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Opinión 06 10 2022

Montoneros y el asalto al cuartel de Formosa


Autor: Rogelio Alaniz









El 5 de octubre de 1975, Montoneros asaltó el “Regimiento de Infantería de Monte 29” ubicado en la ciudad de Formosa. El operativo fue bautizado con el nombre de “Primicia”, porque se trataba de la primera acción que esta organización guerrillera perpetraba contra las fuerzas armadas. Hasta la fecha, esas “hazañas” las cometía el PRT- ERP, porque Montoneros se dedicaba a asesinar dirigentes sindicales acusados de ser enemigos del pueblo, políticos “burgueses” como Mor Roig y policías como el comisario Villar. A diferencia del ERP, para esta organización peronista, las fuerzas armadas podían llegar a ser un aliado estratégico a la hora de la toma del poder. Un aliado estratégico siempre y cuando asumieran su conducción los supuestos militares nacionalistas. ¿Cómo en 1943? Como en 1943.

Sin embargo, aquel domingo de octubre de 1975 rompieron con esos escrúpulos teóricos y de hecho pasaron a asumir las mismas posiciones sustentadas por el ERP, es decir, considerar que la liberación nacional, se lograba enfrentando a las fuerzas armadas, consideradas el último baluarte de la dominación burguesa. Para esa fecha Montoneros se había autoilegalizado y le había declarado la guerra al gobierno de “la Martínez”. Isabel era presidente desde julio de 1974, es decir desde la muerte de Perón. El líder había dicho en un acto público a modo de despedida, que su único heredero era el pueblo, pero en términos prácticos su efectiva heredera fue su esposa. El gobierno de Isabel fue deplorable. El respaldo político de la esposa del general era la derecha peronista y las Tres A alentadas y consentidas por Perón. A la fenomenal crisis de gobernabilidad social y política de ese tiempo, Isabel le sumaba su incompetencia, aunque muy bien podría decirse a su favor que la crisis desatada para esa fecha estaba en condiciones de devorarse al estadista más pintado. Cuando Montoneros asalta el cuartel de Formosa, la señora Isabel estaba descansando en la localidad cordobesa de Ascochinga. Esa licencia se justificó por razones de salud.

Según se dijo, la señora necesitaba un tratamiento, aunque más de un observador consideró que se trataba de una maniobra para obligarla a renunciar, habida cuenta de que la situación en octubre de 1975 era inmanejable. La presidencia de la Nación en consecuencia había quedado a cargo del titular del senado, el peronista Ítalo Luder. En esas semanas circuló con insistencia el rumor de que había llegado el momento de obligarla a Isabel a renunciar y que Luder asumiera los reales atributos del poder. Según se dijo, Luder se negó a quedar ante la historia como un traidor a la esposa de Perón. ¿Habría sido una solución? ¿Luder, habría controlado la situación económica y pacificado los ánimos? ¿Habría parado al golpe de Estado ya en ciernes? Lo dudo. Para salir de la crisis hacía falta un mago o un estadista excepcional y Luder no era ninguna de las dos cosas. Especulaciones al margen, para la historia nunca es aconsejable responder por aquello que no ocurrió.

Retornemos a Montoneros. Para el universo mítico de sus militantes, era importante insistir en que Isabel no era Perón y que el verdadero peronismo estaba con ellos. Según esta composición de lugar, el proceso abierto en 1973 estaba cerrado, los gorilas habían copado al gobierno popular y la única alternativa que quedaba era la guerra contra el ejército imperialista. En realidad, los muchachos no estaban inventando nada nuevo. Cuando en 1973 levantaron la consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, la justificaban diciendo que con Cámpora se libraba una lucha en el interior del sistema institucional burgués, pero la estrategia “Perón al poder”, sólo podía realizarse a través de la guerra revolucionaria. Montoneros nunca renunció a ese objetivo, es decir, tomar el poder con las armas. Las elecciones, los cargos legislativos o ejecutivos que ocuparon, fueron movimientos tácticos orientados a fortalecer la estrategia final. En el camino, rompieron relaciones con los sindicatos, el Partido Justicialista y, finalmente, el propio Perón, quien los expulsó de la plaza aquel célebre 1º de mayo de 1974. Muerto Perón y con Isabel en el gobierno, Montoneros se lanzó a quemar etapas. No deja de llamar la atención a los historiadores que una organización que movilizó cientos de miles de personas y estaba integrada en más de un caso por dirigentes experimentados, no haya mantenido relaciones más sólidas con la realidad y, por el contrario, se haya precipitado al foquismo en sus variantes más alucinadas. Se sabe que algunas de estas decisiones disparatadas fueron objetadas internamente, aunque también se sabe que en estas organizaciones verticales y militarizadas no hay mucho margen para la democracia interna, por lo que, las pocas voces que se levantaron para advertir sobre los errores, fueron silenciadas por las buenas o por las malas.

¿Qué pensaba Montoneros del gobierno de Isabel? Una excrecencia, una molestia que hay que tratar de eliminar lo más rápido posible. Para octubre de 1975, las paredes de los edificios de las grandes ciudades estaban pintadas con la leyenda “Que se vaya la Martínez”. Las consideraciones teóricas eran de una simplificación estremecedora. Sus militantes de base lo expresaban de manera brutal y sincera: hay que precipitar el golpe de estado para sincerar las posiciones. Derrocada Isabel -decían- el enemigo quedará en evidencia a los ojos del pueblo; por su parte las organizaciones armadas tenderán a unirse y la guerra popular se iniciará con los mejores auspicios. Este razonamiento no lo leí ni me lo contaron, lo oí en boca de militantes, algunos de ellos muy sinceros y muy valientes, pero también muy enajenados y enceguecidos por el fanatismo y el resentimiento. Los argumentos con que se sostenían estas posiciones eran delirantes desde todo punto de vista. Por lo pronto, partían del supuesto de que las Fuerzas Armadas estaban integradas por una camarilla de cobardes y corruptos incapacitados de dar una batalla militar en serio.

El foquismo partía de esa premisa. Al respecto, se creía con fe de iniciado en que un puñado de hombres decididos a jugarse la vida haría retroceder a los ejércitos mercenarios pagados por el imperialismo. Se creía que la justeza de la causa les otorgaba a los combatientes un plus de energía y coraje que les permitiría derrotar a soldados conchabados y oficiales cobardes, reblandecidos y corruptos. Esta subestimación del enemigo y sobreestimación de la moral de sus propias fuerzas, fue fatal para las guerrillas de la Argentina y de América latina. Esta disposición a militarizar la política, a suponer que agudizando las contradicciones se precipitaría un desenlace revolucionario, produjo los resultados que luego padecimos todos los argentinos.

Conclusión: ocurrió lo que ocurrió y estaba previsto. Tanto golpear las puertas del infierno, tanto clamar para que salgan los militares de los cuarteles para que el enemigo quede en evidencia a la luz del día, produjo el terrorismo de Estado con su secuela de muertos y desaparecidos. Sería injusto decir que Montoneros y ERP fueron los únicos responsables de la tragedia nacional, pero también sería injusto liberarlos políticamente de toda responsabilidad, sobre todo -y esto es importante decirlo- porque hubo muchas voces, muchos argumentos que les advirtieron en todos los tonos posibles que marchaban hacia la tragedia y que en el camino se sacrificaban ellos y nos sacrificaban a todos. Los argumentos de que no se debía militarizar la política, que los secuestros o muerte de sindicalistas, militares o empresarios no resolvía nada y agravaba todo, que los llamados ejércitos populares que ellos decían haber construido, no eran más que puñados de militantes decididos a sacrificarse sin ninguna posibilidad cierta de victoria, que la proclamada guerra popular se parecía más a un delirio que a una estrategia política liberadora, eran conocidos e integraban el temario de las grandes asambleas de entonces.

El asalto al cuartel de Formosa fue un descomunal error. Para un protagonista de aquellos años como el señor Carlos Kunkel, le resulta cómodo decir que se debe indemnizar a los familiares de los soldados muertos como parte de pago “por la macana que hicimos”. El problema es que en política a las macanas hay que preverlas en tiempo presente y no cuarenta años después. Desde la impunidad y la comodidad de sus bancas o de sus rentas, los dirigentes de Montoneros o de lo que quedó de Montoneros, estiman que en 1975 se equivocaron, mientras mantienen intacta la subjetividad que los condujeron a precipitar un baño de sangre para todos los argentinos.


LOS HECHOS

No fue exactamente a las cinco de la tarde como le gustaba a Federico Garcia Lorca, pero no le anduvo lejos. Era domingo y hacía calor. Los soldados volvían de jugar al fútbol. No eran muchos, porque la mayoría había salido con el permiso del fin de semana. Los que quedaron en el cuartel eran los más pobres, los que no tenían ni para pagarse un colectivo o un tren para llegar a su casa. O los que sabían que en el cuartel por lo menos iban a comer y a dormir en un colchón bajo techo. Es más, dos de ellos cambiaron el franco por unos pesos o por hacerle la gauchada a algún amigo que quería visitar a su novia o asistir al cumpleaños de la madre.

Todos esos detalles domésticos, a los chicos de Montoneros parecían no preocuparles demasiado. Ellos eran combatientes y la justicia de la causa y la proverbial sabiduría de sus jefes justificaba con creces lo que estaban por hacer. Los más politizados supusieron que los soldaditos, como parte del campo nacional y popular, se iban a plegar jubilosos a sus filas. Si con alguien había que tirotearse sería con los oficiales gorilas.

Era lo que creían y, por supuesto, se equivocaron de punta a punta. ¡Ironías de la vida! Los chicos de Montoneros tomaban un cuartel en nombre de la liberación de los pobres, pero los sacrificados en la jornada iban a ser precisamente los pobres. ¡Ironías! A los despojados de la cultura, la dignidad y los bienes, los Montoneros los iban a despojar de la vida. Se tomaba un cuartel, se iniciaba la guerra popular para liberar a los pobres y el primer paso de semejante empresa consistía en matar pobres. ¿Era lo que querían? Seguramente no. Pero cuando la política es suplantada por el delirio, suelen pasar estas cosas. Cuando el revolucionario olvida las lecciones del humanismo y la racionalidad termina aniquilando a los que desea liberar y aniquilándose a sí mismo.

Casi medio siglo después, los muchachos se harán la autocrítica. Medio siglo después. Así de sencillo y de fácil. Mataron a inocentes y mandaron a morir a sus compañeros, pero todo se arregla con una autocrítica. Siempre hay un Kunkel o un Verbitsky a mano, con la palabra justa como para salir del paso.

Retornemos a aquella cálida siesta formoseña de octubre de 1975. En primer lugar, los soldados no se rindieron ni aceptaron pasivamente someterse a sus órdenes. Me refiero a los que tuvieron la oportunidad de resistir, porque a varios de ellos los mataron sin decir agua va. Algunos se estaban duchando y otros se habían recostado en la cama para echarse un sueñito. Ninguno despertó más. Los mataron como a perros. Y todo ello en nombre del socialismo o, para ser más preciso, del socialismo nacional. Porque, bueno es aclararlo, los muchachos eran peronistas y lo seguirán siendo, a pesar de que Perón antes de morir los había echado de la plaza con un adjetivo elocuente: “Estúpidos”. Como dice Fabián Casas en un poema: “Ustedes, que se colgaron de los árboles de Gaspar Campos y fueron a esperar al Duce a Ezeiza, tuvieron que soportar que el viejo no les trajera la revolución, sino la peste”.

No, no eran marxistas, eran peronistas y cristianos, cristianos que habían olvidado los deberes de la compasión y la piedad. Del marxismo habían asimilado lo peor, lo más trivial y descartable. Pulitzer con Marta Harnecker y algo de Puiggrós, Hernández Arregui y Abelardo Ramos. El resto pertenecía a las canteras ortodoxas del peronismo, mechado con Primo de Rivera, el padre Ezcurra, Mao y algo de socialismo islámico. Con ese mejunje, con esa albóndiga amasada con sobras de platos diferentes, quisieron tomar el poder. Menos mal que fracasaron.

“Rendite negro que con vos no es la cosa”, le dijeron al soldado Hermindo Luna. Isidorito Cañones o Macoco Alzaga Unzué hubieran sido más delicados. Ni el capanga del obraje más explotador trata a un hombre humilde en esos términos. Los niños bien de Montoneros no lo sabían, pero a un morocho si se lo respeta no se lo trata de negro, otorgándole al vocablo el tono clasista y despectivo de un insulto. No, así no se le habla a un soldado, sobre todo si se considera que ese morocho debe ser el beneficiario del socialismo nacional.

Por supuesto, “el negro de mierda” no se rindió. Conviene recordar su nombre y apellido: Hermindo Luna. Era un muchacho humilde que no sabía leer ni escribir. Si alguna identidad política poseía, ésa era la del peronismo, un peronismo primario, esperanzado, que no necesitaba matar sindicalistas o tomar cuarteles para ser tal; un peronismo que funcionaba más como una identidad cultural que como una ideología política. Criado en el monte, el cuartel le había dado a Luna las comodidades y beneficios que nunca había conocido. Y un consistente y elemental amor a la patria.

“Rendite negro que con vos no es la cosa”. Todo un manifiesto montonero. El trato de negro y la aclaración final: “Con vos no es la cosa”. O sea, que ni siquiera le dejaban lugar para ser algo. En efecto, según sus verdugos su exclusivo destino era rendirse, porque ni siquiera le daban la entidad de enemigo. “Con vos no es la cosa”. Pues bien, Luna no pensó lo mismo. En el acto advirtió que era con él y contra él y pegó un grito, probablemente un sapukay y dijo: “Aquí no se rinde nadie carajo”. Lo mataron en el acto. “Un negro de mierda no nos va a impedir realizar la proeza revolucionaria de tomar un cuartel”, se dijeron entre ellos a modo de justificación.

¡Pobres Montoneros! No entendían nada y mucho menos estaban en condiciones de entender a los pobres. Entender que para un hombre despojado de todo, lo único digno en su vida es la defensa de la bandera y del cuartel que le dijeron que debía custodiar. Luna seguramente no conocía los laberintos de la dialéctica o las incógnitas de la lucha de clases, pero a su manera tenía claro lo que merecía ser defendido y dio la vida por ello. Hermindo Luna. Sus padres llegaron dos días después a retirar el cuerpo del muchacho. Venían descalzos, porque para ellos hasta la alpargata era un lujo que no podían permitirse. Aceptaron el cadáver del hijo con la resignación y la fatalidad que poseen aquellos para quienes la vida siempre ha sido un presente de miserias.

El “Operativo Primicia” fracasó en toda la línea. Fracasó, pero salió caro. Alrededor de treinta muertos y muchos heridos. Entre los muertos, un oficial y un suboficial. El oficial se llamaba Ricardo Massaferro. Su padre se había levantado en armas en 1956 contra los gorilas de la Libertadora. Él mismo se consideraba un héroe de la resistencia y había capacitado militarmente a cuadros Montoneros. Nada de ello impidió que le mataran al hijo. ¿Una trágica coincidencia? Puede ser, pero cuando los errores incluyen derramamientos de sangre, esas casualidades se transforman en causalidades.

El “Operativo Primicia” fracasó en toda la línea, pero el comunicado de Montoneros emitido al día siguiente transpira optimismo. Según ellos, el enemigo está acorralado, sus horas están contadas, sus soldados están desmoralizados y el socialismo está a la vuelta de la esquina. El socialismo nacional, se entiende.

Los sobrevivientes lograron escapar en dos aviones, un Boeing 737 de Aerolíneas Argentinas y un Cessna 182. Uno realizó un aterrizaje forzoso en Susana, una localidad santafesina cercana a Rafaela; y el otro, en un campo de Corrientes. Pocos días después, el número 8 de la revista Evita Montonera titulaba con la siguiente noticia: “Formosa: victoria del Ejército Montonero”. ¿Creían en serio lo que escribían, estaban mal informados o mentían? No lo sé. Sí sé que el lunes 6 de octubre los comandantes de las Fuerzas Armadas se reunieron con el presidente Luder y sus ministros. Entre otros están presentes Ruckauf, Cafiero y Vottero. Los militares exigen que las franquicias otorgadas para actuar en Tucumán se extiendan a toda la Nación. Luder firma los decretos donde la palabra que más se destaca es “aniquilar”. Vottero está tan entusiasmado por la carnicería que se viene que no puede contener la euforia y el orden de la sintaxis. “Hay que matarlos como ratas y perseguirlos”, exclama con labios húmedos y sensuales. Ruckauf lo corrige con su inefable sonrisa: “Primero hay que perseguirlos y después matarlos”. Los militares los miran taciturnos y solemnes. No terminan de entender por qué los peronistas se ríen tanto, por qué se los ve tan felices.

Publicado en El Litoral.