De la democracia liberal al misticismo político: ¿retorno del derecho divino?
La República Argentina ha sido gobernada históricamente por una alternancia entre abogados y militares. En ese extenso derrotero, las excepciones profesionales han sido escasas: el médico Arturo Illia, el odontólogo Héctor Cámpora, el ingeniero Mauricio Macri y, actualmente, Javier Milei, el primer economista en ejercer la presidencia.
Existe, sin embargo, una frontera que el país nunca ha cruzado: la de un jefe de Estado surgido directamente del mundo religioso.
A nivel internacional, los antecedentes de clérigos o pastores en la primera magistratura no son numerosos, pero sí elocuentes. En América, el caso más citado es el del estadounidense James Garfield, ministro evangélico que fue asesinado pocos meses después de asumir en 1881. En la misma época, el arzobispo Fernando Arturo de Meriño gobernó la República Dominicana. Ya en el siglo XX, el sacerdote salesiano Jean-Bertrand Aristide condujo Haití, y a comienzos del siglo XXI el obispo católico Fernando Lugo presidió Paraguay.
En otras regiones, la fusión entre fe y poder civil fue aún más explícita. Makarios III gobernó Chipre durante dos décadas y es recordado como “el padre de la patria”; el actual presidente de Seychelles, Wavel Ramkalawan, es sacerdote anglicano; Malawi tuvo un presidente teólogo evangélico; y resulta imposible no mencionar a Canaan Banana, primer presidente de Zimbabue y también pastor evangelista.
Hoy, este fenómeno parece llamar a las puertas de la Argentina. Por primera vez comienza a consolidarse la candidatura presidencial de un pastor evangélico: Dante Gebel.
Lo que comenzó como una insinuación difusa se ha transformado en un hecho apuntalado por un operativo clamor donde confluyen sectores de la política, los medios y la farándula.
El avance se produce bajo un manto de ambigüedad cuidadosamente administrada: mientras en una entrevista televisiva Mario Pergolini le pregunta si sería presidente y Gebel responde que “no lo descarta”, la provincia de Buenos Aires amanece al día siguiente con paredes pintadas que anuncian “PresiDante 2027”. Sus seguidores lo presentan como una necesidad histórica destinada a “cerrar la grieta”. La candidatura se sostiene en una coreografía estudiada: el elegido parecería aceptar sólo ante la insistencia pública de un puñado de amigos famosos.
Gebel explota su magnetismo escénico y un barniz de cercanía con la fama para conectar con las carencias materiales y simbólicas del conurbano mediante un lenguaje llano y emocional, pero carente de propuestas concretas o expertise para el complejo arte de gobernar. No habría concluido sus estudios secundarios, aunque se mueve con soltura en referencias a la filosofía, la sociología y la psicología, con la habilidad propia del lector autodidacta: eficaz en el impacto, débil en la profundidad.
Este es el escenario acabado de la democracia de las audiencias inaugurado por Milei, donde los partidos políticos han dejado de ser organizaciones programáticas para convertirse en simples taxis electorales. En este nuevo régimen, se buscan outsiders sin interrogar sus atributos, capacidades o saberes: la única fuente de legitimidad parece ser el rating, el like y el retuit.
Esta deriva evangélica representa, en esencia, una regresión al Viejo Régimen. Si antes la legitimidad del poder emanaba de Dios y se encarnaba en la figura del rey, hoy ese mismo misticismo parece buscar un nuevo cauce en la figura del pastor-candidato.
Es el retorno de la fe como fundamento del mando, eludiendo dos siglos de institucionalidad, secularización y razón laica inaugurados por la Revolución Francesa.
El riesgo es evidente: que el vacío de contenido termine por convertir a la política en un ejercicio puramente espiritual, donde la gestión pública quede subordinada a la puesta en escena de un nuevo “elegido”. Un elegido que pretende fundar su legitimidad exclusivamente en el carisma, presentado como el atributo suficiente para “unir al pueblo argentino”, sin que se sepa muy bien detrás de qué proyecto, programa o idea de país.
Una nueva versión del populismo argentino.







