Por Antonio Legaz.
En las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, el diablo está en los detalles. Mientras los mediadores cataríes llegaban a Teherán para empujar el tramo final del acuerdo, una parte del equipo iraní se fijaba en que firmar el domingo significaba firmar el día del cumpleaños de Donald Trump. El medio Fars, próximo a los guardianes de la revolución, dejó caer que los responsables iraníes difícilmente aceptarían rubricar un pacto en una fecha que permitiría al presidente estadounidense envolver la tregua como regalo personal. Por ello, el acuerdo se ha desplazado al viernes siguiente en Suiza.
La cuestión es que, según Vance, dicho acuerdo ya habría sido firmado digitalmente ese mismo domingo, aunque la ceremonia se desplazara al viernes en Suiza. Si es cierto, Teherán evitó la foto del cumpleaños, pero no del todo el regalo. Washington obtuvo la firma e Irán conservó la escenografía. En un pacto construido sobre ambigüedades, hasta la diferencia entre firmar y escenificar la firma se volvió parte de la negociación.
La historia es anecdótica, pero ejemplifica bien las negociaciones. Entre Estados Unidos e Irán, incluso el calendario es un campo de batalla. Si Washington necesitaba presentar el acuerdo como una demostración de fuerza (Ormuz reabierto, el petróleo fluyendo, Irán contenido), Teherán necesitaba demostrar que no firmaba bajo presión ni entregaba a Trump una victoria empaquetada para consumo interno. La diplomacia, cuando las partes no se reconocen legitimidad, se convierte en una disputa de coreografías. Cada verbo, cada fecha y cada silencio importa porque cada actor negocia dos veces: una con el adversario y otra con su propia audiencia.
El borrador del texto que se conoce encaja mejor en la tradición de los “memorandos de entendimiento” que en la de los tratados. Pakistán anunció un texto final acordado, y Washington e Irán aceptaron el marco. En este sentido, Islamabad conserva el papel de depositario político porque fue el canal que hizo circular propuestas, contrapropuestas y garantías mínimas cuando la ONU y la Unión Europea carecían, por así decirlo, de acceso real a la sala. Esta vía permite a Trump evitar una negociación encapsulada en el formato europeo del JCPOA, demasiado asociado a Obama y a la diplomacia de los procedimientos. Catar (que financió parte de la logística y tiene interés directo en que el Golfo vuelva a la normalidad energética) y Omán (que gestiona el corredor activo con Teherán desde 2012) sirven de bisagras regionales. Turquía y Arabia Saudí también participaron en distintas fases.
Lo firmado tiene un esqueleto bastante poco concreto, basado en puntos generalistas. Irán reabre el estrecho de Ormuz a los buques comerciales y Estados Unidos levanta su bloqueo naval sobre puertos iraníes en un plazo de treinta días. Asimismo, Washington se compromete a no imponer nuevas sanciones, conceder exenciones petroleras, liberar 25.000 millones de dólares en activos congelados y negociar un plan de reconstrucción con aliados regionales. En el plano nuclear, Teherán declara que no producirá ni adquirirá armas nucleares, detiene el nuevo programa de enriquecimiento y acepta discutir, en sesenta días, el tratamiento de su uranio altamente enriquecido, incluida una posible dilución en suelo iraní. El cese de operaciones militares se extiende, en la formulación paquistaní e iraní, a todos los frentes, incluido el Líbano, una cláusula que Israel nunca ha aceptado formalmente.
Antes de la guerra pasaban por Ormuz unos 150 buques diarios, que representaban el 21% del comercio global de petróleo. Durante el conflicto, ese tráfico se desplomó hasta los cinco barcos diarios (una caída del 97%), el Brent tocó los 126 dólares el barril y las primas de seguro de guerra para el Golfo se multiplicaron por diez, según Lloyd’s Market Association. Un armador no arriesga un petrolero porque Trump escriba “let the oil flow“. Para ello, necesita saber si las aseguradoras rebajan la prima de guerra, si los clubes P&I cubren el tránsito y si Irán distingue con claridad entre cargueros y buques vinculados a fuerzas hostiles. Es decir, el memorando compra una normalización comercial sin resolver del todo la pugna sobre la autoridad del estrecho. La Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) publicó en Telegram que su gestión “seguirá siendo dominio exclusivo de la República Islámica”, lo cual indica que el estrecho puede seguir siendo un polvorín.
La retirada del bloqueo tampoco ocurre apretando un interruptor. Implica órdenes al Pentágono, cambios en reglas de enfrentamiento, corredores marítimos, liberación de buques retenidos y mensajes a navieras y compradores asiáticos. Por otro lado, el plazo de treinta días crea un calendario de verificación posible. Cada petrolero que vuelva a cruzar reducirá la tensión, pero cada incidente con una patrullera iraní o una escolta estadounidense dará munición a los enemigos del pacto.
La economía del acuerdo tiene la misma estructura: aparenta claridad y esconde complejidad. Los 25.000 millones en activos son la cláusula más controvertida. Irán quiere dinero fungible y Estados Unidos quiere dinero trazable. La solución probable pasa por cuentas restringidas, pagos a proveedores y líneas de crédito vigiladas: condiciones suficientes para sostener la negociación y presión suficiente para cerrarla si la fase nuclear se atasca. Además, a esa arquitectura se suma un fondo de reconstrucción de hasta 300.000 millones de dólares, que Washington presenta como financiación del Golfo y no como dinero estadounidense. La idea es premiar la desescalada sin parecer que se rescata al régimen que se acaba de bombardear.
Pero existe un gran obstáculo: muchas de las sanciones más duras fueron codificadas en ley por el Congreso, por lo que no son órdenes ejecutivas. Trump no puede levantarlas unilateralmente, por lo que necesita apoyo legislativo para ejecutar la parte económica del acuerdo. Y esa negociación interna todavía no ha comenzado. El 4 de junio, la Cámara de Representantes ya votó 215 a 208 para limitar sus poderes de guerra en Irán, y fue la primera fisura real en el bloque republicano, con cuatro congresistas que cruzaron el pasillo. En el Senado, otros cuatro republicanos (Rand Paul, Collins, Murkowski y Cassidy) se oponen a continuar el conflicto. Cabe recordar que el 64% de los estadounidenses considera la guerra una decisión incorrecta.
El punto nuclear es el que más define el acuerdo porque es el que menos se resuelve. Irán tenía 440,9 kilos de uranio enriquecido al 60% antes de los bombardeos. La distancia entre el 60% y el 90% necesario para un arma es menor que la que va del 20% al 60%. Natanz quedó dañada en torno a un 75%; Fordow, construida bajo granito a 80 metros de profundidad, resultó prácticamente intacta. El tiempo de ruptura iraní se estimaba en doce días antes de los ataques; tras ellos, oscila entre dos y doce semanas, una horquilla que refleja lo que nadie sabe con certeza. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de la ONU lleva meses sin acceso verificable a instalaciones clave y sin imagen limpia del material enriquecido. Una dilución sin inspectores sería un escenario con insuficientes pruebas para Washington, pero un desmantelamiento total resultaría inaceptable para Teherán. Entre esas dos posiciones viven los sesenta días de la fase dos: tiempo suficiente para tranquilizar mercados, bastante para que Irán no lo viva como rendición.
El acuerdo también tiene consecuencias que no aparecen en el texto, e Israel es el principal perjudicado. La guerra empezó como campaña para degradar capacidades nucleares y balísticas iraníes. El memorando congela la escalada y no toca el programa de misiles balísticos de Teherán ni cierra el expediente de Hizbulá. Netanyahu puede guardar silencio, exigir garantías sobre material enriquecido y esperar que la fase dos fracase. Si ataca, aparecerá como saboteador de una reapertura celebrada por los mercados, los europeos, los chinos y los países del Golfo. Incluso Trump ha sido crítico con Netanyahu por los bombardeos israelíes sobre Beirut justo cuando el acuerdo se estaba cerrando.
La Unión Europea observa todo esto con la mezcla de interés y ausencia que la caracteriza en Oriente Próximo. Fue el actor central del JCPOA de 2015; sin embargo, esta vez no tuvo asiento en la sala. Su propio régimen de sanciones (con tres capas independientes del estadounidense: nucleares, derechos humanos y designación terrorista de la IRGC desde 2022) significa que la economía iraní no se normaliza completamente aunque el nuclear se resuelva. La UE puede levantar una capa sin tocar las otras, una flexibilidad que Bruselas usará como palanca en la fase dos si consigue sentarse en la mesa.
A pesar de lo que se firme en Suiza, el mundo necesita hechos. Necesita barcos cruzando, bancos procesando, inspectores supervisando, milicias quietas, un Israel contenido, un Irán cobrando sin sentirse domesticado y un Congreso estadounidense que no corte el hilo legislativo antes de que la tinta se seque. Son muchas variables para un memorando firmado entre enemigos. También es la única fórmula disponible.
La anécdota del cumpleaños muestra que, en el fondo, este acuerdo es un pacto entre adversarios que no han resuelto sus diferencias, pero que han decidido que el coste de seguir escalando supera por ahora el de administrar la desconfianza. Obama dijo que el texto “no es una mejora significativa respecto al JCPOA”, el mismo acuerdo que Trump destruyó en 2018. A veces la diplomacia no pacifica, simplemente reduce la velocidad del desastre. Lo que viene después (sesenta días para la fase dos, el uranio, los inspectores, los misiles y vectores que nadie ha mencionado) dirá si este acuerdo fue el principio de algo o solo un balón de oxígeno para los republicanos en las elecciones de medio mandato.
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