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El Estado tuerto: la ludopatía y el tiempo de los problemas públicos

Ninguna tragedia social comienza el día en que el Estado la reconoce, para entonces, el daño suele llevar años acumulándose en silencio. La ludopatía online parece recorrer hoy ese mismo camino: ya es una tragedia para todos menos para el Estado.

Las tragedias que la historia recuerda como sorpresivas rara vez fueron imprevisibles. Antes de convertirse en problemas públicos atravesaron un largo período de normalización, durante el cual especialistas advirtieron sus riesgos y las víctimas comenzaron a padecer sus consecuencias.

Hace cuatro décadas, Oscar O’Donnell y Oscar Oszlak advirtieron que los Estados no reaccionan automáticamente frente a cualquier problema social. Para que una situación ingrese en la agenda pública debe convertirse en una “cuestión socialmente problematizada”: un fenómeno que distintos actores logran instalar como merecedor de intervención estatal.

Entre la existencia del daño y su reconocimiento político suele abrirse un largo intervalo.

Si se lo piensa en términos metafóricos, podría decirse que el Estado actúa como un Estado tuerto: no porque no vea, sino porque su mirada sobre los problemas públicos nunca es completa ni simultánea, es parcial e interesada.

Muchas de las grandes tragedias sociales llegaron de la mano del progreso tecnológico y de una lógica económica donde la rentabilidad tendió a imponerse sobre cualquier otra consideración. Hoy, todavía no logramos mensurar el alcance de los cambios producidos por los teléfonos inteligentes y su incidencia en los comportamientos sociales e individuales.

Cuando el crecimiento del capital carece de límites regulatorios eficaces, la ceguera frente al costo humano deja de ser una excepción para convertirse en un mecanismo recurrente. El Estado aparece entonces como un actor que casi siempre llega tarde: regula cuando las pérdidas ya son irreparables.

Sangre en el carbón y en el telar del siglo XVIII

La Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII encendió los motores de la modernidad, pero el combustible fue, ademas del carbón, la vida humana. El progreso descansó sobre el trabajo infantil en las minas del mineral negro y sobre la explotación sistemática de mujeres y niños en las fábricas textiles.

Durante décadas, esas condiciones fueron consideradas el precio inevitable del desarrollo económico. Solo cuando el crecimiento del movimiento obrero, la expansión de las ideas socialistas y el temor a una creciente conflictividad social comenzaron a amenazar la estabilidad política aparecieron las primeras respuestas estatales. A pedido del rey de Prusia, la futura Alemania fue el escenario de las políticas de Otto von Bismarck con un conjunto de reformas sociales que buscaban contener esas tensiones y preservar el propio sistema. No fue únicamente una cuestión de sensibilidad moral; también fue una estrategia de supervivencia política del reinado que le permitió sobrevivir hasta pasada la primera guerra mundial.

La ilusión de la máquina infinita y la crisis del 29

Con las primeras regulaciones laborales ya incorporadas y los motores de combustión impulsando una nueva etapa de crecimiento, los Estados volvieron a confiar en que el mercado podía corregirse solo. Durante la década de 1920 existieron advertencias sobre la creciente especulación financiera y los desequilibrios entre producción y consumo, pero fueron ampliamente desoídas. El extraordinario aumento de la capacidad productiva convivía con una demanda incapaz de absorber semejante volumen de bienes. Cuando esa ilusión se quebró, el derrumbe de 1929 arrastró a la economía mundial hacia la mayor crisis del capitalismo moderno. La recuperación definitiva no llegó sino hasta que la enorme movilización industrial provocada por la Segunda Guerra Mundial reactivó las economías de las principales potencias. El Estado lo vio venir pero prefirió mirar para otro lado.

De la negligencia a la complicidad: la psicología de la negación

A medida que nos acercamos al presente, la excusa de la imprevisibilidad resulta cada vez menos convincente. Desde mediados del siglo XX la emergencia y el crecimiento de las ciencias sociales con la Sociología, la Economía, la Ciencia Política y la Psicología a la cabeza, desarrollaron herramientas suficientes para anticipar buena parte de los efectos sociales derivados de las transformaciones económicas y tecnológicas.

Las advertencias existieron. Lo que muchas veces faltó fue voluntad para escucharlas.

El 4 de noviembre de 2008, en plena crisis financiera internacional, la reina Isabel II visitó la London School of Economics y formuló una pregunta que recorrió el mundo: “¿Por qué nadie se dio cuenta?”. Un año después, la Academia Británica respondió mediante una carta oficial que atribuyó el fracaso colectivo a una “psicología de la negación”: un proceso mediante el cual gobiernos, mercados, reguladores y especialistas compartieron una confianza excesiva en que el sistema seguiría funcionando sin sobresaltos.

Este patrón de negación no se ha limitado a las finanzas publicas y el crecimiento formal de los países. También atravesó fenómenos como el narcotráfico, inicialmente abordado como un problema policial antes que como una compleja crisis sanitaria, económica e institucional. Cuando numerosos Estados comprendieron la verdadera dimensión del fenómeno, las organizaciones criminales ya habían acumulado un poder económico y político extraordinario, las consecuencias se contaron y se siguen contando en millones de víctimas.

El casino infinito que nos trajeron los teléfonos.

Hoy la historia vuelve a rimar. Bajo la bandera de la innovación tecnológica y el entretenimiento digital, la industria de las apuestas online logró lo que ningún casino físico había conseguido: instalar una casa de apuestas en el bolsillo de millones de personas durante las veinticuatro horas del día.

La innovación no es solo el acceso permanente, sino el uso de algoritmos, economía del comportamiento y diseño persuasivo para sostener la atención y multiplicar el consumo. Recompensas variables, estímulos personalizados y dinámicas de gamificación convierten el juego en una experiencia pensada para no detenerse. Para muchos jóvenes, apostar paso a ser el paso posterior a jugar a la play.

Frente a esta transformación, la respuesta estatal sigue siendo tardía. Considera las ciber apuestas como un tema de mero entretenimiento y solo impone laxas regulaciones para proteger a los niños, que no alcanzan para evitar que 7 de cada 10, según estimaciones serias, sigan accediendo diariamente.

Una vez más, la innovación promete progreso mientras desplaza sus costos hacia las familias, la salud mental y los sectores más vulnerables. La ludopatía online parece hoy en ese umbral donde todavía no ha sido reconocida como problema público, cada demora en reconocerla como patología social se traduce en vidas truncadas.

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