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Danzas húngaras

En su discurso del 21 de marzo pasado en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) en Budapest, Javier Milei se refirió a János -o John- von Neumann como “el mayor genio de la historia de la humanidad”.

Durante su intervención, Milei utilizó la figura del matemático húngaro-estadounidense para resaltar el aporte intelectual de Hungría al mundo. Lo recordó como un hombre de una capacidad intelectual superior cuya mente funcionaba a una velocidad y profundidad inalcanzables para el resto de los mortales. Y mencionó su impacto fundamental en la computación, la física cuántica y la teoría de juegos.

Pero además, enmarcó la genialidad de Von Neumann dentro de una tradición de pensamiento que, según el presidente argentino, “florece mejor” en contextos de libertad y valores occidentales. Milei también aprovechó la ocasión para elogiar al primer ministro húngaro, Viktor Orbán -que somete este domingo en las urnas su continuidad en el gobierno- y reafirmar sus afinidades con las extremas derechas europeas. Von Neumann fue uno más de los tantos científicos e intelectuales que emigraron a los EE.UU. escapando de los regímenes de esa orientación ideológica.

En su novela MANIAC, Benjamín Labatut describe otras facetas de von Neumann; no solo como el genio que fue, sino como una figura de una naturaleza sobrehumana y aterradora. Haciendo hablar a distintas voces que lo conocieron, lo retrata como alguien que podía procesar la realidad a una velocidad que dejaba atrás incluso a otros genios como Einstein.

En la novela, se sugiere que su cerebro era el prototipo biológico de la computadora que luego él mismo diseñaría. “Esa capacidad sobrehumana para penetrar el corazón de las cosas, o -visto desde su lado opuesto- su total miopía, que no le dejaba pensar salvo en términos fundamentales, no solo era la clave de su genio, sino también la explicación de su absoluta ceguera moral” le hace decir a Theodore von Kárman, ingeniero y físico, también húngaro-estadounidense que realizó importantes contribuciones en el campo de la aeronáutica y astronáutica.

Cuando se habla de las “dos caras” de von Neumann, se suele contrastar su asombrosa brillantez intelectual con su rol como “guerrero frío” y su pragmatismo implacable en asuntos militares. Esta es su faceta más controvertida, la que sirvió de inspiración parcial para el personaje del Dr. Strangelove, de la película de Kubrick, interpretado por Peter Sellers: su participación en el Proyecto Manhattan, para el que calculó con precisión matemática a qué altura debía explotar la bomba atómica para causar el máximo daño posible sobre las ciudades japonesas.

Durante la Guerra Fría, von Neumann era un “halcón” extremo. Llegó a proponer que EE.UU. lanzara un ataque nuclear preventivo contra la Unión Soviética antes de que ellos desarrollaran su propia bomba, señalando: “Si dices por qué no bombardearlos mañana, yo digo ¿por qué no hoy a las cinco?”. Se le atribuye además haber sido uno de los ideólogos de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD, locura en inglés), doctrina, que básicamente sostiene que la paz se mantiene solo si ambos bandos tienen la capacidad de aniquilarse por completo. Fue esas dos cosas: un arquitecto de la era digital y uno de los pensadores más fríos detrás de la era nuclear.

También pasó por Budapest para dar su apoyo a Orbán el vicepresidente de los EE.UU, JD Vance. Y citó a otro húngaro célebre y prócer de su país, Lajos Kossuth para trazar un paralelismo histórico entre la lucha por la independencia húngara del siglo XIX y los desafíos políticos actuales, comparando a la Unión Europea con el antiguo Imperio Austro-húngaro.

Al mencionar a Kossuth junto a otros héroes húngaros, Vance presentó al gobierno de Orban como heredero del espíritu patriótico y la soberanía nacional de Hungría, frente a las presiones externas en temas de migración, energía y políticas de género. Kossuth fue un liberal clásico del siglo XIX y un reformador que luchó contra el absolutismo.

Su lucha no era solo por la independencia nacional, sino por las libertades individuales, la división de poderes y el sistema de pesos y contrapesos, los derechos de las minorías, la libertad de prensa y el establecimiento de una democracia parlamentaria basada en valores ilustrados.

Orbán se autodefine como el arquitecto de una “democracia iliberal”, una alternativa al modelo liberal occidental que prioriza el interés nacional y los valores cristianos sobre las libertades individuales absolutas y el multiculturalismo. Su gobierno ha sido criticado precisamente por debilitar las instituciones que Kossuth defendía: “El espíritu de nuestra época es la democracia -dijo Kossuth en un discurso citado por Vance- Todo para el pueblo y todo por el pueblo. Nada sobre el pueblo sin el pueblo”.

Publicado en Clarín el 11 de abril de 2026.

Link https://www.clarin.com/opinion/danzas-hungaras_0_7lYxhTTPJ2.html

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