menu
Opinión 23 09 2020

Disparen contra Buenos Aires


Autor: Hilda Sabato









En los últimos tiempos, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) ha pasado a ser el blanco predilecto del discurso político oficialista, que la convierte en responsable del histórico desequilibrio territorial argentino, la concentración de una riqueza presumiblemente conseguida a fuerza de expropiar al resto del país y la creciente desigualdad social que nos aqueja. Para sustentar ese relato, se recurre a imágenes muy arraigadas en el sentido común sobre nuestra historia: Buenos Aires cabeza de Goliat, acaparadora de gentes y riquezas en detrimento del resto del país, sede eterna del puerto y de la aduana, egoísta resistente al federalismo, entre otras.

Pero contra lo que pregonan el Presidente y sus seguidores, estas representaciones no hacen referencia exclusiva a esa porción urbana que hoy llamamos CABA, sino que se forjaron en distintos momentos de la historia para denunciar a la metrópolis porteña en general o para criticar el enorme peso relativo de la provincia en la distribución de población y riquezas. ¿Por qué, entonces, ese deslizamiento? ¿Por qué adjudicar solo a una parte de la gran ciudad los males que, según las imágenes mencionadas, atañen a toda ella? Más aún, si vamos hacia atrás en el tiempo, encontraremos a la provincia en su conjunto plasmada en representaciones semejantes. Es cierto que la designación “Buenos Aires” para diferentes espacios se presta a la confusión, pero no parece que estemos frente a un simple malentendido…

Hagamos un poco de historia. A lo largo del siglo XIX, la provincia de Buenos Aires se convirtió en la más rica de la Argentina. Fue durante las sucesivas gobernaciones del dirigente federal por antonomasia, Juan Manuel de Rosas (1829-32 y 1835-52), que la provincia ganó posiciones frente al resto, tanto en el terreno económico como político, una preeminencia que se acentuó en las décadas siguientes. Para entonces, la distancia entre Buenos Aires y el resto del país en esos planos ya parecía irremontable, y alimentó representaciones muy negativas respecto de la provincia concentradora de riqueza y poder en detrimento de las demás.

A partir de 1860 y como parte de la flamante República Argentina, Buenos Aires ya no controló los ingresos de la aduana, que pasaron a las arcas del Estado nacional, y en 1880 perdió también su ciudad cabecera, que fue traspasada a jurisdicción federal, sustraída a la provincia y convertida en capital de la Nación. No obstante estas pérdidas, la provincia siguió creciendo en población, producción e infraestructura. La ciudad, por su parte, aunque despojada de autonomía política y con intendentes que fueron, hasta 1994, designados por el Poder Ejecutivo nacional, también aumentó su cantidad de habitantes y reafirmó su lugar como centro de comercio, industria y servicios y sede del aparato del Estado. Los límites administrativos que tenía como capital pronto quedaron superados por una población que no dejaba de multiplicarse, dando lugar a una mancha urbana –embrión del futuro Gran

Buenos Aires– que se extendió sobre el territorio provincial por fuera del distrito entonces denominado “Capital Federal”. A poco de andar, se convirtió en una de las ciudades más importantes de América Latina, destacada por su dinamismo en todos los planos de la vida social.

Ya en el siglo XX la tendencia al crecimiento absoluto de la población y la producción de la provincia siguió firme y nunca llegó a ceder la delantera en el conjunto del país. Hoy no solo es la provincia más extensa en superficie –si excluimos la de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur–, sino también la más poblada, ya que concentra casi el 40 por ciento del total nacional. Esta cifra incluye, claro, a los habitantes del Gran Buenos Aires, que a lo largo del siglo XX aumentaron sustantivamente su peso en el total provincial para representar hoy más de dos tercios del conjunto (unos 12 millones). Solo un límite administrativo separa al GBA de la CABA, donde viven, por su parte, otros 3 millones de personas, cifra que no se ha modificado demasiado desde 1947. Pero ese límite significa muy poco a la hora de pensar la gran ciudad en que se ha convertido Buenos Aires. Esta combina diferentes unidades administrativas en un conglomerado de unos quince millones de habitantes, fragmentado y heterogéneo –como bien ha señalado Adrián Gorelik en la entrevista publicada el 12/9/20 por la nacion /Ideas–, pero funcionalmente conectado y atravesado por articulaciones y relaciones múltiples. Se trata, en suma, de una gran metrópolis que, como tantas otras en el mundo, devino un foco potente de actividades humanas, de vida social y cultural, pública y política, y durante décadas atrajo a migrantes internos e inmigrantes extranjeros que se integraron a la ciudad.

En el largo plazo, Buenos Aires, primero la provincia y luego la ciudad, inspiraron las imágenes ya evocadas que la sindican como beneficiaria y responsable de muchos de los males argentinos. Sin embargo, la actual distribución en materia territorial, de población y riquezas ha sido producto de múltiples factores y ha dado lugar a un sinnúmero de discusiones y debates en torno a sus causas y posibles soluciones, que nunca redundaron en cambios de fondo.

Buenos Aires sigue concentrando recursos humanos y materiales como resultado de procesos de largo aliento que tienen por protagonista a la ciudad en su conjunto (el AMBA). Al mismo tiempo, esos recursos se distribuyen de manera muy desigual, con sectores privilegiados muy ricos y grandes bolsones de pobreza que ha devenido estructural. Atribuir esta situación a la “culpa” de una parte de esa metrópolis, la CABA, es no solo históricamente inexacto, sino políticamente sesgado. Acusarla una y otra vez de acaparamiento y a sus habitantes de no solidarios, y aprovechar ese diagnóstico para castigarlos con políticas discriminatorias no parece la mejor receta para torcer tendencias históricas que exceden en mucho su geografía.

Si se buscara –por las razones que sea– modificar esas tendencias de largo plazo, habría que partir de un diagnóstico honesto que no invente un chivo expiatorio elegido por motivos partisanos, para sancionar a un jefe de gobierno de otro partido y a una población que mayoritariamente no ha favorecido al oficialismo en las últimas vueltas electorales. Y empezar por reconocer a la ciudad de Buenos Aires como lo que es, un conglomerado urbano heterogéneo, social y culturalmente complejo y políticamente plural. Difícil reducirla a una sola voz, y no por su “opulencia” o su “egoísmo”, sino por su histórica diversidad. También, habría que encarar una discusión amplia y sin prejuicios sobre la distribución de la riqueza y de los recursos públicos en la Argentina, sobre los impuestos y la coparticipación, sobre los gastos y los ingresos de todas las provincias y del Estado nacional. No es estigmatizando a los porteños que se lograrán las metas de mayor igualdad y mejor justicia, tantas veces proclamadas sin demasiadas consecuencias.

Solo un límite administrativo separa al GBA de la CABA

Pero ese límite significa muy poco a la hora de pensar la gran ciudad en que se ha convertido Buenos Aires.

Publicado en La Nación el 23 de septiembre de 2020.

Link https://www.lanacion.com.ar/opinion/disparen-buenos-aires-nid2458002