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02 04 2020

El efecto mariposa en el siglo XXI


Autor: Ángeles Salvador









El aleteo de un murciélago en la feria clandestina de un mercado chino de sabores salvajes trajo el efecto coronavirus como distinción de una época mortal. Toda época es mortal. Pero pocas a causa de murciélagos víricos.

Todo arranca en la voluntad ponzoñosa y voraz de cazar, asar y comer, de comer con ruido, despacio, con las manos, los codos batiendo y la cabeza hincada sobre un plato. Desde tiempos remotos es sabido que no hay cuento moral ni lujo asiático ni realeza europea sin cazador. Los calderos de las brujas tenían en sus pócimas culebras, ranas, pata de gato o cola de zorro, nos enseñó Disney.

El tiempo pasó y la alimentación humana hizo de la necesidad inscripta un negocio y una forma de status social que persiste hasta hoy en todas las tribus y tendencias comidistas. Es la costumbre milenaria y, a priori, repugnante de llevarse a la boca absolutamente todo. No comer animales enfermos o crudos, como si uno fuera un carroñero, es un consejo que hay que dar sentado en posición de loto y con paciencia y que tal vez nunca sepamos a quién decírselo. Es decir, tal vez nunca tengamos quien quiera oírlo. Será esa cuestión objeto de estudio de los antropólogos. Batófagos, serpentófagos, renacuófagos: humanos del pasado entre nosotros, los modernos.

Aquel temblequeo final del murciélago infectado e ingerido en China, vaya a saber uno para conjurar qué maldición minúscula, fue un problema cuando el patógeno del animal se montó en un humano al que le dio tos. Fueron ese osado jinete coronavirus y ese supersticioso hombre chino los que crearon la enfermedad COVID-19. Falta un detalle: el virus se genera de forma espontánea. Así, sin más. Y se contagia entre humanos a una velocidad inusual. El mercado de Wuhan fue cerrado a cal y a canto. Y la provincia de Wuhan apareció en todos los portales del planeta con el hervidero de apestados, sus hospitales creados en diez días, y la provincia entera puesta en cuarentena. La sintomatología era como la de una gripe, una angina, una bronquitis. La agudización era pulmonar. Las estadísticas agrupaban a los más atacados: los ancianos y los complicados de salud. A los niños no les hacía nada. Pero el ritmo de contagio era imparable. Los diarios de occidente insistían en mantener la noticia en tapa pero estaba muy lejos. El sufijo corona aportaba una gracia al asunto para los de habla hispana. Podría haber sido crownvirus y tal vez hubiéramos hecho menos chistes.

El virus se subió a los turistas y viajó en los transportes. Los chinos que se iban de viaje a fotografiar el mundo y el resto del mundo que entraba a China a recorrer su muralla y a buscar oportunidades comerciales fueron los primeros en desparramar. El Princesa de diamantes, con sus pasajeros y tripulación y el corona a bordo estacionó en un puerto en Japón y daba cuenta de una situación insólita de encierro con un manejo disparatado de la propagación que fue consumida como película de catástrofe. La trazabilidad de la infección planetaria da cuenta de la vieja y siempre vigente semana de la moda en Milán como intercambio de virus por doquier en el norte de Italia. Los chinos de la industria de la moda, los más fashionistas -no debemos olvidar que China viste al mundo- desfilaron sus virus por el norte de Italia. Y el resto es imaginación: comidas, brindis, besos, hombres y mujeres sensuales y fogosos, sexo en hoteles cinco estrellas, boites y cocaína, dinero, dinero, dinero, y los mejores zapatos del mundo. Italia sucumbió, Italia no tiene límites, Italia es muy cabrona. Había que volver. ¿Quién no fue a Italia, quién no fue a Italia aunque no haya ido? Coronas de laureles supo tener. Europa se contagiaba. Europa haciendo desastres. De Italia a España hay un solo paso. Noticias de Corea, noticias de Taiwán. Alguien proveniente de Wuhan llega a Washington. En las CVS de Nueva York se vende más tylenol.

Hasta Argentina no podía llegar. En el invierno, quizás. Pero estábamos de vacaciones y aún con el impuesto país al turismo daban las cuentas para salir a recorrer. De un día al otro aumentaban los contagiados en Europa mientras China dejaba al virus sin campo de acción. A mediados de marzo se palpitaba el alboroto inminente por regresar a la patria y al hogar como cuando para la música en el juego de la silla. En horas, la industria del turismo y la amabilidad había convertido a sus clientes en bombas biológicas con boarding pass. Hacerse de un ticket de avión como sea. Los aeropuertos eran nudos y nidos y las muchedumbres urbanas una sinrazón. Se cortaron los cronogramas del fútbol, clausuraron los conciertos y se cerraron los telones. Una lista de países de riesgo, más una lista de pacientes de riesgo, más una lista de recomendaciones asépticas: alejarse de las personas un metro para atrás, toser en el ángulo del codo, lavarse las manos al son de una corta -no tan corta- canción. El viajero arribado debía autoaislarse por quince días. El terror comenzó a cundir y comenzó a negarse. Surgió el fenómeno de los mayores de sesenta años encaprichados en tomarse el derecho al riesgo para no sentirse extirpados de la sociedad. Sacaron a los estudiantes de las clases. Anuncios e instrucciones. Prórrogas, salvoconductos, licencias. La burocracia acelerada en su misma baba de burocracia.

El coronavirus no tiene cura, no hay vacuna preventiva ni retroviral, es el peligroso otro. Una refriega de desinfectantes es la única solución. El acopio de productos para la prevención trajo la postal de las líneas divisorias entre llenar un chango para un búnker y no llenarlo. Se notaba demasiado en la desesperación la vocación por ser un payaso previsor, angurriento y ganador. Las góndolas sin nada que ofrecer; se lo habían llevado todo antes de que empiece la pandemia.

Una mañana la OMS jerarquizó al COVID-19 como pandemia con un solo de batería. Angela Merkel dio el discurso histórico que nos achicó el cielo en el siglo 21. Después se fue al supermercado a comprar un rollo de papel higiénico y unas botellas de vino para dar el ejemplo. Los gobiernos decidieron estrategias con personalidad identitaria de nación y de partido, e incluso según de qué lado se hacen la raya del pelo. Un concurso de casuística internacional que todavía no termina.

La incapacidad de inferir gráficos se sintetizó en el slogan “achicar la curva” que no quiere decir otra cosa que: no nos enfermemos todos a la vez sino de par en par, no muramos todos juntos sino de caído en caído. Las cuarentenas se declararon obligatorias. La dependencia a internet nos hermanó. El encierro resaltó el tiempo que nos queda y el que es. El chicle de la cuarentena no se puede tragar solo queda mascarlo como a un acullico de hojas de coca para extraerle algún jugo estimulante.

Los que salen a trabajar se exponen al contagio. Son las reglas de la conscripción. Un reclutamiento que nombra héroes mientras se mueren de miedo yendo en colectivo hasta la trinchera. Son las médicas, los enfermeros, los cajeros, las policías, los que limpian y reparten pedidos a domicilio. ¿Los seguros dónde están? ¿Sobre qué datos siguen cobrando las consultoras?

Asistiremos a miles de quiebras -la nuestra- y a una nueva reconfiguración de rescates, salvatajes, caridad, mendicancia, infartos y suicidios en una curva plana y constante como la ladera del monte aquel que no queríamos subir.

Pero será intolerable ver por televisión los féretros de madera rústica puestos en fila en los crematorios humeantes. Será intolerable oler la peste en el palier del edificio y verla salir de la casa de enfrente. Será intolerable transpirar la fiebre en el catre número 815 debajo de un tinglado. Será intolerable ver al médico toser debajo del barbijo. Será intolerable la orfandad de los que queden para contarlo.