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Democracia, desigualdad y los pilares del progresismo en América Latina

Reflexiones desde la Global Progressive Mobilisation, Barcelona, abril de 2026.

Tuve el privilegio de participar en la Global Progressive Mobilisation (GPM), celebrada los días 17 y 18 de abril en Barcelona. Este espacio, impulsado por la Internacional Socialista, el Partido de los Socialistas Europeos y la Alianza Progresista, fue lanzado por Pedro Sánchez y Stefan Löfven con el apoyo del presidente Lula da Silva, y reúne a líderes, activistas, pensadores y movimientos progresistas de más de 100 países.

El encuentro se produce en un momento de profunda incertidumbre global: retroceso democrático, aumento de la desigualdad, colapso climático y resurgimiento de políticas autoritarias. En ese marco, integré el panel “La inclusión como un reto global: instituciones, políticas y prácticas para unas sociedades más inclusivas”, junto a Elma Saiz, Ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones de España; Ernesto Samper, ex Presidente de Colombia; Edinho Silva, Presidente del PT de Brasil; Francina Armengol, Presidenta del Congreso de los Diputados; y Luisa Carcedo Roces, Presidenta de la Fundación Pablo Iglesias, quien ofició de moderadora.

Comparto a continuación las ideas centrales que desarrollé en mi intervención.

Libertad e igualdad: los dos principios que nos definen

Mi contribución al panel partió de una premisa política y filosófica: los dos principios liminares de nuestra familia política son la libertad y la igualdad. Y la pregunta que me interesa responder es por qué, en nuestras sociedades latinoamericanas, el cumplimiento o al menos el acercamiento a esos objetivos depende de dos variables clave: la evolución de los asuntos globales y las capacidades de nuestros sistemas políticos domésticos.

Sobre la primera variable basta una línea, porque fue desarrollada en otros paneles con claridad por el presidente Sánchez: en un mundo no gobernado por reglas, se impone la ley del más fuerte, y eso genera un mundo más violento, más inseguro y más incierto.

El asedio a las democracias

Existe hoy una dimensión que muchas veces se soslaya en los análisis sobre la reconfiguración geopolítica global: el acoso sistemático a nuestras democracias.

Los datos son contundentes. Freedom House registra más países que retroceden que los que avanzan. VDEM, la organización con sede en Estocolmo que analiza cincuenta variables y seiscientos atributos del funcionamiento democrático en todo el mundo, llega a una conclusión de enorme gravedad: Estados Unidos ha perdido la condición de democracia plena y hoy es equiparado a países como Hungría y Turquía. The Economist, por su parte, concluye que nuestra región lleva ocho años consecutivos perdiendo calidad democrática.

Esta constatación no es un dato abstracto. Existe una asociación positiva, una relación directa de causa y efecto, entre la fortaleza y la calidad de las instituciones políticas y los resultados económicos y sociales de un país. Un ejemplo basta para ilustrarlo: de los diez países mejor posicionados en el Índice de Desarrollo Humano que elabora las Naciones Unidas desde 1995, solo uno no es democrático: Singapur, gobernado desde 1959 por la misma fuerza política, sin alternancia.Todos los demás son democracias plenas.

 

Los dos problemas estructurales de América Latina: desigualdad y violencia

El deterioro democrático en nuestra región se cruza con dos variables que el presidente Samper también señaló con precisión: la desigualdad y la violencia.

América Latina es la región más violenta del mundo. Con menos del diez por ciento de la población global, registra casi un tercio de los homicidios dolosos del planeta.

En materia de desigualdad, la situación es igualmente alarmante. Nuestra región crece en reducción de la pobreza, pero no avanza en términos de equidad distributiva. El dato más ilustrativo: Uruguay, el país menos desigual de América Latina, es más desigual que Estados Unidos, que es el país menos igualitario entre los países desarrollados.

¿Qué explica esta brecha? Al menos dos factores estructurales:

Primero, la impotencia fiscal de nuestros estados. En América Latina, el impuesto a la renta personal recauda apenas un décimo de lo que obtienen los países desarrollados. Y el impuesto a la herencia en los países desarrollados equivale a 15 veces lo que recaudan los países de nuestra región. Sin recursos, los estados no pueden redistribuir ni garantizar derechos.

Segundo, la debilidad institucional que limita la capacidad de los estados para traducir el crecimiento económico en bienestar colectivo.

Los tres pilares de un sistema político sólido

Frente a este diagnóstico, sostuve que la respuesta progresista exige afirmar y fortalecer tres pilares que sustentan cualquier sistema político democrático saludable:

  1. Un pilar democrático. Existe una sola fuente legítima de poder: la soberanía popular, libremente expresada en elecciones. En nuestra región, esto no siempre ocurre. Venezuela negó el resultado electoral. Bolsonaro en Brasil hizo todo lo posible para desconocer la voluntad de las urnas. A estos fenómenos podríamos llamarlos electodictaduras: regímenes que usan la forma electoral para vaciar de contenido la democracia.
  2. Un pilar liberal. Es imprescindible garantizar los derechos y las garantías de todos los ciudadanos, con especial atención a las minorías. Sin este pilar, la mayoría puede convertirse en un instrumento de opresión.
  3. Un pilar republicano. En el sentido clásico del término: equilibrio de poderes, independencia institucional, rendición de cuentas. Sin contrapesos, el poder tiende a concentrarse y a corromperse.

Si somos capaces de contribuir a consolidar estos tres pilares, podremos acercarnos cada día un poco más a aquellos objetivos de libertad e igualdad que definen los valores fundamentales de nuestra familia política progresista.

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