domingo 6 de abril de 2025
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El dedo en el ventilador

Nuestro colega Mario Lubetkin, a quien conozco de años, de las andanzas periodísticas, y que viene del mundo internacional, de entrada resolvió poner el dedo en el ventilador e iniciarse como Canciller de la República con una decisión polémica.

Todavía no se había hecho cargo del Ministerio y anunció cambiar la posición de Uruguay sobre Venezuela y no reconocer a quien indiscutiblemente eligió la ciudadanía venezolana, el Dr. González Urrutia. Nos quedamos así en un limbo de neutralidad que no es digno, porque en el tema los demócratas no somos neutrales desde que estamos calificando a Maduro de dictador y nuestro gobierno lo reitera.

¿A qué se debe entonces ese cambio que simplemente muestra una actitud contemplativa ante la dictadura? ¿Cuál era el apuro? Si bien hay otros países democráticos que no reconocieron a González Urrutia, Uruguay sí lo había hecho y cambiar de posición, retroceder, merecía a nuestro juicio por lo menos un diálogo.

Imaginar que eso habilita de algún modo un diálogo con Maduro es de una irrealidad irredimible luego de todos los diálogos fracasados y la farsa de elección en que le tomó el pelo al mundo entero de un modo muy ostensible. Hay que tenerlo claro: Maduro no se va a ir de modo alguno, salvo que los militares lo desalojen del poder, cansados de ver a su pueblo pauperizado y de que la acción política opositora (que tenemos que seguir apoyando) les convenza de que algún día tendrán que salir y, por lo tanto, más vale antes de que se sigan acumulando odios. Ya no hacen falta más pruebas al respecto. Además, aunque duela decirlo, el Tratado de Roma, al establecer una jurisdicción universal que desconoce posibles leyes de amnistía o indulto, ha hecho que nadie puede asegurarle un exilio dorado a un dictador en fuga. El caso de Pinochet, apresado en Londres, abrió ese espacio jurisdiccional y todos los “Maduros” del mundo tienen claro que, salvo esconderse en algún país remoto, no tienen futuro. Nadie puede ofrecer indultos o amnistías que se desconocerán, de modo que los dictadores no se bajan por nada, salvo por la fuerza. Un noble principio tiene una consecuencia que, en los hechos, suele impedir soluciones excepcionales para situaciones críticas.

Con Venezuela nos ocurre, además, que estamos en un momento muy complejo. Hay un uruguayo desaparecido hace 100 días y no tenemos una respuesta. Es de una gravedad inusual.

En los hechos, la decisión tampoco cambia el status de nuestros asuntos, representados por Brasil a los efectos fundamentalmente consulares. Esto ni mejora ni empeora la atención a los uruguayos que en Venezuela viven.

En otro orden, un gobierno que se proclama fervorosamente mercosuriano no es muy lógico que habiendo un candidato paraguayo se adelante a votar a uno de Surinam. Allí no funcionó el Mercosur sino una agrupación de gobiernos izquierdosos que, liderada por Brasil, sumó a Colombia, Chile y Bolivia. No discutimos las calidades personales del candidato de Surinam, pero a Paraguay le habíamos prometido el voto y es inconsulto que lo cambiemos de ese modo y el país hermano se entere por la prensa.

Como es natural, aspiramos a que el país lleve adelante una política exterior que cuente con el mayor apoyo posible y para eso siempre hemos estado siempre los colorados. En el gobierno anterior hubo concordancias y discrepancias con el tema de Venezuela pero al final se había llegado a un cierto consenso, sobre todo cuando hay temas tan graves como un uruguayo desaparecido.

Nos parece fundamental subrayarlo, porque suelen confundirse los términos y hablar de una posible contradicción cuando se mantienen relaciones con Estados aún comunistas como China. El tema es clarísimo: con Venezuela tenemos acuerdos específicos en el ámbito latinoamericano. Incluso una Carta de Derechos Interamericanos. A China no tenemos nada que reclamarle porque no hay compromisos recíprocos y Uruguay nunca condicionó sus relaciones diplomáticas a la naturaleza del régimen. Hasta la dictadura mantuvo relaciones con la Union Soviética. En nuestro ámbito es distinto: hemos firmado una y otra vez convenios de respeto a la democracia y a los derechos humanos que Venezuela ha desconocido. Cuando nosotros caímos en la dictadura fue Venezuela quien nos reclamó, con todo derecho, e incluso rompió relaciones, recién restauradas el 1º de marzo de 1985, al instaurarse el primer gobierno democrático.

Más allá del episodio, bueno es señalar que estamos en un momento muy complejo del mundo. Ya no solo tenemos dos guerras con agresores y agredidos. Ahora tenemos a un Occidente dividido, porque EE.UU. abandona la política de solidaridad con Europa que sostiene desde 1917, durante la Primera Guerra Mundial. Como si esto fuera poco, la mayor potencia occidental resuelve irrespetar las soberanías nacionales, como hace con Panamá, a quien propone quitarle el canal por la fuerza y se lanza en una actitud de proteccionismo arancelario que hasta desconoce el mismo tratado que el Presidente Trump firmó con sus vecinos Mexico y Panamá.

Con ese panorama, con escenas tan grotescas como la vivida días pasados en la Casa Blanca de Washington, en que se habló hasta de guerra mundial, la prudencia parece ser la mejor consejera. No es un momento de salir a buscar protagonismos ni de alinearse con nadie. Hay que ver cómo se mueven las piezas de los grandes estados militares para nuestro país posicionarse del mejor modo posible en función del derecho internacional y el interés nacional. Que es de lo que se trata, por otra parte.

Publicado en El correo de los viernes el 7 de marzo de 2025.

 

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