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Cuando ser radical era una novedad: los jóvenes y las movilizaciones callejeras en los inicios de la UCR (Buenos Aires, 1891-1892)

El 5 de junio de 1891, el diario porteño El Argentino publicaba una columna que con el tiempo quedaría integrada a los libros de historia y a la biblia partidaria: “El radicalismo es una palabra de fresca data en nuestro vocabulario político… Nació después del 26 de julio”, tras la Revolución del Parque. Hasta ese momento, quienes cuestionaban al gobierno de Juárez Celman se llamaban simplemente “opositores” o “cívicos”, y ese mote bastaba para identificarlos y para definir el sentido de su militancia. Pero los tiempos habían cambiado, y para reclamar “lo elemental en materia de libertad y garantías electorales […] es necesario titularse radicales”.

La columna respondía a la acusación dirigida al sector de la Unión Cívica que, encabezado por Leandro N. Alem, rechazaba la idea de un acuerdo electoral con el Partido Autonomista Nacional. Pero también registraba algo más amplio. Una palabra nueva se ofrecía a un grupo todavía sin contornos definidos, que durante los meses siguientes protagonizaría una importante movilización por las calles porteñas, apropiándose de ese vocablo y usándolo como distintivo. El proceso ha sido analizado en sus aspectos doctrinarios y dirigenciales por una historiografía amplia. Menos atención ha recibido, en cambio, lo que ocurría simultáneamente en una escala más cercana al suelo: la de los clubes parroquiales, las marchas barriales, las asambleas en teatros y las disputas que dieron textura material a esa identidad en formación.

I

En 1891, con la crisis económica sin resolver, la perspectiva de una elección competitiva alarmaba a una parte importante de la dirigencia política. La propuesta acuerdista registraba antecedentes en la historia argentina y gozaba de la consideración de una parte importante de la opinión pública. En este caso, la iniciativa había surgido del expresidente Roca que pretendía resolver la sucesión presidencial de 1892 y la renovación del Congreso sorteando la incertidumbre propia de elecciones competitivas. Alem, como presidente de la Unión Cívica, ya se había expresado en contra del acuerdo y, a fines de junio, ocurrió la ruptura del partido tras meses de tratativas infructuosas. De inmediato hubo movilizaciones por las calles porteñas, lideradas por jóvenes – en su mayoría estudiantes universitarios – que enarbolaron la bandera que un año atrás habían llevado a la Revolución del Parque. El desafío, a pocos meses de iniciarse el procedimiento electoral, era la reorganización partidaria: la mayoría del comité central de la Capital había acompañado la posición acuerdista, y varios clubes parroquiales – base territorial de la estructura y engranajes clave de cualquier movilización electoral – habían quedado desarticulados.

Mientras se procuraba la reestructuración del partido, los jóvenes continuaron con sus demostraciones de adhesión a la causa “radical”, que también involucraban una disputa con sus congéneres por la representación de la juventud. Esa disputa no se libró únicamente en el plano retórico, sino que se materializó en las calles y en lugares públicos de la ciudad para exhibir superioridad numérica y los valores viriles que definían al militante. La escena más resonante ocurrió a comienzos de julio en el salón Les Enfants de Béranger (actual barrio de Montserrat). Una columna de unos seiscientos estudiantes salió del comité radical y avanzó por la calle Florida hasta el local donde sesionaba una agrupación juvenil acuerdista. La irrupción no fue violenta, pero en cuanto empezaron a escucharse los “viva” a Alem, los jóvenes acuerdistas decidieron abandonar el local que quedó completamente copado por los radicales. El episodio, narrado por la prensa partidaria como una demostración de virilidad y audacia, condensa varios rasgos del repertorio juvenil de esos meses: la capacidad de movilizar contingentes numerosos en pocas horas, el avance disciplinado por el espacio público y la ocupación del recinto rival como gesto de victoria simbólica.

Unos días antes, otra movilización había involucrado a estudiantes de la Universidad, del Colegio Nacional y de la Escuela Normal, que se desplazaron desde el comité nacional en la calle Cangallo (hoy Perón) y Florida hasta la casa de Alem para expresarle su apoyo. Luego, el 5 de julio, organizaron una manifestación en homenaje a Alem y a Bernardo de Irigoyen, con un recorrido por las arterias de Buenos Aires, que incluyó algunos incidentes menores con la policía.

Referencias: en verde, el comité Capital, en celeste, la residencia de Bernardo de Irigoyen y en rojo, la de Alem.

 

La fisonomía de estos actos, que se repetirá con variaciones durante todo el ciclo, retomó modalidades propias de la tradición porteña: ocupación de la calle, procesión hasta la residencia particular de un dirigente o hasta el comité, discursos desde un balcón, y arengas generalizadas. La oratoria, con frecuencia a cargo de los propios estudiantes, fue el corazón de la operación simbólica. Allí se articularon las palabras-clave que en pocos meses se volverían marca registrada de la nueva agrupación. La intransigencia se instaló rápidamente como uno de los vocablos principales.

 

II

La operación retórica con la que los radicales resignificaron la palabra “intransigencia” es fundamental. En el idioma político de la época, el término tenía connotaciones negativas, asociado al sectarismo y a la confrontación permanente. Los radicales reivindicaron la intransigencia como virtud cívica y, al hacerlo, le dieron un doble fundamento. Por un lado, remitía a una matriz cristiana que glorificaba el sacrificio y el martirio: “¿qué fue Jesucristo – preguntaba uno de los jóvenes oradores de los actos callejeros – sino un gran intransigente de la idea, que no vaciló en beber el cáliz simbólico, la copa del martirio?”. Por otro, la presentaron como condición indispensable para la salvaguarda de la Constitución y para la solidaridad con las “provincias oprimidas” que aún padecían el “yugo” de los gobiernos que habían sobrevivido a la Revolución del Parque.

Un estudiante de derecho, frente a la casa de Bernardo de Irigoyen, lo sintetizó así: “Somos intransigentes, porque no queremos abrazarnos con los que condujeron a nuestra patria al descrédito y a la ruina. Por eso somos principistas, por eso somos radicales, por eso somos intransigentes”. La frase encadena tres términos y los presenta como sinónimos virtuosos. La intransigencia dejaba de ser, en este uso, un defecto del temperamento para convertirse en consecuencia ineludible de un diagnóstico moral sobre el estado del país.

La figura del joven como protagonista de la militancia no fue accidental. La Unión Cívica había nacido en septiembre de 1889 como Unión Cívica de la Juventud, y la imagen del joven – idealista, viril, dispuesto al sacrificio, ajeno a las componendas – ya había sido delineada en ese momento inicial. Tras la ruptura con el sector acuerdista, esa imagen fue retomada y amplificada como insignia partidaria. Los discursos contraponían sistemáticamente los “viejos partidos” y el “personalismo” con un “verdadero partido de principios” que los jóvenes encarnaban y desplegaban en cada intervención pública. Allí reivindicaban una forma de hacer política que recuperaba tradiciones de la vida porteña que se contraponían al régimen denostado: cuerpos y voces en la calle frente a negociaciones en despachos, asambleas en clubes y teatros barriales frente a acuerdos entre cúpulas.

Así, la adscripción al radicalismo se planteaba como un modo específico de integrarse como ciudadano a la comunidad política, no sólo se trataba de la adhesión a un programa o a un líder. Y ese modo – disposición al sacrificio, rechazo de toda transacción, fidelidad a los principios – se materializaba en formas concretas de participación: las marchas, las asambleas, los ejercicios oratorios, la ritualización de las efemérides cívicas. Para entonces, dos efemérides ya formaban parte del calendario partidario: la Revolución del Parque y el mitin del Jardín Florida, acto fundacional de la Unión Cívica de la Juventud.

III

En ese clima de fervor militante, comenzó la reorganización de los comités distritales. La ciudad estaba dividida entonces en dieciséis parroquias que funcionaban como distritos electorales. En algunos – San Cristóbal, La Piedad, San Miguel, Montserrat, Pilar – la adhesión al sector encabezado por Alem fue inmediata y prácticamente unánime. En otros, hubo que reconstruir los clubes casi desde cero. De ese modo, hacia fines de 1891, una treintena de agrupaciones se habían establecido en todo el territorio capitalino, abocadas a la tarea de inscripción de los votantes y a las actividades estipuladas por la carta orgánica partidaria. Antes de la instancia de elaboración del padrón electoral, Alem encabezó una gira por los clubes parroquiales entre el 11 y el 19 de septiembre. Una decena de actos en pocos días, algunos en los locales de los clubes, otros en teatros barriales – el Doria en Balvanera, el Iris en San Juan Evangelista, el Edén en La Piedad – con un protocolo casi idéntico: himno nacional, discursos de las autoridades locales, palabras del presidente del partido, procesión callejera de cierre.

Al poner el foco en la dinámica local, desplazando la perspectiva habitual del análisis, se advierte la relevancia de las movilizaciones en cada uno de los barrios de la ciudad de Buenos Aires. La fractura de la Unión Cívica suele ser narrada como un episodio dirimido en las cumbres dirigenciales, pero la fractura también se procesó y se sostuvo en los comités barriales. Allí se activaba la movilización, se realizaban las actividades proselitistas y se articulaba la participación en los comicios. La capacidad organizativa que el radicalismo desplegó en estos meses se construyó en esa escala.

IV

El ciclo se cerró con la elección legislativa del 7 de febrero de 1892. El escrutinio reveló un nivel de competencia excepcional y, aunque la prensa radical pregonó el triunfo, la contienda por las bancas se extendió por varios meses. El partido apeló a todos los recursos institucionales para alzarse con la victoria, pero finalmente la Cámara de Diputados falló a favor de la lista acuerdista. Entretanto, las autoridades llevaban adelante una política de endurecimiento del control de la calle: una manifestación de protesta proyectada para los días posteriores a la votación fue desautorizada, y, un par de meses más tarde, los principales dirigentes del partido serían encarcelados bajo la acusación de conspiración, lo que dejó al radicalismo prácticamente fuera de competencia en los comicios presidenciales.

El cierre de la movilización callejera fue una ceremonia fúnebre: Andrés Arias, militante del club parroquial de La Piedad, recibió un balazo durante un enfrentamiento con la policía el día de la elección. Agonizó varios días y murió. El cortejo fúnebre llevó el féretro a pulso desde la casa mortuoria hasta el cementerio de la Recoleta – un trayecto de poco más de dos kilómetros – con los principales dirigentes del partido al frente. En los discursos junto a la tumba, la muerte de Arias fue resignificada en términos políticos: no se despedía solamente a un correligionario, se denunciaba al “oficialismo victimario” y se inscribía al fallecido en una genealogía de mártires que comenzaba con los caídos del Parque, que pronto habrían de tener su memorial en el cementerio de La Recoleta.

Así la configuración de la identidad partidaria se sustentaba en un repertorio de prácticas y emblemas que daban sentido a la organización material de los comités reglada por la carta orgánica. En los meses que siguieron a la ruptura, además, se cimentó una narrativa épica que enlazó el levantamiento de 1890, la escisión partidaria y la participación en los comicios. Aunque el resultado electoral no fue el esperado, el balance de esa breve coyuntura debe incluir lo construido en términos materiales y simbólicos: el vocablo radical cargado de un sentido específico y duradero, articulado en una retórica que hizo de la intransigencia una virtud cívica y del sacrificio un deber permanente. En ese registro, la figura del joven militante tuvo un protagonismo excepcional dentro del despliegue territorial y la capacidad de movilización callejera.

Cada uno de estos elementos tendría una vida larga. Algunos llegarían, transformados, hasta el siglo XX. Pero su forma inicial, la matriz desde la cual se desplegarían más tarde, se configuró en aquellos meses porteños de movilizaciones, asambleas en teatros, marchas a la luz del día y vigilias en clubes barriales. Después de 1892, ser radical en la Argentina había adquirido un sentido diferente y se había convertido en insignia de una novel agrupación política. Ese cambio de sentido no se había inventado en los ámbitos restringidos de las dirigencias, sino que se había forjado al calor de los debates públicos y de la movilización callejera.

* * *

Una versión académica más extensa de este trabajo, con aparato crítico y referencias documentales, fue publicada en Páginas. Revista Digital de la Escuela de Historia, año 18, n.° 47 (2026) Movilización política e identidad partidaria en los inicios de la Unión Cívica Radical | Revista Paginas

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