Noventa años atrás, España comenzó a recorrer el camino más dramático de su historia contemporánea. El 18 de julio de 1936 dejó de ser simplemente una fecha para convertirse en una frontera entre dos sociedades que seguirían ocupando el mismo territorio, pero que dejarían de reconocerse como una sola nación.
Ese día, un grupo de militares encabezados por Francisco Franco se sublevó contra el gobierno de la Segunda República. El golpe de Estado buscaba una victoria inmediata. Sus impulsores suponían que bastaría con controlar los principales centros de poder para reemplazar al gobierno legítimo. Pero la respuesta de una parte importante de la población alteró todos los planes. Lo que debía resolverse en pocas horas con el movimiento de militares derivó en una guerra civil que se prolongaría durante casi mil días.
Ninguna tragedia de semejante magnitud surge de manera espontánea. Para comprender aquel julio de 1936 es necesario mirar varias décadas hacia atrás. En 1898, España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas, las últimas colonias en América. Se acababa el imperio que durante siglos había dominado buena parte del mundo. Su territorio quedó reducido a una fracción del que había administrado cien años antes y el golpe moral resultó tan profundo como el económico. La pobreza persistía, las desigualdades se agravaban y el sistema político era cada vez más cuestionado.
La tensión social fue creciendo hasta que en abril de 1931 Alfonso XIII abandonó el país y se proclamó la Segunda República. España inició una experiencia democrática que intentó transformar profundamente sus estructuras políticas, educativas y sociales. En apenas cinco años se impulsaron reformas de enorme alcance, aunque también crecieron las resistencias de quienes veían amenazados privilegios consolidados durante generaciones.
La República nunca tuvo un camino sencillo. Debió convivir con la violencia política de los extremos, con anarquistas y falangistas que no se daban tregua y la acosaban permanentemente. Aun así, las instituciones funcionaban. En 1931 triunfó la izquierda y en 1933 la derecha. Cuando en las elecciones de febrero de 1936 volvió a imponerse el Frente Popular, los que habían conducido los destinos de España durante siglos decidieron que no aceptarían una nueva derrota en las urnas. El golpe ya era un hecho.
La fecha elegida fue el 18 de julio de 1936. Madrid se convirtió desde el comienzo en el objetivo principal de los sublevados. Franco sabía que sin la capital no habría victoria. Sin embargo, la ciudad resistió casi tres años. Mientras los muros se cubrían con el célebre “No pasarán”, la población soportaba bombardeos, hambre y un desgaste permanente. Recién el 28 de marzo de 1939 las tropas franquistas lograron entrar en Madrid. Tres días después terminaba la guerra, tal como el dictador había pronosticado desde el principio.
Entre ambas fechas, España conoció el rostro más brutal del enfrentamiento interno. La guerra atravesó pueblos y ciudades. Hermanos combatieron en ejércitos opuestos; vecinos que habían compartido toda una vida dejaron de dirigirse la palabra; amistades de décadas quedaron destruidas por diferencias políticas que parecían irreconciliables; y familias acabaron divididas, muchas veces sin comprender siquiera el motivo.
La violencia modificó la vida cotidiana. Hombres que jamás habían imaginado empuñar un arma terminaron incorporados a uno u otro ejército. Las cárceles se llenaron, las ejecuciones se multiplicaron y el miedo terminó convirtiéndose en una presencia constante para millones de personas.
El costo humano fue estremecedor. Cerca de quinientos mil españoles perdieron la vida y una cifra similar emprendió el camino del exilio. El país quedó cubierto por fosas comunes y por silencios que atravesarían generaciones. Uno de cada cincuenta habitantes murió durante la contienda y otro debió abandonar su tierra para sobrevivir.
Quienes permanecieron en España no la pasaron mejor. La posguerra estuvo marcada por el hambre, las cartillas de racionamiento, las persecuciones políticas y una economía devastada. Recién en 1954 el producto bruto interno recuperó el nivel de 1935. Tuvieron que pasar dos décadas para volver a ser tan pobres como eran antes del comienzo de la guerra.
La derrota republicana abrió además el camino a una de las dictaduras más prolongadas de Europa occidental. Francisco Franco gobernó hasta su muerte, en noviembre de 1975, imponiendo durante treinta y seis años un régimen que condicionó profundamente la vida política, social y cultural de España.
Noventa años después, la Guerra Civil española continúa ofreciendo una enseñanza que trasciende fronteras y generaciones. Las guerras no nacen el día en que se dispara el primer fusil. Empiezan mucho antes, cuando el diálogo deja de ser posible, cuando las diferencias se transforman en odio y cuando una sociedad comienza a convencerse de que quien piensa distinto ya no merece ser escuchado.
Recordar aquel 18 de julio no significa permanecer anclados en el pasado. Significa comprender hasta dónde puede llegar una sociedad cuando la intolerancia sustituye a la convivencia. La inmensa mayoría de los españoles nunca imaginó que terminaría viviendo semejante tragedia. Cuando entendieron que el país había cruzado un límite, ya no era posible regresar. El daño era irreversible.
Hernán Labatte es escritor y abogado. Autor de Sin tu Venia y Un Puente en la Niebla








