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Opinión 20 04 2021

“Dime con quien andas”: política exterior y elección de socios en un mundo bipolar


Autor: Juan Battaleme y Adolfo Rossi









“Dime con quien andas y te diré quien eres”, una expresión popular que alertaba sobre los riesgos que tenían determinadas juntas. Tal vez considerada un tanto demodé sirve para pensar el momento de alineamientos internacionales actuales. La política exterior comienza “por casa”, señala Richard Haas, presidente del Council of Foreign Relation con el objetivo de reflexionar sobre la manera en que la combinación de factores externos y aquellos de índole interna, como burocracias, ideas, idiosincrasia, partidos políticos, facilitan los enlazamientos entre países, producen rupturas, crean sentido de sociedad y amplían o cierran el juego de diversos actores en la arena internacional.

La “gran estrategia” de un país es el resultado de esa particular mezcla, en tanto se espera que ciertos objetivos sean alcanzados gracias un determinado consenso político, sabiendo que 1) son temporales, 2) si son funcionales se van adaptando con el paso del tiempo, 3) todo acuerdo queda sujeto a revisión y 4)  no resulta difícil romper unilateralmente con los consensos previamente alcanzados por cuestiones maniqueas o disposiciones arbitrarias.          

Ejemplo, Trump rompió con el acuerdo de cambio climático de Paris, mientras que Biden resolvió volver. La ruptura de los acuerdos de pesca celebrados con el Reino Unido en los años noventa por parte de Argentina durante la administración Kirchner es otro ejemplo. Si bien los acuerdos se hacen para respetarse y mantenerse en el tiempo, los mismos pueden romperse. Volver se puede, pero como dice en tango, por lo general se lo hace con la “frente marchita”, esto es que las condiciones de retorno cambiadas y en gran medida dependerá de las razones que provocaron la ruptura.  

Supongamos por un instante que existe en nuestro país un consenso por parte de los decisores argentinos en materia de relacionamiento externo que permite movernos en el marco internacional actual.  

El mismo reza que debemos quedar equidistantes del enfrentamiento entre China y EE.UU. siguiendo un latiguillo que remarca la necesidad de “mantener las opciones abiertas”, y evitar “quedar atrapados” como consecuencia de los problemas derivados por un aumento en la rigidez política entre los grandes poderes. En teoría un punto razonable y válido aunque complejo en la implementación y sobretodo ambigua. Empecemos por lo básico: ¿cuál es métrica que podemos emplear para pensar la equidistancia? ¿Existe dicha equidistancia? ¿O es más algo declarativo formal, que encubre movimientos decisivos a restaurar una alineación preexistente? ¿se mide por el calibre de los funcionarios que visitan un país o Por los negocios que se terminan de cerrar  gracias a una determinada postura?

Para poder responder estas preguntas resulta importante señalar que: 1) Argentina tiene problemas para lidiar con las situaciones de transición. 2) Calibrar el impacto en los cambios en la distribución de poder no es una tarea sencilla, porque implica mirar un futuro que se encuentra en desarrollo. 3) El condicionante doméstico es cada vez más fuerte que el externo, y que la voluntad de respetar a la base de apoyo a pesar de las consecuencias que ello puede tener para el país en su conjunto. Bruce Bueno de Mezquita y Alastair Smith, en su libro “The Dictator Handbook” explican las razones por la cual el “mal” comportamiento puede ser una “buena” política: permite mantenerte en el poder.

En una sociedad agrietada, los “pro” china, Rusia, EE.UU. “patria grande o chica” dan cuenta de su peso relativo, ideas, necesidades y base de apoyo. No se trata de una pelea acerca del futuro del país, es algo menos brillante significa ver en el plano internacional quien me ayudará a mantenerme la posición como grupo dominante.     

La historia nos presenta una situación similar al actual momento: El período de entreguerras en el siglo XX. A partir del 30 en un mundo que se debatía entre el autoritarismo y la democracia, Argentina, condicionada por la dinámica doméstica, optó por opciones autoritarias, cambiando de alineamiento externo según las necesidades y apoyos  existentes, esa situación se tradujo en una neutralidad vergonzosa frente a un régimen genocida como fue el de la Alemania Nazi.    

Este viejo y conocido dilema, vuelve a aparecer en nuestro horizonte cercano: elegir entre dos opciones que presentan cada vez un mayor grado de incompatibilidad. Aún cuando queramos transitar la misma de forma “equidistante” siempre ha sido complicado para el país manejar tríos a escala internacional tal como lo muestra Carlos Escudé en su libro “Gran Bretaña, EE.UU. y la Declinación Argentina”. Vulnerables en lo económico y con cierta predilección por modelos autocráticos, la política externa se debate en quien será nuestro próximo socio de conveniencia.

Ese dilema resulta difícil de resolver cuando además existe una clara división política en la élite y el nosotros versus ellos trasunta el espectro político de forma maniquea. La patria es lo que queramos que sea.  Nuevamente a los inicios de la tercera década del Siglo XXI, vamos acompañando el fenómeno global de Estados que abandonan la democracia en pos de regímenes autocráticos, o miramos con cierto aprecio regímenes democráticos iliberales, mientras caminamos nuevamente hacia nuestro propio crepúsculo institucional. Mientras citamos a Alberdi en twitter, el modelo institucional se acerca al del gobernador de Formosa.   

Entonces, ¿Que supone mantener las opciones abiertas?: ¿Comprarle a todos?, ¿comprarle a quien nos compra?, ¿tener vinculaciones militares con “todos” aun cuando ese “todos” se encuentran más enfrentados?, ¿llevarnos bien con quien nos brinde la plata que necesitamos para hacer las aquellas cuestiones domésticas que se deseen, incluyendo tropelías? ¿Modelos políticos que dejen hacer a unos pocos en detrimento de las mayorías?  

Llevarse bien con todos no necesariamente es posible más allá de las buenas intenciones declarativas que tiene el mantra. Elegir bandos tiene costos, pero no elegir también. De la “neutralidad”; pasando por la política de “tercera posición” durante la guerra fría y la ejecución de políticas de plegamiento al finalizar el siglo, muestra lo complejo que es sopesar costos y beneficios de determinadas acciones. No elegir suele ser una alternativa cuando se tiene el poder suficiente para evitar o rechazar los costos, o cuando por alguna razón se es importante para las partes en conflicto; o si se es irrelevante al punto tal que no importa que opción que se elige ya que por lo general el apoyo brindado es testimonial.  Ninguno de estos es el caso de Argentina.

Si aceptamos que en materia externa hasta el momento fue “llevarnos bien con todos” (y eso es un gran supuesto),  ello no nos aseguro vacunas suficientes de nadie. Claro está que además hay que comprarlas, y para ello se necesitan recursos, por lo tanto la equidistancia sirve de poco. “Llevarse bien” en materia internacional importa porque genera una mejor predisposición y velocidad en la ejecución de un contrato, algún acceso diferenciado o una excepción puntual y sobretodo buena voluntad cuando los problemas aparecen. Lamentablemente, en el caso de Argentina sabemos que cada vez nos llevamos peor con muchos y algo bien con unos pocos.

La coalición que detenta circunstancialmente el poder ya no se encuentra en equilibro y mientras una facción gana peso, vemos que las otroras “contradicciones políticas”, los cambios de rumbo y deficientes implementaciones, se van transformado en rumbos definidos, complican la tradicional hermandad con los países mas cercanos a nivel regional, dispara suspicacias y ruidos innecesarios para un país con un 42% de pobreza y que necesita del mundo para poder salir de su estancamiento.    

El llamado “idealismo realista” esbozado en la apertura de sesiones del Congreso no tiene nada del wilsonianismo liberal ni tampoco de la prudencia de Tucídides, por el contrario refleja que la contradicción de ideas en la coalición gobernante y el mayor peso que  tiene un sector de la coalición en temas que reafirman sus tradiciones autocráticas.  No resulta compatible defender los derechos humanos al tiempo que se apoya al gobierno de Venezuela. El más estable de nuestros compromisos internaciones como es el Mercosur enfrenta las dificultades debido a la limitaciones domésticas de quienes detentan el poder formal pero no el real al interior de la coalición. El acuerdo Mercosur-UE se aleja cada vez más. El repliegue a posiciones de cierre en un mundo que empuja por volver a abrirse.

El proclamado “multilateralismo solidario y pragmático”, implica aumentar los vínculos forjados durante la pandemia, en detrimento de otras opciones, retomando las relaciones prioritarias establecidas entre el 2010 y 2015. El multilateralismo centrado en el estado se opone al multilateralismo centrado en las sociedades, utilizándoselo mas para reafirmar posiciones soberanas que para coordinar acciones globales. Ser soberano implica tener la capacidad por la cual la maniobra que se desea ejecutar se pueda completar de forma tal de lograr aquellos objetivos de largo plazo propuestos. Cuando la misma solo gira en torno al próximo ciclo electoral, la gran estrategia deja de existir. En un mundo en donde las sociedades y las economías son más interdependientes y globalizadas, el pragmatismo y las ideas que dan forma a la acción  son dos caras de la misma moneda. Stanley Hoffman en “En defensa de la Madre Teresa” señala que el riesgo de marginar valores es tan grande como el de solo centrarse en ellos. Cuando ya no hay intereses ni valores que defender en el plano internacional, solo queda la retórica hueca de la deriva frente a la tormenta, con socios que solo verán qué y cuando maximizar y con el largo plazo del país seriamente comprometido.