converge con la estimación independiente del Ministerio de Defensa del Reino Unido, que en diciembre de 2025 cifraba las bajas rusas en 1.168.000 efectivos.

2. El colapso del modelo de reemplazos

La estrategia rusa siempre dependió de una premisa: que su demografía le permitiría reponer bajas indefinidamente sin una movilización general políticamente peligrosa y ganar la guerra de desgaste. Esa premisa se ha roto. En enero de 2026, Rusia sufrió 9.000 bajas más de las que logró reponer. Desde entonces, el déficit es estructural. El reclutamiento había caído a entre 800 y 1.000 soldados diarios en el primer trimestre del año, frente a los 1.000-1.200 del mismo período de 2025, un descenso del 20% interanual pese a que las primas de contratación alcanzaron un récord histórico de 1,47 millones de rublos —unos 19.300 dólares— en marzo de 2026. En marzo de 2026, las bajas rusas mensuales llegaron a 35.000cifra récord que casi duplica la media mensual que la OTAN calculaba para 2025.

3. El corte de Starlink: un game changer inesperado

A principios de febrero de 2026 se produjo uno de los cambios tácticos más impactantes de toda la guerra. SpaceX, a petición del ministro de Defensa ucraniano Mykhailo Fedorov, implementó un sistema de lista blanca que bloqueó eficazmente el acceso ilegal de las fuerzas rusas a la red Starlink. Elon Musk confirmó públicamente la medida. Rusia había instalado terminales Starlink —adquiridos en el mercado negro— en sus drones de ataque de largo alcance y en prototipos de vehículos navales no tripulados en el mar Negro; terminales de apenas 400 dólares que proporcionaban enlace de vídeo en tiempo real transformando drones baratos en armas de precisión guiadas en primera persona, como documentaron CNN y SpaceX/Technology.org. El general de brigada Andrii Biletski, comandante del III Cuerpo de Ejército ucraniano, describió el impacto como “enorme” en declaraciones a The Independent: “El nivel de eficiencia de los rusos respecto al nuestro ha disminuido bruscamente. Starlink solo puede reemplazarse con otro Starlink”. Los planes rusos de desplegar drones navales en el mar Negro en 2026 también quedaron neutralizados.

4. La revolución tecnológica ucraniana: el ejército de drones y misiles

El cambio más estructural es la transformación de Ucrania, en cuatro años de guerra existencial, en la potencia de drones más avanzada del mundo en condiciones de combate real. En el corto y medio alcance, Ucrania ha alcanzado la superioridad numérica táctica: en la primavera de 2026 desplegaba 1,3 drones de ataque por cada uno ruso, y la evidencia geolocalizada documenta 41 ataques de medio alcance ucranianos en enero de 2026, 61 en febrero y 115 en marzo —una aceleración exponencial—. Esta densidad ha convertido la banda de 15 a 25 kilómetros a cada lado de la línea de contacto en una kill zone que ningún bando puede atravesar con concentraciones de tropas convencionales, anulando la ventaja numérica rusa en infantería, según el CFR.

En el largo alcance, el misil-dron Peklo (“Infierno”), presentado en diciembre de 2024, tiene un radio de acción de 700 kilómetros. Se han documentado 272 ataques confirmados o sospechosos contra infraestructura energética rusa hasta principios de 2026. La Agencia Internacional de Energía estimó que los ataques ucranianos habían reducido la capacidad de procesamiento de crudo ruso en unos 500.000 barriles diarios, con impacto proyectado hasta al menos mediados de 2026.

5. La economía de guerra rusa: más frágil de lo que parecía

Rusia dedicó en 2025 el 7,3% de su PIB a defensa y seguridad —más de un tercio de su presupuesto nacional—. Pero la economía de guerra ya no impulsa el crecimiento del PIB, que ha colapsado al 0,6% en 2025, frente al 4,1% de 2024, con inflación elevada y tipos de interés que asfixian a las empresas civiles, según el CSIS. Las sanciones occidentales, incluidas las dirigidas a la flota fantasma de petroleros rusos, se ven ahora complementadas por drones y misiles.

6. El apoyo militar europeo permanente

En diciembre de 2025, en el marco del Grupo de Contacto de Defensa de Ucrania (formato Ramstein), los aliados europeos comprometieron colectivamente más de 45.000 millones de dólares en armamento para 2026, con Alemania como principal contribuyente individual con 11.500 millones de euros, destinados principalmente a sistemas de defensa aérea IRIS-T, drones y munición de artillería. En el primer cuatrimestre de 2026, Alemania entregó material por valor de 4.200 millones de euros —incluyendo sistemas Gepard, misiles para IRIS-T, drones de reconocimiento y miles de proyectiles de artillería—, mientras el Reino Unido aportó 1.300 millones y Noruega 600 millones, con los fondos orientados principalmente a defensa aérea y sistemas no tripulados, según el Instituto Kiel.

III. Los problemas de Ucrania

La crisis de personal: el talón de Aquiles

El problema más grave está en la infantería. En enero de 2026, 200.000 soldados ucranianos figuraban como ausentes sin permiso, y unos 2 millones de ciudadanos en edad militar tratan de evadir la movilización. Algunos soldados llevan más de 200 días consecutivos en posiciones de combate sin rotación posible. Las tropas que permanecen más de 40 días consecutivos en zona de combate experimentan una caída significativa de su eficacia, según Jack Watling en Foreign Affairs. La percepción de que el servicio es “un billete de ida al hospital o al cementerio” alimenta la evasión y cierra un círculo vicioso. El problema tiene además una dimensión demográfica de largo alcance: con entre 6 y 7 millones de ucranianos en el exterior y una población que ya era una de las más envejecidas de Europa antes de 2022, la capacidad de reposición de efectivos tiene límites estructurales que ningún cambio legislativo puede resolver a corto plazo. En marzo de 2026 se anunciaron “cambios clave” en la política de movilización, pero hasta la fecha de este análisis esas reformas no se han materializado plenamente.

La destrucción del sistema energético: una herida de largo plazo

Ucrania ha perdido unos 43,5 GW de capacidad generadora desde 2022 y la capacidad disponible seguía cayendo en febrero de 2026. Esta destrucción tiene un efecto económico acumulativo: la industria no puede funcionar sin suministro estable; los jóvenes profesionales abandonan el país; el retorno de entre 6 y 7 millones de refugiados ucranianos en Europa depende en parte de que haya condiciones mínimas de habitabilidad, según RFE/RL vía GlobalSecurity. La destrucción energética es la apuesta rusa de largo plazo: si no puede ganar en el campo de batalla, hacer inhabitable el territorio que no ha conquistado.

IV. Conclusión: ‘zugzwang’ asimétrico

La gran paradoja del momento es que Rusia se aproxima a lo que Watling denomina, con precisión ajedrecística, una situación de zugzwang: cada movimiento disponible empeora su posición. Puede seguir atacando y acumular bajas insostenibles. Puede intentar una movilización general políticamente arriesgada. O puede pedir negociar desde una posición que se deteriora mes a mes. La presión aérea sobre civiles para quebrar la voluntad ucraniana sigue activa, pero cuatro años de bombardeos han demostrado que esto no basta. Con más de 600.000 tropas desplegadas y sin escasez de munición, Rusia mantiene capacidad de presión continuada en múltiples ejes del frente, pero todo apunta a que no está en condiciones de lanzar una ofensiva de verano de envergadura: el déficit estructural de reemplazos, la superioridad ucraniana en drones y el patrón ya observado en el verano de 2025 —cuando la acción fue localizada y a pequeña escala pese al tiempo favorable y los recursos disponibles— sugieren que lo más probable es una continuación de la presión táctica dispersa, no una ruptura operacional del frente.

Ucrania, por su parte, tiene una ventana de oportunidad, reforzada por el desbloqueo del préstamo europeo de 90.000 millones de euros, que sus propios mandos cuantifican en “seis meses” —así lo declaró el general Biletski a Reuters— para consolidar su ventaja táctica y mejorar su posición negociadora. Una eventual negociación debe realizarse desde una posición de fuerza, y por tanto no deben alentarla ni los ucranianos ni los europeos; debe, en su caso, partir de Putin. Ucrania, a fin de cuentas, sigue beneficiándose de su posición defensiva y de la incapacidad rusa de avanzar y romper el frente. Pero esa ventana puede cerrarse si no se resuelve la crisis de personal o si Rusia logra equilibrar la guerra de los drones con sus propias innovaciones.

A diferencia de fases anteriores de la guerra, la evolución actual depende mucho más de la capacidad europea para sostener el esfuerzo ucraniano y de la propia industria militar de Ucrania que de nuevas transferencias directas de armamento estadounidense. Europa debe por tanto incrementar y acelerar su ayuda armamentística a Ucrania, priorizando los sistemas de defensa antiaérea —la principal necesidad operativa para proteger a la población civil de los bombardeos masivos que siguen causando cientos de muertos cada mes— y la munición interceptora para los sistemas Patriot y SAMP/T, cuyas reservas han llegado a niveles críticos, según Kyiv Independent. Pero la defensa aérea no basta: el frente necesita también artillería y munición de largo alcance para sostener la presión sobre la logística rusa, drones de medio alcance para continuar la campaña contra el corredor de Crimea, como plantea CEPA, y apoyo a la industria de defensa ucraniana para consolidar su autonomía productiva, un punto que también recoge el Instituto Kiel.

Asimismo, la Comisión Europea propuso el 9 de junio de 2026 su 21.º paquete de sanciones contra Rusiaque incluye por primera vez restricciones al sector pesquero ruso, la incorporación de treinta nuevos buques a la lista negra de la flota fantasma —elevando el total a más de 660—, sanciones a puertos, aeropuertos y refinerías implicados en el comercio de crudo ruso, un congelamiento del mecanismo de ajuste del precio del petróleo hasta finales de 2026 para impedir que Moscú se beneficie de la subida de precios derivada del conflicto en Oriente Medio, y la prohibición de entrada en la UE a quienes hayan servido en las fuerzas armadas rusas desde el inicio de la invasión. Su rápida aprobación por unanimidad de los Veintisiete contribuirá a seguir debilitando la economía de guerra rusa en un momento en que la presión sobre sus ingresos energéticos empieza a mostrar efectos tangibles sobre el terreno.

La ventana de oportunidad no se aprovechará sin un esfuerzo europeo continuado y ambicioso, resolviendo particularmente el problema del suministro de interceptores que hoy limita la capacidad de Ucrania para proteger a sus ciudadanos.

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