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De la paz justa a la paz sostenible: cuatro años después, el realismo se impone en Ucrania

Por Ruth Ferrero-Turriòn

Se cumplen cuatro años de la invasión rusa de Ucrania y el balance político es tan contundente como incómodo. Ninguna de las dos partes ha alcanzado sus objetivos estratégicos iniciales. Moscú no ha logrado controlar políticamente a Ucrania ni imponer un gobierno afín en Kiev. Ucrania no ha conseguido restaurar la integridad territorial con las fronteras de 1991. En el terreno militar, el conflicto se encuentra en una situación de tablas inestables y cada vez se está más cerca del escenario coreano que muchos descartaron. En el plano político, las aspiraciones han mutado y hemos pasado de la paz justa proclamada en los primeros compases de la guerra a la búsqueda hoy, más realista, de una paz sostenible.

¿Qué ha cambiado desde el 24 de febrero de 2022?

Cuando en febrero de 2022 el Kremlin lanzó su ofensiva, el objetivo era inequívoco. Subordinar a Ucrania, frenar su aproximación a la OTAN y a la Unión Europea y reconfigurar el equilibrio de seguridad europeo. Cuatro años después, Ucrania no es un Estado satélite, sino un país en guerra que ha reforzado su identidad nacional y su vocación europea, pero también es un país destruido en lo material y en lo personal, donde, a pesar del enorme sacrificio desplegado, tampoco ha logrado expulsar a las fuerzas rusas del conjunto de los territorios ocupados. La recuperación total del Donbás y de Crimea, horizonte político irrenunciable durante mucho tiempo, parece hoy fuera del alcance militar inmediato.

Rusia, por su parte, ha resistido mejor de lo esperado el impacto de las sanciones occidentales, pero no sin costes. Su economía muestra signos evidentes de agotamiento. La inflación se ha mantenido en niveles elevados durante buena parte de 2024 y 2025, el déficit presupuestario ha crecido al calor del esfuerzo bélico y el gasto en defensa supera ya el seis por ciento del producto interior bruto. A ello se suma la dependencia creciente de ingresos energéticos reorientados hacia Asia con descuentos significativos, así como la escasez de mano de obra derivada de la movilización y de la salida de cientos de miles de ciudadanos. Rusia no está colapsada, pero sí tensionada en términos de sostenibilidad económica a medio plazo. A muchos les recuerda los años de la carrera armamentística que terminó con el colapso de la URSS, o eso quieren pensar.

Ucrania enfrenta un desgaste aún más profundo. Demográficamente, el país ha sufrido la salida de millones de personas, principalmente mujeres y niños, y un número muy elevado de bajas militares. Económicamente, depende casi por completo de la asistencia financiera internacional para sostener su presupuesto. Energéticamente, su infraestructura ha sido objeto de ataques sistemáticos que han debilitado su capacidad productiva. Socialmente, el cansancio se abre paso. Diversas encuestas publicadas en los últimos meses muestran un cambio de clima. Crece el porcentaje de ciudadanos que considera que debería explorarse un alto el fuego, incluso si ello implica concesiones territoriales. El cambio de tendencia demoscópica se produjo en 2024 y en verano de 2025 una encuesta de Gallup la mostraba en toda su crudeza: el 69% se mostraba a favor de un fin negociado de la guerra lo antes posible frente al 24% que apoyaba seguir luchando hasta la victoria. En 2022, el 73% de la población estaba a favor de que Ucrania luchara hasta la victoria. Fatiga de guerra lo llaman. 

Desde el inicio de la contienda se ha repetido una máxima clásica de los estudios sobre resolución de conflictos. Las guerras tienden a detenerse cuando las partes perciben que pueden obtener más en la mesa de negociación que en el campo de batalla. Ese momento parece acercarse. No porque haya un vencedor claro, sino precisamente porque no lo hay. En este contexto, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha operado como catalizador y mediador del conflicto. Su aproximación menos ideológica y más transaccional ha acelerado un proceso que ya estaba en marcha, tanto entre la opinión pública como entre las élites políticas. Se ha ido pasando progresivamente del “apoyaremos a Ucrania el tiempo que sea necesario” al “ayudemos a Ucrania a llegar en las mejores condiciones posibles a una negociación”. Y aquí un papel fundamental es el deseo de Washington de priorizar estratégicamente el Indopacífico y reducir la centralidad del conflicto ucraniano en su agenda global.

Este giro ha reforzado objetivamente la posición negociadora de Rusia. Moscú percibe fisuras en el bloque occidental, el occidente colectivo, como le gusta apuntar a Putin, y apuesta por el desgaste prolongado. Ucrania, en cambio, depende cada vez más de la solidaridad europea para sostener su resistencia. No es casual que desde Kiev se haya elevado el tono retórico hasta afirmar recientemente que Rusia habría iniciado la Tercera Guerra Mundial. Más allá de la exageración evidente, el mensaje tiene un destinatario claro, que son las capitales europeas. Se trata de mantener al máximo nivel posible el compromiso político, financiero y militar de la Unión Europea.

Esta estrategia discursiva converge además con los intereses de determinadas élites económicas vinculadas a la industria de defensa europea que han encontrado en la guerra un argumento para sostener aumentos estructurales del gasto militar. La tensión prolongada en el vecindario oriental legitima presupuestos crecientes y proyectos que se dicen de autonomía estratégica en el ámbito de la seguridad y la defensa. En este sentido, la alineación entre Kiev y Bruselas opera también en clave temporal. Cuando se afirma que la guerra podría durar otros tres años, no solo se describe una posibilidad, sino que se construye una narrativa de continuidad que favorezca la inercia actual.

Sin embargo, en privado, muchos aliados de Ucrania asumen que la recuperación total del territorio ocupado es improbable en las actuales condiciones militares. La discusión ya no gira en torno a si habrá negociación, sino en qué términos y con qué garantías. Sobre la mesa aparecen posibles cesiones territoriales, garantías de seguridad robustas y la aceleración del proceso de adhesión a la Unión Europea.

La incorporación a la UE, que en los primeros meses de la guerra parecía una declaración política simbólica, se ha convertido en una pieza central del debate. Algunos análisis sostienen que la cesión formal del Donbás podría facilitar la adhesión del resto del territorio ucraniano al eliminar una región altamente conflictiva y con fuerte presencia rusófona. Pero estos planteamientos simplifican en exceso la complejidad interna de Ucrania. La diversidad lingüística y cultural trasciende al Donbás y un país en guerra con territorios disputados y enormes necesidades de reconstrucción difícilmente cumple hoy los criterios de adhesión establecidos hasta la fecha. Podrían modificarse esos criterios, eso sí, por razones geopolíticas. La historia de la ampliación europea muestra que la política siempre ha acompañado al derecho. No sería la primera vez que la UE adapta sus marcos normativos a imperativos estratégicos. Pero una adhesión acelerada también implicaría asumir riesgos institucionales y presupuestarios de gran envergadura, además de volver a fracasar en la coherencia de su política exterior.

Sea cual sea el formato final, el mero hecho de que existan canales abiertos de negociación constituye en sí mismo una novedad relevante. Hace un año esos canales eran prácticamente inexistentes. Hoy incluso algunos líderes europeos comienzan a plantear públicamente que quizá no fue acertado cerrar todas las vías de diálogo con Moscú desde el primer momento. La diplomacia no es una concesión moral, pues hablamos de un instrumento de poder. Sin interlocutores no hay capacidad de influencia.

El tránsito de la paz justa a la paz sostenible no implica renunciar a principios. Más bien, se centra en reconocer límites. Una paz justa, entendida como la restitución plena del derecho internacional vulnerado, requeriría una correlación de fuerzas que hoy no existe. Una paz sostenible, en cambio, parte del realismo y busca estabilizar el frente, reducir la violencia, ofrecer garantías mínimas y abrir un horizonte de reconstrucción. No es la paz ideal. Es la paz posible.

Cuatro años después, la guerra de Ucrania ha transformado el orden europeo, ha reconfigurado alianzas y ha puesto a prueba la resiliencia de sociedades enteras. Pero también ha mostrado los límites del poder militar como herramienta para imponer soluciones políticas duraderas. Ni Moscú ha doblegado a Kiev, ni Kiev ha derrotado a Moscú. Tal vez ese empate doloroso sea precisamente el punto de partida inevitable para una negociación que permita pasar de la lógica de la victoria imposible a la de la coexistencia imperfecta.

Hace ya tres años los servicios de inteligencia estadounidenses avisaron de que esta guerra podría prolongarse al menos cinco años. Entonces muchos se llevaron las manos a la cabeza. Hoy estamos más cerca de confirmar aquella previsión que de desmentirla.

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